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Full text of "20 Cuentos"

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DE RELATOS 









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20 Cuentos 


Selección de relatos 


Félix Acosta Fitipaldi 


Copyright O 2015 Félix Acosta Fitipaldi 
All rights reserved. 
Smashwords Edition 
Title: 20 Cuentos 

ISBN: 
Publisher: Smashwords, Inc. 


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INDICE 





Nenete 


No te será tan fácil 





Así en la guerra como en el duelo 





Senectud acelerada 





Tiempo de escurrirse 





Flores en la ventana 


Sacrificios conyugales 





Tetraedro 


¡Mejor vida? 





Los fantasmas del altillo 


Maten al mensajero 





Astrid 


Mimético 


La horma de su zapato 





Informe Cúcaros 





Paranoia 


El viento y los perros 





Te llamo y nos vemos 


TE ESPERAN EN LA SALA 





—Llamó Irene —dijo él. 

Ella pareció sorprenderse, pero sonrió de inmediato y preguntó: —¿Qué dice, necesita algo? 
—Nada... Hablar contigo. Llamará en otra oportunidad. 

—¡Bien! —Exclamó la mujer —Tomaré un baño. Ir al súper me agota. 


¿Irene? ¿Qué Irene? ¿Gabriel? Bajo la ducha la mujer recordaba que la única Irene de su 
existencia era aquella “amiga de toda la vida” que su esposo no conocía... y ella tampoco. 


—Irene la de la peluquería —había dicho la primera vez que le mintió —¿Nunca te hablé de 
ella? Nos conocemos desde niñas. Se casa pronto y la acompañaré a elegir algunos muebles. Es una 
pesada. Si no fuera tan buena... ¡Pobre! 


Puesta a volar la fábula Irene, tras diversos naufragios amorosos y charlas lacrimógenas en 
bares céntricos, llegó al matrimonio. Se casaría, pero sólo por civil y en horas de oficina, cuando él 
no pudiera acompañarlas. A la semana volvió a encontrarse con ella en la peluquería, la luna de 
miel de la recién casada fue breve y al parecer ansiaba charlar sobre su nueva vida. 


Durante la mañana de uno de aquellos días, sin levantar la vista del diario el esposo 
preguntó: 


—¿Cómo le ha ido a tu amiga Irene? 


—Es muy dichosa... No hace más que hablar de sus cosas. ¡A veces me resulta egoísta! En 
fin. Me limito a escucharla. ¿Qué asunto interesante podría contarle yo? 


Al parecer “Irene” volvió a llamar días más tarde. El se lo comentó justo cuando ella estaba 
por comunicarle que vería a Irene más seguido para ayudarla con el embarazo. Lo había ensayado 
ante el espejo: —¡Es tan exagerada, parece como si no pudiera valerse por sí misma! 


A las primeras dos llamadas siguió otra, dando la casualidad que cuando se daban ella estaba 
en el baño o haciendo compras en el súper. El tema la tenía sobre ascuas y deseaba hablar con ella 
para constatar al menos que existía. No dejaba de preguntarse quién sería esa Irene del teléfono. 


También temió que su marido, enterado de la verdad de sus salidas, estuviese jugando con 
ella antes de tomar una decisión definitiva. Eso le preocupaba, quedaría sola. Prefirió no 
comentárselo a Gabriel, el tiempo que pasaban juntos se les iba tan rápido que le daba pena perder 
tiempo en transmitirle su tonta preocupación. 


Uno de los mensajes de Irene quedó en el contestador. ¡Existe! Había una Irene real en 
alguna parte, y al parecer estaba bastante interesada en perturbar su tranquilidad. La voz le resultó 
completamente desconocida. Se puso tan nerviosa que, en su afán por borrar el mensaje antes que él 
tuviese oportunidad de oírlo, omitió anotar el número que la tal Irene dejara para “definir una 
entrevista”. Nunca una amiga emplearía esos términos. 


¿Qué pasaría si “Irene” llamaba luego que ella dejara una nota avisando que estaría con ella 
en el cine? Nunca le había sucedido algo tan insólito, hasta le parecía sentir la adrenalina dispararse 
bajo sus medias de seda. Le encolerizaba esa nube oscura sobre su cabeza, justo en esos momentos, 
cuando al fin sentía colorearse su vida gris. 


Como la Irene del teléfono existía comenzaron a darle repentinos escalofríos, pero sólo 
cuando pensaba en ella. Luego de haberla escuchado era imposible que se tratase de un ardid de su 
esposo. No lo imaginaba ideando una farsa con una mujer extraña para desenmascararla. Además él 
era el mismo de siempre, quizás demasiado el mismo de siempre: anodino, predecible, transparente. 
El mismo, pero cada vez más insulso. 


Su esposo no cambiaría jamás, en contraste Gabriel le descubría a cada paso algo distinto, 
nuevo y estimulante. La hacía rejuvenecer, le brindaba una nueva adolescencia. Era improbable que 
su marido sospechara que cuando mencionó a su amiga Irene no se refería a la voz del teléfono sino 
al impetuoso Gabriel. 


En alguna oportunidad ella se arriesgó a sondearlo, rozando el borde del precipicio. Pero él 
había comentado, con absoluta tranquilidad, que ahora al menos conocía la voz de su amiga. Ni una 
sombra extraña cruzó por su rostro, se expresó sin exhibir el mínimo gesto fuera de lo habitual, 
ningún destello de sagacidad, ni un ápice que lo delatara inquisidor o maquiavélico. 


Recordó que alguna vez rumió la idea de contratar, ella misma, a una mujer que se hiciera 
pasar por Irene. La presentaría a su cónyuge para afirmar sus coartadas y santo remedio. Aunque 
descubrió que idear intrigas también la excitaba, descartó tal posibilidad. 


Pensaba que la extraña mujer del teléfono seguiría siendo un cabo suelto insalvable cuando, 
un viernes a las seis, mientras se disponía a salir hacia el supuesto parto de su amiga, llamaron a la 
puerta. 


Su esposo de siempre, con su cara de siempre, entró al dormitorio y le dijo, en el mismo 
tono aburrido de siempre: —Tu amiga Irene te espera en la sala. Pero no creo que hoy vaya a dar a 
luz. 


Era la voz habitual, el gesto acostumbrado, la mirada sin brillo de los últimos años, quizás 
con algo de curiosidad. Para ella sin embargo todo era diferente, el contenido de lo manifestado 
cobraba dimensiones exorbitantes. 


Sintió que se le aflojaban las piernas. No podía comprender lo que ocurría. ¿Podría fingir 
familiaridad con una extraña de modo tal que su esposo las creyera grandes amigas? Imposible. 
Intentó en vano fingir una sonrisa y fue allá sin curiosidad ni deseo de averiguar de quien se trataba. 
Adivinó que su esposo le seguía los pasos, pero eso ya casi no tenía trascendencia. 


La mujer aguardaba de pie. Era delgada, de gafas, llevaba un vestido suelto que no 
disimulaba su embarazo y una palidez que le lucía patética. No aguardó a que ella se acercara, 
desde la distancia y con toda la frialdad del alma le dijo: 


—Soy Irene, la esposa de Gabriel. ¿Sabe a quién me refiero, verdad? 


NENETE 


Ella tenía una expresión en el rostro que Nenete jamás había visto. Sus ojos inmensos iban 
del cuerpo del hombre en el suelo al rostro impasible, inalterable, pétreo de Nenete, y luego al arma 
que descansaba sobre el linóleo. 


Pero esa mañana era el fin, no el comienzo. Tal vez el origen, indefinido y neutro de esa 
escena, se vino substanciando lentamente y desde tiempo atrás, cuando ellos preludiaron la 
poquedad de su cariño. 


Por la misma época, Nenete había comenzado a notar que los dedos de su mano derecha, 
que alguna vez solo tuvieron movimientos reflejos, ahora parecían obedecerlo. 


Como lo mismo sucedía con su ojo, también derecho, se le ocurrió que quizás podría llegar a 
comunicarse; un guiño por sí, dos por no. “No es conveniente Nenete. ” 


Vendría el médico más seguido, instructores, gente extraña que lo atosigaría 
constantemente. “No Nenete. No podrías demostrar tu fastidio con una mano y un ojo. Pero Nenete 
podría sentir. Eso si. No esa angustia que duele en la garganta hasta que sola se ahoga cuando 
ellos pelean. Es grato sentir eso que ocurre en las yemas de los dedos, ese cosquilleo, ese deseo que 
tienen de moverse. ” 


Así que comenzó a ejercitarse cuando estaba solo. Oprimiendo el botón de encendido de la 
silla de ruedas: avanzar, retroceder, girar. Acudir hasta la mesa del control remoto y cambiar de 
canal, volver y ver el rostro de sorpresa de ella regresando del baño o la cocina. 


Cuando no lo veían movía una y otra vez los dedos y luego apoyaba la mano y se afirmaba 
intentando levantar el brazo. 


Tiempo después podía hacer que su mente levantara el brazo por si misma y lograr que en su 
extremo los dedos bailaran. “Lo liso. Lo espeso. Lo suave. Lo rugoso. Lo frío. La pana del sofá. El 
voile de la cortina... ¡Siente Nenete! ¿Cómo se sentirá acariciar su cabello? ” 


Esa mañana Nenete notó cierto nerviosismo en ella. Parecía pendiente de los sonidos que se 
generaban más allá de la ventana. 


Cuando vino a realizarle el aseo, después que él se fue, lo hizo con la misma ternura de 
siempre pero en silencio, atenta a cada pequeño ruido de la calle. 


Nenete sentía el pasaje húmedo de la esponja y el frotar del paño en su tez derecha. Tuvo su 
cabello al alcance de su mano hábil y le hubiera agradado palpar esa tersura dorada, mas temía 
asustarla al descubrirle su secreto. 


Todavía no sabía cómo dar a conocer su novel aptitud y dudaba de la conveniencia. “Ella 
tan frágil y dulce... El fuerte, impetuoso... pero indiferente con Nenete. No amigo. Triste.” 


Le decía “tu hijo” cuando se refería a él y lo miraba con frialdad. “Nuestro” afirmaba ella 
con una resignación que era para él y no para Nenete. 


En esas instancias Nenete se ponía nervioso y desgranaba su “ne-ne-ne-ne”, gutural y 
grotesco, que los hacía callar y encerrarse a discutir. 


Luego de vestir su uniforme azul él había salido llevando una prisa inusual, sin terminar por 
completo de abotonar su chaqueta ni saludarla después de calzar su gorra. 


Ella desayunó y dio a Nenete su alimento con la misma paciencia de siempre. Luego sonó el 
teléfono y su rostro se iluminó. Aumentó el sonido del televisor y atendió hablando en tono muy 
bajo. Más tarde buscó el canal de dibujos. “Nenete no quiere dibujos. Ya no es un chico. ” 


A Nenete no le extrañó el sonido de un coche al detenerse ni su bocina, pero ella se puso de 
pié inmediatamente y tras ver por la ventana tomó su abrigo y salió. ¿Ocurre algo Nenete? Ella 
apurada. Es que jamás lo hacía sin comentarle donde iba ni cuanto se tardaría. 


Algo más que llamó la atención a Nenete ocurrió poco después, cuando él llegó. No solía 
volver tan temprano, y menos quedarse simplemente sentado, sin hacer nada. 


Antes, a veces, al quitarse la gorra se la ponía a Nenete y sonreía, pero ahora hacía mucho 
que no lo hacía. Esta vez al ver que ella no estaba la tiró con furia sobre el sofá. Luego se quitó el 
cinturón con el arma y la dejó sobre la mesa. 


Nenete no podía ladear la cabeza, pero por el rabillo del ojo observaba aquel objeto oscuro. 
Sabía muy bien qué era y para qué servía. Lo había visto en las películas que ellos a veces veían con 
agrado cuando se olvidaban de él. 


Ella demoraba mucho, otra cosa rara, nunca demoraba tanto. A él se lo notaba impaciente, 
ahora andaba de la puerta a la ventana. Allí estaba él esperando cuando Nenete sintió el arribo de un 
automóvil. Notó que los ojos de él pasaron de la ventana a la puerta y allí se quedaron hasta que ella 
entró. 


Lo primero que la mujer hizo fue mirar a Nenete y sonreírle con ternura. Mas su semblante 
se endureció instantáneamente cuando, al girar la vista, descubrió al hombre. 


Él se abalanzó hacia ella y comenzó a zamarrearla. Mientras gritaba preguntas relacionadas 
con dónde había estado la llamaba perra y otras cosas que Nenete no entendió. Luego la hizo caer al 
suelo y le aplicó un tremendo puntapié. 


Nenete comenzó con su “ne-ne-ne-ne” más desesperado que nunca, obteniendo menos 
atención que siempre. Su mano se movía inquieta sobre la silla, que se deslizó algo mas de un metro 
con un silbido mecánico. 


El hombre continuaba pateando e insultando a la mujer. Ella se limitaba a llorar, procurando 
protegerse la cabeza con sus brazos menudos. 


La torpe mano de Nenete deambuló sobre la mesa hasta que se encontró portando el arma. 
Luego, como si el artefacto cobrara vida propia, independiente de sus ojos que absortos miraban 
horrorizados a la mujer, disparó sobre el hombre. El arma saltó de su mano y le dio cerca del ojo. El 
dolor lo aturdió, era algo nuevo: ¡Siente Nenete! 


Ella tenía una expresión en el rostro que Nenete jamás había visto. Los ojos inmensos iban 
del cuerpo del hombre en el suelo al rostro impasible, inalterable, pétreo, de Nenete; y luego al arma 
que descansaba sobre el linóleo. 


Estuvieron mucho tiempo así. Descubriendo, encontrando, tal vez despidiéndose. Antes de 
tomar el teléfono ella se acercó llorando a Nenete y lo abrazó. Deslizó suavemente su mano sobre el 
moretón del rostro de Nenete. Ella estaba muy cerca y así fue que Nenete pudo acariciarle el 
cabello. 


NO TE SERÁ TAN FÁCIL 





PREMIO ECOQOUS del ler. Concurso de cuentos breves "La relación humano— 
animal” convocado por el movimiento ECOUS Internacional y el GRUPO 
ERATO con el auspicio del Diario El País de Montevideo — Setiembre 2001 


La parca ingresó buscando un escondite. Era pequeña, novicia, y venía de cosechar insectos 
y animales menudos. De inmediato se interesó en un niño, quien imitando el sonido de una 
motocicleta hacía rodar su triciclo de aquí para allá. 


El chico detuvo de pronto sus carreras: algo lo había alarmado. El ámbito cotidiano sin 
embargo, parecía normal, armónico. Observó a su madre en la cocina y luego, siguiendo 
movimientos invisibles, desvió su vista hacia el enchufe, esa cosa circular y negra que alguien había 
colocado en la pared. 


Allí se había escabullido la parca sigilosa para aguardar su próxima víctima. El niño volvió a 
rodar el triciclo y cada vez que pasaba ante el enchufe se sentía observado. El trifásico tenía como 
dos ojos y una boca, esa boca decía “huy” y el conjunto semejaba un rostro asombrado y triste. 


Una gata, ovillada sobre un sofá parecía dormitar. También ella miró hacia el enchufe con 
sus ojos de ver más allá y de pronto se erizó su pelaje. Moviendo apenas la cabeza hizo una mueca 
de desprecio, encogió la nariz y mostrando los dientes emitió un sonido de fastidio. De seguro 
significaba algo, pero nadie se percató. 


En la sala el padre del niño arreglaba una lámpara vieja que pensaba llevar a la casa de la 
playa. Dentro de la oscuridad del enchufe los ojos de la pequeña parca brillaron un instante, luego, 
perseverante en intentar su desarrollo, afloró de su guarida y como brisa rozó el rostro del hombre, 
que sin ver nada miraba hacia la ventana, las nubes más allá, o el propio cielo azul. Algo incomodó 
al hombre, que se puso de pie y tomando la lámpara cerró la ventana. Luego salió hacia el coche 
dejando olvidados sobre la mesita restos de un rollo de cable. 


El niño no veía a la parca revoloteando, su vista iba del enchufe al cable. Volvió a pasar 
pedaleando vertiginoso junto a la mesa sin dejar de observar el cable. La parca dio una vuelta por la 
cocina, inquietando a la madre que por un momento perdió noción de cuanto hacía. Después de eso 
la paciente parca volvió al enchufe. La gata saltó al piso y fue a la cocina, a detenerse con el lomo 
arqueado entre las piernas de la madre. La mujer se importunó sin motivo y caminó unos pasos 
tratando de ubicar al niño. 


—¿Tienes hambre? —preguntó— Ya vamos a cenar. ¡Y a dormir temprano que mañana nos 
vamos a la playa! ¿Te parece bien? 


El niño afirmó con la cabeza y desviando su mirada hacia el trifásico aceleró su vehículo 
hacia él, por el corredor, rumbo a su cuarto. 


Sabido es que la parca no duerme y esa noche, laboriosa y ufana, se anotó un ratón suculento 
y varios insectos que encontró inadvertidos. Todavía no era muy fuerte y evitó el deseo de detener 
el corazón del hombre exigido por el amor, no quería anotarse un fiasco, en el mundo no hay cosa 
que fastidie tanto a la parca como el fracaso. Sobre todo a ella, retoño de grandes parcas bélicas. Por 
eso prefería aguardar y crecer sobre seguro: tenía un prestigio ancestral que defender. Así que se 
mantuvo en el trifásico, acechando la presa elegida con toda la paciencia de la muerte. 


La gata anduvo en la noche en sus quehaceres de gata y colaboró sin saberlo con la parca 
engullendo al ratón. Cerca del amanecer entró a la casa por la banderola del baño y se detuvo a ver 
al niño dormido. Desde el enchufe la parca le susurraba: —¡Vamos, súbete a la cama y bébete su 
aliento! 


Los ojos de la gata refulgieron en la penumbra cuando saltó sobre la cama. Aunque en el 
jardín la brisa sacudió las flores del cantero las cortinas de la habitación del niño tremolaron sin 
aire. En las paredes del cuarto las sombras del hibisco comenzaban a insinuarse cual oscuros y 


esqueléticos dedos. 


—¡Vamos, bébe su aliento! —farfullaba la parca en su insistencia. La gata miró hacia el 
corredor en dirección al enchufe y emitiendo un sonido de arrogancia semejante a un silbido de efes 
se arremolinó a los pies del niño. 


Antes de quedar dormida portaba un aire de satisfacción que expresaba claramente que a esa 
parca no le sería sencilla su faena. Y de ese modo lo interpretó la disgustada parca, manifestándolo 
en la soledad del enchufe con un berrinche propio de su edad que a punto estuvo de causar un 
cortocircuito. 


Por la mañana los padres amanecieron apurados. Imprimían al ajetreo del domingo inusual 
ansiedad. El aire estaba cálido y prometía una buena semana de playa. La madre levantó al niño y 
esta vez no se molestó al ver a la gata dormida a sus pies: tenía cosas más importantes que hacer. 


El padre sacó el auto y comenzó a cargar los bultos al mismo tiempo que la madre preparaba 
la bolsa de mano con alguna merienda para el camino. El padre preguntó al niño si llevaba el 
triciclo y el niño asintió. Mientras el padre marchaba con el juguete hacia el coche el niño anduvo 
por allí sin saber qué hacer hasta que vio el cable. 


—¡Tómalo! —murmuraba la parca desde el enchufe —¡Tómalo, tómalo! Y tráelo aquí.— Un 
rayo de sol iluminó los extremos metálicos del cable y un tordo graznó antes de huir desde el 
alféizar de la ventana. 


Muy comedido el niño se dirigió con el cable entre sus manos hacia el enchufe, mirándole 
los ojos. Le molestaban esos ojos. ¿Qué tenían detrás? ¿De qué forma misteriosa e invisible fluye la 
electricidad? Esa corriente... ¿Moja como el agua? 


—¡Bien! —exclamó la parca. —¡Buen chico! Ahora pon los extremos en mis ojos... Eso te 
gustaría. ¿No? 

El niño se sentó en el suelo y con no poco esfuerzo pudo introducir ambos extremos del 
cable en los orificios. 


—¡Qué inteligente! —sonreía la parca desde la boca del rostro del enchufe. —¡Ahora toma la 
otra punta del cable y terminamos! ¡Allá, el otro extremo! 


Desde fuera llegó el sonido que cerraba el baúl del coche y la voz del padre diciendo: 
—¿Todo listo? —Y la voz de la madre contestando: —Casi. 


—Cas1. —decía la parca frotando sus crecientes manos huesudas —¡Ya verás qué agradables 
cosquillas! 


En tanto el niño se erguía y con una mano elevada en el aire iniciaba su andar hacia el otro 
extremo del cable que serpenteaba sobre el monolítico. 


Pronto estuvo allí, tomó el cable y a centímetros estaba de tocar el extremo, cuando el 
vertiginoso salto de la gata sobre las puntas libres del cable sorprendió al niño, quien cayó sentado 
por la impresión que le produjo observar al felino electrocutarse. 


Segundos después el chico permanecía distante de la acción, sollozaba bajo el consuelo de 
su madre apenada mientras el padre, levantando el maltrecho cuerpo del animal para llevarlo a la 
veterinaria, se detenía un instante en dejar unas caricias sobre el pelaje chamuscado. 


La gata, exánime pero apenas con una vida menos, mantenía los ojos abiertos dirigidos hacia 
la parque del enchufe, a la que, con doloroso aire de satisfacción aseguraba: —No te será tan fácil. 


ASÍ EN LA GUERRA COMO EN EL DUELO 





Durazo era un tipo fuerte, fuerte de veras. Su piel curtida por el monte parecía a prueba de 
balas y su alma, sino oscura, bastante fría. Al igual que ustedes, jamás supe si ese era su nombre 
verdadero, para mí siempre fue “Durazo” y no se me hubiera ocurrido otra forma de llamarlo. 


Aquél atardecer, cuando se lo dijeron, no movió un pelo. Ningún gesto asomó en su cara de 
piedra y ahí se quedó, estático, como solía hacerlo ante alguna disyuntiva. 


Yo estaba recostado a un árbol, con el codo del brazo que sostenía mi mentón apoyado en el 
rifle. No había oído la conversación que mantuvo con el enviado y sólo aguardaba que el teniente 
dispusiera el fin de la jornada. Él se volvió hacia los hombres y con su parquedad habitual ordenó 
volver al campamento. 


Me disponía a hacerlo, satisfecho al suponer que la noticia recién llegada no significaba un 
nuevo enfrentamiento, pero desde la distancia Durazo me señaló un alto con la mano abierta. El 
cansancio que traía en el morral se tornó curiosidad y me pregunté qué coños ocurría, qué problema 
había conmigo. 


Mientras el resto de la patrulla se alejaba él se vino acercando, su paso dejaba un rastro de 
pachorra y sus ojos miraban sin ver. Sin hablarme siquiera se sentó contra mi árbol. 


Así estuvo, tal vez no el tiempo suficiente como para que llegara a impacientarme, hasta que 
se dijo, pensando en voz alta: —-No todo es como la revolución, semejante al horizonte y que nunca 
llega porque siempre la estás haciendo. Hay cosas como la noche, que nunca dejan de llegar. 
Durante toda la vida te preparas para esas certezas... y jamás estás listo. 


Tenía las manos unidas y planas sobre su vientre y observaba el atardecer, o la vegetación, o 
lo que esperaba sucediese. —Felipe —dijo luego, y elevó su cara inalterable hacia mí. —Iremos juntos 
hasta el llano, es peligroso, pero hay que ir o ir. Si volvemos vivos no olvides preguntarme sobre las 
tres razones que me han llevado a elegirte. 


—¡Buenas serán! —contesté. Pero si vuelvo solo... ¿A quién se las pregunto?. 
—Entonces tendrás el resto de la vida para descubrirlas —dijo poniéndose de pie. 


Pronto estuvimos sobre la marcha, otra noche comiendo al paso y con sigilo extremo entre 
matas y culebras. Saben de qué hablo, es nuestra vida, no la que quisimos ni la que alguna vez 
anhelamos, la que en pelos y hambrienta se dio a obligarnos. 


Descendimos durante tres horas, luego comenzamos a percibir, raleados, ladridos de perros 
atentos, y los escasos rumores del caserío. 


Ya próximos a las primeras construcciones Durazo se detuvo. Con suma prudencia balbuceó 
a mi oído: —Puede ser una trampa... así lo quisiera pues menos dolería. Mucho cuidado y mantente a 
distancia. 


Comencé a seguir su sombra lunera, que se adhería a cada muro como una lapa, y de portal 
en portal anduvimos varias calles. 


Se detuvo en una esquina y veía hacia una vivienda cercana. Era la única con la puerta 
abierta y una luz mortecina se derramaba hacia fuera con desgano. 


—Iré primero —susurró —si no ocurre nada y se te canta puedes entrar, de lo contrario aquí me 
esperas. De haber balacera que te trague el monte. Y gracias por venir. 


Me quedé viendo a Durazo deslizarse hacia la tenue luz que escapaba de la casa y 
sumergirse en ella. Aguardé unos minutos con la intención de no moverme de ese lugar, pero la 
curiosidad se adueñó de mis piernas y ellas me llevaron. 


La vivienda estaba en silencio y evitar que mis botas delataran mi presencia me hacía 
avanzar muy despacio. Ignoraba los propósitos del teniente y por nada del mundo quería 
importunarlos. 


Al ver hacia adentro mis ojos se toparon con la silueta de Durazo, a unos cinco metros. 


Tenía las manos unidas en la espalda y la cabeza baja. Por un instante creí que había sido hecho 
prisionero, luego avisté el ataúd. 


Ya ingresado divisé contra un rincón a una vieja sentada en un sueño. En eso el teniente 
volvió su habitual rostro impenetrable, como si me hubiese intuido y sin el menor asombro de 
verme. 


Me mantuve inmóvil hasta que él se acercó y pasando a mi lado dijo nada más: —Ya vuelvo. 


Mientras esperaba deambulé por la habitación y me acerqué al cajón de madera mal 
cepillado. En él yacía una anciana de rostro curtido por el sol y el polvo, menuda, frágil. 


Me preguntaba quién sería y cuantos corazones habría roto; también me pregunté por qué 
inquirir cuestiones vanas. Uno por respeto a sí mismo no debería hacerse preguntas que a otro no 
haría. ¡No, no se rían, es así! 


En eso estuve hasta que reapareció Durazo. Venía algo agitado y miró la hora. Luego 
depositó la flor, que había ido a buscar quién sabe dónde, entre el ramillete fláccido que eran las 
manos de la difunta. 


En ese momento lo observé y descubrí que por aquella cara de piedra resbalaba una lágrima 
que era una bala borracha. 


—Hubiera preferido que fuese nuestra la tierra que ha de cubrirla. —Dijo. Demoré un 
momento en comprender que no era a mí a quien hablaba. —Pero le prometo que si yo no sé la 
consigo lo hará mi hijo. 


Mucho no pude reparar en eso pues oímos el sonido de un vehículo aproximándose. Durazo 
me hizo señas de que lo siguiera y pasó a una habitación oscura entre cuyas sombras nos 
disimulamos. Afuera un motor se apagaba y se encendían algunas voces. 


Nos mantuvimos agazapados, sin poder vernos, apenas podíamos apreciar parte de la 
habitación mal iluminada. La vieja que dormía había despertado y parecía inquieta, se santiguaba de 
continuo. 


—Es un velatorio —dijo la voz de alguien que ingresaba. El hombre llegó hasta el ataúd, vestía 
uniforme y casi le disparo por reflejo. 


Por el bullicio exterior saqué la cuenta de que serían cerca de diez y me pregunté qué pasaría 
si el intruso llegaba a manifestar algún desaire a la finada. Yo no habría dudado en disparar, aunque 
lleváramos las de perder. 


Pero el pendejo se persignó y salió diciendo: —¡ Vamos! En este pueblo de mierda ni siquiera 
hay almas nobles que lloren a sus muertos. 


Durazo me tomó de la manga cuando ya me disponía a ir por mi destino. —¡Calma! —dijo, y 
agregó de inmediato con un susurro mordido, amargo: —Después te lo explico. 


A veces parecía que hablaba sin mover los labios y entonces sabías porqué lo obedecías. 


Dejamos pasar el tiempo, el necesario hasta asegurarnos que se habían marchado. Luego el 
teniente ordenó: —¡ Vamos! —Y nos fuimos. El salió delante de mí sin volver los ojos a la difunta. 


Anduvimos sin tregua los tres: Durazo, el silencio, y yo. Amanecía cuando llegamos al lugar 
de donde partimos, aún faltaba otro tirón hasta el campamento. 


—Descansemos un momento contra ese pedrusco —dijo señalando un promontorio rocoso que 
asomaba entre el follaje. No parecía cansado pero debía estarlo, yo sí lo estaba y era más joven. 


—¿Ahora me lo va a decir? —pregunté. Con habilidad él comenzaba a liar un cigarrillo. 
—¿Qué cosa? —preguntó a su vez. 
—Tres buenas razones para ser yo el elegido y no otro. 


—¡Ah! Pensé que lo habías olvidado. Entonces hazte fuerte... Eres huérfano, la escena de esa 
muerte en cualquiera de los otros despertaría recuerdos o temores. No tienes a nadie, si no volvías el 
dolor no sería ni contagioso ni para compartir. Y la tercera, que por ocultas razones o indolencia no 


temes morir. Suponía que te empujaba algo de necedad o mucho de vacío hasta que logré 
interpretarte. Se trata de vacío. Por eso fuiste conmigo. Podría haber ido solo pero hasta hoy jamás 
había sentido tanta soledad, nunca lo definitivo me ha perturbado tanto. 


El sol, aun débil, no conseguía disolver la bruma que escapaba de la vegetación. Durazo al 
fin encendió su cigarrillo y agregó: —Pero hoy noté algo que no sabía, cuando debí detenerte para 
que no hicieras del adiós a mi madre un baño de sangre. También medité qué haría si alguno de esos 
la insultaba. ¿Y sabes qué? Yo no moriría inútilmente, me habría mordido el corazón. Porque la 
forma de vengarla es ir por la victoria, no en vano mantengo mi vida encerrada entre estos cerros. 


He recordado muchas veces esa noche ocurrida hace al menos un año y a nadie la había 
relatado. La menciono hoy pues ayer mataron a Durazo y ustedes están desmoralizados. 


No he nacido para asistir al entierro de las ilusiones de los hombres que admiro, y en algún 
momento hay que darle a la vida contenido. Eso me impone la obligación de cumplir la promesa del 
teniente. Pues él hijos no ha tenido y allí estaba yo aquella noche, sin nadie. 


Lo haré aunque sea solo. Lo haré aunque vuelvan las lluvias y estemos perdiendo. De lo 
contrario —y se los dice un huérfano —para una madre una lágrima es poco. 


SENECTUD ACELERADA 





Accésit al VII Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve 
2004 Convocado por la Universidad de La Laguna — Tenerife — 
España 


Según acontecimientos de los últimos días, por cierto, ha de existir algo denominado 
"senectud acelerada". 


Años atrás no habría dudado en atribuir tal padecimiento a mi tío Néstor, creador del 
término que identifica el síntoma. Hoy, francamente, no sé qué decir. 


Sucedía con frecuencia en las tardes calmas, cuando intentaba leer, que terminara 
distrayéndome con sus andanzas de viejo atolondrado. 


Cosa común era que de pronto, mientras cepillaba su dentadura postiza, recordara haber 
dejado su bendita gorra colgada del naranjo y fuera por ella, abandonando aquellos dientes 
desolados bajo el agua del grifo abierto. 


Que yendo hacia el naranjo sintiera el coche de mi hermano Javier y se volteara presuroso 
por ver si traía su pedido. Que entonces se le cruzara el perro y decidiera, así de improviso, darle un 
baño. Para de inmediato preguntar a voz en cuello si estaba listo el almuerzo y ahí sí, avergonzarse 
al no sentir la dentadura. 


Ha ocurrido que le escuchemos decir que dormirá una siesta apenas culminado el desayuno, 
y verlo salir puertas afuera suponiendo llegar tarde al trabajo, siendo que está jubilado desde hace 
quince años. 


Tal cosa no nos alarmaba pues se detendría en la esquina para volver por dinero. Al regresar 
se excusaría conque la panadería estaba cerrada o con que había sentido el timbre pero nadie 
llamaba a la puerta. Aunque alguna vez empleó el argumento: “ha de haber sido algún niño 
aburrido con ánimo de bromear”. 


A veces cuando me decía: —¡Che tibio, vení! —lo observaba con fastidio, sabía que cuando 
me acercara me diría que en su juventud a un amigo idéntico a mí le decían "El tibio", y contaría un 
par de anécdotas del sujeto, al parecer no demasiado listo. 


Eso era lo único que me importunaba de él, que me comparara con el “tibio” de once años 
de su pandilla en tanto yo pisaba los treinta. 


Se le había dado por usar el bastón que fuera de su abuelo, de su padre, del mío y que, 
además de considerarlo ahora de su pertenencia, afirmaba que algún día sería mío, como si debiera 
aguardar con anhelo la eventualidad de tener que usarlo y a él correspondiera realizar el legado. 


Apenas comenzó a usar bastón adquirió la costumbre de abrir las puertas, apartar al perro de 
su camino, y arrimar al naranjo la gorra, valiéndose de él, logrando una rara habilidad para tales 
cometidos. 


Con el bastón también solía rascarse la espalda, llegando a rasgar varias camisas, y golpear 
con él sus pies o el piso con monotonía exasperante. 


A la sombra del naranjo con gorra armaba algún tabaco de cuando en cuando. A él nada de 
cigarrillos, pues muy bien había oído por televisión que es nocivo para la salud. 


Mi tío Néstor era un caso peculiar, y todos en la familia así lo considerábamos. 
Constantemente lo mandábamos a bañar, y no es que oliera mal, sino que debíamos asegurarnos que 
una vez cerrada la puerta del baño no olvidara entrar a la ducha. 


Es posible que nuestra actitud provocara que algunos días se bañara más de una vez. Si fue 
así nunca se notó pues sí, es cierto, muy pulcro no era. 


—Ese perro talmado pelea con mi gato —se quejaba con frecuencia. Tal gato era en realidad el 
perteneciente a su difunta esposa, al que maldecía en cada reunión familiar como si el animal aún 


existiera. 


De la banderola se acordaba bien, pues cada vez que narraba el episodio de la banderola, 
abierta para permitir la salida del gato, la pintaba al detalle. 


También que por allí había ingresado quien abrió la puerta a los ladrones que —ya los voy a 
agarrar a esos —y el bastón se elevaba amenazante sobre nuestras cabezas. 


Cuando veíamos televisión aunque estuviera fuerte el volumen preguntaba: —¿Qué dijo? —S1 
no le interesaba lo que veíamos nos hablaba, pero pronto aprendimos a no prestarle atención. Se 
aburría y nos avisaba: —Voy al cuarto —pero salía al balcón con torpeza, el paso aminorado por el 
bastón. 


Me gustaba hablar con él cuando bebíamos vino. Daba la sensación que la lucidez lo 
encandilaba. Se volvía coherente, ameno, y hasta relataba anécdotas jamás evocadas. Si estábamos 
solos se ponía picante. Intentaba dialogar preguntándole al "tibio" cómo va el asunto de los amores: 


—¿A quién le estás arrimando la pierna? —preguntaba como al descuido, y cuando me 
disponía a evadir la respuesta él se despachaba con lo suyo. Había sido bandido. No creo que 
inventara semejantes historias aunque quisiera, me inclino a suponer que hacía un racconto de 
cuantos romances llevaba oídos, aderezados con colores emanados de sus largos soliloquios junto al 
naranjo. 


Si éramos muchos los presentes ensayaba temas profundos, ora místicos, ora filosóficos, 
terminando siempre en el fútbol y la final del cincuenta. Tanta era su lucidez cuando bebía que 
jamás excedía cierto límite, manteniéndose luego escuchado sin beber una gota todo el tiempo que 
fuera. 


Solía andar enemistado con las fechas, que hoy lunes siendo sábado o que haría tal cosa a las 
cinco cuando en la TV comenzaba el informativo de las siete. Ni hablar de sí era dos, treinta, o de 
qué mes se trataba. 


Me daba por suponer que lo hacía adrede, como si la muerte le fijara citas que él simulaba 
dejar olvidadas. Mucho pensaba en eso y tanto me lo había creído que no se lo decía, tan sólo para 
que la muerte no se enterara de su jugarreta. 


Los últimos días se le había dado por decir que él no pensaba morirse. —¡Qué necesidad! — 
exclamaba alguno de nosotros. A lo que él respondía de inmediato y pleno de convencimiento: — 
Van a venir a buscarme unos amigos y me iré con ellos. —¿Quién podría imaginar qué cosa 
pensaba? 


Siempre quedará la duda, pues durante más de cinco años nunca faltó quien comentara algo 
como: ¡Las cosas que tenemos para contarle al tío! ¡Lo que se va a divertir cuando vuelva! 


Si todavía oye —no se cansaba de repetir la prima Sarita, que de pesimista nunca consiguió 
novio. 


El tío se fue. Desapareció de un día para otro. Nadie recuerda si cenó esa noche o si 
desayunó por la mañana. La que reparó en su ausencia fue mi hermana Joanna luego de traer a los 
niños de la escuela y cocinar. 


Nos llamó uno por uno, al trabajo o donde sea que estuviésemos: —¡El tío no está! —decía. — 
No te preocupes, andará en la vuelta —decíamos. 


Por la noche hicimos la denuncia y zozobramos del modo que suele hacerlo una familia en 
situaciones semejantes. Evaluamos miles de conjeturas y agotamos todas las posibilidades a nuestro 
alcance: en vano, no volvimos a saber de él. 


En tanto y debido a su estado nervioso y ocho meses de gestación, Joanna dio a luz su tercer 
hijo, Emilio, aguardado para el mes siguiente. Y pasó el tiempo, para ser exactos, cinco vertiginosos 
años. 


A veces nos deteníamos ante su cuarto vacío, sorprendidos de hallar la puerta abierta. Luego 
caíamos en que Antonia andaba por allí, se encargaba de airearlo una vez por semana desde los días 
inmediatos a su desaparición. 


Luego, no seguros de su muerte, mantuvimos el lugar desocupado como si fuese posible que 
volviera alguna vez. 


En el lapso Emilio fue creciendo y una noche Joanna planteó que el niño estaba grande para 
dormir en la misma habitación de sus hermanas mayores y entendía que debería mudarse al cuarto 
del tío. 


Ninguno de nosotros puso objeciones, pues si bien la casa es grande la familia ha crecido y 
era ilógico mantener habitaciones desocupadas. 


Se decidió entonces que se acondicionara la habitación para Emilio, quien ajeno a tales 
consideraciones pasaba los días inmerso en sus ocupaciones de niño. Sin embargo, cuando le llegó 
la noticia exclamó sumamente excitado: —¡S1 tío Néstor está de acuerdo yo encantado! 


Como el niño no había conocido al tío nos quedamos con la boca abierta y alguno de los 
más devotos se persignó con suma presteza. 


Mi hermano mayor, poseedor de gran sentido común, diría más tarde que Emilio había 
crecido en medio de nuestros relatos sobre el tío, con lo cual, y haciendo alarde de su inocencia, 
había deslizado un comentario incongruente. 


¡Fue la última vez que mi hermano pudo hacer buen uso de su sentido común! El tío 
apareció al otro día. 


Joanna salía a dar de comer al perro y lo vio allí, bajo el naranjo, y tan distraído como 
siempre había sido. A ella le temblaron las piernas y dejó caer la fuente con los restos de comida. Se 
quedó estática, como si estuviera ante un delirio de su imaginación. 


Emilio sintió el ruido de la fuente al caer y salió al patio. —¿Qué pasa mamá? —dijo con 
preocupación. Ella pasó una mano sobre sus hombros y le preguntó: —¿Qué ves allá, bajo el 
naranjo? 


—¿Dónde está tío Néstor? —preguntó él a su vez, como si no viese nada extraño. 


No tardamos en estar todos rodeando al misterioso reaparecido, algunos preguntándole 
dónde había estado, otros enojados por haberse ido sin avisar nada, los demás en silencio. 


Él nos miraba uno a uno como si le hablaran en chino, tan asombrado como nosotros. —¿Qué 
pasa? —dijo —¿Rompí algo? Recién sentí un ruido como de que algo se quebraba pero no fui yo. 


Cuanto hicimos para que nos quitara las dudas fue infructuoso, una y otra vez repetía que 
siempre había estado con nosotros y el último viaje que recordaba era su luna de miel en 
Florianópolis. 


De más está decir que no aceptó haber faltado un solo día, mucho menos cinco años, y 
todavía se jactaba diciendo que estábamos envejeciendo más rápido que él. Entonces fue cuando 
nos acusó de padecer “senectud acelerada”. 


Nuestro hermano mayor se había mantenido expectante y en silencio durante nuestros 
cambios de pareceres. Al cabo llamó a Emilio y le ordenó: —¡Andá a la sala y traé las fotografías de 
tus cumpleaños! 


Los demás sonreímos al suponer que lo habíamos atrapado, descontábamos que el tío no 
podría justificar su ausencia en los registros gráficos de semejantes festejos. 


Observé el rostro de mi hermano ufano y satisfecho y le dije con sorna: Creo que te debo el 
privilegio de ser justo heredero del bastón del tío. 


Al ver las fotos, literalmente, se nos cayeron las quijadas, testigos de la peor de las 
contradicciones: el tío aparecía en gran parte de ellas, siempre como abstraído, con el aire de 
disimulo que lo invade luego de alguna de sus torpezas. 


Alguien inquirió que su figura no lucía tan nítida como las otras, mientras sus ojos iban de 
las fotos al semblante flemático y candoroso del tío, como si dudara de una identificación obvia a 
todas luces. 


—¿Me quieren volver loco? —dijo el tío en un raro estallido de furia que no tardó en 


disolverse de sus facciones, del mismo modo que nos tenía acostumbrados... ¿Cinco años atrás? 
—¿Quién es éste de la foto, Emilio? —preguntó Joanna a su hijo. 


—Tío Néstor. ¿Quién va a ser? —Y el sentido común de mi hermano se fue al diablo. —Las 
posibilidades no son muchas —diría más tarde especulando con las alternativas. —O es un fantasma o 
todos nosotros estamos para internar. No puedo aceptar que en el trajín de nuestras vidas lo 
hayamos ignorado tanto tiempo. 


No sé. Observo al tío tras algún indicio que me permita vislumbrar si nos ha jugado una 
broma pesada, o definir si es en realidad un fantasma encarnado para enloquecernos. 


No puedo aceptar esa historia de la senectud acelerada y que todos estemos tan 
desorientados. Á veces me digo que sí, pues me ha sucedido de ir por algo y a mitad de camino no 
recordar de qué cosa se trataba, dónde debía hallarla y para qué la necesitaba. También estar seguro 
de haber armado la cama, por ejemplo, y al volver a mi pieza encontrarla deshecha; hay días que 
tengo la sensación de haberla ordenado varias veces. 


Joanna también pasó por situaciones parecidas, como la de inventar la paella azucarada tras 
confundir recipientes y lavar toallas con champú para autos. 


Mi hermano insiste con que él va a dar con la verdad sea como sea, pero ya se ha quedado 
varias veces en mitad de la carretera con el coche sin nafta. Así que tras la verdad no llegará muy 
lejos. 


Al tío es al único al que se le siguen aceptando distracciones y nadie hay tan calmo y 
animado en la casa como él. Los demás no nos podemos permitir tantos desatinos y andamos 
intranquilos y nerviosos procurando evitarlos. 


Además nos preocupa que en un par de días el tío compartirá su habitación con Emilio, 
desde el momento en que se lo propusimos el niño no hace más que exigir su traslado. 


Ambos tienen miradas con brillos de astucia y a veces al verlos observo a dos niños, otras a 
dos ancianos. En lo personal, encuentro entre ellos un aire de complicidad que me pone la piel de 
gallina, sobre todo cuando no encuentro algo que sé exactamente donde lo he dejado, y pienso que 
ese dúo nos está haciendo pérfidas jugarretas. 


TIEMPO DE ESCURRIRSE 


En el cartel, empapado y a medias despintado, aun podía leerse sin mayor dificultad: 
“Servicentro Joaquín”. El sujeto que la persistencia del anuncio nombraba estaba recostado en una 
silla de la oficina. Su displicencia era tal que parecía amontonar el medio día de rutina que cargaba 
en un muñeco laxo. Un quinteto de moscas pertinaces surfeaba sobre su mono pringoso sin siquiera 
inquietarse con los ocasionales ronquidos. 


Joaquín se había dormido, quizás harto de hablar solo y refunfuñar al espejuelo retrovisor de 
un Scania que pendía de una piola contra la pared. La intensidad de sus ronquidos los hacía parecer 
premeditados, como si intentara de ese modo burlarse del tedio, la soledad y el silencio. Debido a su 
propio resuello no advirtió el escándalo del desvencijado Peugeot 505, oscuro y chirriante, que se 
aproximaba desde el oeste. 


El auto tenía una gran abolladura sobre el techo y otra, algo más pequeña, afectaba el lado 
trasero izquierdo, por donde el agua se colaba a mares ante la ausencia de cristal. El conductor 
llevaba un delgado bigote y un ajado sombrero panamá; el resto de su vestimenta se veía en tan 
malas condiciones como el vehículo. Conducía como colgado del volante, y lo acompañaba una 
mujer de ojos tristes y perdidos que no cesaba de observar la lluvia estallando contra el parabrisas. 


Tras mirar en torno suyo el conductor hizo sonar la bocina y como si un rayo pudiera 
alcanzarlos se volvió inquieto a observar el punto del horizonte del cual habían surgido. 


El dueño del servicentro, sobresaltado, vio interrumpida su siesta y salió corriendo, 
cubriéndose la cabeza con un piloto marrón a través de cuyos agujeros se abrían paso retazos de 
cielo gris. En toda la lluviosa mañana apenas había vendido una lata de aceite lubricante 20—W-50, 
con este otro cliente no bastaría para cubrir ni una mísera parte de los gastos. 


¿Habría de extrañarse? En su cabeza reverberaban las voces angustiosas de los noticieros 
hablando de crisis y desocupación. Además, el paraje donde se derruía su negocio no quedaba sobre 
las rutas que recomienda Dios, ni siquiera en las que transita el diablo. ¿Quién habría de venir con 
ese tiempo de náufragos a no ser almas en pena? 


Estas cosas pensaba Joaquín mientras chapoteaba yendo hacia al lugar donde lo esperaba, ya 
fuera del coche y empapándose, el hombre del bigotito. Sus ojos de antes, aquellos inquisidores, 
adiestrados en épocas en las que le interesaba mucho el dinero, le dieron una idea del cliente en una 
primera impresión, asombrándose también de aquella palidez que lo cubría: forastero, chacarero y 
pobre. 


—¿Cuánto? —preguntó, viendo de reojo que en el asiento trasero del automóvil había un niño 
acostado, pero sin percatarse que la ausencia de cristal provocaba que sus piernas se empaparan. 


—Diez litros —contestó el otro con apatía. 
—La verdad, por diez litros no vale la pena mojarse —comentó Joaquín contrariado. 


—Peor sería que sólo le hiciera controlar la presión de aire de los neumáticos —agregó 
molesto el dueño del Peugeot mientras se volvía al sentir el golpe de la puerta del coche al cerrarse. 


—Diez litros es igual que cien o mil, hoy día —soltó Joaquín como para sí mismo, y se quedó 
pensando en qué disparatado motivo le había llevado a decir tal frase. Pero el cliente estaba en otra 
cosa. 


—¿Adónde vas, Irma? —había dicho, dirigiéndose a la también anémica mujer que acababa de 
descender del vehículo. 


—Al baño —contestó ella con tono tan angustiado que llamó la atención al dueño de la 
estación de servicio. Luego comenzó a caminar dejando de manifiesto alguna dificultad física, sin 
preocuparse de las ráfagas de lluvia. El hombre del bigotito, con simulada jovialidad volvió a 
hablarle a Joaquín, quitando importancia al momento, acaso tenso como la cuerda de un ahorcado: 


—¡Al baño! Si pudiera viviría dentro del toilette. Al baño... ¿Cuánto es? 


—¡Qué tiempito! ¿No? ¡Y este olor extraño que parece provenir de basurales! ¿Wendrá de la 
ciudad? Me pregunto si en alguna otra parte del planeta brilla el sol. 


—S1 eso ocurre será en el desierto del Sahara, o en otro sitio donde no existan cosechas que lo 
necesiten. ¿Qué le debo? 


—¿ Alguna golosina para el niño? No pasa mucha gente por aquí en estos malos tiempos. 


Una sombra cruzó por los ojos del forastero, volteando apenas la cabeza en dirección al 
niño: —No. Está dormido y ya vamos a llegar. ¿Cuánto es? 


—¿Son de por aquí? ¿Hasta dónde van? 
¿ por aqui! ¿ 


—Vamos hasta donde nos lleve su combustible —y como para sí agregó —¡Ojalá sea muy, pero 
muy lejos! Por favor, no olvide que llueve y no tengo piloto, dejemos la visita para otro día. 


—¡Hombre, no hubiera descendido del carromato! Además junto a los surtidores no nos 
mojamos tanto. Treinta y la propina, si le parece y no desea nada más. 


El dueño del Peugeot extrajo de uno de uno de sus bolsillos tres billetes de diez y los 
extendió al vendedor. 


—La propina cuando pase el diluvio —dijo. —¡Lo prometo! Nos dirigimos hacia territorios 
altos —y se tiró dentro del coche chorreando agua. 


Joaquín se permitió una sonrisa irónica y luego, llevado por sus piernas arqueadas que lo 
hacían balancear de un lado a otro, se alejó corriendo hacia la oficina. De camino mascullaba: —¡Ja! 
Territorios altos en esta zona del país y con diez litros de combustible... ¡Qué mundo de locos! 


Desde su oficina Joaquín observó que el hombre del bigotito ponía en marcha el coche y lo 
dejaba moderando en espera de la mujer. Pensó que con clientes como ese necesitaría cuatrocientos 
años para llegar a rico. Una voz dentro de Joaquín, también sin tener en cuenta sus limitaciones 
biológicas, alertó cándidamente que aquello era imposible pues mucho antes se acabaría el petróleo. 


El forastero hizo sonar repetidas veces la bocina con impaciencia y luego, sacando la cabeza 
por la ventanilla gritó algo. Joaquín hizo un esfuerzo para oír pero la lluvia apenas le permitió 
recibir un murmullo entrecortado. 


Recordó entonces el día que inauguró su negocio en el cruce de aquellas dos rutas, con más 
fuerzas y buenas intenciones que criterio. Existía también un parador y vivían su mujer y su hijo. 
Pero las cosas jamás salieron como había esperado: —Mejor hubieras inaugurado un cementerio — 
dijo mordazmente su voz interior —y en vez de seguir esperando lluvia y autos desvencijados te 
podrías tirar dentro. 


El hombre desde el auto volvió a hacer estruendo con la bocina y bajó el vidrio. Joaquín, 
pensando en el profundo sueño del niño se acercó a la puerta y esta vez pudo escuchar el diálogo: 


—¡Vamos Irma! ¿Pretendes que nos alcance nuevamente? Ella no tendrá un descuido en cada 
nube —y un trueno cual remate orquestal retumbó desde el denso firmamento. 


—¿Y qué? —contestó la mujer, mientras se acercaba al coche con una lentitud que Joaquín 
entendió provocadora, displicente —Ya no importa. Tal vez sea mejor dejar de luchar de una vez. 
Tengo la sensación de que no sólo nosotros, sino todo el maldito mundo se está yendo por la cloaca. 


El escape del auto al partir formó una nube que rápidamente se diluyó en la lluvia dejando 
un miserable olor a aceite quemado. Los quejosos sonidos de motor y carrocería persiguieron al 
auto hacia el este, donde en el vértice de la carretera terminaron por perderse de vista. 


A no ser por el persistente sonido de la llovizna el entorno volvió a la tranquilidad anterior. 
Joaquín nuevamente se acurrucó en su silla. No demoró en retomar el sueño interrumpido. 


Lo despertó el silencio rato después, apenas llovía ahora. Un viento frío había comenzado a 
soplar desde el sur haciendo bailar el cartel del servicentro, pero aún no bastaba para descorrer el 
velo nuboso del prolongado atardecer. 


La vio venir desde el oeste acarreando un rebaño de sombras con su ropaje oscuro. No le 
importó. No le importaba nadie que pudiera venir caminando o de a caballo: la venta de cigarrillos y 
golosinas no evitarían su ruina. 


Permaneció expectante, pretendía adivinar quién era, si alguien de paso o un lugareño. 
Habría querido intuir a esa persona nariz en ristre, como lo habría hecho Betún, aquél buen perro 
rastreador de su niñez. Tuvo en cuenta que hacía décadas que no tenía pensamientos que evocaran a 
Betún y por un instante lo imaginó a su lado, amenazador, ladrándole con furia a la figura que se 
acercaba. 


La lejana silueta demoró en llegar, quizás demasiado. Joaquín pudo observarla desde la 
ventana, se trataba de una anciana vestida de harapos. Ingresó al comercio antes que el manto 
nocturno, oscuridad que con timidez se mantuvo aguardando más allá de la puerta. Más que 
caminar parecía deslizarse y sin el menor titubeo enfiló hacia la pequeña oficina de Joaquín. 


Aquél, antes de ver su rostro notó su calzado empapado, antiguo y desecho. A medida que 
elevaba la vista sintió que los vellos de su piel se erizaban con el frío traído por la vieja. La supuso 
una mendiga y su voz interior estuvo a punto de gritarle: “Nada tengo para dar más que los huesos”. 
Sin embargo, reprimiendo un inicial deseo de echarla fuera y desentenderse de ella, continuó 
contemplando su aspecto. 


Un pañuelo negro cubría su cabeza dejando entrever mechones quebrados de cabello cano y 
la mitad de dos inmensos aros dorados, los que desde los lóbulos de sus orejas enmarcaban su rostro 
anguloso. Era delgada y apoyaba su fragilidad en un nudoso bastón caoba con empuñadura de 
marfil. 


La oficina se llenó de olor a humo, a tierra y humores que Joaquín no llegó a determinar. Al 
fin, cuando decidió interrogarla sobre el motivo de su presencia, sintió que el hielo de los ojos 
celestes de la anciana invadía su interior y eclosionaba en su dermis. Desvió la vista hacia un 
almanaque que mostraba la imagen de una chica desnuda ofreciendo cojinetes, aun así continuó 
sintiendo el escozor de aquella mirada gélida. 


Luego de amortiguar un repentino ahogo con una buena bocanada de aire reparó en la boca 
abierta de la mujer, moviéndose a destiempo del sonido articulado que comenzó a emitir en forma 
de palabras. En los oídos de Joaquín resonó aquella voz casi varonil que vino abriéndose paso entre 
dientes cariados o ausentes: —Creo que pese a cuanto me odiaste ya no me recuerdas. ¿Dónde fueron 
ellos? —había dicho la vieja. 


Joaquín no necesitó más datos. Sabía a quienes se refería y hasta creyó haber heredado parte 
del olfato de Betún. De haber estado allí, aburriéndose, los días siguientes, se habría preguntado 
cómo pudo estar tan seguro. ¿De veras la había odiado? ¡Oh, la vida es tan larga! Amores, rencores, 
alegrías, dolores, rostros y más rostros, y hojas de almanaque hasta alcanzar la caja de pino. 


—No sé —mintió, comenzando a encontrar en el aspecto de aquella anciana un dejo de 
comicidad que portaba, también y acaso, su cuota de hermosura. Algo dentro de él lo inducía a creer 
que ella lo había acariciado alguna vez, y que aquél roce no le había agradado en absoluto. 


—¡Debes decirme dónde fueron! —y esta vez los labios de la vieja ni se movieron. —Suponen 
huir de mí. ¡No pueden! Bien sabes tú, Joaquín, que cuando escojo sentencio. Tengo a su niño 
conmigo. ¡Acaso cree ese par de tontos que podrán saltar por la ventana! 


Joaquín recordó que él mismo había tenido un niño, y también una mujer. Se sintió muy solo 
allí, frente a esa especie de gitana viuda. Le pareció que ya estaba tan viejo como ella pero con 
muchas menos fuerzas. 


Por su mente desfiló como en una película la escena del accidente que se llevó a su pequeña 
familia. Él se había salvado pero... ¿Había sido su culpa? Jamás había aceptado esa posibilidad, sin 
embargo muchas veces pensó que si fue afortunado sobrevivir al accidente, tal eventualidad no fue 
buena suerte sino mero castigo. Pues a veces la conciencia plantea objeciones vanas a un instinto de 
supervivencia que no se rinde así nomás. 


Sí, fue mi culpa —dijo cabizbajo y para sí mismo, como si estuviese solo. De todos modos 
la vieja ignoró el comentario, quizás debido a que tales asuntos no son de su incumbencia. Entonces 


Joaquín volvió al tema de conversación que mantenía pendiente. 


—Ellos llevaban un niño —afirmó rotundamente —Ese que afirma estar con usted. ¿Dónde 
está? Si permanece afuera se ha de estar mojando. ¿Es hermano del que iba con ellos? 


Mientras no llegaba la respuesta de la mujer Joaquín sintió por ella una lástima inmensa y 
pensó: “Tiene la apariencia de andar buscando personas por el mundo desde hace mucho tiempo.” 


En algún momento su compasión por la vieja se transformó en pena por sí mismo, de tal 
forma que hasta le pareció estar completamente solo, y hasta intuyó de dónde provenía aquél odio 
que ella le mencionara. Mas la voz cavernosa de la anciana lo devolvió a su realidad. 


—Es un sólo niño y está conmigo. ¿Acaso no es el deseo de ellos permanecer junto a él? —al 
decir esto parecía que la mujer viese a través del hombre, quien a su vez la observaba en silencio. 


Joaquín volvió a pensar en echarla, cerrar el negocio por ese día y al siguiente situarse otra 
vez en la espera, y pasado mañana, y... ¿A fuer de qué tanta inútil espera? —se preguntó —S1 ésta es 
la vida y nada hay más allá... ¿Qué sentido tiene la existencia. 


Mas algo en ella lo fascinaba, lo atraía y subyugaba. Debía permitir que sus disquisiciones 
existenciales se diluyeran con la lluvia de allende la ventana. Se escuchó mintiéndole luego que ella 
preguntara: —¿Fueron hacia el este, no? Pues con total naturalidad le respondió: —No, hacia el sur, 
hacia la costa. 


Mientras su índice apuntaba hacia la oscuridad se interrogaba sobre el motivo de su mentira. 
Se sintió cándido al pretender entorpecerle a ella la tarea y la observó, adosando a su expresión 
ingenua una leve sonrisa que se congeló de inmediato. 


Los ojos de la vieja, fijos en él y haciéndolo estremecer, le decían que sabía que la estaba 
engañando, que el camino no tiene puntas pues es redondo y es ella quien domina el borde del 
círculo. Parecía como si la mirada de la vieja hablara realmente: —-No importa donde ellos hayan 
ido, importa donde vaya yo. Y vine aquí Joaquín. No irán lejos, ya vendrán conmigo. ¿Y tú? 


Aunque ella arrastraba los pies se alejaban de prisa. Él iba también y la ayudaba a andar. Se 
sintió feliz de serle útil: en ese momento ella existía porque él la acompañaba. Se volvió un tanto 
sin detener la marcha y gritó al muñeco desarticulado que dejaba en su oficina: —¡Joaquín, no 
encendiste el luminoso! 


—No te molestes —dijo la vieja —Era tiempo ya de apagar tus luces, modera tus palabras si en 
realidad deseas decir algo, ahora son de aquellas que musita el viento. 


Fueron hacia el oeste, raudos en la noche, desandando el camino que llevara la anciana. 
Desde la distancia aún sentían el chirrido del balanceo del cartel de la estación de servicio. Las 
estrellas se abrían paso en el cielo a través de restos raleados de tormenta. 


Los esperaban en una curva de la ruta, junto al Peugeot volcado que recostaba su techo al 
tronco de un árbol. Estaban los tres de pie, el hombre del bigotito, la mujer y el niño. Los 
aguardaban envueltos en un patético silencio. 


—¡Vamos! —dijo la vieja laboriosa— Aún quedan pasajeros que recoger en este día. 


—¡Sí! —dijo Joaquín —¡ Vamos Betún! 


FLORES EN LA VENTANA 


La aparición regia y oportuna de flores en la ventana manifestaba la vía libre. Era la señal 
estipulada, llave del cerrojo, pasaporte al frenesí. Aquellos pétalos de colores vivos anunciaban el 
tardío regreso de la patrona, proclamando sin pudor que podrían arder juntos hasta que nada faltara 
por quemar. 


En cierta ocasión la inoportuna señora regresó antes de lo previsto, y él amante resignado 
debió permanecer escondido hasta que pudo escabullirse de la casa. Mientras el insatisfecho 
fugitivo cortaba la noche con su fatiga, la disimulada paloma preparaba la cena gorjeando un 
momentáneo pesar. Mas todo parecía indicar que mientras hubiese oxígeno habría incendio y el 
riesgo energizaría la combustión. ¿Acaso importan los pequeños percances? 


Sin embargo la vida suele enmarañar las cosas, y un niño no estaba en los planes del galán. 
Así que de pronto no quedaron hogueras donde calentar el cuerpo, aunque hubiese infiernos 
atizando las almas: —¡Mejor olvídame, estoy joven para atarme a una familia! 


La patrona enterada no encontraba consuelo: —¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Ahora 
deberé buscar otra muchacha! ¡No merezco semejante ingratitud! 


Ella acabó llevando al viejo pueblo el embarazo. Desde antes de su partida por allí no tenía a 
nadie, pero al menos el paisaje de sus años inocentes habría de acompañarla y se le haría más 
llevadero el frío. 


Así como las aves cruzan vuelos y las aguas se mezclan, los destinos se enlazan. Pues la 
soledad es tan inmensa como el azar, proliferando cual maleza vacua desperdigada a los bordes del 
camino. Pablo, domador de potros adicto a la melancolía, aguardaba hacía muchos sueños formar 
una familia. 


De las bridas llevaba su existencia, sin hembra tierna que montar ni sonrisa dulce 
aguardándolo al atardecer. Andaba a oscuras hasta que la vio una tarde en la plaza, cuando creyó 
que el sol había bajado a la tierra y esa mujer lo derramaba generosamente y sin saberlo. 


Entendiendo sano apacibuar sus recovos logró que sus magros ahorros encontraron una 
parcela perdida en algún recoveco de la provincia. El niño tuvo padre, la mujer alivio, sus vidas 
sentido. Ahora sí, el futuro parecía sin horizontes, amplio, tan inmenso como promisorio y a la 
mano. 


Apenas un verano más tarde, al mediodía, inquietando el polvo del camino, un hombre 
marchaba pisando su esférica sombra. Acarreaba en los hombros su equipaje: raída mochila con el 
buche lleno de trapos ajados y un rimero aromado de cartas nostálgicas. 


Traía también una suerte esquiva, esa, la que ante su recuerdo de una ventana y unas flores, 
terminó empujándolo a hurgar en el pasado, quizás con la ilusa pretensión de recrearlo. 


Varias veces se había detenido a descansar durante su larga marcha y en alguna de ellas se 
sintió arrepentido de embarcarse en semejante empresa. Sólo la añoranza de aquella silueta alba y el 
carmín encendido de sus labios lo animó a continuar andando. Ahora llevaba más de una hora sin 
detenerse a tomar resuello, sabía que estaba cerca. 


En el paisaje la casa asomó mansa y ridícula, más adecuada a un delirio de Dalí que a una 
realidad miserable. La carta la pintaba bien y no tuvo dudas que era aquella. 


Se detuvo un instante y la observó desde la lejanía. Solitaria, parecía dormir al borde de ese 
camino polvoriento, al que el lamido del viento arañaba pedruscos. Unos pocos árboles la rodeaban 
y a no ser hacia el este, donde la exuberancia del monte cobijaba el paso de un riachuelo, era lo 
único discordante con la planicie que la vista abarcaba en amplio redondel de mundo. 


La contemplación del caminante terminó de improviso. Estaba bastante alejado aun de la 


vivienda y sin embargo los gritos que de allí parecían provenir, más que sorprenderlo lo 
inquietaron. Tuvo un titubeo, un respirar profundo, y volvió a marchar al influjo de la resignación. 


No fue más que eso, una gritería lejana y destemplada que quizás provino de su cabeza 
caliente de sol, de otro mundo, u otra época. ¡Tan grande volvió a ser el silencio! 


Luego, a no ser su andar desplazando cantos rodados, lo acompañó la quietud campestre. El 
mutismo de la naturaleza parecía ahora más profundo de lo habitual, perturbador. Ni el entrechocar 
de los guijarros heridos por su paso le hacía dudar sobre la conveniencia de seguir andando, como si 
de pronto temiera ser oído. Y buscó el vuelo de algún pájaro tan sólo para confirmar que el mundo 
no se había detenido. 


Poco después, desde lejos todavía, divisó al hombre que salía de la casa dando pasos 
vacilantes para luego detenerse y mirar en torno. Desde donde estaba el forastero no alcanzaba a 
distinguir los ojos de la lejana figura, sin embargo tuvo presente que aquella mirada lo había 
descubierto, pues un ramalazo de electricidad le sacudió el cuerpo. 


Notando que el hombre comenzaba a caminar en su dirección detuvo su marcha. Un destello 
palpitó en la mano derecha del hombre lejano y el peregrino, petrificado, titubeó en cuanto a la 
actitud a tomar. Fingiendo atar el cordón de un zapato atrapó una piedra regular del borde del 
camino, y levantando la frente fingió tener el valor suficiente como para continuar. Continuó. 


El hombre acortaba poco a poco la distancia que los separaba. El forastero tuvo miedo, 
mucho: ese miedo destiló un puñado de perlas líquidas que brillaron sobre su frente. No alcanzaba a 
comprender la razón, pero sabía que su temor era del que hace enmudecer y a duras penas permite 
contener las lágrimas: el de la incertidumbre ante el precipicio. Recién entonces tuvo la certeza de 
la existencia de encrucijadas aciagas, abismos profundos que esconden los caminos. 


Se sintió demasiado solo y no corrió, huyendo para siempre de allí, pues las piernas le 
pesaban demasiado. De algún modo, preso de su circunstancia, supo no podría eludir el mañana ni 
dar espaldas al pasado. Así que el momento del cruce quedó atrás, y ya fue imposible tomar otro 
camino. 


El aspecto y el andar del hombre que se acercaba traían tanto de agobio que el forastero 
comprendió que cargaba una desgracia demasiado pesada para sus huesos. Y no tuvo dudas que ese 
hombre estaba al tanto de todo: lo de la paternidad del niño y lo otro, lo de las cartas. 


El amante en ruinas desvió la mirada del puñal ensangrentado que colgaba de la mano del 
hombre recién cuando aquél estuvo a pocos metros. Al levantar la vista apreció el brillo insano de 
dos ojos líquidos y desorbitados. No pudo determinar con certeza si en la humedad de aquella 
mirada habitaba el odio, el horror o la súplica. Mas tenía la suficiente presencia de anormalidad 
como para incentivar su adrenalina. 


El viajero apretó con ímpetu el pedrusco que escondía y recién cuando el otro se acercó lo 
suficiente, con ágil movimiento, descargó sobre su cabeza el miedo acumulado en torno a la piedra. 
Presa del nerviosismo tomó el puñal que el hombre había soltado tras el golpe, ensañándose en su 
cuerpo hasta sentirse seguro de que nada podría hacerle. 


La acción fue vertiginosa, y casi antes de lo que habría demorado en razonarlo, se encontró 
contemplando a su víctima tomando sol boca abajo. Círculos de sangre espesa crecían sobre el 
polvo. En el futuro siempre que pasara por allí, y aunque en ese lugar ya no habría vestigios de la 
escena, el amante asesino vería en toda su magnitud la actual mancha bermellón. Sería su macula 
exclusiva, invisible para otros pero presente en cada latido de su corazón. 


Luego que pasara su azoramiento miró hacia la vivienda allá en su calma, y de inmediato 
reanudó la marcha. 


Tenía prisa en llegar y asomarse al aljibe, necesitaba agua con urgencia pues llevaba sed, 
fatiga, y una angustia mugrienta que no era del polvo del camino ni de la transpiración de la 
caminata. 


Minutos más tarde, agitado y sanguinolento, llegó al brocal y comenzó a subir un cubo de 
agua. La cadena chirrió, haciéndolo erizar, hasta que volcó la carga fresca entre sus manos, aun 
torpes de inquietud. 


Observó la vivienda temiendo al secreto que guardaba y tras unos segundos de vacilación se 
dirigió hacia ella. Le temblaban las piernas y necesitaba consuelo. Mientras andaba desfilaba por su 
mente, una y otra vez, la situación inmediata anterior. Volvía a ver los ojos interrogantes de aquél 
hombre que caía tomándose la cabeza, sus labios secos que a punto de decir algo daban contra el 
suelo polvoriento, la sangre derramada, y esa suerte de rubor inoportuno que le ardía en la piel. 


Sus pasos se fueron afirmando mientras andaba hacia la humilde construcción. Intentó 
recordar la mirada ansiosa de la mujer que alguna vez lo alentara, lo atrajera, con el mensaje 
inconfundible de una ventana florida. 


Al abrir la puerta vio al inmenso perro, yacía en medio de un charco de sangre con los ojos 
abiertos y el hocico repugnante de baba. Se arrodilló a su lado atónito. Un sudor frío, de perlas 
congeladas ahora, cubría su frente. La verdad lo hizo tambalear y sentirse mezquino, tan inmundo 
como ese perro muerto. 


Desde una de las habitaciones le llegó el llanto de un pequeñuelo y al acercarse volvió a ver 
a la mujer que lo amamantaba. Ella tenía los ojos más fríos que alguna vez lo hubieran observado. 


—Lo vi todo —dijo la mujer —No tenías por qué matarlo. El perro estaba rabioso. Lo mordió al 
evitar que se acercara a nosotros. Iba por ayuda. 


—No quería hacerlo —contestó el forastero —Mi aspiración era hablar. Supuse que le habías 
contado de mis intenciones de venir a buscarte y pretendía atacarme. Lo supuse al verlo acercarse 
con el cuchillo ensangrentado. 


Así fue que expresó por primera vez lo mismo que en muchas oportunidades repetiría en su 
efímero resto de vida. 


Al anochecer, el recién llegado sepultó al hombre en un pequeño campo preparado para la 
siembra, casi a ras de los terrones. Dos meses después decía llamarse Pablo Zubillaga y además de 
su nuevo nombre tenía bigote, un sombrero demasiado ceñido, mujer, hijo, y un puñado de tierra en 
medio de la soledad. 


Cuando la conversación sobre su crimen renacía, y antes de perder la paciencia, él afirmaba 
terminante: —No iba a hacerlo. Quería hablar. —Y ella, pensativa, siempre descubría algo nuevo: 


—Venía criando a ese animal desde pequeño, lo quería mucho y dudó demasiado en 
eliminarlo. "Después, cambiando el tono y el sentido de la conversación había agregado: —Y no 
puedo decirte Pablo. Te rogué que no vinieras. Además, si él estuviera ya habría sembrado las dos 
parcelas. 


—Cuando la ventana quedó sin flores le llegó el turno a las cartas —dijo él al mismo tiempo 
que golpeaba la mesa con furia. El niño, asustado, detuvo sus primeros pasos tambaleantes, luego 
hizo un mohín y se largó a llorar. 


—Nunca pudiste sepultar el pasado, pero con ese desgraciado no tendrás más remedio que 
hacerlo. ¡Calla, niño! ¡Calla! 


Siempre, cada noche antes de acostarse, la mujer miraba desde la ventana la parte de 
sembradío sobre las que sus manos no habían volcado semillas. 


—Era un hombre bueno. Se hizo cargo de tus responsabilidades sin hacer demasiadas 
preguntas. No merecía morir. Fue tu error. No merezco compartir la culpa —dijo una única vez tras 
la cual recibió un manotazo que le tuvo el cachete morado varios días. En otras oportunidades se lo 
preguntó a sí misma y se obligó a callarlo. 


—Sólo tuya fue la falta —nabía dicho el hombre con desprecio tras el chasquido de aquél 
golpazo en el rostro —y si nos descubren diré que me incitaste a hacerlo. Tengo tus cartas sensuales 
y melancólicas. Así que tendrás que hacer un esfuerzo y llamarme Pablo. 


Las lluvias fueron fuertes ese invierno y la austera vivienda era un bergantín naufragando 
sobre la soledad ondulada de la campiña. A pesar de todo, las tormentas que la rodearon no llegaron 
a ser mayores que las internas. La mujer fue haciéndose a los golpes y un atardecer, luego de 
contemplar la aureola parda que rodeaba uno de sus ojos y por primera vez, en la ventana que daba 
a la sepultura colocó un florero. 


—¡Pavadas! —Decía el hombre —Después de muerto lo veneras más que antes. ¿Esperas que 
vuelva el finado? ¿No era que te aburrías? ¡Parece que lo estuvieses llamando! ¿Te gustaría que 
desprendiera su cabeza de los terrones para tomarse venganza? —y la sombra de sus brazos, 
arqueados en el aire imitando el acoso de un monstruo, resbaló sobre la claridad anémica de las 
paredes. 


La mujer aprendió a silenciar pareceres. Antes no te conocía tanto. Pensaba mientras lo 
recibía sin deseo, más atenta a los grillos, al croar de los sapos, al rostro misterioso de la luna que la 
espiaba desde más allá de la ventana, orgullosa de esa blancura que en su alma la mujer sentía 
perdida. 


El nuevo Pablo cumplió su sueño de poseer una escopeta. Cuando la mujer hablaba del gasto 
inútil él prometía llenarle la olla de patos. Una tarde regresó con un retoño de jabalí amarrado a un 
tiento. Narró que se había topado con una hembra y que luego de matarla le dio pena dejar la cría 
abandonada al monte. 


—Lo mismo hizo Pablo con el perro: lo encontró pequeñito en la misma plaza que a mí —dijo 
la mujer. "Lo mimo Pabo —repitió el niño desde el rincón donde jugaba con una tropilla de piedras 
sin domar. 


El hombre contempló varias lunas sentado ante los verdes sembradíos estivales envuelto en 
el humo del tabaco posterior a la cena. Se estaba haciendo ducho al campo y los tiempos aciagos 
parecían haber quedado atrás. 


No estuvo tan mal después de todo. Pensaba mientras exhalaba una gruesa bocanada de 
humo hacia la noche estrellada. Luego observaba la actividad de la mujer dando las sobras al jabalí, 
que crecía fuerte. Él lo mantenía encerrado y había decidido que un día probaría su carne. 
Únicamente faltaba que ella colocara el florero en la ventana y apagara el farol para que él se 
acostara. 


—¿Hasta cuando pondrás esas flores? ¿No ves que no me importa? —Insistía él cuando tenía 
deseos de fastidiar o se sentía fastidiado —¿O supones que las pesadillas no me permiten dormir por 
las noches? 


—Si no te importa, mejor —epetía ella con cansina letanía —Hice una promesa. 


—Mamá ¿Qué es una promesa? —preguntó el niño que aun no se dormía. Ella respondió: —-No 
lo entenderías, pero promesa es el juramento de un hombre que cuando se arrepiente siempre es 
tarde. También es la obligación que asume una mujer con sus errores. 


—No entiendo qué quisiste decir —exclamó el nuevo Pablo —Y tampoco me interesa. —La 
noche se tragó los secretos, las interrogantes, y las caricias extraviadas. 


—Ya sé lo que es prometer mamá —dijo tiempo después sonriendo el niño, seguro de 
satisfacer los deseos de su madre: —Prometí no acercarme a la jaula del jabalí. Lo miro pero de lejos. 


Una noche el caminante se distrajo más de lo acostumbrado contemplando las estrellas. 
Tanto que podría asegurar que no había sentido a la mujer alimentar a su bestia. Sin embargo allá 
estaban las flores, asomando ante la luz mortecina que escapaba de la ventana. 


Jirones densos de sombra agitaron el aire nocturno a lomos de la brisa. El creyó que eran 
nubes que ocultaban la cornamenta lunar y comenzó a ponerse de pie. 


La vio. Pero en aquél gesto demencial que tenía ante sí no alcanzó a reconocer a la mujer ni 
a su voz, palpitando en el chirrido raspante que lo llenó de pavor; tampoco vislumbró aquellos 
alzados brazos y el alud de hacha que traían. 


Luego cayó, profundo. Las estrellas se apagaron y un silencio extraño aplacó los levísimos 
rumores nocturnos, dando la sensación de que un cenagal se había tragado al universo mientras 
Dios miraba hacia otro lado. 


Mas todo seguía allí pues de pronto el jabalí gruñó y el mundo continuó girando. El animal 
era un bulto más oscuro que la oscuridad que lo rodeaba; estaba inquieto y su cuerpo acosaba con 


impaciencia los postes y tablas que lo retenían. 


La mujer recordó el motivo por el cual hacía varios días que no lo alimentaba. Lo hizo 
mecánicamente, sin asquearse de la sangre tibia que pegajosa embadurnaba sus dedos. Sajaba. 
Tenía los ojos perdidos en la noche y el rostro sin ningún tipo de expresión. 


Desde la ventana se ve la chacra. Un buen observador podría apreciar el pequeño rectángulo 
sin sembrar que parece algo más ancho ahora. Hay calma. El jabalí fue dejado en libertad y aunque 
al comienzo volvía a revolver unos terrones pronto desapareció para siempre. 


El niño jamás preguntó por el hombre. La mujer no volvió a dejar flores en la ventana. 


SACRIFICIOS CONYUGALES 


Aquél domingo vislumbraba una mañana monótona. No tenía nada para hacer y andaba por 
el jardín tarareando uno de esos temas de Los Beatles por los cuales mi hija me tilda de anticuado. 
Al cruzarse conmigo me dedicó su habitual mirada reprobatoria, sugiriendo además con uno de esos 
sarcasmos heredados de su madre, y que tan bien le salen, que si he de continuar escandalizando 
acompañe a los Stones en su próxima gira, pues luzco tan patético como ellos. 


Lejos de enojarme, y sin ánimo de darle satisfacción, comencé a desentonar “El tiempo está 
de mi lado”, con gran sentimiento, indolencia y exceso sonoro. Todo un sacrilegio que al menos a 
mí, causó mucha gracia. Creo que a ella no. También el sentido del humor ha de haberlo heredado 
de su madre. 


Lejos también de amedrentarme, entraba a la casa arrastrando mis lamentos por el pasillo 
cuando, próximo a la sala y tras oír algunas voces, detuve el recital. Después de todo, el tiempo 
había dejado de estar de mi lado algunos años atrás. 


Una de aquellas voces expresaba la frase que detuvo mi deleite lírico y aminoró mi marcha: 
—Emplean fango termal volcánico y productos exóticos importados —decía a mí esposa nuestra 
vecina. Su voz de pito es inconfundible. —Créeme, no te miento. Desde que asiste a la clínica 
Osvaldo es otro hombre. 


¿Qué? Osvaldo dejaría de ser otro hombre cuando ya no persiguiera películas de cowboys y 
artes marciales en los canales cable, cambiara la cerveza por agua bendita y controlara sus 
flatulencias, entre otras varias probidades suyas por las cuales me escabullo cuando se acerca. 


Enseguida debí compararme, pues recordé la apatía en la cual estaba sumergido desde hacía 
algún tiempo y que, por reciprocidad, él podría opinar parecido en cuanto a mi afición por National 
Geografic y el tabaco, que tanto deplora. 


Lo había olvidado todo cuando por la noche, en medio de otra frugal cena de la madurez, mi 
señora, mientras rumiaba con desgano su lechuga, trajo el tema a colación. Deslizó entonces un 
extenso comentario a propósito de la nueva actividad de Osvaldo, proponiendo que lo imitara. 


Al parecer, mi buen vecino había comenzado a concurrir a cierta clínica de rejuvenecimiento 
que basaba su terapia en cosméticos y ejercicios sencillos. No di mayor importancia al comentario, 
pero ella continuó mugiendo con insistencia de propaganda electoral: 


—Es algo oneroso pero a Osvaldo le está dado resultado. ¡Aunque igual! Con su panza 
descontrolada y la flacidez de sus extremidades le tomará buen tiempo ponerse en forma. Creo que 
contigo lograría maravillas más pronto. Con ir una vez y ver si te resulta no pierdes nada —decía 
animándome, a la vez que entornaba los ojos con bovina melancolía: —¡Volverías a ser el torito de 
hace unos años! 


No es mi estilo andar por el mundo imitando a los demás, máxime cuando la acción me 
demanda esfuerzo físico. ¿Pero de qué se queja ella? Di un pequeño bufido de fastidio agitando mi 
bigote. Como suele ocurrir, me molestó su insistencia con el tema, sobre todo debido a que siempre 
logra sus propósitos. 


Podía mantener mi negativa a ultranza y soportar sus empeños hasta que el cansancio la 
ganara; tal batalla podía durar de unos días a varios meses, dependiendo de la frecuencia de los 
comentarios positivos de la vecina, y los centímetros de disminución del vientre de Osvaldo. 


Soy un tipo práctico, amigo de tomar al diablo por los cuernos y eliminar problemas de 
inmediato, ya sea resolviéndolos, delegándolos, o ignorándolos olímpicamente. 


Además en los últimos tiempos no le estaba dando mucho gusto a mi señora, es cierto. Y 
sólo faltaba que lo anunciara en la cartelera del supermercado. Si acaso no lo ha hecho. 


Así que para no ingresar en una nueva “guerra de los cien años”, al otro día tomé el coche y 
allá fui con resignada paciencia. 


Ingresaba al estacionamiento del lugar cuando me crucé con Osvaldo, que salía. Manejaba 
su vehículo como si guiara una nube sobre corrientes de aire celestiales. Un inusual semblante de 
felicidad desbordaba sus facciones y una aureola de placidez angelical lo envolvía. Al pasar a mi 
lado se permitió un guiño de complicidad, a la vez que elevaba su pulgar en un misterioso OK. 


Ingresé con la idea de solicitar información, pero pronto la recepcionista me convenció. Le 
bastó con hacerme usar el sentido común, una sonrisa encantadora, y la frase: —Ya que está aquí y si 
tiene tiempo, sería ideal que se anote en el DTP: “Demostración terapéutica práctica”. De ese modo 
podrá conocer los alcances del servicio que se presta sin el compromiso de una afiliación. El precio 
además es muy razonable. 


Por deformación marital y como buen hombre domesticado, acepté sin ningún tipo de 
cuestionamiento, para lo cual llené un breve formulario. Me sugirió entonces, derrochando simpatía 
y amabilidad, ponerme cómodo que en minutos sería atendido. 


Mientras aguardaba turno en aquella acogedora salita —donde para mi regocijo un televisor 
emitía Discovery Chanel- atribuí la placidez del rostro de Osvaldo a la falta de su habitual sombra 
de barba. Entonces aun desconfiaba de la eficacia que cualquier tratamiento pudiera lograr con la 
prominencia de su estómago, recelo que hoy ya no tengo. 


En tanto la joven tomaba datos de un tipo que recién había ingresado al local apareció una 
rubia muy hermosa. Vestía una inmaculada túnica blanca, ajustada y tal vez demasiado corta para el 
criterio de una persona como yo, típico adolescente de la era hippie y las minifaldas. 


Mediante un gesto de cordialidad provisto de sonrisa, sus ojos vivaces dieron un rápido 
atisbo a los tres hombres que aguardábamos. Luego se acercó a la recepcionista, quien le entregó un 
papel de una manera que podría calificarse como “tierna”: —¿Marcelo Torres? —leyó en voz alta la 
rubia ceñida y sin frío. 


Marcelo Torres se puso de pie cual feliz autómata y llevándose su hiptoptizada mirada 
desapareció tras ella por el pasillo. Su actitud era tal que pude imaginarlo dando pasitos bailando la 
Jota. 


Poco después llegó Nené: una morocha con un cuerpo aún más exuberante que la rubia, 
cubierto con una túnica de semejante talla. Sin mirarnos se dirigió a la recepcionista y luego de 
recibir su esquela leyó mi nombre. 


Seguí el rumbo de sus caderas hasta llegar a su consultorio. Entramos, cerró la puerta detrás 
de mí y se aproximó a besarme ambas mejillas, las que torpemente se ruborizaron de inmediato. 


—Soy Nené, tu terapeuta de hoy —dijo con afabilidad —Quítate la ropa y toma una ducha, ese 
es el baño —señaló una estrecha puerta —y regresa envuelto en esta toalla. 


Durante un momento me sentí fastidiado por las ocurrencias de mi mujer: en ese preciso 
instante yo podía estar disfrutando de una buena documental sobre el universo, anunciada la víspera 
en Cosmos TV. Además, me había bañado por la mañana. 


Pero no podía hacerle un berrinche a Nené, tan amable ella, así que hice lo indicado. A poco 
estaba listo y salí toalla a la cintura, doblemente pulcro, repeinado y fresquito cual pimpollo recién 
cortado. 


Nené sugirió que me sentara en una silla parecida a las empleadas en las peluquerías para los 
lavados de cabello. 


—Trataremos el bulbo capilar con productos exclusivos que te lo fortalecerán, devolviéndole 
la lozanía de sus mejores tiempos —dijo con total confianza. El tuteo logró relajarme un poco. 


De inmediato comenzó a masajear mi cabellera casi sin tocarme, con una delicadeza que me 
hizo erizar. Empleaba una crema de fragancia agradable cuyo exótico aroma me transportó a los 
mares del sur. Pensé que si se enteraba Pedro —mi peluquero— sus escasas huestes de testosterona 
pondrían un grito jíbaro en el cielo mientras sus estrógenos clandestinos destilan un mar de 
resentidas lágrimas. 


La tarea no le llevó a Nené más de cinco minutos, luego de los cuales sugirió que me 
recostara sobre la camilla de cubito dorsal. Buscó por allí unos potes y mientras los abría hacía 


referencia al cuidado del cutis, la eliminación de arrugas y la tersura facial: 


—Esta, por ejemplo, nutre las fibras de colágeno —decía, esmerándose en convertir mi rostro 
en una máscara horripilante. Yo podía verme en un espejo colocado a esos efectos en el cielo raso. 


—A los clientes les agrada verse bien —contestó de manera sonriente esta profesional cuando 
le hice notar que me llamaba la atención la abundancia de espejos existentes en su consultorio. 


Tenía aun la cara embadurnada cuando me solicitó que me colocara boca abajo y me relajara 
sin preocuparme por la crema: —Ahora trataremos la recuperación del tono muscular, y al mismo 
tiempo estimularemos la circulación de la sangre para eliminar impurezas y toxinas —dijo. 


Entonces sus manos comenzaron a deslizarse sobre mi espalda desparramando algo aceitoso, 
explicando con tendencia didáctica que se trataba de un producto fabricado con placenta de no sé 
qué animal a punto de extinguirse: —Aprovecha mientras puedas —recomendó con una picardía que 
me causó extrañeza. —Que todo está destinado a extinguirse. 


No puse demasiada atención sobre el animal de marras pues había notado que mientras 
realizaba su tarea, algo inclinada sobre mí, en uno de los espejos su escote se abría generoso y en 
otro con sumo esfuerzo asomaba, discreto sobre sus muslos morenos, el hilo superior de su tanga 
minúscula. 


Comencé a ponerme nervioso. No quería ser indiscreto mas no había manera, en la posición 
en la que estaba, de mirarle la nuca. Aun cuando desvié mi vista hacia sus talones, algo separados 
del calzado, no pude dejar de inquietarme. Volví a maldecir las ideas de Carmen, antes jamás había 
sentido deseos de besar un pie. 


—Este tratamiento agrega vitalidad a los tejidos, abre los poros y facilita la renovación de las 
células —dijo Nené, mientras con delicadeza me quitaba la toalla para continuar aceitando el resto de 
mi cuerpo, glúteos y piernas. 


Había comenzado a disfrutar de la bendita terapia cuando me indicó que me diera vuelta. Lo 
primero que hice, avergonzado, fue observar en el espejo del techo el inoportuno despertar de mi 
masculinidad. 


Ella fingió no haberlo notado y sentí alivio. Me aturdía pensar: ¿Qué pensaría la chica de 
este veterano libidinoso? ¿Estaría mi cincuentena estampada en el formulario que le entregaron? Tal 
vez si yo tuviese unos años menos... 


Lo que hizo ella en esa posición fue quitarme la crema facial con un paño húmedo, para lo 
cual, lamentándolo con fastidio, debí cerrar los ojos. 


Luego le tocó a mí torso la capa aceitosa. Como tenía su escote tan cerca de mi vista decidí 
mantenerla cerrada y al hacerlo pensé en Nené. 


¿Cómo era su vida? Seguramente tenía a su lado a un hombre muy afortunado, aunque algo 
débil y ojeroso. El disfrutaría los beneficios de su profesión al máximo, pues ella sumaría a sus 
conocimientos amor y pasión. 


Mientras ella llegaba a las inmediaciones de mí ombligo sentí un poco de envidia de aquél 
venturoso desconocido. 


Cuando advertí que continuaba con mis piernas sentí pesar, pensé en lo grato que sería sentir 
que rozaba mí... Mucho no pude lamentarme pues de pronto estuvo allí, con la misma suavidad y 
dedicación. 


Veía sus manos en el espejo, envolviéndolo y casi creí que soñaba. ¡Qué bien lo hacía! 
¡Hurra por mi esposa! ¡Hurra! ¡Hurra! ¿Estaba prevista esta ceremonia en el servicio? No tonto, 
contestó mi socarrona voz interior: lo hace pues tú eres maravilloso y ella lo ha notado. 


Mientras pensaba en eso, y en qué pasaría si llegaba al orgasmo, noté que ella continuaba 
con una sola mano. Con la otra desabotonaba su túnica y, antes de dejarla caer al piso, extraía un 
preservativo del bolsillo. 


Estupefacto acepté que con celeridad calzara el adminiculo y se instalara sobre mí. Mis 
ojitos, allá en el cielo raso, eran dos cuentas de vidrio resplandecientes caídas en el semblante turbio 


de un idiota. 


No debió esforzarse demasiado: —Descansa mientras preparo el jacuzzi —dijo Nené, 
llevándose las pruebas de la infamia unos minutos más tarde. 


Al volver tomó mi mano y me guio hacia el agua tibia y burbujeante. No soy locuaz ni 
profundo con personas que no conozco por lo cual hablamos del tiempo, de un crimen de la semana 
anterior y del Oscar del año pasado. 


En algún gris momento sugirió salir: de ser por mí podríamos estar allí todavía. Me secó y 
animó entre risitas a que la secara. Lo hice en silencio, trasladándome alguna decena de años atrás, 
y no por carecer de cosas para decir sino por tenerlas en demasía: ya no era una desconocida. 


—Espero que nuestro servicio te haya satisfecho, estaríamos muy complacidos de contarte 
entre nuestros clientes habituales —dijo Nené al despedirme con absoluta formalidad. 


Fue un momento triste, algo similar a cuando dicen: “al menos compartimos un café aunque 
supiera a jugo de paraguas”. Me sentí como si estuviese a punto de huir con algo que no valía nada 
fuera de dónde se hallaba. ¡Es tan difícil explicarlo! 


Camino de regreso venía pensando en las razones que tendría Carmen para enviarme a un 
lugar como ese. No había conocido a persona más celosa en toda mi vida. ¿Tanto había cambiado? 
¡Bien por ella! Pero no, no era posible semejante dádiva. En alguna parte un tipo había mentido a su 
esposa sobre el sitio de rejuvenecimiento, y otros estábamos recibiendo una especie de “obsequio 
colateral”. 


De vuelta en casa mi mujer me preguntó qué tal me había ido: —Bien —contesté 
lacónicamente, al tiempo que hacía un leve movimiento de hombros. 


No encontré razones para denostar la experiencia, por cierto. Además me sentía más joven y 
devuelto a un cálido y olvidado estío. "También algo melancólico, pues semejante anacronismo 
parecía no pertenecerme. Hasta me pareció oír la voz de Carmen: ¡No tienes derecho! 


Esa noche marché a la cama cansado pero satisfecho, seguro de que caería dormido cual 
lirón acosado por los primeros frescos del otoño. Mas los designios de mi esposa no habían 
terminado, y no tardaron en aflorar ambiciosos planes tras el subterfugio de su idea. Por primera vez 
en mucho tiempo era ella quien aguardaba en el dormitorio. 


Una suave música bogaba en las penumbras, el perfume era exquisito y flamante su lencería. 
Caí en la cuenta del dinero que nos estaba costando el rejuvenecimiento, incluidas terapias, 
parafernalia y cotillón. También en lo remiso que había estado los últimos tiempos en cuanto a 
obligaciones maritales se refiere. Me reconfortó pensar que al menos el costo de los músicos no 
habría de sumarse al presupuesto. 


Al comienzo creí que no podría hacerlo pero lo hice. A ella también la había reverdecido mi 
visita a la clínica. Si la fe mueve montañas... ¡Indudable es que mueve ánimos y personas! Vaya 
uno a saber las confidencias sobre las aventuras del pícaro Osvaldo que nuestra vecina transmitió a 
mi esposa. 


Por la mañana Carmen me preguntó si había decidido continuar asistiendo a las sesiones de 
rejuvenecimiento: —-No sé —fue mi respuesta, esta vez agónica, al tiempo que hacía un leve 
movimiento de hombros. Estaba tan cansado que hasta pensarlo me fatigaba: —¿Cuál es tu idea? — 
agregué esbozando resignación con magistral histrionismo. 


—¡Que un día no es nada! —Exclamó dando un fuerte matiz de obviedad a sus palabras —Es 
un tratamiento. Para que los resultados sean duraderos hay que hacerlo íntegro. 


Ocultando mi ansiedad dejé pasar unos segundos: —Por mí no hay problema —contesté, en el 
borde de mi dichosa agonía y haciendo un nuevo pero más leve movimiento de hombros. Me 
pareció que ella encontraba extraña mi actitud, ante lo cual manifesté: 


—Si en este momento me das a elegir preferiría no hacerlo —en esta oportunidad debí darle 
sensación de firmeza a mis argumentos y no moví los hombros —¡No creo que dé buenos resultados! 


—¡Siempre el mismo! —Dijo ella —Lo harás, es por tu bien. 


Me sentí reconfortado de que se preocupara por mí de ese modo y hubiera querido 
agradecerle, pero tanto no podía rejuvenecer con sólo una consulta. 


Unos tres días más tarde nos visitó la prima de mi mujer con su esposo. Arturo es muy 
amable y me cae bien, ella no, es algo presuntuosa y un par de veces me ha tratado de misógino. 
Nunca entendí las razones. ¡Si yo adoro a las mujeres! 


Las “chicas” charlaban en la sala mientras Arturo y yo servíamos unos tragos. Volvíamos 
con ellos cuando escuché la voz de mi mujer: —¡Y vino de esa clínica con diez años menos! 


Al vernos llegar cambiaron de tema pero yo sentí alegría por Arturo. Sonreí. 


Se te ve feliz —me dijo la prima de mi esposa. —Y me alegro mucho. La gente no suele 
llevar semblantes tan optimistas hoy día. 


Por lo general yo no tomaba en serio sus palabras, las cargaba de tanta sutileza que a veces 
daban a entender lo contrario o parecían llevar doble intención. 


—¡No exageres! Reía de una ocurrencia de Arturo: es un gran conversador. 
—¡Lo era! —se apresuró a decir ella. —Ahora anda bastante apagado, apático, débil. 


Mi señora salió entonces con lo de las begonias que había plantado y tomé nota de su 
intención de eludir el tema. Mejor así. La discreción en estos casos resulta esencial. Me dije que de 
continuar ese rumor balsámico todos los maridos de la ciudad acabarían bajo terapia. 


A la semana siguiente lo primero que hice fue anotarme, preguntando con ansiedad cuantos 
meses insumía el tratamiento. Se me contestó que esa decisión quedaba en manos del paciente, y si 
bien esos detalles se evaluaban sobre la marcha, todo dependía de mi deseo. Mientras la escuchaba 
me pareció descubrir un rictus de complicidad en la gesticulación de la recepcionista. 


—No olvide que también puede acceder a la opción VIP —agregó. 


¿Es que había más? ¿O acaso yo había demostrado demasiado entusiasmo durante la 
inscripción? Contuve un silbido de asombro. 


—Por ahora no, muchas gracias —contesté, evitando preguntar por aquél “plus” que se me 
ofrecía. No fuera que luego me enterara que existía también algo así como un Súper VIP, Mega VIP 
o Ultra VIP. 


Esta vez mi terapeuta fue la rubia pero vi que también atendían una pelirroja, una morena y 
varias más. ¿Se podría elegir o eso era para los VIP? ¡Qué importa! Le sugerí que fuera más breve 
la parte inicial y más extensa la última. La rubia manifestó alborozo: —Eres de los míos —dijo. Así 
que pasé otra tarde agradable. 


Al marcharme en el coche me crucé con Arturo. Manejaba mirándolo todo con curiosidad y 
pareció sorprendido de verme. Quise llamarle la atención y de seguro fue exagerando el aspecto de 
felicidad de mis facciones, el pulgar alzado y la mansedumbre angelical que envolvía mi semblante. 
Además, como si guiara una nube sobre corrientes de aire celestiales, me permití un guiño de 
complicidad. 


TETRAEDRO 


1 


Los tres nacimos juntos y cuando otro está al volante cada uno reúne fuerzas en su lucha por 
permanecer. Tal vez nos respetaríamos, y hasta sería posible en algún caso una mejor relación, si 
fuésemos entidades independientes. No es así, a veces lo lamento, en ocasiones me divierte, pero 
jamás pude aceptarlo del todo. Esa es la verdad. 


Ninguno de los tres se identifica con el nombre legal y preferimos reconocernos con el que 
hemos elegido. Por eso a veces, cuando alguien de afuera se dirige al titular del momento con el 
apelativo seleccionado por nuestros padres, no nos damos cuenta de inmediato. 


En mi caso me identifico como Alejandro, por Dumas y aquello de "Uno para todos y todos 
para uno", ya que mi facultad, como pretendo dejar manifiesta, es el amor a la literatura, razón ésta 
por la cual me encuentro ahora embarcado en esta pequeña reseña. 


Gioconda —tal es el nombre asumido por la chica del grupo— siempre está enojada y nos 
recrimina nuestra escasa pasión por el aseo. Cuando la observo acicalarse me da pena, pues su 
complexión física no acompaña su personalidad, por más que se empeñe en tal cometido. En sus 
períodos de vigencia se afana en completar un curso de manicura por correspondencia, pero sus 
manos, gruesas y toscas, carecen de la delicadeza necesaria y se desanima. Cuando eso ocurre 
Gurka ríe groseramente y en forma por demás notoria, pretendiendo que ella al escucharlo se largue 
a llorar aunque frustre su descanso. 


Gurka —apodo ofrendado por Gioconda a su antítesis, y asumido por aquél de buena gana— 
es quien gana nuestro sustento montado en el amor de su vida: un camión semi—remolque de última 
generación que la empresa donde trabaja le confía ciegamente. Aparte de manejar, beber cerveza y 
tomarse a golpes de puño en cada ciudad que transita, le agrada dormir. Eso es una suerte pues de 
ese modo no molesta con groserías y Gioconda o yo trascendemos. 


Ella es en realidad quien más sabe de nosotros, o mejor dicho de nuestra existencia. Solemos 
conversar a veces, mientras Gurka presta atención al tránsito o les grita palabras soeces a las 
mujeres llamativas y a los conductores audaces y apurados. 


Lo hacemos muy allá dentro, evitando que él se moleste: la presencia de Gioconda lo 
enceguece. Le odia más que a cualquier otra cosa en el mundo, y a veces pienso que sus actitudes 
vulgares no son más que consecuencia de esa realidad, ya sea por represalia, o simplemente para 
marcar su desvinculación total de vida y costumbres de nuestra compañera. Ha ocurrido en 
ocasiones que al perder vigencia Gioconda, si es Gurka quien asume, éste llegue a las lágrimas. 


Yo la acepto como es y aunque no me atrevo a decírselo —menciono esto porque sé que 
ahora no está cerca— creo que la amo. ¡Su cerebro funciona de manera tan armónica! Cuando está 
feliz es maravillosa, dulce, una melodía pacífica, flores y pentagramas. Canta al realizar el aseo y 
ordenar los desastre de Gurka. Cuando consigue un hombre se vuelve tan apasionada que, me 
consta, varios estuvieron a punto de enamorarse de ella pese a todo. Se vuelve volcán y arde hasta 
caer exhausta. 


En cambio Gurka, en caso de acostarse con alguna gata del camino, es brutal, recio, colérico. 
Exige el servicio completo y se emplea a fondo, agotando y hasta lastimando a las pobres chicas. 
Ninguna ha podido cansarlo plenamente a él, ni siguiera la vez que se metió con dos en la pieza. Un 
asco de sudor y blasfemias. 


Yo desconozco el sexo, mi pasión pasa por el espíritu y decanta en las letras. Cuanto sé de la 
vida lo he percibido a través de los encuentros que ellos, cada uno por su lado, ha tenido, y creo que 
el contacto físico no me interesa demasiado. Aunque haría el intento, si no fuera tan cruelmente 
imposible, de estar con Gioconda. Me agrada, aunque Gurka insista conque ella me subestima, 
utilizándome cuando requiere ayuda para bloquearlo. Me consta que a ella yo también le agrado, 
siempre me habla con cariño y comprensión, refiriéndose a mí como: "mi hermanito menor". 


Al principio sus palabras lograron que me chocara esa referencia, pues comencé a tomarla 


como una descalificación, luego comprendí 
que si bien puede encerrar algo de eso, también está repleta de aprecio y ternura. 


Gioconda, en cambio, no lo odia a Gurka, al menos eso creo. Sólo se fastidia con él cuando 
recibe golpes en alguna trifulca y le queda magullado el rostro. ¡Qué triste se pone entonces! Se 
repliega como un caracol y no reaparece hasta que hayan sanado las heridas. Tan sin sentido son las 
provocaciones de Gurka que terminan en riñas callejeras que a veces me da la sensación que se hace 
golpear para marginarla. 


De momento Gioconda se está preparando, este fin de semana Gurka no trabaja, 
seguramente descansará, y ella está muy fuerte y tiene planes. Yo jamás me opongo a ninguno de 
los dos, y la veo tan decidida que ya mismo le permitiré comenzar a disponer sus asuntos. 


No pude despertar a Gioconda antes que sonara el despertador para Gurka. Traté de hacerlo 
pero su cansancio era excesivo. Tenía el desgaste de dos noches de lujuria y parecía una lastimosa 
ramera de cien turnos. A él nunca le había dado tanta furia encontrar el rostro maquillado de 
Gioconda y anduvo por el cuarto destrozando lo que hallaba a su paso, bufando cual toro bravio y 
vistiéndose a los apurones. Era palpable su sufrimiento. Ella en tanto, ya despierta también, gozaba 
de la escena con la misma intensidad con que debe haber disfrutado sus dos noches completas. ¡Qué 
no daría porque cada uno pudiera marchar por su lado! 


Creo que esta vez mejor hubiera sido no hacerlo enojar. Cuando encontró el escondite de 
Gioconda tiró todas sus ropas, sus pelucas, sus cremas, rímel, perfumes y champú a la basura. 
Luego se aseguró bien de culminar su daño entregando personalmente el decomiso al recolector de 
residuos. Eso sí lastimó a Gioconda, tardaría mucho tiempo en recuperar su equipamiento. Desde 
mi lugar la sentía gemir y me hubiera gustado consolarla pero Gurka estaba dispuesto a quedarse al 
mando mucho tiempo, ignorándonos por completo. 


Comprendí que su decisión nos auguraba varios días de oscuridad y silencio. 


Así fue, las horas pasaban y sólo Gurka dominaba la escena. Mientras él manejaba con la 
radio a todo trapo, y hacía sonar la grave bocina cual honorable capitán ante el timón de un crucero, 
traté de comunicarme con ella pero fue imposible, estaba recogida sobre sí misma en inmóvil 
actitud y apenas se permitió enviarme un breve mensaje: 


Solos, tú y yo, habríamos podido ser felices —sus palabras levantaron mi ánimo y dieron 
fuerzas para escribir estas líneas mientras Gurka descansa en mitad de su viaje. ¿Cómo no amar a 
alguien como ella? No entiende nada de palabras y frases, pero cuando usa el idioma me hace 
estremecer. Como en este caso, en el que me hizo relucir, elevándome sobre la personalidad de 
Gurka, tan voraz y cruel. 


El viaje será largo, Gurka lo disfruta y nos ha sorprendido esnifando cocaína mientras 
escucha una y otra vez, a todo volumen, “Nacido para ser salvaje”. Siento que Gioconda teme 
imaginar qué puede acontecer, como sea, nosotros nada podemos hacer para cambiar las cosas. 


Ha sido terrible. Los tres estamos muy mal. Tal vez a Gurka le importe poco pero nosotros 
dos —yo por ella— estamos destrozados. La enfermera me alcanzó papel y lápiz y estoy escribiendo 
pues afortunadamente las manos y los ojos se salvaron. 


Gurka no andaba bien. Su último enojo con Gioconda le dolió mucho más de lo que 
pudimos suponer y se puso demasiado pendenciero. No conocía a nadie en aquél bar pues casi no 
iba en esa dirección, pero quería divertirse y arrollar cuanta cosa molesta encontrara a su paso. 


El hombre era pequeño y la mujer a su lado merecía cualquier sacrificio. Gurka se confió. 
Supuso que a pura impresión y arrogancia 


podía tomarla del brazo y llevársela sin más ni más. ¡Era peligroso el sujeto pequeño! Al 
primer empujón le creció el puñal en la mano. Gurka creía poder reducirle el arma a un par de 
mondadientes y largarlo a volar sobre las mesas, aun con la dosis de alcohol que cargaba. 


Yo descansaba y desperté con el tumulto, aunque Gurka, enceguecido en su lucha contra el 
mundo, no me permitía mirar. Creo que ni siquiera llegó a pegarle al enano. Al acercarse a la 
distancia justa del alcance de su brazo el hombrecito pintó un relámpago en el aire, y el lado 
izquierdo de la cara de Gurka se partió en dos. Llevar su mano a la herida, palpar sus dimensiones, 
y Caer desmayado, fue el suspiro de un rayo. En el suelo su cuerpo se aturdió de golpes, del 
hombrecillo, de la mujer, y de cuantos quisieron hacerlo que, tal era el odio que sus bravuconadas 
generaban allí donde llegaba, no fueron pocos. 


¡Qué falta me hace hablar con Gioconda! No sé qué le ocurre ahora. Debería aprovechar que 
Gurka no trabaja debido a su merecida licencia médica para respirar un poco. Dispongo entonces de 
uno de mis momentos, pues por lo visto mis compañeros no desean tomar el timón. Debería estar 
contento, olvidarme de ellos, y trazar mis propios planes como si nunca fuesen a volver. Ir al teatro, 
que tanto me agrada, es una buena opción. Admiro a los buenos actores, esos que logran transmitir 
la esencia del personaje. Claro que más me satisface escribir, un escritor ha de develar el espíritu de 
todas sus creaciones. ¿Y cuántos personajes pueden encontrar lugar bajo una piel? ¡Todo el mundo 
debería tener un juego de máscaras a su disposición! Seguramente, como las estrellas de cine, nueve 
de cada diez lo tiene. 


Pero hablaba del teatro. ¿Sería posible que fuera al teatro? Ambos, a su modo, son egoístas. 
Pues no me engaño, Gioconda también lo es. Es posible que en esta situación, en la que ellos han 
preferido retraerse, no se opongan. 


De todas formas creo que no podría hacerlo. Soy demasiado conciliador y conformista. 
Jamás intentaría hacer algo que llegara a molestarlos. Tal vez ese sea mi único mérito: ser un tipo 
mesurado y complaciente. Ellos pasionales, yo aburrido. ¡Qué conjunto! Parecemos tres gatos en 
una bolsa. 


Lo que sí puedo hacer sin complejos es leer mientras descansan. El silencio de este lugar y 
nuestra situación me otorgan una buena oportunidad para hacerlo. ¿Me traerá la enfermera algún 
libro si se lo pido? 


He leído mucho durante estos días. Pero por qué razón, no lo sé, nada supe escribir. ¿Será 
que sólo puedo hacerlo para referirme a nosotros? Bueno, mucho no lo he intentado. Ni siquiera 
procuré ningún contacto con Gioconda. La vez que hablamos vino ella, muy seria y sosegada. 


Ninguno de los dos mencionó al tercero en discordia, y debido a eso mantuvimos un diálogo 
muy adulto, sin sus arrebatos de histerismo. Pero fue una conversación algo extraña. Hablaba como 
si conociera cosas que yo jamás imaginé. Aún tengo dudas sobre el estado actual de su cordura. — 
¿No oyes, verdad?— No, no me siente ahora, descansa junto a Gurka. ¡Qué contradicción: el tigre y 
el venado en un mismo arrullo! 


Se acercó a conversar y se sentó junto a mí, cruzando muy recatadamente sus piernas, como 
si fuera una chica decente. ¡No, perdón, no quise decir eso! ¿Cuándo se supone que una chica es 
decente? ¿Acaso ella roba o lastima? ¿Está mal que busque ser feliz? ¡Pobre! Debería pedirle 
disculpas por haber pensado eso. Así que se sentó y me dijo muy resuelta, como si viniera con los 
libros de la verdad universal bajo el brazo: —¿Quieres saber cómo empieza todo esto? 


Iba a preguntarle si era una alusión a la pelea de Gurka, a la destrucción de sus enseres 
femeninos, o a nuestra unión. Ella, anticipándome, agregó: —Al hecho de que estemos juntos siendo 
tan distintos. 


—¡Claro que quiero! —expresé decidido. -No hay nada más importante para nosotros. ¿No? 
Sí —dijo ella, afirmando también con movimientos de su cabeza. 


En eso entró la enfermera de la tarde y sonriendo preguntó: —¿Hablando solo? —Y antes que 
yo pudiera hacerlo Gioconda con su vocecita contestó: —No. No es nada. 


La mujer cambió su expresión, dejándose cubrir por un manto de circunspección, y 
solamente agregó que mañana me sacarán la venda de la cara. Luego se fue como si la reclamara el 
diablo. 


—Te decía... —continuó Gioconda al quedarnos nuevamente solos —...que descubrí la verdad 
de todo esto. Es como si hubiera hecho una regresión, quizás debido al estado tan sensible que me 
dejó el último arranque de furia de Gurka. ¡A ver cómo te lo explico! 


Se detuvo un instante buscando las palabras adecuadas y agregó: 


—Por favor, no vayas a interrumpirme. Es algo difícil de justificar y necesito tener vía libre. 
Hazte la idea que en alguna parte, las almas esperan turno para regresar dentro del cuerpo de un 
embrión próximo a nacer, y que esto aparentemente sucede en forma muy fluida. Llegado nuestro 
turno renacemos con nuestra memoria en cero... ¿Me sigues? Cuando todo es normal, el nuevo ser 
mantiene su personalidad de siempre y obtiene una nueva existencia. Pero a veces ocurre que es tal 
la ansiedad de los interesados, que se apretujan e intentan volver a como dé lugar hacerlo. 
Aparentemente nuestro socio, Gurka, tenía mucha prisa y pocos escrúpulos, por lo cual no le 
importó que nosotros estuviésemos antes. Así que empujó y provocó que entrásemos todos en el 
mismo embrión. Esto ocurre a menudo, pero en todos los casos que se da la situación de que dos o 
más espíritus —o almas, como quieras llamarles— ocupan un cuerpo, esa mixtura genera 
automáticamente una nueva personalidad, una nueva alma. Lo que no sucede con frecuencia es lo 
nuestro, e ignoro qué motivos provocaron que no surgiera una nueva personalidad dominante, ajena 
a nosotros tres, la que mantendría reprimidas nuestras diversas pasiones. 


Más o menos eso dijo Gioconda, y se quedó mirándome en el atardecer silencioso del 
sanatorio. Agregó que me permitía continuar pues allí a ella no le interesaba permanecer y se fue. 
Me dejó estupefacto, nunca había revelado una veta mística, ni siquiera el más mínimo despunte de 
lirismo metafísico. 


Gurka también se encuentra mejor. Estuvo un momento y sonreía al pasar su mano sobre el 
vendaje. ¡Qué tipo raro! Jamás lo comprenderé. Realmente me siento más cerca de entender a 
Gioconda que a él. Bueno. Basta por hoy. Se acerca la chica de la noche a cortar la luz y no quiero 
incomodarla con demandas especiales. Si Gurka me escuchara, siendo tan considerado con el 
prójimo, la risa lo haría mojar la cama. 


Ahora sí que deberé esforzarme en encontrar una solución. Todo ha ido demasiado lejos y 
ellos nada podrán hacer para que las cosas vuelvan a ser como antes. Debo comentar las causas que 
motivan esta conclusión y por qué debo decidir algo pronto. 


Gurka estaba con muy buen ánimo. Admiraba la tremenda cicatriz que debido a la 
profundidad de la herida quedó en su rostro. Yo, que lo espiaba con discreción, no podía 
comprender esa especie de masoquismo manifiesto en su felicidad. No se había hecho un nuevo 
tatuaje en su brazo para molestar a Gioconda, no era un arete colgando de su nariz, tampoco lucía 
nuevas botas de cuero o una campera negra con tachas... ¡Se ufanaba y regocijaba del aspecto 
siniestro que había obtenido con esa cicatriz! 


Volvimos a casa. Siempre siguiendo las decisiones de Gurka nos llevamos un buen stock de 
cervezas del supermercado, por supuesto, ignorando las miradas temerosas de todo el mundo. Y 
claro, Gurka bebió hasta el hartazgo y cayó dormido en su borrachera. 


Horas después apareció Gioconda. Estaba adormecida aun y creo que todavía no había caído 


cabalmente en la cuenta de todo lo acontecido los últimos días. Se levantó y anduvo por allí 
tratando de ordenar algo del desastre que siempre deja Gurka, hasta que se cruzó con el espejo. Al 
verse enloqueció. Se tocaba la cicatriz con desesperación, como si quisiera quitarla mediante 
urgentes roces de sus dedos. Lloraba y gemía de forma desgarradora. Sus manos nerviosas trataban 
en vano asir sus cortos cabellos, y no dudo que si 


Gurka no los usara tan al ras, ella se habría arrancado la cabellera completa. 


De pronto se detuvo. Cambió la expresión de su semblante y una sonrisa pérfida tornó su 
rostro más impresionante todavía. Supe lo que pretendía hacer y dudé qué camino tomar. Gioconda 
fue a la cocina y escogió la filosa cuchilla de cortar carne. Se acercó a la mesa, y después de bajar 
sus pantalones colocó por completo sobre el borde nuestro órgano sexual. 


Allí dudó un instante, pero yo sabía que terminaría haciéndolo. Así que puse todo mi 
esfuerzo en despertar a Gurka. La cuchilla estaba en el aire cuando él llegó. Como la mano, aún 
bajo el dominio de Gioconda, bajaba con fuerza, Gurka apenas atinó a mover de lado la pelvis, 
salvando en el último segundo nuestra masculinidad. Emitió un grito salvaje, furibundo y dijo: — 
¿Crees que podrás conmigo, perra? Nunca podrías.. ¿Esto te molesta? ¿Eh? Te jode, te afea... 
dímelo —repetía mientras se pellizcaba el cachete herido causándonos dolor. Al finalizar su furia dio 
un buen respiró, inflando su pecho con satisfacción. 


Gurka es demasiado tonto y se engaña. Estoy seguro que Gioconda encontrará la 
oportunidad de hacerlo en cuanto él se descuide, y no sólo eso, podrá neutralizarme pues está sobre 
aviso. Lo hará del mismo modo en que se mandaba sus escapadas. ¿Cuánto podría resistir Gurka su 
vigilia? En este momento por ejemplo, descansa, ronca cual bebé satisfecho. Y Gioconda no ha 
venido. Sabe que no tiene el tiempo necesario. Tampoco el cansancio de Gurka es tanto como para 
no sentir las emociones que ella, para cometer su acto de venganza, necesita desplegar. A mí no me 
cuidan, no me temen ni les provoco ningún interés. Gioconda no me habla ahora. Me acusa de 
traición por haber evitado que ella "impartiera justicia". 


Me agobia todo esto. Sé que debe terminar y algo intrínseco en mí, una intuición, un grito 
desesperado que nace desde el alma, me indica que sólo hay una solución. 


Debo mantener la calma para no alarmarlos y puedan evitarlo. Seguro que ellos prefieren 
continuar su lucha permanente pues se ha transformado en su forma de vida. ¿Pero yo qué? ¿Por 
qué debo seguir soportándolos? 


En este instante, mientras escribo con la mano derecha, mi mano izquierda introduce 
comprimidos en mi boca una tras otra y bebo, ingiero más pastillas y bebo. Hace dos minutos que lo 
hago mientras observo el segundero con ansiedad. He dejado la casa sin medicamentos de ningún 
tipo. ¿Para qué? Nadie los necesitará. Comienzo a sentirme mal, pero hice lo que debía. 


Hola. Soy Julián. El del nombre legal. El hijo que mis padres esperaban. Si hubiera hecho 
como ellos, que se auto-nombraron a gusto, para mí habría elegido "Dartagnan". Soy la 
personalidad nonata que Gioconda estuvo a punto de descubrir. El verdadero propietario de este 
organismo moribundo. 


Es mi primera vez en el mundo y ellos nunca sintieron mi presencia pues he sido cauto y 
paciente. Al unirse mis padres crearon un cuerpo, al unirse ellos tres han creado mi alma y no soy 
más que la suma de sus esencias. Ahora todo se termina, la dósis de narcóticos que he ingerido me 
matará en unos minutos. 


Debí haber sido la personalidad dominante, pero dos de ellos la tuvieron más fuerte e 
intensa. No podía darme a conocer desde la debilidad e intentar hacer una vida normal, en 
cualquier momento alguno de ellos me llenaría de verguenza. Tres ya eran más que suficientes 
para llenar de ruido una azotea. 


Opté por mantenerme oculto, anónimo y distante. Estudié la forma de permanecer y tenerlos 


a raya un buen rato. Ahora los oigo gritar, pero ya no tendrán oportunidad de retornar. Lo siento 
por Alejandro, he tratado de parecerme a él y sobre el final logré que me escuchara y siguiera mis 
indicaciones. 


Debieron irse y no lo hicieron, debí opacarlos y no supe. Moriré, de ese modo pagarán por 
la usurpación que cometieron; yo, de todos modos, nunca logré vivir. 


¿MEJOR VIDA? 


Cada vez que repiqueteaba el anticuado llamador de bronce Lucina se sobresaltaba. —Ha de 
ser el doctor Salvatore —dijo a la señorita Borsapiena y, aunque no estaba segura de ser oída, 
agregó: —Con su permiso, iré a recibirlo. 


Tras franquearle la entrada, acompañó al doctor hasta la habitación de la mujer agónica. El 
paso de la criada era diáfano, como si no pesase y fuese el aire quien la impulsara. Los del doctor 
repiqueteaban al atravesar los amplios salones ya casi sin muebles. 


—¿Cómo está ella, Lucina? —preguntó el médico, tan sólo por interrumpir el tono monocorde 
de sus pasos. 


—Con los ojos perdidos, como viendo la nada. 
—Los ancianos suelen volcar la vista hacia épocas pretéritas. 
—Supongo que sí. 


Días atrás el facultativo, con expresión adecuada a las circunstancias, le había sugerido que 
permaneciese junto a la enferma: —Es inevitable —había dicho entonces— a nuestra amiga le ha 
ganado la vejez, nada puede hacerse. Debemos cuidar de ella durante esos pocos días que le resten 
de vida. 


Lucina, quien en realidad se llamaba Esther Román pero ya lo había olvidado, tenía 
sentimientos ambiguos. Al doctor le pareció advertir angustia en su rostro transparente y le acercó 
una frase de consuelo. Lucina apenas se permitió el asomo de una sonrisa irónica, lo cierto es que si 
algo la apenaba era no saber qué ocurriría con su existencia. 


La señorita Borsapiena la había obtenido del Asilo de Expósitos y Huérfanos a sus once 
años, bajo promesa de dar a la niña una vida mejor. Si bien dejó entrever que su intención era 
adoptarla y educarla como si fuese su hija, en realidad su objetivo distaba mucho de lo declarado. 


Dilapidada la fortuna heredada, ella y su hermano se vieron obligados a reducir la 
servidumbre —que en los buenos tiempos llegara a integrarse por más de veinte personas— a siete 
imprescindibles colaboradores pagos. La señorita Borsapiena requería de alguien más, 
exclusivamente a su servicio. La solución pues, pasaba por lograr ayuda a cambio de un techo y un 
plato de comida. 


—Debes sentirte afortunada —le había dicho —A los once años perdí a mis padres y tú a la 
misma edad obtienes una familia. ¡Seremos como hermanas! 


Si tal no fue el propósito de la señorita Borsapiena, al menos en algo no mentía. Su padre 
había fallecido en 1873, cuando la fiebre amarilla hostigó Montevideo. Su madre, al no saber 
manejar la falta de su marido, los negocios, ni su razón, tampoco halló mejor salida que colgarse de 
un olmo del jardín de la residencia seis meses más tarde. Dejaban un hijo de veinte años y una niña 
de once. Lejos estaban aquellos jóvenes de preocuparse por la duración de los bienes heredados, y 
tras breve luto continuaron con su vida habitual. 


Desde siempre, la casa quinta de “El Prado” donde moraban los Borsapiena, lució su 
máximo esplendor. Tal cual era costumbre los lunes recibían a sus amistades, lo más granado de la 
sociedad, y entre charlas, tragos y melodías de Wagner, pasaban horas lúdicas y amenas. 


Impiadosos los años pasaron, la cuantiosa fortuna heredada se fue desmigajando, las 
costumbres cambiaron, aquella niña envejeció y ese otoño de 1954 la estacionó al borde de la 
muerte. Entonces se sucedieron días agitados para el médico Salvatore, quien a diario asistía a su 
más longeva paciente en la tan venida a menos casa-quinta. 


La salud de la señorita Borsapiena se hallaba tan deteriorada como los bártulos de la casona: 
las alfombras persas ensombrecidas, los muebles suntuosos pasados de moda, las arañas de cristal 
de Murano que pendían del techo llenas de polvo y excrementos de moscas, y las obras de arte que 


por su escaso valor no habían marchado a subasta. 


Aquella paciente no era de las favoritas del doctor Salvatore, le chocaba su actitud regia, 
imperativa, siempre al borde del destrato, y su mirada aguda, acerada, que impúdica parecía 
clavarse en su persona. Actitud que permanecía aun cuando su cuerpo ya no estaba en condiciones 
de continuar latiendo. 


Antes de caer postrada la señorita Borsapiena solía tratar al facultativo con displicencia y 
tono burlesco, sin dejar de recordarle que seguía sus consejos en honor a su padre, médico de la 
familia durante toda su existencia. Ahora lo veía cual Dios de quien dependen sus jornadas, cosa de 
la cual Salvatore no se había percatado. 


Ante ella el doctor sentía disminuir su autoridad académica y dudaba en cuanto a su 
inmediato accionar. Quizás a otro paciente en esas condiciones habría aconsejado prepararse para 
entregar su alma a Dios. Prefirió no tocar ese punto con ella, pero a Lucina le comentó que sería 
mejor aguardar un par de días antes de llamar el párroco para recibir los últimos sacramentos: — 
Mejor no asustarla —dijo. Lucina se preguntó: “¿Asustarla?” 


Es que la señorita Borsapiena sólo carecía de avaricia a la hora de exponer caprichos y 
locuras. De personalidad avasallante y firmeza terca e inmisericorde, se tornaba sarcástica y cruel si 
algo la molestaba. Lucina llegó a conocer en carne propia varios de aquellos exabruptos. Estando 
solas, sin embargo, solía ser tolerante; no pasaba de alguna mordacidad raleada, un mal tono 
prepotente, acaso una acusación gratuita. 


La pasividad de Lucina hacía diluir el nivel de arrogancia y maldad de la señorita. Pero 
cuando otra persona estaba presente se hacía más notorio su desprecio hacia ella y sin motivo 
alguno la humillaba. Lucina siempre fue leal, podía comprender y aceptar los desbordes de los 
aristócratas, cumpliendo sus tareas por nada y con semejante eficacia a quien lo hace por un sueldo. 
Otra cosa no había conocido. 


Atardecía cuando el medico se retiró. Tras su partida la criada se dirigió al dormitorio de la 
moribunda, sentándose a su lado cual expectante perro San Bernardo, atenta al menor requerimiento 
que pudiese emanar de la enferma. 


Habrían pasado unas tres horas cuando de reojo advirtió que la anciana se movía. Lucina 
aguardó. El sentirse nombrada no la sobresaltó, era lo esperado y entonces sí, dirigió hacia la 
señorita Borsapiena la mirada, moviendo apenas la cabeza hacia la izquierda y abajo. Los ojos de la 
anciana mantenían ese brillo insolente, acaso insano que a Lucina, también, siempre había 
inquietado. 


—¿Necesita algo la señorita? 


—No Lucina, solo hablar un poco. —Pese al notorio esfuerzo que le demandaba manifestarse, 
la voz de la mujer sonaba autoritaria: —Lucina, sólo tú me entiendes. Llevas a mi lado una eternidad. 
Sabes qué cosa necesito y en qué momento. También conoces o puedes imaginar que donde quiera 
que vaya no podría valerme sin ti. 


Lucina se limitó a escuchar. Preámbulos verbales de relativa amabilidad no solían tener 
buen destino. Recién en ese momento se preguntó dónde irían a parar los escasos bienes de la 
familia Borsapiena que aún quedaban, pues no existían familiares ni parientes. La propia Lucina 
había acompañado a la anciana mujer a cada uno de los sepelios correspondientes. 


Cuando su cerebro especuló con la posibilidad de que quizás la vetusta casa quinta podría 
pasar a su poder el resto de su materia gris, sumamente realista y resignado, borró de inmediato la 
insipiente sonrisa cándida que por un momento amenazó pintarse en su rostro. 


En eso la señorita Borsapiena emitió una frase quejumbrosa que, si bien portaba un tono 
acorde a la debilidad de un moribundo, contenía también una firmeza inexcusable: 


—¡Lucina, deja eso, todo quedará para la iglesia! Y arrima otra silla aquí a mi izquierda. ¿No 
ves que ha llegado el señor Paliatel! 


Lucina no salía de su asombro, en la habitación no había nadie más que ellas. De todos 
modos y en medio de un escalofrío arrimó una silla al otro lado de la cama. Aquél nombre le había 


dolido mucho tiempo. 


Luego que Lucina arrimara una silla la enferma le agradeció con parquedad, luego ladeó la 
cabeza para dirigirse a la supuesta visita: 


—Sabía que volverías por mí. Siempre sospeché que mi hermano mentía al afirmar que jamás 
regresarías. 


La señorita Borsapiena había intentado sonreír al decir aquello, mas aquella mueca 
incipiente desapareció más que presto: —¡Qué dices! ¿Mi hermano? —Dijo entonces. 


Lucina volvía a su lugar, y las frases de la anciana se le pasaron desapercibidas. Se aprestaba 
a volver a sentarse cuando los años trabajando al servicio de la anciana la llevaron a precaverse. Si 
bien en la otra silla no había nadie, su patrona se había referido al señor 


Paliatel y ella no debía tomar asiento en presencia de una visita sin autorización expresa. Así 
que decidió consultarlo: —¿Puedo sentarme señorita Borsapiena? 


—No deberías Lucina, bien lo sabes, no por mí sino por respeto a nuestro querido amigo 
Rubén. De seguro mantendremos una charla confidencial. Puedes descansar en la cocina. Ve, si 
necesitamos algo te lo haremos saber. 


—Muy bien señorita Borsapiena. Señor. —Y tras hacer la reverencia correspondiente hacia la 
silla vacía marchó a la cocina. Decidió seguirle el juego pues no tenía la menor duda que la anciana 
desvariaba. Podía dejarla sola pues se mantendría un buen rato despierta y si la necesitaba haría 
sonar la campana. 


En la soledad de la vasta cocina Lucina pudo dedicarse a razonar sobre lo ocurrido los 
últimos minutos. ¿Rubén Paliatel? No era extraño que al oír ese nombre un temblor eléctrico le 
recorriera los poros para terminar alojándose en sus huesos. También había existido una lágrima 
disimulada a la que había prohibido manifestarse. 


Echó la cabeza hacía atrás, acunándola al respaldo, y cerrando los ojos se dispuso a “mirar 
hacia el pasado”, como dijera el doctor con su forma tan académica de hablar. 


Miles de veces durante todos sus años Lucina había evocado aquél lapso especial de su vida, 
cuando por única vez conoció el significado de vocablos como “ilusión” y “amor”, entre otros 
quizás no tan románticos, que entonces se adueñaron de sus sentidos. 


Aquello había ocurrido en una época en la cual, y pese a la debacle, en la casa aun servían 
cuatro personas. El chimento de los pasillos era el amorío de la señorita Borsapiena con el jardinero 
Paliatel, y las pocas posibilidades que debido a su edad tendría ella de hallar algo mejor. La señorita 
Borsapiena tenía entonces cincuenta y tres años y Lucina diecinueve. 


Los comentarios apenaron mucho a Lucina, pues desde meses atrás mantenía una intensa 
relación clandestina con aquél sujeto. Además de eso atesoraba el sueño, la posibilidad de virar el 
rumbo de su vida. La eventualidad del romance de Rubén con su patrona, difundida con malicia y 
sonrisas socarronas, diluían en el aire el espejismo de sus esperanzas. 


Jamás pudo confirmarlo pues el caso fue que de un día para otro Rubén desapareció. Lucina 
sufría en silencio y toleraba el mal humor que de pronto había tornado a la señorita Borsapiena 
intolerante y abusiva. 


Pese al desasosiego permanente que entonces manifestara su patrona, Lucina prefirió 
descreer los rumores. Hallaba imposible que Rubén se fijara en una mujer que le doblaba la edad, 
por lo cual durante mucho tiempo aguardó que su príncipe volviera a buscarla. 


La vida continuó, casi inadvertidamente, para que de pronto, como en un soplo, aquellos 
diecinueve años se volvieron cincuenta y ocho. Despertar ahora aquellos recuerdos para nada la 
ayudaban en la actual situación. Bostezó y echaba los brazos hacia atrás, desperezándose, cuando 
sintió el tintinear de la campana de su patrona. 


Al ingresar al cuarto la silla que Lucina había colocado junto a la cama continuaba vacía, 
mas la anciana parecía embelesada en la observación del mustio tapizado. En esos momentos 


terminaba de decir, con voz desfalleciente y débil: —Es una pena que sea tan tarde, continúa 
subyugándome tu atrevida arrogancia y esa especie de aroma silvestre, mezcla de hierbas recién 
cortadas y sudor de macho. 


Por reflejo mental Lucina inhaló profundo y el aroma percibido la asqueó, olía a nenúfares 
descompuestos y tierra húmeda. No tuvo dudas, su patrona vivía sus últimos instantes flotando 
sobre extraños delirios y a merced de sus propias flatulencias. 


Aquella percibió su presencia: —Lucina, acerca tres sillas más. Vendrán mis padres y 
Gilberto. Quiero tenerlas listas para que ninguno aguarde de pie. ¡Esos deberán oírme! Todos ellos. 
Cada uno se las arregló para arruinarme la vida de algún modo. 


Esta vez el sonido de sus frases fue tan firme que Lucina agradeció no estar entre los 
citados. Recordó el rostro agrio de los cincuenta años de la señorita Borsapiena, cuando moría su 
hermano Gilberto. ¿Y a dicho que vendrá? 


De no haberle parecido tan patético Lucina habría sonreído. Sin embargo, que los 
nombrados estuviesen fallecidos no marcaba diferencia en cuanto a la labor que ella debía realizar. 
Allá fue Lucina 


por las sillas, acomodándolas luego en corrillo en torno al lecho de la moribunda. Toda su 
vida la había obedecido, ahora que aquella manifestaba sus últimos deseos no dejaría de hacerlo. 


La voz de la anciana la quitó de sus cavilaciones: 


—Padre, no debió ser tan ansioso. ¡Era el importador con los mejores contactos en Europa! 
La mercadería cargada en el bergantín danés tarde o temprano bajaría a puerto. Amarró en la Isla de 
Flores pues traía pasajeros infectados. ¿Para qué burlar la cuarentena? ¿No pensó que los 
guadañeros que la contrabandearon por la noche podían desembarcar también la fiebre? No 
necesitábamos más dinero. ¿Para qué asumir riesgos innecesarios? Por creerse invulnerable al final 
nos dejó solos. 


Lucina había escuchado la historia muchas veces. El viejo amarrete había contraído la 
enfermedad y fin de la dinastía que se jactaba estar creando. 


La anciana interpeló largo rato a una silla muda, culpando y maldiciendo como si se 
estuviese enterando de sucesos desconocidos todos reprochables. Sus ojos parecían echar chispas y 
la vehemencia de su voz dejaba escapar esquirlas salivales. 


En algún momento, entre agotada y desahogada, hizo silencio. Respiró unos segundos, luego 
movió los ojos hacia la adyacente: 


—Madre, si pensaba colgarse de un olmo viejo no necesitaba atiborrar el jardín de plantas 
exóticas. ¡Buen dinero nos costó mantenerlas cuanto pudimos! ¿No le importó la suerte de sus 
hijos? ¡Mírenos! Eramos niños apenas y no tuvo piedad. 


Hacia esa otra silla se dirigió entonces su diatriba. Lucina parecía no prestar atención, si bien 
algunas veces lo hacía sabía disimularlo, estaba habituada a ignorar las conversaciones que los 
señores hacían a su alrededor. Tuvo la sensación que su patrona, aun dentro de su debilidad, se 
expresaba con sentimiento y pasión, por lo cual temió que todo aquello precipitara el desenlace 
fatal. 


Al terminar con su madre y siguiendo la ronda, la señorita Borsapiena se hizo cargo de su 
hermano: —Me cuesta creer Gilberto, que hayas matado para evitar mi casamiento con un palurdo. 
No fuiste tan conservador a la hora de dilapidar nuestro patrimonio —tras decir esto la señorita 
Borsapiena tosió un par de veces haciéndose ostensible su agitación. Tenía los puños apretados y 
algunas perlas de sudor febril aparecieron sobre su frente: —¡ Perro morfinómano! 


La silla sobre la cual estaría sentado Gilberto guardó silencio. Culminada la reprimenda a su 
hermano la anciana giró a una y otra silla la cabeza diciendo: —¡Ustedes tres estarán eternamente en 
deuda conmigo! 


Luego volvió la cabeza nuevamente hacia su extremo izquierdo: —¡Y tú Rubén! —ugió — 
¿Tan hipócrita eras como para desposarme aun amando a otra mujer? ¡Hubiese preferido ignorar 
quien ha sido esa! Al cabo, bien pagaste con tu vida haberte burlado de mí. ¡Nadie deja de pagarme 


una deuda! 


Permitió que el silencio enmarcara esta última frase. A Lucina el rubor le erizó la piel y sin 
pretenderlo, llevó la vista hacia la silla vacía donde supuestamente estaría Rubén. El tapizado estaba 
desteñido, jamás lo había notado. Una frase cruzó por su mente: "Tu vista no es la de antes, es la 
edad Lucina, la edad". Tal pensamiento se evaporó luego de flotar en la densidad de una atmósfera 
que se tornaba irreal. 


Se sentía cansada. Sí, ella también tenía sus años, ya no era aquella jovencita que tan bien 
dispuesta estuvo a entregar su corazón a un farsante. Al pensarlo no pudo evitar que una triste 
sonrisa se hamacara en sus labios. Aquellos escasos momentos, apoteóticos, en nada envidiaban a 
las décadas de servidumbre, al contrario, eran su tesoro. Segundos de apogeo, de existencia 
sublime, de esplendor, intensidad y alivio, para contrarrestar aquella eternidad de obligaciones. 


—¡Qué dices Lucina! 
—Nada señorita, no he hablado. Pero no sé... quizás desvariaba. 
—¿No dije que esperaras en la cocina? 


—Me había ordenado retirarme cuando llegó el señor Rubén, pero no luego de haberme 
vuelto a llamar para acercar más sillas. ¿Debo retirarme? 


—Aguarda Lucina, es posible que venga alguien más, muchos amigos han llegado hasta aquí 
a través de tantos años, no es posible que en la mala hora nos dejen tan solas. ¡Como si también a 
ellos los hubiésemos enviado a remate! 


Las dos mujeres permanecieron en silencio. La habitación era amplia, digna de una reina. 
Grandes retratos de antepasados colgaban de una de sus paredes laterales, otra estaba tapizada de 
cuadros más pequeños con imágenes fotográficas, y a otra la cubría un tapiz de raso oriental con 
bordados de seda. 


La señorita Borsapiena giró la cabeza de un extremo al otro de la habitación. Su aspecto era 
inestable, en un momento parecía desfalleciente y al otro se mostraba plena de energía. Lucina 
emitió el breve carraspeo que se permitía cuando tenía dudas sobre su accionar y debía consultarlo. 
La enferma lo notó y volvió la mirada hacia ella. 


—No es necesario que te retires ahora Lucina, al contrario. Siéntate, la silla que estabas 
usando permanece libre, nadie más vino —se interrumpió de pronto para decir al corrillo de sillas 
vacías: —¡Deberán tolerarlo aunque mi decisión les moleste! Lucina es mía. Siempre ha sido análoga 
a mi sombra, la llevo adherida desde el primer día que pisó esta casa, y deseo mantenerla a mi lado. 


Lucina observó las sillas con modestia, como si realmente contuvieran personas que podrían 
aceptar o rechazar su presencia, incluso la de Rubén, quien según recientes confirmaciones, pudo 
haber sido su señor. ¿Nunca su marido? No pudo pensar mucho en eso, la señorita Borsapiena se 
hallaba semi sentada en la cama, apoyándose en los codos con gran dificultad. 


Observó a Lucina con expresión de incredulidad, como si la viese por primera vez. Luego su 
vista se dirigió hacia la puerta y cuando volvió a hablar parecía más fastidiada que moribunda: — 
¡Así que tenía su historia oculta la mosquita muerta! Como sea, no hay más que hablar, debemos 
1rnos. 


Dirigió sus comentarios hacia las sillas: —Iremos con ustedes, estamos de sobra aquí. 
Indíquennos el camino. 


Miró a Lucina nuevamente. Su mirada no era la de una vieja, tampoco parecía la habitual de 
la señorita Borsapiena apacible, sino la de sus coléricos ojos contrariados, los del ama impía y 
dominante. Entonces, con tal firmeza que no admitía remilgo de duda, dijo a la delgada mujer que la 
atendía: —Lucina, nos vamos. ¿Escuchaste? ¡Llegó el momento! 


Ahora Lucina pudo verlos a todos, se fueron materializando sin llegar a cubrir por completo 
el tapizado de sus sillas. Tampoco cubrieron sus cuerpos al ponerse de pie los sectores de la 
habitación que tenían a sus espaldas. Fue notorio que comenzaban a salir. La señorita Borsapiena ni 


siquiera perdió tiempo en cerciorarse si Lucina la seguía. 


Al otro día, y ante la ausencia de respuesta, el médico decidió ingresar de todos modos. Dio 
por seguro que la buena de Lucina había pasado una mala noche atendiendo a la anciana, y agotada 
se había dormido al amanecer. 


Al pasar al dormitorio se extrañó de aquél rimero de sillas rodeando la cama. Como supuso, 
a Lucina se la veía dormida en una de ellas. 


Se aproximó a la señorita Borsapiena y tomó asiento en la silla más próxima a su almohada. 
La sintió helada y la abandonó de inmediato, sentándose casi en el aire junto al borde del lecho. No 
demoró en verificar que la anciana había fallecido. Los labios de la señorita Borsapiena parecían a 
punto de sonreír, jamás los había visto con rictus tan optimista, y lo estimuló pensar que su paciente 
había muerto en paz. 


Se preguntó si Lucina se habría percatado del deceso y se respondió que no, de ser así habría 
vencido su cansancio para disponer todo lo relativo a las exequias. Sintió la habitación más fría de 
lo razonable y se dirigió a despertar a la criada, de modo que pudiese descansar en su habitación 
aunque fuese un rato. 


Lucina tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y al parecer dormía profundamente. El 
médico la sacudió, primero levemente y ante la falta de respuesta en modo más enérgico, luego 
mencionó su nombre varias veces y terminó tomándole el pulso. 


La frialdad de la piel de Lucina se le anticipó. No esperaba tal cosa y se sorprendió mucho, 
aquella saludable mujer también se había ido. No llegó a levantarle el mentón, de hacerlo le habría 
llamado la atención la amargura de su rostro. 


La soledad de la casa acrecentó su silencio, sin embargo ocurrió todo lo contrario cuando 
tras breves segundos de meditación el médico musitó: —La fiel criada también pasó a mejor vida — 
entonces 


un coro de ecos transitó cada recoveco de la vieja mansión difundiendo su frase: "pasó a 
mejor vida", "a mejor vida", "mejor vida". 


El médico se encargó de los requisitos posteriores, incluso llamando al párroco y rogarle que 
diera la unción sacramental "sub conditione”, asegurando que ambas mujeres eran devotas y así lo 
hubieran deseado de estar aun en este mundo. 


Al retirarse, ambos hombres se detuvieron a conversar sobre las deslucidas maravillas aun 
presentes en el jardín, la diversidad del follaje, las oscurecidas estatuas de magnífico mármol 
italiano, los cenadores laterales aun cubiertos de plantas trepadoras y la glorieta, con su fuente 
central que otrora contuviera peces exóticos traídos de la India y el Japón, hoy repleta de hojarasca, 
musgo y una alfombra de agua pestilente. El medico realizando apreciaciones artísticas, el párroco 
cálculos financieros. 


Elevaron luego la vista hacia el belvedere que coronaba la construcción y guardaron silencio 
hasta que uno de ellos sugirió retirarse. Curiosamente ambos, custodio de cuerpos y orientador de 
almas, siguieron pensando en ornamentos, suntuosidad y vacío durante el resto de la jornada. 


LOS FANTASMAS DEL ALTILLO 


El padre de Jaime era un tipo adusto, manejaba sus emociones a nivel interno, dando a veces 
la sensación de hallarse alejado del ritmo cotidiano del resto de su familia. 


Los tempranos años del niño no le impedían notar esa suerte de distancia que lo separaba de 
su progenitor y hubiese preferido ser amigos, así como había visto que eran los respectivos padres 
con varios de sus amigos. 


Esta circunstancia inhibía a Jaime de manifestarle sus temores con franqueza y tenerlo como 
héroe, lugar que ocupaba su abuelo materno, a quien sí narraba el niño sus preocupaciones. 


Desde que en una reunión hogareña con amigos de la familia se intercambiaran historias de 
aparecidos Jaime sentía desazón y pesadumbre a la hora de recogerse para dormir. Por eso se 
sobresaltaba cuando su padre, apartando momentáneamente la pipa de sus labios, exclamaba la 
inapelable sentencia: —A la cama, es tarde. 


Allá iba entonces él, obediente, arrastrando su pachorra con la cabeza baja. Inútil habría sido 
oponerse, aquél tono autoritario y severo no dejaba lugar a dudas. Igual ocurrió cuando acató sin 
chistar la ley que lo decretaba con edad suficiente como para dormir en el cuarto del fondo. 


Jaime no tenía buenos recuerdos de aquella habitación. Alguna vez había pertenecido a una 
criada huraña que se marchó tras la muerte de su abuela materna, a quien atendía con sumo celo. 


El anterior dormitorio de Jaime pasó a ser de Matilde, su hermanita. La ley paterna de 
distribución de aposentos la había incluido, pues con tres años era hora que durmiese en su propio 
cuarto. 


Como de costumbre, luego de acostar a Matilde su madre pasaba por el dormitorio del fondo 
del corredor. Invariablemente Jaime desechaba la idea de pedirle que dejara encendida la luz. Se 
limitaba a gemir un trémulo "hasta mañana" y, entregado a la crueldad de su destino, aguardaba que 
dejara a oscuras su pieza y cerrara la puerta a sus espaldas. 


Entonces el universo se reducía a una franja de luz horizontal filtrándose por debajo de la 
puerta. Jaime la miraba fijamente, le parecía que se acercaba y alejaba, que se engrosaba y afinaba 
al influjo de las voces tenues, casi agónicas, que venían rebotando por el corredor. 


Al principio creía identificar alguna, después se mezclaban todas y a veces hasta 
desaparecían. El esperaba en silencio que esa luz también se apagara, entonces vendría su abuelo 
para ayudarlo a sobrevivir. 


No imaginaba cómo lo supo, él nada le había dicho, pero de alguna forma su abuelo estaba 
al tanto del riesgo que corría y hacía lo que estaba a su alcance para ayudarlo. El viejo ya estaba 
acostado desde hacía un buen rato pues acostumbraba madrugar, pero de todos modos y con santa 
paciencia se levantaba y se acercaba a socorrerlo. 


El corazón de Jaime volvía a latir al escuchar el sonido de sus pantuflas haciendo un lento 
plaf—plaf, y lo imaginaba recorriendo la casa oscura con sigilo para evitar que su yerno o su hija lo 
descubrieran y regañaran: -¡Ya deja de apañar a ese grandulón! 


Un aire fresco entraba en su cuarto junto al abuelo y todo el peso que lo oprimía desaparecía. 
El universo continuaba siendo oscuro pero al menos no era helado; aunque no se vieran, era 
evidente que millones de soles brillaban en alguna parte. 


Jaime sentía el sonido de la silla aproximándose a su cama y de inmediato el contacto 
apergaminado de la mano de su abuelo, quien tomando la suya decía: —Bueno, ahora puedes dormir. 
¿No más cuentos, verdad? 


—No más cuentos —contestaba Jaime, quien lo único que deseaba era apaciguar su cansancio 
y dormirse cuanto antes. 


Casi podía ver el niño al monstruo que habitaba bajo su cama encogerse y desaparecer; igual 


que a los asesinos del placard, que fastidiados se evaporaban dentro de los bolsillos de los sacos, 
evitando las balitas de naftalina. El degollado que se escondía detrás de las cortinas huía, rabioso de 
ser burlado una vez más, llevando detrás de sí su cabeza atada a un reguero de sangre. 


Entonces se dormía. Nadie podía contra su abuelo. Era tan bueno 


que la maldad, contrariada, se alejaba lo más posible. El niño no se engañaba creyendo que 
el anciano permanecería toda la noche a su lado, pero estaba seguro que aquél sólo se iría cuando el 
peligro estuviese conjurado. No, ningún espectro maligno osaría atacarlo estando su abuelo en 
guardia porque él no era como sus padres, tan encerrados en sus rutinas como ajenos al peligro que 
su hijo corría noche a noche. 


Finalmente una tenue sonrisa iluminaba el sueño de Jaime, tenía la certeza que cuando el 
sueño fuese profundo las bestias permanecían en su guarida, ya no se arrastrarían famélicas a 
devorar su pánico. Únicamente sería atacado estando despierto pues los monstruos se alimentan del 
terror que provocan. Así lo dijo el abuelo alguna vez, él sabía mucho más que sus padres y podía 
también ver más cosas, aunque usara anteojos. 


En forma inadvertida pasaron algunos meses, pues un relámpago, un chasquido de dedos, 
sólo eso es la mera existencia. 


Llegaron días en que Jaime casi no estaba con su abuelo durante el día. 


Como las maestras decían que tenía mala conducta, recorrió media docena de escuelas hasta 
que ingresó de medio pupilo en un colegio para varones al otro extremo de la ciudad. Cuando al 
anochecer volvía a su casa en aquel viejo ómnibus escolar quejumbroso y maloliente su abuelo ya 
estaba en sus aposentos, encerrado con sus recuerdos, aburrido de no ser escuchado con atención 
cuando contaba por milésima vez historias de su lejana juventud. 


Los fines de semana Jaime prefería pasarlos jugando con sus amigos. En eso había ganado, 
pues ahora podía andar solo por ahí: "callejeando", como se quejaba su madre. Pero su padre había 
dicho que lo único que le pedía era "no meterse en líos y estar en la casa a la hora de las comidas 
porque esto no es una fonda", así que la opinión de su madre no pasaba de dato anecdótico. 


Desde entonces no dependía de su abuelo para salir, y la zona de El Prado, donde éste lo 
llevaba y aun teniendo hamacas, le estaba pareciendo aburrida. De todos modos era consciente de 
cuanto quería y necesitaba a su abuelo. No sólo por ayudarlo, sino por mantener oculto su secreto. 
Moriría de vergienza si sus amigos se enteraban que temía a la oscuridad, él, que solía liderarlos. 


A él mismo, pensar en eso durante el día le parecía ridículo. Mas la noche implacable caía y 
se sentía indefenso, solo, cercado por monstruos inclementes que lo acechaban sabiendo que allí 
postrado no podría defenderse. 


Alguna vez el viejo se demoró adrede buscando que el niño lograra dormir solo y Jaime 
estuvo a punto de sucumbir ante los engendros infernales que habían conseguido rodear su cama. 
Estaban a punto de dar el zarpazo final, regocijándose con su terror, bebiéndose su adrenalina, 
cuando sintió el mágico sonido salvador de las pantuflas. 


Jaime había estado tragando sus lágrimas para evitar demostrar temor ante ellos, y cuando 
entró el abuelo toda su debilidad se desparramó y largó el llanto. 


—Bueno Jaime, no es para tanto, tienes siete años, todo un hombrecito. Además aquí no 
podría entrar nadie. 


—No. En-trar no. Ellos... ya están den-tro. 


—¿Seguís con eso de los aparecidos? Lo que oíste aquel día no eran más que historias 
inventadas. Ahora los que te acosan son los fantasmas del altillo, los de tu cabeza. 


—No, no son co-sas mías. Ellos es-tán y si... un día no vienes... pierdes un nieto. 


—Ja, ja, ja. ¡Qué muchacho éste! Bueno está bien, duerme que es tarde, son las dos de la 
mañana. ¿Algo dormiste verdad? 


—NOo, no dormí... nada. Esta vez... casi me lasti-man. 
—Está bien Jaime, duerme ahora, no temas. 


Y antes de que el aroma achocolatado comenzara a resurgir de la pipa de su abuelo, el niño 
dormía con placidez. 


Se va tan de prisa la vida que el abuelo de Jaime, desde el más allá, bien podría afirmar que 
el tiempo no es más que una burla siniestra que se pierde en la oscuridad. 


Habían tenido días muy duros ese invierno. Jaime esperaba impaciente la primavera, el fin 
de las clases y su cumpleaños. Le habían prometido una bicicleta grande y nueva al cumplir los 
nueve, siempre y cuando pasara de grado con buena nota. 


Aquello era un hecho. Se había esforzado mucho, sobre todo en cuanto a comportamiento. 
No había dudas respecto a su inteligencia: todo lo aprendía con facilidad. Pero era sumamente 
inquieto y nervioso, entorpeciendo el normal desarrollo de las clases. Había cambiado, 
restringiendo su ímpetu y aplacando sus ansias, todo por la bicicleta. 


Era sábado y llovía, era temprano. Jaime intentó dormir otro poco pero algo lo inquietaba. 
Junto con la humedad reinante sentía una atmósfera extraña. Le había parecido sentir entre sueños 
sonidos vagos, de objetos y rumores indefinidos, como una letanía que se mezclaba con la lluvia y 
los truenos. Le gustaban los truenos, eran torpes y retumbaban, pero no se escondían y se mostraban 
a todos, no como los monstruos traicioneros que lo acechaban por las noches. 


También le agradaba el mar enfurecido y el viento rugiente azotando la rambla frente a la 
casa de su tío José. Eran elementos tangibles, peligrosos quizás, pero que daban la cara, no se 
agazapaban cobardemente para atrapar niños indefensos. 


Además su abuelo había sido un gran marino, dominaba los secretos de los vientos, las 
tormentas y las mareas, y le había enseñado un conjuro con el cual podría tenerlos de su lado. 


Pero esa mañana todo era agobiante y pegajoso. Dudaba entre levantarse a deambular por la 
casa sin saber qué hacer o quedarse otro rato recostado cuando entró su madre presurosa. 


—Debes levantarte. Irán con tu hermana un par de días a la casa de tu tío. Avísame cuando 
estés listo. No salgas hasta que te avise pues he lavado los pisos y están húmedos. 


—¿A lo de tío José? Recién estaba pensando en el mar próximo a su casa. 
—¿Cierto? Bueno, transmisión de pensamientos. Mejor así. 


Quiso hacer preguntas pero no tuvo tiempo, ella salió tan de prisa como había llegado. Jaime 
permaneció meditando en la apariencia de su madre. No recordaba haberla visto así antes. Supuso 
que tal vez tenía una gripe muy fuerte y prefería no ser molestada durante el fin de semana. 


Hasta podía ser que el ajetreo que le pareció sentir fuese el doctor que habría venido a verla. 
Aun recordaba que cuando nació Matilde se dio una situación parecida en la casa, de corridas y 
rumores; aunque entonces debía ser muy chico y los detalles se habían esfumado. 


Se preocupó, tal vez su madre estaba muy mal, podría ser que estuviera muy grave. Quizás 
hasta podría morir. Comenzó a vestirse conteniendo angustias y deseos de llorar. Al terminar abrió 
una pequeña rendija para llamar a su madre mientras, a la vez que la llamaba, procuraba abarcar 
toda la casa con sus ojos. 


Nada pudo ver pero intuyó presencias extrañas. Temía salir y encontrarse con algo que 
lamentara ver, como si los monstruos de las noches hubiesen decidido darse un picnic a plena luz 
del día. Una furia extraña le nació en el pecho dándole la rebeldía necesaria para salir al corredor. 
Apenas dio dos pasos apareció su madre: 


—¡ Vamos, tu tío está esperando en el coche! Pero... ¿Qué te pasa? ¿Estuviste llorando? Estás 
pálido. 


—No me pasa nada. Si es por eso, también parece que lloraste. ¿Vos estás bien? Te hallo rara. 


—Sí. Estoy bien. ¡ Vamos, basta de tonterías! 


Pero Jaime interiormente se decía que no, que no estaba bien, que le mentía, que no quería 
decirle nada de su enfermedad. 


El silencio y la introspección fue la tónica que los envolvió durante el viaje con su tío y su 
hermana. Sólo Matilde, ajena a todo, cada tanto elevaba un cántico. El tío, generalmente locuaz y 
conversador, ese día parecía abatido. 


Jaime no tenía dudas que se trataba de su madre y el nuevo miedo que le había surgido era 
mayor a todos sus otros temores, más palpable, más posible, menos infantil. Supuso que su tío tal 
vez le diría algo. Procuró que su pregunta, en un forzado tono normal, pareciera casual. 


—Tío: ¿Es grave lo de mamá? 
—¿Qué dices? ¿Tu madre? —preguntó José dando signos de asombro. 


—Sí. Sé que está enferma. Pero ella no quiso decirme, a lo mejor piensa que voy a ponerme a 
llorar. Pero ya estoy grande, eso dice papá. 


—Tu madre no tiene nada; ella nunca tuvo nada. Es la más sana de todos nosotros y la más 
joven. ¿Qué te hace pensar eso? 


—Es que la vi mal hoy, había algo raro en casa y encima de eso nos envía a pasar el fin de 
semana contigo. 


—Claro, porque nunca antes viniste a quedarte en casa ¿No? 
—Vine muchas veces pero nunca sin aviso, sin haberlo planeado. Ni junto a Matilde. 


—Mil disculpas señor, por no haberlo consultado. Usted no lo planeó pero nosotros sí. Y es 
cierto, ya estás grande y debimos consultarte. Para la próxima lo tendremos en cuenta. En realidad 
tu tía Elisa desea llevarlos a ver una película 3D —el tío le guiñó un ojo —Tengo la sensación que es 
ella quien desea verla y como es para niños... Además si esperan por tu padre, siempre ocupado en 
ese estudio, jamás pisan un cine. 


Al llegar, Jalme bajó en la Rambla mirando las gaviotas, que subiendo y bajando robaban 
peces al mar crespo. Cuando lo abrazó el viento frío tuvo en cuenta que esa noche no estaría el 
abuelo a su lado, con su mano cálida y sus pantuflas gastadas, con el humo de su pipa y su 
experiencia marina espantando la furia nauseabunda de las bestias. 


Aunque no podría asegurar que en la casa de su tío no existiesen tales monstruos, dudaba 
que hubieran llegado hasta ese décimo piso reptando húmedos y fríos, morados y oscuros, 
babeantes. 


En su casa era distinto, con la cercanía del prado, los árboles y el arroyo tenían donde 
esconderse. En todo caso en su cuarto estaba la puerta a ese mundo. La puerta que había abierto "La 
Mary”, aquella criada de su abuela que lo retaba tanto cuando se quedaba solo con ella y que una 
vez se lo había dicho: —A esta habitación no ingreses jamás, dejo monstruos vigilando mis cosas. Si 
te interesa revolver vete al dormitorio de tu madre. 


Allí no tendría problemas, su tía Elisa suele aceptar su pedido de dejar la luz de su 
habitación toda la noche encendida. 


Un pestañeo, un instante, puede cambiar todo, pues el destino aprovecha esos descuidos 
para avanzar el tiempo y hacernos trastabillar. 


Apenas terminadas las clases pasó su cumpleaños, y Jaime, obtenido su premio, volaba 
ufano esquivando árboles, soltándose de manos y a veces, con gesto paternal y grandilocuente, la 
prestaba un rato a alguno de sus amigos. 


Cumpliendo con el pedido de su padre andaba por su casa a las horas en que se almorzaba, 
merendaba o cenaba. Evitaba tener puntos en contra pues de ese modo no le pondrían trabas, y 
podría a su antojo andar en bicicleta todo el día. 


Por la noche, exhausto, cenaba, y antes que se lo pidieran rumbeaba hacia su dormitorio. 
Ahora él mismo apagaba la luz y enseguida, aunque afuera continuaran los rumores, sentía la mano 
tibia de su abuelo. Ahora nunca lo veía. —Debe pasarse solo en su cuarto el pobre viejo —pensó una 
noche— ¡Mañana conversaré contigo abuelo! —dijo entre sueños y se durmió. 


Un olor a encierro lo envolvió al otro día cuando abrió la puerta del cuarto de su abuelo. 
Todo estaba cambiado. La cama no tenía sábanas y el colchón era un humilde rollo envuelto en 
nailon contra una pared. 


Tardó unos instantes en reaccionar y luego, sollozando, comenzó a recorrer la casa abriendo 
puertas, buscando rastros y echando maldiciones sin hablar a sus familiares, quienes lo observaban 
extrañados. 


Al fin, ya sin fuerzas, enfrentó a su madre y preguntó lo que no quería oír: "Mamá, ¿Y el 
abuelo? ¿Qué pasó en su cuarto? ¿Van a pintarlo? 


Intentando disimular su pena su madre contestó: —Jaime, tu abuelo murió hace casi un mes. 
Pensé que tu tío se había encargado de decírtelo. 


—¿Un mes? ¿Estás loca? ¡Mentira! 


—No miento, hijo —se acercó y deslizando su mano sobre el cabello de Jaime lo abrazó: —Es 
una pena, todos estamos muy tristes. 


—Anoche estuvo conmigo y anteanoche, como siempre. 


—Se fue Jaime. Al cielo. El día que fuiste al cine con tu tía. Lo de las noches... —Jaime se 
apartó con brusquedad y amenazó alejarse —Espera, hay algo más que debo decirte. Es lo de las 
noches... 


Jaime no quería escuchar ni pensar y aturdido gritó: —¡Eres una mentirosa! —luego salió 
corriendo a la calle dejando olvidada su bicicleta. Su madre salió tras él para explicarle pero ya 
estaba lejos. 


Permaneció observando la silueta de Jaime, que se detenía en la esquina de la calle y se 
recostaba a un árbol para llorar. La cubrió una sombra de remordimientos cuando advirtió que en 
lugar de hacerlo en su regazo buscaba la soledad para su desahogo. 


Jaime anduvo caminando sin rumbo toda la mañana, mas no olvidó la consigna de estar a la 
hora del almuerzo. No había llegado a ninguna conclusión precisa. Su madre estaba mintiendo, a él 
le constaba que su abuelo lo seguía acompañando como antes pero... ¿Por qué mentirle? 


En caso de ser verdad lo dicho por su madre ¿Quién aferraba su mano por las noches? Sintió 
un escalofrío. ¿Quién arrastraba las pantuflas por el pasillo, abría la puerta de su cuarto, arrimaba la 
silla y con su mera presencia ahuyentaba a las bestias? ¿El fantasma del bueno del abuelo o los 
fantasmas de su altillo? 


Todo el día con eso en mente, aislándose de todos, hablando lo indispensable, ajeno por 
completo de la bicicleta. Su madre por su parte evitó ahondar en el tema por el momento, 
permitiendo que Jaime hiciera su duelo y mermara al fin su pena. 


Esa noche Jaime temía irse a dormir. Cuando su padre dio el aviso del fin de la jornada se 
sintió en la piel del condenado escuchando su sentencia. Demoró en el baño cuanto pudo y, por 
cierto, aquél fue el mejor cepillado de dientes de toda su historia. 


Hasta que llegó el momento en que, ya sin chances, debió entrar en su cuarto y cerrar la 
puerta. No apagó la luz, esperanzado en la posibilidad de que no lo notaran, al menos en algunos 
días. Pero su madre pasó a darle las buenas noches y lo sumió en la oscuridad. 


Jaime permaneció observando la franja horizontal de luz que se filtraba por debajo de la 
puerta, palpitaba como su corazón, segundo a segundo. Hasta que no hubo luz ninguna. 


Desde el ropero surgió un crujido, parecían huesitos que se rompen, y supo de inmediato que 
algo maligno comenzó a crecer debajo de la cama. Palpó el alborozo de los monstruos en acecho. 
Ya no tenía dudas, su abuelo había muerto y ahora le tocaba a él. 


Un nuevo sonido nació a los pies de su cama. Casi podía ver cuán lentamente las garras y 


dientes se estiraban acercándose a sus pies. Recogió sus piernas pero no lucharía, cuanto más rápido 
mejor. Sintió un sudor frío y casi estaba a punto de gritar cuando algo le llamó la atención. Aguzó 
los oídos. Sí. Las bestias habían detenido su avance. El sonido inconfundible de las zapatillas venía 
desde el corredor, acercándose. 


Una mezcla confusa de júbilo y terror hacía intermitencias en su pecho. La puerta se abrió. 
Los monstruos se replegaban cada vez más, se escurrían, se filtraban por las grietas de las baldosas, 
huían a ocultarse bien en costuras y pliegues de las ropas, a confundirse con las sombras más 
insondables. La silla fue acercada y una mano aferró la suya. Intentó hablar pero apenas le surgió un 
balbuceo: —¿A—abuelo? 


Ningún sonido obtuvo en respuesta. No al menos la quejosa voz de su abuelo. Pero a su 
mente una voz conocida pareció llegar y susurrarle a su adormecimiento. 


—¡S1? 
—Mamá dice que moriste. 


—No obtuvo respuesta pero imaginó que sí, el sueño lo vencía y allí estaba su abuelo muerto 
acompañándolo. ¿Necesitaba preguntar algo más? 


Al despertar Jaime fijó sus somnolientos ojos en el techo y algunas lágrimas nublaron su 
visión. ¿Había hablado con su abuelo o lo había imaginado? En realidad el llanto que lo invadió era 
clara señal de su certidumbre: el abuelo había muerto y nadie en el mundo podría dar marcha atrás y 
modificar el presente. 


Largo rato pasó desagotando su dolor, hablando mentalmente con su abuelo por si aún su 
espíritu permanecía cerca. Más tarde y como consecuencia de la terrible realidad, su mente rescató 
como evidente que podía dormir solo, que nada pasaría, y que en ese cuarto suyo no existían 
presencias extrañas. Dedujo que el encuentro de la noche anterior debió ser un sueño. Casi rio de sí 
mismo al descubrir lo tonto que había sido. 


Parecía otro, más seguro de sí, más tranquilo, finalmente los fantasmas del altillo lo dejaban 
en paz y tenía razón el abuelo: sólo existían en su cabeza. Al volver la vista hacia un lado descubrió 
algo que lo hundió en el asombro: junto a su cama estaba la silla y sobre ella la pipa y el tabaco de 
su abuelo. 


Nuevamente sus pensamientos se replegaron cual caracol dentro de su caparazón y 
permaneció inmóvil un momento, confundido, aletargado. Había estado creciendo y su temor, tanto 
tiempo dueño de su accionar, atacado por una airada rebeldía comenzó a sucumbir. 


Allí acostado tomó la decisión de enfrentar aquella situación y terminarla en forma 
definitiva, dispuesto a pagar las consecuencias. ¿Acaso no era el líder de la pandilla de la cuadra? 
Una duda, la sospecha de algo que parecía imposible se encendió de pronto, y la verdad comenzó a 
girar en el desordenado desván que maduraba bajo su cabellera. 


Cuando esa noche su padre determinó el fin de la jornada Jaime estaba preparado. Sin 
vacilar se dirigió a su cuarto y se acostó, aferrando con tesón una linterna en su mano derecha. 
Esperó en la oscuridad la sucesión de ritos cotidianos y nocturnos hasta que la casa quedó en 
silencio. 


El único sonido audible era el de su respiración hasta que crujió el ropero. Jaime entendió 
entonces que no era más que la madera agobiada por el peso de los años y la ropa. El “cric” de la 
ventana lo atribuyó al vuelo de algún insecto enfrentando su reflejo en el vidrio y otro sonido seco 
que siguió a continuación daba la clara sensación de venir de muy lejos. Las bestias finalmente 
estaban siendo desalojadas del altillo. 


Como siempre, el plaf—plaf comenzó a nacer de la nada por el corredor. Se abrió la puerta. 
Jaime sintió claramente que era arrimada la silla y cuando una mano buscaba la suya entre las 
sábanas, tragándose el pánico que le quedaba levantó en el aire la linterna y la encendió. 


Apenas hacerlo sonrió. No había sido él el sorprendido. Los monstruos estaban siendo 
derrotados y hasta el último de ellos, el más tangible, resultaba ser paciente, comprensivo y 


humano. Sintió una fuerte emoción y luego, mientras una lágrima de gloria corría mejilla abajo dijo: 


—Ya no es necesario que vengas. Estoy grande y... ¡Gracias, papá! 


MATEN AL MENSA JERO 


Llegó al pueblo bajo el inclemente sol del mediodía en un caballo cansado, las piernas 
colgando fuera de los estribos y el uniforme de la patria polvoriento. Frente al almacén de ramos 
generales “El traspaso”, de Don Facundo Farías, perdió el conocimiento, y deslizándose de su silla 
hacia un costado fue cayendo sobre su sombra con lentitud de árbol desmochado. 


Durante su desvanecimiento tuvo un breve sueño en el cual se veía desfilando en medio de 
una multitud que le demostraba su admiración lanzando al aire, en medio de gran algarabía, flores y 
papel picado, mientras estallaban en el firmamento fuegos artificiales que, por lo novedosos, los 
supuso recién importados de China. 


Él lucía un flamante uniforme de gala de azul intenso, y sus guantes blancos sostenían las 
riendas de un corcel engalanado con fino correaje trenzado y herraje dorado, que brillaba 
despidiendo resplandores por doquier. 


En su delirio observaba el vuelo de los puntillosos vestidos de las mozas sonrientes que 
festejaban su paso altivo. Aunque discretas, desde los balcones floridos también le sonreían y 
lanzaban pétalos multicolores las mujeres casadas y damas de la sociedad local. 


Cuando su cabeza dio contra la grava polvorienta no volvió en sí, pero culminó ese sueño 
que jamás recordaría, y no por su brevedad sino por lo efímero de su propia existencia. Allí quedó 
postrado, junto a la fatiga del manso caballo que inclinó el cuello y ladeó la cabeza para luego mirar 
con aspecto paternal a su amo desvanecido. 


El pueblo, fronterizo y diminuto, estaba conformado de casas bajas y amplias calles de tierra 
con riveras de sauces. Al verlo no se podría determinar en qué lugar de América se halla ni a que 
altura de la historia; sí que no estaba demasiado al sur, que no hace menos de un siglo, y era verano. 


En torno a la plaza se ubicaban las residencias del puñado de residentes acaudalados y la de 
Augusto Palermo, el Alcalde, algo más modesta pero con el pabellón nacional. Detrás de ellas, un 
reguero de viviendas humildes parecían estar allí para reafirmar el brillo de las opulentas. 


En el momento en que quedó el forastero de nuca al sol el tendero Facundo Farías 
comprendió que de socorrerlo entraría en gastos innecesarios. No podía tenerlos ahora pues su 
mujer lo traía loco con la ampliación del baño, su hija en cualquier momento le exigía la dote y su 
vecino, el veterinario Aquilino Moreira, había pintado la casa. Así que comprendiendo que el 
suceso no era de su incumbencia comenzó a cruzar la plaza en dirección a la Alcaldía con aire 
distraído y sin preocuparse de haber dejado al forastero de cara al polvo de la calzada. 


Aquilino, de pie tras la ventana de su negocio, había presenciado la escena mientras revisaba 
la herida de la perrita de Doña Concepción Canesa. Dedujo que algo estaba ocurriendo y él debía 
saberlo, así que también marchó hacia la alcaldía. 


Marcio Luna y Millán, abogado, fue informado del suceso por su esposa. Ella, prescindiendo 
del "qué dirán" y debido a ser muy celosa, oficiaba de secretaria y acababa de entrar luego de bruñir 
el picaporte de bronce de la puerta de la notaría. 


Uno a uno los personajes más influyentes arribaron a las puertas de Augusto Palermo, quien 
vestido con la humildad de su pobreza pero ostentando la dignidad de su cargo, aceptó tomar cartas 
en el asunto. 


Augusto Palermo era pobre, y era Alcalde pues en su casa se exponía la cama donde una 
noche durmiera el prócer, el presidente, su eminencia: Froilán Medina Gaitán. Aquél, en 
agradecimiento a su hospitalidad lo había nombrado, antes de continuar su conquista del poder 
quince años antes, Alcalde Vitalicio de Villa Última. 


Puesto al tanto del suceso que se presentaba en su distrito, el alto funcionario se volvió 
entonces y tocó una campanilla llamando al personal de la Alcaldía. De inmediato aparecieron a su 
lado su mujer, su hijo y su hija. 


—¡A ver Federica, una frazada! ¡Y ustedes dos, vengan conmigo! Con la frente erguida y 
paso casi marcial encabezó el grupo de ciudadanos preocupados. 


El forastero había reaccionado pero continuaba tendido en toda su largura. Se sobresaltó al 
sentirse rodeado por tanta gente y a punto estaba de exclamar algo en su defensa cuando la potente 
voz de Augusto Palermo comenzó a dar indicaciones. Así que mientras sus jóvenes hijos tendían la 
manta a modo de camilla y colocaban encima al soldado, el Alcalde discurseaba: 


—Un soldado de la patria. Un luchador por nuestra libertad ha llegado exánime a estas 
latitudes, varias millas alejadas de la mano de Dios. ¿Qué más puede hacer Villa Última, sus 
habitantes y autoridades, que brindar abrigo a un hijo de éste, nuestro bendito suelo? Hoy, como 
representante legítimo de este gobierno... Responsable ante el Señor y ante la ley del destino 
contemporáneo de este sagrado suelo, siento la obligación de ofrecer a nuestro sacrificado visitante 
el amparo de la Alcaldía; su techo, su calor y por qué no, la heroica cama que albergó el ilustre 
cuerpo de nuestro magnánimo conductor: Don Froilán Medina Gaitán. 


En medio de una salva de aplausos Augusto Palermo finalizaba: —Seguros estamos del 
orgullo de nuestro presidente ante el proceder que Villa Última ha tenido. Hemos cumplido nuestra 
patriótica obligación. Damas, caballeros, me siento honrado y agradecido por vuestra atención. 
Muchas gracias. 


Mientras era transportado y cuando ya estaban a unos cincuenta metros del grupo que 
rodeaba al orador, el hombre intentó decir algo, pero sus magras fuerzas no lograron que su 
lánguida voz fuese oída. 


Esa noche la flor y nata del pueblo aguardaba impaciente en el Club Social la llegada de 
Augusto Palermo. Todos sentían curiosidad por conocer artes y partes de la circunstancia de aquél 
soldado que el mediodía desparramó en su calle, y hasta habían hecho apuestas sobre sus cometidos 
en el pueblo. Por cierto, ninguno llegó a imaginar los reales motivos de su llegada. 


Augusto Palermo apareció muy tarde. Su rostro anodino no dejó traslucir nada especial y fue 
bastante escueto: 


—Este sacrificado servidor de nuestra patria recorrió el país con el sólo cometido de traernos, 
a nosotros, habitantes de la humilde Villa Última, un puñado de frases con el mensaje de nuestro 
adalid Don Froilán Medina Gaitán. Ellas son: "Tened calma y paciencia compatriotas de Villa 
Última pues os llevo en el corazón. Sólo quería decirles que a cada momento estáis conmigo. Por 
nuestra bandera, adelante, siempre adelante”. 


El médico Andrés Cuturetto se había mantenido apartado y escuchó las palabras de Augusto 
Palermo con actitud irónica, característica habitual de su personalidad presumida. Siempre había 
sabido que era el más ilustrado y poderoso del lugar y por ende la Alcaldía debería ser suya. 
Consideraba que aquello de la cama era una mezquindad: le quitaba lo único que le faltaba para ser 
la personalidad mayor del pueblo. Su consultorio, sus campos, su cultura, eran sobradas razones 
para asumir tal distinción y debiera ser él quien ostentara honor semejante. Además Marcio Luna 
Millán —incondicional suyo— lo apoyaba: —Cosa buena tener a quien maneja las leyes de nuestro 
lado —decía —Aunque como abogado sea un caso perdido —agregaba de inmediato, pues tampoco era 
cosa de derrochar loas con un posible rival. 


—El estado de salud de este patriota no es tan bueno como para que esté aquí presente y por 
esa razón no ha venido. —continuaba Palermo. 


El médico prestaba mucha atención y el orador se dirigió a él: —Por fortuna sólo se trata de 
un gran agotamiento y no ha sido necesaria la intervención de la sanidad local. Unos días de buen 


dormir y sano alimento lograrán restablecer sus condiciones físicas. Luego podrá volver a su 
destacamento con nuestro agradecido saludo al digno Señor Presidente. 


El médico, que escuchaba fastidiado por el calor, algunas moscas y su circunstancia, vino a 
solucionar uno de los problemas que Augusto Palermo se había planteado un par de horas antes, una 
vez que en familia resolvieran la forma de quitarse de encima el desastre que les había caído. 


—¡Señor Alcalde! —Exclamó desde su lugar apartado —Voy a tomarme el atrevimiento de dar 
mi parecer, si usted no tiene inconveniente. Soy de la opinión de que el mensaje a enviar al 
Presidente debería ser redactado por las personas más influyentes de la comunidad, descontando 
que será atendido vuestro sano juicio e imprescindible consentimiento. 


Augusto Palermo comprendió que era el momento esperado. Se tomó unos segundos en 
preparar su respuesta y dijo con solemnidad: 


—Compatriotas, conciudadanos, eminentes protagonistas de nuestro quehacer, hora ha 
llegado de comunicarles una decisión tomada no sin pesar y tras exhaustiva meditación. 


Todos sintieron el impacto de su voz rebotando por los recovecos de la sala: el mozo se 
mantuvo expectante, las moscas dejaron de volar, y hasta el humo de los habanos parecía 
suspendido inmóvil en el aire. Muchos se fastidiaron por una sarta divertida de gritos infantiles 
desautorizados que de pronto osaron llegar desde la calle. 


—Nuestro eximio médico, el doctor Andrés Cuturetto, ha manifestado una expresión de 
deseos muy atendible y loable, como no podía ser de otra forma proviniendo de su franco y honrado 
decir. En lo que a mí respecta no mantengo objeciones, pero preferiría que el tenor del texto lo 
decida el próximo Alcalde. 


Ninguno de los presentes dejó de sorprenderse con cuanto oía. A muchos un brillo les 
iluminó la mirada y el médico debió tomar su copa de un trago al sentir la tensión de sus músculos y 
el desborde de su adrenalina. Ni un respiro siquiera pudieron distraerse los asistentes evaluando lo 
dicho pues Augusto Palermo proseguía: 


—Debo atender cuestiones familiares. Mis hijos han crecido, y dialogando en el seno de 
nuestro hogar, hemos entendido oportuno permitir que ellos por sí mismos forjen su destino, 
estudiando y preparándose para servir a la patria. Ustedes comprenderán que no dispongo de los 
medios que afortunadamente los aquí presentes poseen, muchos de los cuales disfrutan la 
satisfacción de enviar semestralmente los peculios necesarios a sus hijos universitarios, que se 
preparan en las aulas de la patria para mejor servirla. 


Se tomó un respiro durante el cual nadie en absoluto movió un pelo. Deslizó una mano por 
su frente húmeda y prosiguió: 


—Por lo tanto comunico que partiremos a la brevedad, apenas la Alcaldía, munida del 
humilde tesoro que amparó el sueño de nuestro Presidente y la dignidad de lo que representa en 
nuestro seno, pase a manos del futuro Alcalde de Villa Ultima. 


Aquello no podría haber generado más mutismo al principio ni mayor inquietud después. 
Algunos llevaron sus manos a los bolsillos como si estuviesen ante la opción de comprar chocolates 
a mitad de precio. 


Aquilino Moreira, que ya se iba pues tenía medicada aquella consabida perrita y debía 
atenderla, decidió quedarse a escuchar lo que Augusto Palermo demoraba en concluir: 


—Por lo dicho y a sus efectos, aguardo las ofertas de aquellos que sientan el llamado del 
deber. Quiero además asegurarles que mi conciencia no permitirá que honor tan inmenso caiga en 
manos que no lo merezcan. Como comprenderán, mucho es mi pesar en estas horas. Les pido 
entonces que sepan disculparme si tan pronto me retiro. Caballeros, buenas noches. 


La mujer de Augusto Palermo, en tanto sus hijos preparaban maletas y embalaban vajilla, no 
hacía más que mirar a través de las cortinas, atravesando con los ojos las sombras de la plaza en 
dirección al Club Social. Cuando el Alcalde llegó fue directo a su gastado sillón y en él se desinfló 
cual globo pinchado. 


—¿Y? —Preguntó su mujer —¿Les dijiste? 


Sí, en cualquier momento cae alguno. Ustedes disimulen y traten de mostrarse igual que 
siempre. Por ahora alcánzame un vaso de agua que para el cianuro hay tiempo. ¡Ah! Si el agua es 
bendita mejor. 


En el Club Social las miradas recelosas dejaban lugar a los primeros tanteos. 


—Yo podría ofrecerle los campos del norte de la peña. —Les comentó como al pasar el 
tendero Facundo Farías al veterinario Aquilino Moreira y al tambero Roberto Lakto —pero si tengo 
que vender el almacén de ramos generales lo hago. ¡Qué tanto! 


Lakto hizo una mueca de desilusión pues no podía ofrecer tal cantidad. Algo ofuscado, 
Moreira decidió no hacer esperar más a la perra y ganó la puerta sin despedirse. 


Andrés Cuturetto, que pese a estar algo apartado había escuchado al tendero, exclamó con 
desmedido alarde de tranquilidad: —En mi caso, sólo con la mitad de mis campos podría ofrecer el 
doble. 


Otros conjeturaron de modo similar y aquello comenzó a parecerse a un remate en el aire y 
sin martillo. Uno de ellos supuso que había que golpear primero, y sin especular un centésimo salió 
hacia la Alcaldía con algo más de disimulo que el veterinario. A la mitad de camino recordó que se 
comentaba que parte de sus bienes los había obtenido en forma dudosa; así que regresó, no fuera a 
ser que ese pelafustán discursero dijera que le faltaba honor para ser Alcalde y tuviera que 
resignarse y escupirle la cara. 


—Disculpen —dijo Artemio Mosquelli, el banquero, apareciendo en escena —pero creo que no 
han tenido en cuenta algo muy importante: las cosas se compran con dinero. Don Augusto Palermo 
no se llevará un pedazo de campo ni un lote de vacas lecheras, tampoco sacará de sus cimientos el 
almacén “El traspaso”. No ofreceré tanto como ustedes, pero tengo la íntima intuición de que mi 
voz será cantante por ser sonante: seré el nuevo Alcalde, al contado. 


Hasta altas horas de la noche se intercambiaron ideas sin que ninguno desterrara la 
posibilidad de cumplir sus ambiciones. Tampoco se habló más del sufrido forastero, quien 
sepultado en el orden del día por la impactante novedad, descansaba a pata suelta y muy ajeno a los 
acontecimientos sobre aquél legendario tálamo. 


Al día siguiente detrás de muchas ventanas ojos insomnes aguardaban a que se abrieran las 
puertas de la Alcaldía. 


El médico vivía en el extremo más alejado de la plaza y temía quedar rezagado, por esta 
razón había golpeado sordamente las puertas antes del amanecer y ya estaba adentro. 


Los otros lo vieron salir. La cara del hombre reflejaba satisfacción y altanería, mas quien 
bien lo conociera habría notado en ella un dejo de angustia. Artemio Mosquelli, el banquero, al 
verlo comprendió que llegar al poder no le saldría tan barato como había pensado y decidió esperar. 


Alguno menos sagaz o quizás menos pudiente abandonó allí mismo sus aspiraciones. Pero 
hubo otros dos pedidos de audiencia que al momento fueron atendidos. Sobre el mediodía cada uno 
estaba el tanto de las ofertas de los demás. Recién entonces el banquero decidió su turno. 


Augusto Palermo quedó atrapado entre la oferta del banquero y el almuerzo servido. Las dos 
cosas lo atraían. El ofrecimiento no resultó tan voluminoso como el del médico pero mucho más 
tangible. Así que llegó a un acuerdo con Artemio Mosquelli antes que su plato se enfriara. 


Como caballeros pactaron que no se divulgaría el monto establecido ni el detalle de la 
carroza y los caballos que complementaban la transacción. 


—¡Créame sinceramente Don Artemio, que la parte pecuniaria no ha sido lo fundamental de 
esta decisión! "Manifestó Augusto Palermo al estrechar la diestra del banquero durante el saludo de 


despedida. —Ha sido su honorabilidad a todas luces trasparente, su hombría de bien, sus aptitudes, 
las razones que me han conminado a decidir su nombramiento. 


Sí, lo entiendo —contestó el otro —¡Pero seis caballos siguen siendo demasiado! Vaya, vaya 
que lo aguardan a la mesa. 


Esa noche, de no acontecer nada fuera de lo normal, comunicaría en el Club Social el 
advenimiento del nuevo Alcalde, quien en el mismo acto sería investido en sus funciones. 


Augusto Palermo se despediría en ceremonia sencilla y sin ninguna dilación partiría al 
amanecer siguiente con rumbo desconocido. Prefería romper en forma definitiva todos los lazos 
afectivos que lo vinculaban con ese sagrado lugar donde momentos tan felices había vivido y bla, 
bla, bla... 


Aun en las viviendas más humildes la comidilla que acompaño los almuerzos ese día fue la 
sucesión de autoridades. En algunos enmarcados por el pan de la indiferencia, en otros regados con 
el vino de la ilusión. Sin embargo a nadie interrumpió la siesta otro visitante que se detuvo ante la 
Alcaldía en medio de polvo y silencio. 


Había llegado montado en una mula y traía otra de tiro. El segundo pobre animal parecía a 
punto de perecer aplastado bajo los terribles bultos que cargaba: de uno de ellos asomaba una gran 
cruz de bronce. El negro atuendo del recién llegado delataba su origen religioso y para que no 
quedaran dudas se persignó al apearse. Luego secó el sudor de su frente e ingresó en el local. 


Pocos minutos estuvieron las bestias allí detenidas, amparadas por la cruz de bronce que 
brillaba al sol, pues no tardaron en salir el religioso recién venido y Augusto Palermo. Éste último 
señaló hacia el norte y hablando en baja voz dio indicaciones al cura quien, al parecer algo molesto, 
asentía parcamente. Luego el Alcalde lo ayudó a montar, casi como empujándolo. De inmediato le 
alcanzó las riendas y con discreción azuzó a su cabalgadura. 


De pie se mantuvo Palermo en el umbral de la Alcaldía hasta que el cura se perdió de vista. 
Cuando recuperó la calma también él se santiguó y respiró profundo; luego extrajo su pañuelo, secó 
su frente y no volvió a salir hasta el anochecer. 


La ceremonia en el Club Social se desarrolló de acuerdo a lo previsto, aunque esta vez 
Augusto Palermo permitió que lo protocolar fuese más breve de lo acostumbrado. Traslucía más 
nervios e impaciencia que pesar, pero todos aceptaron que una vez tomada su decisión habría de 
cumplirla de inmediato o correr el riesgo de arrepentirse un día de ser egoísta con sus hijos. 


Al amanecer algunos de los vecinos acudieron a despedirlo: cinco, incluyendo al conserje 
del banco que debería recibir las llaves de la Alcaldía para ser entregadas a su nuevo administrador. 


Sobre las diez de la mañana Artemio Mosquelli cruzó la plaza con paso gallardo. No había 
nadie en los alrededores. Habría deseado que los vecinos hubieran salido a las veredas y con alegría 
aplaudido su andar... al menos aquellos que estaban endeudados. ¿Acaso ninguno propondría un 
festejo O ceremonia de asunción? Mejor así, esa actitud le daría fuerzas para liquidar bienes 
insolventes: se juró tener en cuenta ese detalle. 


Debió atender algunos asuntos de inmediato. Había citado al carpintero y al albañil para que 
inspeccionaran el inmueble y determinaran los arreglos que hubiere que realizar: bien sabía que 
aquella vetustez los necesitaba. 


Su primer temblor ese día lo tuvo al descubrir que la sagrada cama no estaba, el infame 


Palermo se la había llevado. Era todo un símbolo y si se enteraba la comunidad podría perder su 
flamante cargo. 


Tembló al pensar en un llamado a elecciones. En ellas el médico tendría las de ganar pues 
con la salud no se juega. Cerró la puerta de la portentosa habitación con llave y la guardó en su 
bolsillo para que nadie notara el problema de la cama. Ya vería qué hacer. 


No terminaba de dar el primer respiro de alivio cuando se topó con otra sorpresa. Fue el 
albañil quien la trajo: había encontrado al soldado en el cuartucho de las herramientas del fondo. Lo 
había recordado de oídas pues nunca lo había visto. Luego se había sorprendido al notar las ataduras 
que rodeaban sus muñecas y la mordaza bajo su nariz. Á sus pies un cartelito, escrito con gruesas 
letras de carbón negras y descuidadas rezaba: "Traidor a la patria". No se atrevió a tocarlo, ignoraba 
que actitud podría llegar a tener el nuevo Alcalde ante semejante extrañeza, así que corrió a dar 
cuenta de su hallazgo. 


El banquero, blanco por la nueva sorpresa y fatigado de antemano por lo que oía, olvidó su 
obesidad y atravesó corriendo la casa. Se detuvo a observar al hombre maniatado y realizó un 
movimiento como para quitarle la mordaza pero se detuvo. A su lado se encontraban el carpintero y 
el albañil, les dijo: 


—Por ahora será mejor que dejemos lo nuestro para otro momento. Mis obligaciones de 
Alcalde requieren que me encargue primero de este asunto. Mañana seguimos —y aguardó a que los 
otros se retiraran sin ocultar su contrariedad. 


Una vez Artemio Mosquelli liberó las palabras del prisionero un mareo casi le hace perder el 
equilibrio. El desgraciado había confesado, tiritando de temor y a media lengua: 


—Ha caído el dictador Froilán Medina Gaitán. 


Advirtiendo el soldado que el hombre que tenía delante aparentaba ser de bien se limitó a 
verlo palidecer, y luego de tomar un sorbo de coraje continuó: 


—Su sucesor, el general Salustio Vega Tormenta, a través del ejército nacional ha 
encomendado a sus mejores hombres a cubrir cada una de las Alcaldías Estatales. Traigo conmigo 
los documentos que me honran. ¡Exijo ser liberado e impuesto en mi cargo! 


Artemio Mosquelli continuaba impávido, no podría asegurarse si a punto de morir o al 
extremo de estallar. El soldado permitió que la tristeza inundara sus ojos y agregó: 


—¿Al menos, por ahora, podría darme un poco de agua? Prometo tener presente su 
benevolencia cuando asuma. 


Aquello sacó al banquero de su abstracción. Levantó sus manos y volvió a colocar la 
mordaza en el lugar donde había estado. Si algo lo había ayudado a hacer fortuna fue su capacidad 
de aprendizaje: su astucia a conservarla. 


Todos sintieron el estruendo, además, juntas se elevaron al vuelo las palomas de la plaza, el 
infante de la panadera largó su insoportable llanto y en el almacén “El traspaso” se le cayó al piso 
una docena de huevos a la mujer del dentista. 


Mosquelli almorzó apenas unos bocados, temblando y sudoroso. Seguro de no poder sestear 
con un cadáver cerca deambuló inquieto por la Alcaldía hasta que reapareció el sacerdote. 


Un cosquilleo recorrió los escasos cabellos que aun le quedaban y por un instante creyó que 
dios, tan lento u omiso para otras cosas, prestamente había enviado un emisario a sentenciarle el 
alma. 


El cura se mostraba tan ofuscado que no daba muestras de paciencia divina: —Ayer, aquí 
mismo en la Alcaldía, otro sujeto me manifestó que el Alcalde enviado por el presidente Salustio 
Vega Tormenta me aguardaba a un día de marcha por el camino hacia el norte —dijo —en la mansión 


de un rico hacendado fronterizo que se haría cargo de la construcción de mi iglesia. Anduve algo 
más pues mis mulas son muy lerdas y nada, apenas unos brotes de pobrerío. ¿Qué me dice usted? 
¿Y la otra persona? Ese, el grandilocuente de ropa gastada. ¿Dónde está? 


Mosquelli pudo abandonar su mudez luego de gran esfuerzo y exclamar: —¿Al norte? Debe 
haber sido un error del portero de la Alcaldía o un lamentable mal entendido. Verdad es que lo 
aguardan, pero por el camino del este. Sepa usted disculpar tan ingrato contratiempo. No lo invito a 
quedarse pues ansiosos están de concluir los arreglos y llevan días aguardándolo. Es que ese buen 
hacendado es muy devoto y ha solicitado como paso previo a la construcción de su iglesia que se 
bendiga su pequeña capilla. No pierda usted tiempo por favor, mucho hace que nuestras almas 
requieren consuelo. 


Aquella noche los cimientos del Club Social padecieron otro sacudón. El nuevo Alcalde, 
ocultando apenas su desesperación, comunicó a los habitantes de Villa Ultima que había cumplido 
con la voluntad del anterior administrador. 


—Quien creyéramos héroe de la patria no resultó ser más que un desertor. Alguien que ha 
cometido la osadía de despreciar la ilustre figura del presidente Froilán Medina Gaitán. Y no sólo 
eso, también tuvo la osadía de propasarse con la digna hija de nuestro ex Alcalde Augusto Palermo. 
Como hombre y como padre aquél no podía permitir que la verguenza lo cubriera: de allí su 
decisión intempestiva de partir. Dejaba pendiente la sentencia de muerte para el desertor, 
asumiendo que quien lo relevara habría de cumplirla. 


Mosquelli se permitió un respiro, bebió un sorbo de agua, pasó el índice izquierdo entre su 
cuello y su camisa y continuó: 


—Como acción de justicia y fidelidad a quien durante tanto tiempo nos guio así lo hice. Tal 
ha sido mi primer y última acción ante esta Alcaldía, pues este episodio me ha hecho comprender 
que carezco del temple necesario para estas sacrificadas funciones. Estoy pues dispuesto a entregar 
este honor a quien se sienta capaz de llegar a sus alturas. En definitiva, y sepan disculparme los 
demás, a quien siempre he pensado como más idóneo para semejante cargo es Don Andrés 
Cuturetto. 


—¡Por supuesto! —exclamó el aludido sin poder ocultar su emoción. 


Así el médico pudo palpar su sueño, tan conmovido que ni siquiera reparó en la vertiginosa 
desaparición del banquero, un par de días más tarde y luego de malvender de la primera a la última 
de sus propiedades a precio de liquidación. 


Cuturetto inclusive aceptó como detalle menor lo comentado por la novel primera dama del 
pueblo, cuando opinó que la cama heroica no parecía ser la que ella había visto tantas veces. Él no 
contó con mucho tiempo para contemplarla, pues alguien llegó con la novedad de que por el camino 
del sur subía hacia allí una tropa al trote y que también cierto cura, que algunos habían mencionado, 
se acercaba por el camino del este. 


La emoción lo embargó, resplandecía. —¡Un destacamento y una iglesia! ¡Ahora sí seremos 
un pueblo como dios manda! —dijo mientras daba a su esposa un fuerte abrazo y miraba al cielo 
agradecido. Ella no ocultaba cierto recelo y viendo de reojo el arribo de la comitiva se encogió 
contra su pecho. Después, sólo para enterarse de su desgracia, el efímero Alcalde Don Andrés 
Cuturetto vistió sus mejores galas y aguardó sonriente el arribo de los soldados. 


ASTRID 


Marcel abrió la puerta, se volvió un momento antes de salir y dijo: —-No te mueras todavía, 
tengo reservadas para vos un par de sorpresas más. Quedé allí tirado prácticamente inmóvil. Marcel 
había disparado dos veces hiriéndome en ambas piernas. El tercer impacto fue en la frente de Celina 
ese fue el que más me dolió. 


Intentaba ponerme de pie cuando sentí un nuevo aguijonazo, esta vez en el pie derecho, eso 
dio por tierra con mis esperanzados esfuerzos. 


—Por las dudas —dijo Marcel como si aquello fuese poco y me perforó el estómago con un 
nuevo estampido. 


Luego sentó a Celina ante mí y se aseguró que sus ojos se mantuviesen abiertos; en medio 
de ellos descendía un cordón rojo lento y espeso. Luego salió a cumplir su compromiso de 
regalarme lo que parecía imposible: un par de sorpresas más. 


La sangre fluía a través de mis dedos aplicados con fuerza sobre mi abdomen. Mi hora se 
acercaba y observé a Celina, abandonada y rota en su infausta belleza. Sus ojos negros, profundos, 
misteriosos, y que siempre tuvieron una luz misteriosa y brillante allá en el fondo, ahora me veían 
apagados. Me dolían esos ojos vacíos más que las heridas y recordé la primera vez que la vi. 


Tenía el cabello entre castaño y pelirrojo, corto, estilo James Dean, del cual poseía cierto 
aire y al que su actitud displicente parecía emular; jamás le pregunté si sabía quien había sido el 
sujeto. Una blusa negra imitación cuero contrastaba con su piel, la que sin dudas de joven albergó 
pecas, las que con gusto me hubiese entretenido inventariando. 


Pensando en eso la observaba atender clientes desde una mesa cercana. Se mostraba amable 
con ellos y sonreía sin disimular que era parte de su trabajo ni ocultar un dejo de tristeza. Esto 
nuevamente me llevó a pensar en sus años juveniles. 


Bastaba que un parroquiano extrajera un cigarrillo para que su encendedor estuviera allí 
dispuesto a dar lumbre. Me pregunté hasta qué punto liberaba ese fuego o si en realidad lo contenía 
y de pronto quise saberlo todo de ella. "¿Cómo has llegado a esta barra, dulzura?" Le habría dicho si 
yo fuese otro, aquél que hubiese querido ser y jamás pude emular. 


No me averguenza aceptar que jamás haría algo así, no en vano me dicen "Tímido Tomy”. 
Tampoco significa que me jacte de ello, llevo años acostumbrándome. Cualquiera puede ser 
timorato y vivir con eso, nadie podría hacerlo reconociéndose estúpido y por eso aquellos se lo 
ocultan, como jugando a la mosqueta ante el espejo. 


Cuando se pasan los cuarenta uno ya sabe convivir con sus miserias, recelamos que las cosas 
no cambiarán demasiado y que se ha hecho tarde para sueños nuevos. Sin embargo allí estaba, 
fantaseando al observar a esa muchacha, interesante para todos, y para mí además de eso: 
inaccesible. 


Era la clase de mujer cuya sola presencia avasalla a sujetos como yo, insulsos y discretos, 
preferimos no caer en su mirada y si ocurre bajamos los ojos. ¡Cuidado! No es cobardía, sino algo 
semejante a quien se apasiona con los pájaros pero no podría tenerlos en su mano por temor a 
dañarlos. 


Aquella noche estaba en el bar por negocios. Sí, suena raro, pero así ocurre en nuestro 
ambiente. Debía contactar a un tal Marcel por un trabajo. La persona que lo realizaba antes había 
sufrido un percance, al parecer por una mujer. 


¿Podría alguien haber imaginado que dicha mujer se trataba de aquella chica hermosa que 


cada tanto ponía un encendedor ante su sonrisa? No yo al menos ni en aquél momento. Como suelo 
hacer para mitigar el nerviosismo había llevado una novelita de bolsillo escrita por Silver Kane, mi 
escritor favorito. 


Al acercarse la hora prevista para la cita acudí a la barra. Me reconfortaba tener una excusa 
para intercambiar al menos unas frases con esa enigmática mujer de negro. Cerré el libro y lo 
guardé en el bolsillo interior de mi saco: 


—Busco a Marcel Durán —le dije, tal vez con menos amabilidad de la que hubiese preferido. 


—¿Quién lo busca? —preguntó con expresión displicente. En ese momento habría abandonado 
el resto de mi vida a cambio de un beso suyo. ¡Qué ironía si se hubiese cumplido mi deseo tan al pie 
de la letra! Pensé que de darse quizás moriría arrepentido de no haber sido algo más exigente. 


—Tomás, es por un trabajo. Vengo de parte de Lidia. “Cuando dije ese nombre cambió su 
actitud y pareció interesarse un momento, muy breve, un relámpago. Se distendió pronto y luego, ya 
indiferente agregó: —Aun no ha venido. Apenas llegue le aviso —y se alejó cumpliendo sus tareas. 


Decidí distraerme, mirar hacia otro lado, estudiar rostros y gestos, cavilar. Aunque le daba la 
espalda continuaba viéndola, repitiéndome sus palabras. Hoy cierro los ojos para verla y su imagen 
se diluye, se torna imprecisa, desaparece, como si huyera de mí. 


También me abruma la sensación de que nunca existió y es sólo la sombra de un sueño 
triste, el dejo amargo matinal tras una noche de alcohol. 


Por eso jamás me he separado de la novelita de Silver Kane que intentaba leer mientras la 
miraba de reojo, de tal forma la tenía en mi cabeza que me costaba interpretar las frases del autor y 
seguir la trama. Volveré a leerla algún día con la esperanza de que en algún modo reaparezca entre 
sus páginas. 


Desde la noche aquella todo se fue precipitando hacia el instante cruel de estar ella muerta, 
yo muriendo y Marcel a punto de sorprenderme con algo más. 


A veces es muy extraño cómo pasan las cosas. ¡Hasta un gran nadador puede morir ahogado 
si una rama sumergida en el río atrapa su pie! Ella y Marcel lo eran, grandes nadadores: hasta caer 
en este remolino conmigo, yo, que nunca sabré nadar. 


Lucas, hermano de Lidia "La pesada" y de a ratos mi cuñado: un sujeto parco, calculador, 
impredecible. En ningún momento manifestó que todo era idea suya ni que sus miradas y sonrisas 
con Celina provocaron su auto exclusión y por esa causa se dio mi ingreso en el grupo. 


Ni en el más delirante de los escenarios habría imaginado juntos a Lucas y Celina; mucho 
menos la hubiese supuesto a mi lado, aunque esto último me sucede siempre. 


En un primer momento creí que Lidia propuso a Lucas mi nombre para continuar teniendo 
cosas en común conmigo. Ella siempre vuelve de un modo u otro. Se había encadenado a mí desde 
el día que me dijo, con los codos apoyados sobre la mesa, el rostro sobre sus manos y unos ojitos 
ensoñados: —Sos muy lindo, ¿Sabés? 


Entonces lo que no supe fue qué cosa contestarle, permanecí tieso, ruborizado. Ser atractivo 
no me entusiasma, creo que habría preferido ser más recio, de actitud viril y apariencia audaz. 


Pero no hay dudas en cuanto a que tras aquella frase de Lidia comenzó todo. Su comentario 
llamó mi atención pues de algún modo la sentí a mi merced. Luego y desde allí, siempre que yo 
necesitaba algo aparecía ella. Me permitió meter mano a todo lo suyo, desde su piel hasta el 
monedero, inclusive. 


Lidia no es bonita, pasaría desapercibida en una isla desierta y de ser Eva quizás Adán no 
habría probado la manzana. Tampoco es fea, no es eso, sino que le falta brillo, sal, alguna chispa 
que la alumbre. Aparte eso, luego de conocerla es imposible no amarla, sabe volverse necesaria, 
útil, casi imprescindible. 


Lo mío con ella es algo raro, como si aquél que teme dañar al avecilla tomara al fin uno 
entre sus manos y su temor pasara a ser entonces liberarlo, pues quizás no consiga otro semejante 
para que le trine conque se puede volar. Fuimos y vinimos, novios primero, amantes enseguida, 
luego amigos, luego amantes otra vez. Hoy día padres. 


Cuando cuento algo me distraigo con facilidad, tomo caminos secundarios y me pierdo. Es 
un defecto, lo sé. De todas formas en algún momento recapacito y vuelvo a la ruta principal. 


Decía que estaba nuevamente en mi mesa fingiendo leer. No podía, mis ojos se empeñaban 
en fugarse tras Celina. En uno de esos instantes en que volví a ver hacia la barra un hombre se le 
había acercado y hablaban. 


El sujeto tenía la nariz chata y ancha, muy espantosa y exclusiva. Eso era lo discordante en 
su figura pues según pude ir notando más tarde, cuando hablamos, el resto de su semblante era 
agradable. Sus ojos eran claros y fríos, totalmente opuestos a los de Celina. También eran directos, 
sin subterfugios ni maldad. 


Debo decir que me sorprendí cuando los labios de ambos se rozaron. Un instante después 
sentí que ella decía: 


—Te busca un tal Tomás, lo manda "tu Lidia". Está por allí —y señaló hacia mi mesa. 


—Así que de parte de Lidia —dijo el narigón cuando estuvo a mi lado —Soy Marcel. ¿De 
dónde la conocés? —y se sentaba mientras me extendía la mano. 


—Vive cerca de mi casa, bordeamos un romance. Amigos. —No era del todo cierto cuanto 
decía pero casi: “jamás mentiras innecesarias”, una de las frases favoritas de mi cuñado. Pues bien, 
así se me había exigido proceder y sobre todo jamás nombrarlo a Lucas, cosa que no me gustaba 
demasiado pues sabía que formaba parte de la nubosa zona de las "mentiras imprescindibles”. 


Cuando le pedí razones para no mencionarlo Lucas había mirado para otro lado: —¿Lo harás 
o no? —había dicho. Antes de dar mi consentimiento observé los ojitos soñadores de Lidia, me lo 
rogaban: no pude olvidar cuanto le debía y respondí que por mí estaba bien. 


Me cayó bien Marcel, parecía simpático y ocurrente. Cuando el bar cerró nos quedamos 
conversando a puertas cerradas: no querían perder tiempo. Celina y él demostraban llevarse de 
maravillas. Por mi parte hubiese preferido que quien poseyera a semejante preciosura fuese más 
garboso. Pero lo dicho, más que apostura a los hombres les sienta la virilidad. 


Pronto nos distendimos y charlamos mucho. Incluso Celina participaba comentando de 
cuando en cuando cosas triviales. Recuerdo que en una pausa de Marcel para encender un cigarrillo 
ella dijo: 


—Debo hacer algo así y pronto. No pienso estar detrás de la barra gastando años durante 
mucho tiempo más. ¿Has oído hablar de Astrid Kirchherr? 


—¿Qué? Jamás —acoté entre asombrado y curioso —¿Escribe novelas de bolsillo? 


—No. Era fotógrafa, fue quien tomó las primeras fotos a los Beatles y según dicen la creadora 
de sus famosos flequillos. 


—¿Ah sí? 
—Sí, pero eso no es todo. Lo último que supe de Astrid es que trabajaba de camarera en un 
bar de Hamburgo. ¿Te das cuenta? ¡Cosas de la vida! —agregó con sobrecogedora melancolía. De 


inmediato mudó su talante: —¡Eso no pasará conmigo! Terminaré instalándome como fisioterapeuta 
algún día. ¿No es cierto Marcel? 


—Esa es la idea —dijo él sonriendo. Contagiaba al sonreír, transmitía confianza y me hacía 
sentir bien junto a ellos. 


El plan tenía algo de pintoresco, novedoso y arriesgado que me sedujo de inmediato. Nunca 


fui un tipo audaz y esta empresa me permitiría serlo sin correr demasiado peligro. Al menos eso 
creía. 


A los pocos días realizamos la fase uno. Debimos desplazarnos a un país vecino con 
aquellos trastos que consiguió Marcel junto a falsos carné de periodistas. Me divertía el curro, era 
como ser actor, periodista y timador. 


Celina dio muestras de gran solvencia en la joyería elegida, parecía una reportera de 
experiencia. Marcel escondía su asquerosa nariz detrás de la cámara y yo sostenía el foco. El 
propietario agradecía que su negocio pudiera promocionarse sin costo en un canal de televisión de 
un país limítrofe. Imaginaba a los eventuales turistas que llegarían luego de ver los diseños de sus 
joyas. 


Mi tarea consistía en ir iluminando un tanto de soslayo las figuras de corresponsal y 
entrevistado, dando a Marcel la posibilidad de tomar escenas de todo el negocio. 


Más tarde vimos la filmación una y otra vez. Se estudió el lugar, la ubicación de las alhajas 
más valiosas y de las vitrinas con mejor stock. También debimos comprobar la inexistencia de 
cámaras de circuito interno. Esta actividad previa les permitió moverse con estudiada soltura 
cuando se realizó el atraco. Yo esperaba en el coche a pocos metros. Festejamos sintiéndonos los 
más listos del mundo. 


Existieron dos cosas que en lo inmediato llegaron a preocuparme: que no se repartiera el 
botín y que Celina comenzara a observarme demasiado. 


Marcel me hizo comprender que había que aguardar un poco antes de vender nada. Por esto 
llegué a sospechar que Celina me endulzaba para que continuara en el grupo y dejara de pensar en 
reducir las joyas en el mercado negro. 


Cualquiera puede aceptar ser tímido, pero nadie quiere pasar por tonto; ya he dicho esa 
frase, lo sé, pero allí tenía un hito y en aquellos momentos no dejaba de repetírmela. Además esa 
siempre ha sido mi frase favorita, me permite creer que ser apocado no es tan terrible. 


Así que lo hice, dejé de pensar en las joyas, después de todo en el bar no se estaba mal, 
Celina se hallaba siempre cerca y Lidia por allí no asomaba. De haber tenido un grano de astucia 
me habría parecido raro su distanciamiento. 


Luego del tercer atraco mi propósito pasó a ser dejar aquello por allí nomás, y no dudo que 
hubiese sido lo mejor. Ellos insistieron en continuar, así que volvimos a viajar. 


Con la cuarta joyería repetimos acciones y resultados. Fui algo más insistente en 
conformarnos con lo obtenido al menos por un tiempo y casi lo consigo. Pero Celina había oído 
algo sobre cierta joyería "Astrid" y de la importancia de su colección. 


Entonces sus miradas hacia mí se habían tornado más insistentes, me demostraba una 
excesiva simpatía y hasta me daba la sensación de buscar momentos en los cuales charlar a solas. 


¡Ay, cuanto me costaba no tenerla cerca medio minuto! Y mucho más creer que algo entre 
nosotros sería posible. Una mujer así nunca vería en su mascota algo distinto a lo que era. Nos 
soñaba desnudos y aunque hacerlo era reconfortante, intentaba una y otra vez quitar ese 
pensamiento recurrente de mi mente . 


Procuré convencerme con que su actitud nacía de la necesidad de la pareja de contar 
conmigo. Por esa razón no me tomé la molestia de suponer que a Marcel tal despliegue de 
amabilidades no le gustaba demasiado. Sí, lo dicho, carezco de astucia y sagacidad. 


Nuestra gloriosa entrevista a la joyería "Astrid" dejó de manifiesto que allí tenían cámara de 
video. Marcel y yo éramos de la idea de buscar otra. Celina encontraba romántico y promisorio que 
el asalto fuese allí, juró que sería la última, que era como un designio. Y terminó por convencernos, 
a Marcel con mohines y ternura, a mí con alguna guiñada a sus espaldas y un beso soplado. ¡No 


pude dormir esa noche! 


Dado el aspecto algo andrógino de Celina no fue difícil que le ajustara el disfraz de 
muchacho. En cambio Marcel, con peluca y bigote nada escondía, su nariz era irrepetible. Así y 
todo se trazó el plan, en el cual se cronometró el tiempo de anular la cámara de circuito cerrado, 
extraer la grabación en uso, y hacer desaparecer la del día en que hicimos la entrevista. Eso limitaría 
el tiempo para el "arrastre" del botín, pero el precio de lo exhibido prometía buena ganancia por 
poco que se amontonara en el fondo de las bolsas. 


Mientras conducía noté que el clima no era el mismo de siempre. Nos envolvía el silencio y 
ninguno habló, teníamos el ánimo reprimido por inusual nerviosismo. Pensé varias veces en 
detenerme a orillas de la ruta pero todo estaba en marcha y yo no suelo tomar decisiones 
cuestionables. Es como si a veces las cosas comenzaran a suceder sin que puedan ser contenidas, de 
un hervor un incendio, de una llovizna una inundación, de la caída de una tostada un terremoto, de 
un escupitajo un tsunami. 


Al llegar detuve el coche y bajó Marcel. Luego lo hizo ella, que se detuvo un momento y me 
acarició: —Ya regreso, guapo —dijo. Cerró la portezuela y marchó tras Marcel a cumplir la tarea con 
igual dinamismo con que lo haría al salir a la cancha la selección de Raterolandia. 


Tenía el motor moderando y el embeleso por el "guapo" de Celina me mantenía 
despreocupado. La gente, escasa pues el día era frío y gris, andaba deprisa cargando sus problemas 
y sin tener claro hacia dónde. Bueno, es un decir, no termino de aceptar que no todos son como yo. 


Iba a encender un cigarrillo cuando oí el disparo y de inmediato los vi acercarse corriendo, 
Marcel con alguna dificultad. Entraron a los tumbos y salí como llevado por mi primo el diablo y 
con una puerta abierta. 


En la sala del médico donde llevamos a Marcel conversamos mucho con Celina. —Tan mal 
no salió —dijo, volviendo a respirar mientras recostaba la cabeza sobre mi hombro —Al menos 
ninguno pisó mierda de perro —tenía ese humor desfachatado de los bares nocturnos y le pegaba de 
forma maravillosa. Esa noche sucedió lo increíble: el edén fue mío. Lo cual implica que ella 
también. 


Mientras estaba contra el piso frío y ante el vacío inconmensurable de los ojos de Celina mi 
mente no hallaba escapatoria. ¿Cuánta sangre me quedaba aun? 


Verla de reojo y hacer el racconto de nuestra debacle parecía lo único importante entonces, 
mientras aguardaba a quien llegara primero: Marcel o mi muerte. 


Mas siempre hay lugar a la esperanza y recordar que Marcel tardó quince días en volver a 
caminar me hizo suponer que si un milagro llegara a salvarme me tomaría por lo menos un año 
reponerme. 


Aunque apenas me podía mover logré alcanzar la pistola que Marcel dejara sobre el sofá. No 
es que tanto me interesara el arma, matarlo ya no significaba nada si ella había dejado de existir, me 
acerqué pues quería tomar la mano de mi diosa Celina, lo cual resultó una experiencia desesperante. 


Nuestras caricias secretas y cálidas mientras Marcel se reponía estaban impregnadas de una 
esencia misteriosa, vital, prometedora, esencia que en esa despedida trágica estuvo ausente. 


Aquella suerte de magia hacía emanar de nuestros labios palabras llenas de mañana, de un 
futuro inmediato muy lejos de aquí. En ese porvenir ella me demostraría sus habilidades 
fisioterapéuticas de un modo tras el cual yo nunca pensaría en abandonarla. 


No era mi intención ponerme melancólico de nuevo, me dejé llevar... Durante la 
convalecencia de Marcel creímos que él lo ignoraba todo. Que dormía aturdido bajo el peso de su 
cornamenta. 


Por eso cuando se recuperó y habló de alquilar por unos días una casa en el campo no 
pudimos negarnos. Ocupados en menesteres más ardientes como estuvimos mientras fue posible 
aún no habíamos establecido el momento de volar juntos, así que allá fuimos los tres: dos más uno, 


fardo. 


Apenas entramos a la casita nos dijo que lo sabía todo y extrajo su arma. No soy hombre de 
acción y me mantuve inmóvil. No le importó demasiado pues de todos modos disparó sobre mis 
piernas. Celina intentó algo pero él de inmediato blandió la pistola en el aire: —¡Quieta! —dijo con 
asco. 


Fue la primera vez que noté sus labios sin su peculiar afabilidad. La nariz le temblaba con 
bufidos de hipopótamo, como si su calma anterior hubiese roto compuertas y recién ahora se dejara 
arrastrar por una furia descontrolada. 


No dijo más nada. Con suma frialdad disparó nuevamente y el círculo granate apareció en la 
frente de Celina. Mientras caía desarticulada casi se podían ver escapando por el siniestro orificio 
todas sus ilusiones: su consultorio, su túnica blanca y corta, su cofia almidonada, un gran amor que, 
para mayor desgracia, era yo. 


Luego, mientras me mantenía sin mover un músculo, Marcel me apuntó con calma y disparó 
dos veces más: pie y estómago. No me importaba, quería morir, sentía que no podría continuar sin 
Celina. Pero él abrió la puerta, se volvió un momento antes de salir y dijo: —-No te mueras todavía, 
tengo un par de sorpresas más. 


Cuando regresó fue como si el mundo estallara pues abrió la puerta de una fuerte patada. Ya 
me sentía muy débil y la visión se me tornaba difícil, pero advertí que sus manos portaban una caja 
de cartón. 


Se me acercó: —¿Aun no te morís, verdad? ¡Fantástico! —dijo. Llevaba una sonrisa forzada y 
la expresión de su rostro me daba la certeza de que su venganza no sería liviana. 


—Te prometí dos sorpresas y yo sí tengo lealtad. No te quedarás solo, te acompañarán ciertos 
famélicos roedores, se sentirán felices con alguien tan grande y de su especie para matar el hambre. 


Tiró al suelo el bulto que traía y de él comenzaron a salir ratas, que luego de husmear el aire 
con su hocico mugroso partían en distintas direcciones. Una subió al regazo de Celina y olisqueó la 
sangre que surcaba su vientre. No pude seguir mirando y volví mi vista hacia Marcel. 


Con muy buen humor levantó una mano. Con ella y también con su boca ataviada de 
obelisco parodió una dentellada en el aire y agregó: —Pero no es todo, tengo algo más que mostrarte, 
aguarda algunos minutos más. 


Pretendía crear una expectativa que yo no estaba en condiciones de interpretar en forma 
cabal. Comenzaba a sentirme mareado, las ratas asediaban el cuerpo de Celina y el mío, lamían la 
sangre derramada y se me erizó la piel al imaginar sus bigotes rozándome; sentía que ya no tenía 
fuerzas para ahuyentarlas y esperaba superar el trance con un definitivo desmayo al nunca más. 


La mirada terrible de Marcel continuaba observando la escena cual Nerón absorto en los 
alcances de su proeza. De pronto pareció volver a la realidad, ladeando la cara ante el sonido de 
pasos femeninos que se acercaban. 


Cuando finalizó el taconeo Marcel se apartó de la puerta dejando a la vista a una mujer. 
¡Qué mujer! Mi incomprendida Lidia estaba allí, horrorizada de ver el estado en que me encontraba 
pero con un arma en la mano. 


—No temas —le dijo Marcel —el desgraciado traidor se está yendo, puedes guardar el arma y 
disfrutar del espectáculo. 


—No, yo lo haré. Nunca disparé un arma y deseo hacerlo —dijo Lidia con tal realismo que me 
erizó la piel. Sus palabras me hicieron recordar la pistola que yo había recogido. Con mis últimas 
fuerzas la levanté. 


El asombro se reflejó en las facciones de ambos. Dudé en a quien disparar primero, fue una 
de esas dudas insignificantes que sin embargo nos dan la sensación de eternas. 


Quise darle a él, pero siempre había eludido aferrar una pistola y el proyectil impactó en la 


pared. Un lastimero "clic" me hizo cerrar los ojos tras el segundo intento. Comprendiendo que mis 
cartas estaban echadas dejé caer la inútil pistola. 


¿Hasta dónde el destino impidió que le disparara a Lidia y acertara? Creo que algo interno 
en mí siempre habría impedido que lo hiciera. Cuando así se lo he dicho ella ha puesto cara de no 
tener dudas en que yo jamás podría matarla. Me da cierta gracia su seguridad ¿Será la misma gracia 
que mis acciones le causan a mi perro? 


Tiempo atrás Lucas le había sugerido —harto de sus tragedias lacrimosas y mi escaso interés 
en ella —que buscara la forma de seducir a Marcel y de paso mantener control sobre su idea de 
saquear joyerías. Es que si Lucas no vende el alma es porque, aunque lo busca, no encuentra al 
diablo. 


Todo el andamiaje de los atracos fue creado por él, pero los celos de Marcel los distanciaron 
antes de ponerlo en práctica. Allí entró Lidia a la partida y yo fui la última pieza, el utilitario fácil 
de manejar. 


¿Cómo hizo Lidia para conquistar a Marcel? He preferido no imaginarlo. Además de resultar 
imposible no quererla, ella sabe ser insistente, incluso para lograr resultados con alguien que tiene a 
su lado a la más hermosa mujer que me ha mirado. 


Así fue que el lazo se fue cerrando, todas las opciones que fui tomando me llevaron a ese 
momento, a esa danza con la muerte donde sólo podía rogar para que me eliminaran de una buena 
vez. 


El rostro de Lidia se mostraba repugnado e imagino que ante la visión de las ratas tenía la 
misma urgencia que yo en que todo terminara. En ese momento pensé en lo terrible que sería que 
fuese ella quien me rematara. ¿Habría sido merecido? 


—¿Quieres que lo haga yo? —le preguntó Marcel, dando muestras de que también a él la 
escena comenzaba a disgustarle. "Aunque me parece que lo mejor es dejar el trabajo a las ratas. 
¡Para eso las traje! 


—¡No! Lo haré yo —contestó ella con total naturalidad. 


Levantó el arma y fue tan rápida y certera que de tan cerca que estaba la sangre de Marcel 
salpicó su brazo. Las ratas se mostraron sorprendidas y por unos instantes desaparecieron de la 
vista. De tan estupefacto algo del mareo se me fue y sentí que amaba a esa mujer más que nunca. 


Ella misma parecía atónita, era la primera vez que disparaba sobre un ser vivo y le dolía la 
muñeca. Marcel no tuvo oportunidad de extrañarse, tras su desplome quedó como dormido y hasta 
daba la sensación de tener placenteros sueños. 


—¡Vamos! —dijo Lidia —Debemos salir de aquí. 


—¡No! No podemos dejar a Celina con las ratas. No sugiero el Panteón Nacional pero al 
menos deberíamos llevarla a otro sitio. 


—Sos tan estúpido como romántico. ¡Patético! A ver si me largo sola y te dejo con tus 
amiguitos. Si ella estuviese viva no contabas el cuento. 


Temblé. Uno nunca está seguro por donde le llegará la locura a una persona querida. 


Lidia pareció meditar, se mostraba algo llorosa y con una ansiedad que me hizo recordarla 
anta la inminencia carnal. Después dijo: —¿Y se supone que debo hacerlo sola? 


Exacto. No sé como lo hizo, no estuve para verlo. Cuando desperté manejaba a mi lado. 
Miré el asiento trasero y antes de que se lo preguntara comentó: —Tu chica está en el baúl. ¿Qué 
harás con ella? 


—Debemos sepultarla en algún sitio, no puedo dejarla como a un paquete de basura —dije 
muy decidido pero febril y muerto de frío. 


—¡Qué tierno y honrado! ¿Sos igual con todas? Me comuniqué con Lucas, nos 


encontraremos en el próximo hotel, habrá un médico y luego él se hará cargo del resto. ¿Qué flores 
preferís? 


—No importa cuales pero muchas, que la cubran de flores... y no más preguntas Lidia, no 
más preguntas. 


Vamos, que estoy de liga. Lucas se ha encargado de comerciar las joyas durante mi 
convalecencia, ufanándose a todo momento de su ingenio. ¿Qué podía yo decir dolido y entubado? 
Además, permitiendo siempre que las cosas se resuelvan solas me considero práctico. También, a 
veces, mucho más tonto que tímido. 


Estos últimos días me he sentido feliz pues Lucas de todos modos dividió en dos conmigo. 
No es de extrañar, sabe bien que lo compartiré con su hermana. 


Como siempre accediendo a mis caprichos ella no ha puesto objeciones en que Astrid sea el 
nombre de la niña que esperamos. Aunque el futuro es auspicioso hay, sin embargo, un pensamiento 
que no me deja dormir ¿Tendrá Marcel algo que ver en eso? 


Lidia, amparándose en la consigna de que fui yo quien sugirió “no más preguntas” jamás me 
lo ha contestado, así que de lo sucedido ya no hablamos. Pero tengo una carta en la manga y lo 
sabré de todos modos. Lo veremos luego de producido el parto: la nariz de la pequeña será 
reveladora. 


MIMÉTICO 


Jamás sabrás si a otras personas solitarias les ocurre algo parecido pues ni siquiera podrías 
comprender de qué forma comenzó a sucederte. No te fue grato, te sorprendiste, te aterró al 
comienzo y luego, como quien apaga la alarma del despertador, sin el mínimo cuestionamiento: lo 
aceptaste. 


La primera vez estuviste al borde de perder el conocimiento, la segunda te entristeciste 
temiendo por la fragilidad de tu cordura, la tercera... ya no la recuerdas. El caso es que hoy día 
podrías asegurar que un evento casual que nos ha sorprendido puede, en virtud a su reiteración, 
llegar a formar parte de nuestras costumbres. ¿Y qué? 


Con frecuencia dudas del momento exacto en el cual comenzó tu epopeya y aunque sabes 
que en realidad se inició la noche anterior te complaces en mentirte que el principio te aguardaba 
aquella mañana, al abrir los ojos en un hotel de paso. ¿Prefieres eludir detalles sangrientos? No 
todos, algunos sí, este es uno de ellos. Bien, lo acepto. ¿Tengo acaso alternativa? 


Ser agente viajero de una línea de cosméticos te ha librado durante muchos años de lugar de 
residencia permanente, por lo cual no resulta extravagante a tus despertares tan reiterado y formal 
decorado. Siempre hay un foco colgado del techo, una cama, alguna pequeña mesa, un par de sillas, 
una puerta hacia el baño y otra hacia un pasillo. A veces el olor sale a recibirte en una nube de aire 
viciado, rancio, cargado de humedad y hasta con reminiscencias carnales, cosa que odias pues aviva 
tu envidia. 


Pero todo es cuestión de acostumbrarse y sorprende la forma en que algunas personas se 
habitúan hasta de no dormir dos veces en la misma cama, aunque sea como en tu caso particular: 
apelando a razones de seguridad. Descartas con estoicismo los pequeños detalles en que se 
diferencia un hotel de otro, y adoptas como hogar ese lugar desconocido e impersonal donde te 
sorprende el atardecer. Así que puedes con indiferencia pensar que no tienes un sitio tuyo, propio, y 
a la vez con tranquilidad asegurar que eres ciudadano del mundo. ¿Lo eres? 


La mañana de la sorpresa calzaste tus pantuflas, aun somnoliento, y marchaste al baño 
pensando en la serie de ritos que deberías afrontar para continuar tu itinerario. No era la primera vez 
que matabas pero esa vez fue especial: lo hiciste por envidia. 


La actitud de tu víctima era la de un triunfador, y su apostura atraía miradas no sólo 
femeninas sino las de hombres como tú, mediocres, casi invisibles, cayendo sobre él casi con 
resentimiento. Si lo notaba no parecía importarle, lo cual inyectó furia en tus venas. 


Por cierto, la idea de sentirte una sombra ambulante hacía tiempo dragaba tu cerebro. Ese no 
pertenecer, ese casi no existir te dejaba al margen, como si no fueses más que un espectador de los 
millones de vidas mecánicas, tabuladas y encuestadas que pululan en nuestras urbes enloquecidas. 


No concernirle a nadie te otorgaba el dudoso y triste privilegio de no tener que preocuparte 
por nadie, no ser querido te privaba de querer, y de odiar no sentirte odiado. 


Nada es definitivo y la tendencia es aprender sobre la marcha: quien cae se levanta, quien se 
lastima se cura; mas siempre, invariablemente, se miente, pues es necesario creer en algo para 
argumentarse que la realidad es pasajera. Y tú... Sí que sabes mentirte. 


El caso es que aquél día entraste al baño y cepillo en mano te plantaste ante el espejo. Te 
miraste: y no eras tú. Ese rostro que te veía era el de aquél apuesto desconocido que tanto atrajo tu 
atención la noche anterior. Ese que ante tus ojos fue perdiendo la vida poco a poco. 


Y ahora ante el espejo aquél rostro te observaba con sorpresa similar a la tuya, la boca a 
punto de exclamar algo y la visión desorbitada. Cerraste los ojos y volviste a mirar, no había lugar a 
dudas, no eras tú sino él. 


Observaste a tu alrededor, por si no estabas solo y acaso junto a ti se hallaba el dueño de 
aquella cara desencajada. Luego palpaste ese rostro sin afeitar y muy confundido te sentaste en el 


inodoro. Tú no eras tú. ¿Quién eras? ¿Cuál era el nombre del sujeto? ¿Qué vida llevaba? Imposible 
saberlo. Era evidente que desde ahora la vida que llevaría sería la tuya. 


Cuando te ocurría algo inusitado solías caer en un estado de anonadamiento y pasividad 
contrario por completo a tu forma de ser, dinámica, diligente. Así estabas en aquél momento y ese 
estado define tu incertidumbre respecto a los hechos que hasta allí te habían llevado. Por supuesto 
has visto cosas insólitas en tal o cual rumbo pero jamás tan inmanente a tu persona, al fin de cuentas 
los sucesos absurdos siempre le ocurren a otros. ¿Acaso te habías vuelto uno de los otros y por eso 
te desconocías? 


Superaste una etapa de zozobra, temor e interrogantes, en las cuales preferiste no 
profundizar. De hacerlo tal vez la verdad habría estallado ante tus ojos, esos misteriosos ojos que en 
forma desafiante te observan con tanto filo y con semejante cobardía rehúyen juzgarte. En varias 
ocasiones te pusiste de pie para observarte y de inmediato volviste a tomar asiento. 


Buscando aire saliste del baño y presenciaste por la ventana el día que comenzaba a tomar 
velocidad allá en la calle, unos treinta metros más abajo. Te pellizcaste hasta estar plenamente 
convencido de que no era un sueño y después, sin volver a mirar el espejo, permitiste que la ducha 
te cubriera hasta que el agua salió fría. 


Fue bajo las cálidas gotas de agua disolviendo el shampoo de tus cabellos que aceptaste 
haber sido siempre un tipo práctico, capaz de admitir las cosas como son, sin cuestionar evidencias 
tan palpables como esa: la de pellizcar un rostro ajeno y sentir dolor. 


Por esa razón procuraste hallar el lado bueno a tu nueva circunstancia. Obviaste 
desconocerte bajo la premisa inequívoca de que los solitarios se perciben mejor que nadie, pues uno 
puede conocerse a sí mismo a través de las cosas que hace cuando nadie lo ve, y en ese aislamiento 
redimirse. 


En afeitarte y quedar listo para salir perdiste media mañana. Tus incrédulos ojos 
contemplaron tanto ese rostro extraño que por la noche podrías haberlo dibujado de ojos cerrados. 
Lo evidente y rotundo es que detrás de un semblante diferente, tú seguías siendo tú. 


Por cierto, tu apariencia era preferible a la que tuvieras, cosa que te permitió aceptarla de 
buen grado y hasta ufanarte de lucirla. ¿Acaso, antes de matarlo, no llegaste a pensar lo bueno que 
sería tener el aspecto de aquél sujeto? 


También llegaste a suponer que otra persona, no tú, padecería un drama existencial y 
terminaría en el loquero o ensayando un clavado desde un décimo piso. Saber que jamás harías tal 
cosa era enaltecedor, más allá de máscaras y rostros. 


Así que el suicidio no estaba en tus planes y sí apechugarle a lo que fuese, pues hace 
demasiado tiempo que la anodina existencia que llevas ha dejado de sorprenderte. Entiendes que la 
vida vale casi tanto como una bala, aunque se esté holgando en la cubierta de un velero con un par 
de muñecas desnudas y bien dispuestas. Que de nada valen los lamentos ni pretender esquivar el 
plomo cuando es el destino quien lo envía. 


Se te hacía tarde para almorzar y abordar el coche a la siguiente ciudad de tu derrotero, así 
que comenzaste a guardar el escaso equipaje con que viajas, muy seguro de que esa imagen del sol 
caribeño y las señoritas nunca serían parte de tu esparcimiento. 


Sobre la mesita estaban tus documentos, tan inequívocos y certeros como caducos. Al ver 
las viejas tarjetas de crédito recordaste la mirada del conserje insistiendo con que estaban 
canceladas. Todos los vestigios pertenecientes a ese tipo al que a veces quisiste se los tragó la 
papelera sin tu menor duda. Siendo el mismo eras otro. 


No era casual que llevaras efectivo, siempre lo tienes y das la importancia debida. Retirar 
una buena cantidad es el primer uso con que bautizas a las nuevas tarjetas, pretendiendo de ese 
modo asegurarte que en realidad funcionan. En aquella instancia primigenia semejante costumbre 
no fue más que un buen consejo del azar aceptado apenas asomó la idea; hoy es una regla dorada, 
toda una ceremonia ineludible. Sí. ¿Sonríes? ¡Desfachatado! Hablar solo ha sido un buen truco para 
sentirte acompañado, pero no olvides que si te oyen harás el ridículo. 


De inmediato el nuevo rostro te dio pequeñas satisfacciones. La chica del restaurante por 


ejemplo, te sonrió de manera por demás llamativa y su amabilidad logró que aceptaras un café antes 
de retirarte, lo cual no es tu costumbre. 


Por ella lamentaste tener que partir y en cierto modo envidiaste la vida de los otros, de los 
que están anclados a la tierra como árboles, siempre en el mismo sitio. Por supuesto, el lamento de 
tu ánimo de marinero fue efímero, en realidad amas tu vida de sombra independiente y errante. Tal 
vez semejante sentimiento, adhiriendo la idea de sedentarismo a una mujer, debió haberte alertado y 
llevarte a ser más precavido. Sí, no lo niegues. 


Al menos esa situación te hizo notar la importancia de una buena cara. Eso era tu nuevo 
rostro: una buena cara. Más tarde, durante el viaje, te observabas en el reflejo de la ventana del 
ómnibus, probabas sonrisas, miradas y gestos. 


Tus nuevas facciones tenían la virtud de conferirte un aire bondadoso, inofensivo. Para 
coronar una óptima apariencia las mostrabas jovial, sereno, pleno de cordura y candor. Entonces fue 
que asumiste la costumbre de sonreír con ironía cada pocos minutos. ¿Vuelves a sonreír? Bien, 
sonríe, ya volverá la fortuna, y si no regresa la irás a buscar. Lo harás, lo sé. Mueres por ir a 
buscarla. 


Presumiste con acierto un incremento en tus transacciones, debiendo admitir que tu rostro 
anterior no era tan amistoso y las ventas logradas se debían a una exhaustiva parrafada de espinosos 
argumentos. El nuevo conjunto en cambio obraba maravillas y hasta llegaste a pensar que podrías 
sobrevivir exclusivamente con el comercio de los malditos cosméticos sin necesidad de mugrosos 
pecados complementarios. ¡Como si el dinero significara algo para t1! ¿Acaso aun no sabes que te 
alimentas de adrenalina? 


Caminas. Te agrada caminar. Puedes ir acompasando los pensamientos al ritmo de la 
marcha, acaso hasta hacer comentarios en voz alta cuando no hay nadie cerca. Pero no te 
descuides... Sí, por tal motivo más de una vez te sentiste observado cual espécimen de parque 
zoológico. Camina, deja que la brisa aclare tus ideas mientras esperas el momento. Camina y habla, 
así no piensas tanto en ella, pues ya no puedo soportar tu nostalgia. 


Durante los viajes, con frecuencia te había asaltado la sensación de que a tus recuerdos los 
ibas dejando en cada uno de los lugares que visitabas, como si al igual que el menudo equipaje 
obligado por tus constantes desplazamientos, tu razón evitara cargar con demasiada memoria. ¿De 
qué te servía recordar la imagen de una mujer bonita o la certeza del confort módico de un hotel al 
que no volverías? Todo lo pisado era lastre inútil, preferías volcar tu interés en lo desconocido, en 
lo que verías más tarde, en el efímero calor de la próxima puta que te complacerá, en imaginar el 
color de las cortinas del próximo cuarto o en la intensidad de su pringue olor. 


Con tu nueva apariencia estuviste a un paso de renunciar a ser “Tú”, y también muy cerca de 
ser lo que siempre quisiste: un tipo amable, entusiasta, apreciado, triunfador. 


Cada noche al acostarte lo hacías temiendo que todo fuera marcha atrás, que un nuevo día 
trajera de nuevo tu antigua apariencia, y aunque de algún modo sabías que jamás volverías a ver tu 
semblante anterior, intuías también que “ese” no te duraría demasiado. 


Anduviste con tal rostro apenas cinco intensos días, de eso estás muy seguro pues el 
recuerdo de ellos sí preferiste cargarlo y lo llevas donde quiera que vayas. Mas es tan inveterado tu 
hábito al desarraigo que te acosa el temor de olvidarlos pese a todo. 


Te esfuerzas en recordarlos para de ese modo, en el aburrimiento solitario de algunas noches 
de hotel puedas refrescar, con independencia de los rasgos que te muestren al mundo, ese puñado de 
únicos días vividos de verdad en algo así como cuarenta años. Grabaste a fuego algunas imágenes 
que serán cual hitos señalándote el camino, mechas listas para ser encendidas cuando tu 
pensamiento sienta necesidad de iluminar el pasado. 


La razón de modificar tu costumbre y permitirte una pizca de sobrecarga mental fue aquella 
chica de una plaza suburbana, esa de la cual jamás supiste el nombre pero quedó grabada a fuego en 
tu alma. 


Atardecía el primer día de tu rostro nuevo y las palomas danzaban a los pies de aquella 
joven con un gorjeo presuroso, desentonando con la calma que caía sobre aquél lugar donde te 


llevara el aburrimiento. Sucumbes nuevamente ante esa meditación. Al menos piénsala con lentitud, 
disfrutándola. Yo haré mi trabajo. 


Desde entonces has creído que el destino es como suponer que alguien, en algún lugar 
remoto, sostiene la certeza de que un día su sueño más preciado se hará realidad y por él aguarda 
con paciencia. De tal modo sería intenso su deseo que consigue hacerte aparecer, pues tú eras esa 
ilusión. Entonces allí estarías, cumpliendo su destino y el tuyo: te esperaría, “ella” te esperaría. 


Por eso, como jamás tuviste claro cómo llegaste a ese lugar, a esa plaza, en el futuro 
pensarás que el destino traza arabescos geométricos y algún día ella volverá a esperar tu regreso. 


Habías venido observándola desde lejos, te habían llamado la atención sus piernas blancas 
asomando de su falda a cuadros, sus tobillos finos, sus sandalias rodeadas de palomas. Y te 
acercabas admirando su suéter amarillo conteniendo sus senos, pequeños pero rígidos tras la cortina 
leve de su cabello ensortijado. ¡Con qué claridad la evocas todo el tiempo! ¡Con cuanta emoción 
todavía! Y la cabeza de la muchacha que lentamente se eleva para verte desde unos ojos apagados 
que se iluminan, incendiando sus labios mientras su voz armoniza: —¡Volviste! Lo sabía. 


Su mano se extiende y su cuerpo te hace sitio a su lado en el banco. —¡Vamos, que cara de 
susto! Parece que hubieras visto un fantasma. ¿O no viniste a verme? 


Aun dentro de tu estupor demoras algo en sonreír, temías equivocarte y caer en un lío 
estúpido. Pero esa mirada tan clara te ha llenado de valor y como si hubieras pasado mil años sin 
verla y supieras qué cosa significa esa frase exclamas: —Te extrañé mucho, una vida. 


Te abrazó y respondiste con intensidad, con mucha sed, con muchas ansias, y quisiste ser 
como una planta y quedarte en el entorno de esa mujer para siempre. Estuvieron juntos un par de 
noches, tú la llamabas “Amor”, y ella “Amor” te decía, a veces mencionando ese otro nombre que 
fingías no oír y te esforzabas en olvidar. 


Cuando ella hablaba de estar juntos para siempre y tener niños tú soñabas y asentías, como 
si tal cosa fuese posible. Tanto te conocía que no podías preguntarle su nombre, lo entiendo. Te 
resultaba irónico que no habiendo tomado jamás nada por sencillo, pues todo siempre te ha dado 
batalla, en esa ocasión era al revés, se te hacía muy amplio y abierto el panorama. Por eso hoy te 
encegueces pensando que habrá de ocurrir nuevamente. 


Entonces percibiste esa otra vida, estática, sin sorpresas, apacible. Porque estimabas que así 
es la existencia de quienes echan raíces. ¿O no? Sí, te lo preguntabas y continuarás haciéndolo hasta 
que hinques tus pies junto a los de una hembra. 


Desde entonces pudiste jactarte de haber conocido una mujer de verdad, cálida y sencilla, sin 
afeites ni aromas intensos que cubran la mugre. Supiste del beso apasionado y de la entrega sin 
dinero. Pero aprendiste también a padecer un dolor insólito, desconocido, que no se afinca en la piel 
ni en el cuerpo y que sordo, punzante, parece quemar desde adentro haciendo difícil la respiración. 
Tanto te duele todavía, que de haber sabido su nombre a fuego lo habrías grabado sobre tu piel y al 
aire lo habrías anunciado con aullidos desgarradores. 


Has ido atesorando el recuerdo de aquellos días sosteniéndolos con el máximo de fidelidad y 
detalles. Una y otra vez los has recreado en mi retina con suma certeza en cuanto a su autenticidad. 
Momentos tales como aquél durante el cual ella te obsequió el reloj diciéndote que era para 
perpetuar ese amor y que no sería de utilidad si no estaban juntos ante el paso de las horas, 
agregando además que la pulsera era un trabajo suyo realizado especialmente para ti. 


Otro hito memorable fue el de tu desazón ante el llanto tierno de la joven cuando al día 
siguiente retribuiste su atención mediante el camafeo y los anillos. Ella había formado con sus 
labios un mohín y luego simulando enojo reprochó: 


—¡Pero no los hiciste con tus propias manos! —sonrió de una manera que bajaba el Edén a la 
tierra y lo desparramaba en torno a ti. —-No importa —dijo también. —Tus manos son para 
acariciarme, toda y para siempre. 


Escenas de ese tipo sólo habías visto en el cine creyéndolas cursi, sin sentido, creadas 
únicamente para que la gente se enterneciera al creerlas posibles y las adolescentes se hicieran a la 
idea de aflojar las piernas para que la humanidad se perpetúe. Nuevamente sentiste el deseo de 


pellizcarte, pero entendiste más oportuno dedicar tus manos a las caricias sugeridas. Y al conocerla 
te conociste. 


Estaban en un restaurante y no imaginaban que sería la última cena que compartirían. Tú 
fuiste el único culpable, debiste haber imaginado que aquello ocurriría e intentar lo necesario para 
postergar el final, al menos costeando los onerosos anillos con efectivo. Pero no pensaste en eso. El 
caso fue que mientras ya te veías saliendo felices del brazo el mozo se acercó con la noticia de que 
la tarjeta había llegado al límite de crédito. Sonreíste y le diste los billetes suficientes como para que 
él también sonriera. 


—¿Qué te ocurre? —Te preguntó mientras caminaban de regreso —¡Te encuentro tan callado! 


—Nada mi amor, nada. Es que no estaremos juntos esta noche. Debo hacer algo más tarde, 
pero volveré contigo por la mañana. —dijiste. ¿Qué prisa llevabas? ¿No pudiste postergar la pesca 
para otro momento? ¡Tu maldita ansiedad! 


Los ojos de la mujer se ensombrecieron y estuviste seguro que contuvo su incertidumbre, 
ahorrándote con su discreción varias preguntas difíciles de contestar. Pero muy en tu interior, allí 
donde la certeza toma puntería, bien sabías que ya no habría mañana. Sin embargo no quisiste 
preguntarte cómo podías estar tan seguro y procurabas hallar la forma de continuar dormido sobre 
tan efímero ensueño. 


La dejaste en su puerta y mecánicamente deambulaste en la noche como tantas veces lo 
habías hecho, murciélago escuálido de gris voracidad volando por instinto. Solo, como siempre, 
agobiado también por otra convicción: nadie deja nunca de estar solo. Y durante un ínfimo y torpe 
instante te preguntaste si cancelar tu soledad valdría la pena. 


Caminaste, caminaste pensando y tal vez al pasar ante postigos cerrados, ante zaguanes con 
eco, tu voz fue oída en sueños anónimos que temblaron por tu oscuridad y acaso te vieron, 
asqueándose de las palpitaciones de tu dermis, semejante a la piel de un sapo atrapado por el pico 
de un ave. 


Pero no eres un escuerzo sino un halcón y en uno de esos senderos tu vuelo halló lo buscado. 
El sujeto ya no era joven y salía de un bar apoyado sobre dos rameras, una bajo cada brazo. No te 
costó imaginar que lo acarreaban a un lugar sombrío para desvalijarlo: ese era el destino irrevocable 
del desgraciado. 


Asumiste la actitud del policía que pesca in fraganti a los rufianes, ya ensayada en otras 
oportunidades. Ellas se dejaron convencer con acritud y se alejaron, refunfuñando pero sin mirar 
atrás, como hienas amedrentadas por el león. Tomaste los documentos del veterano, su dinero, sus 
tarjetas; arrancaste de su garganta oprimida las claves, sus secretos, acaso su vida, y lo escondiste 
en un callejón bajo cuanta basura lograste arrimar. 


Fuiste consciente de que antes te limitabas a llevar el metálico y ahora lo querías todo, pero 
no fue más que una anotación al margen plena de indiferencia e ignominia. Luego calculaste que 
tardarían varios días en percibir su pestilencia y de inmediato te dirigiste a un cajero con la 
intención de extraer efectivo. Te invadió una intensa sed, necesitabas algo fuerte, alcohol... Y ni 
siquiera te extrañaste de ello, siendo que jamás bebías. 


Era muy tarde y caminaste paseando ese espontáneo deseo de beber. Caminaste como debes 
volver a hacerlo hasta ese imaginario día que “ella” vuelva a estar a tu lado y entiendas necesario 
echar raíces. 


Rato después te sentías cansado, sin fuerzas y muy triste, pues no podías volver a verla hasta 
el nuevo día. Descartaste cruzar la ciudad para llegar al hotel donde habías dejado un nombre ajeno 
y te recostaste un rato en el mismo banco en el cual se sentaron aquél día. 


Te sentiste grotesco, más viejo, alcoholizado y sin alegría: todo un perdedor. Sobre ti, entre 
las hojas de los árboles, la luna lucía una sonrisa fría, espantosa. Cerraste los ojos y reprimiendo ese 
terrible deseo de continuar bebiendo dormiste con la miserable actitud de un fracasado. ¿Alguien 
puede desconocerla? En eso te comprendo. 


Por la mañana el sol, la plaza y las palomas parecían ser los de siempre, hasta tú, pues te 
sentías el enamorado del día anterior. También creíste posible que apenas verse revivirían los 


momentos felices. ¿Por qué no? Ella te quería, tú eras tú y no esperabas más de la vida que tenerla 
junto a ti. 


Dudaste un instante si no te vendría bien pasar antes por algún bar, pero la sed por ella era 
más fuerte que cualquier sed que te hubiese invadido. Así que permitiste a tus piernas presurosas 
encaminarse hacia un nuevo encuentro mágico. 


Cierto es que uno se enceguece cuando se enamora, pierde noción de la realidad y el mundo. 
La gente, el tiempo, no contienen más sentido que la luz de esos ojos que sólo al mirarnos nos 
permiten existir. 


La percibiste desde lejos y apenas la veías a ella cuando en realidad cuatro o cinco personas 
la rodeaban. Fuiste acercándote dispuesto al abrazo y viste que otros brazos la ceñían con 
delicadeza. Ya a pocos pasos notaste que lo que en verdad hacían era consolarla. Mas al menos por 
una vez inocente creíste que era por ti, y que al verte se iría su dolor. Pero te miró como si no te 
viera, como negando tu existencia, de modo tan ambiguo que te sentiste cosa, perro, árbol, no 
persona. Por un trémulo instante maldijiste la veleidad cruda de las mujeres. Recién entonces 
ingresaste en el asunto que trataba aquél grupo: 


—¿Varios días? ¡No puede ser! —decía ella muy dolorida y entre sollozos. —Ayer estuvimos 
juntos aquí mismo. ¿Cómo podría creer que lo hayan encontrado muerto en otra ciudad? 


—Así que él se había ido, volvió y partió nuevamente. ¿Ocurrió de ese modo? —preguntó a su 
q yp ¿ preg 
vez un tipo fuerte y hosco, raza policial. —¿Sabe las razones? ¿Iba a ver a alguien? 


—No. Discutimos, dijo que necesitaba unos días para meditar. Pero volvió y todo fue como 
siempre. ¡Quiero verlo! ¿Dónde está? 


—Funeraria Tezeira —dijo el policía. 


Ella volvió a mirar tu rostro impropio como si no te viera. Le sonreíste para que notara tu 
presencia. Tu actitud decía: ¡Hey aquí estoy! 


Ella notó tu sonrisa al deslizar con indiferencia sus ojos lacrimosos sobre ti, y un toque de 
realidad te hizo estremecer en modo tal que decidiste alejarte disimuladamente. Tu razón, aturdida 
tantas horas por la adoración que sentías por esa mujer, cobró cordura y comprendió. 


Caminaste, meditaste mucho buscando una solución. Con rebeldía desoíste las exigencias 
del formidable deseo de beber que te oprimía. Al fin, aceptaste que lo único que podías hacer era 
olvidar: la sed, esa mujer, el amor. 


Hecho al dolor desde la cuna te habías acorazado de insensibilidad y apelaste a esa fortaleza 
para desterrarla de tu interior. Mas al advertir las dimensiones de la herida concluiste que no: jamás 
podrías. Debías morir o irte de inmediato. Así que te dispusiste a partir y continuar con las tareas 
postergadas. Adquiriste un boleto para el próximo coche a tu destino ulterior y mientras aguardabas 
que llegase la hora aceptaste la debilidad de darle una última mirada a tu fracaso inolvidable. 


Nunca habías estado en una funeraria ni en un velatorio. Conocías a la muerte sin 
maquillaje, cruda pero tibia, acaso sangrante. Por eso te detuviste ante el ataúd más de lo necesario. 
¿Por qué lo hiciste si era a ella a quién habías ido a ver por última vez? De otro modo no hubieras 
sabido que el muerto tenía ese rostro tuyo del espejo y aunque dormía apaciblemente igual te puso 
los pelos de punta. Fue como si tu última hora te hubiese salido al paso y en el extremo de un 
resorte se meciera sonriente sobre la caja de sorpresas. 


Te entristeciste y temiste por tu cordura como si aún tuvieses la suficiente, mas lograste 
controlar tu porte soportando un breve mareo. Luego apoyaste la mano izquierda sobre el féretro y 
al hacerlo el hábito te impulsó a consultar la hora: luego la miraste a ella. 


La mujer te había visto observar la hora, luego notó el reloj y fue como si hubiese visto al 
mismo demonio, sus ojos cambiaron de expresión varias veces. Tras un instante de incredulidad se 
abalanzó hacia ti y comenzó a golpearte, gritando sin parar: 


—¡Asesino! ¡Asesino! ¡El lo mató, asesino! ¡Le robó el reloj que le regalé, asesino! 
¡ ¡ ¡ ¡ 


Entre retazos de confusión tus rasgos robados reflejaron dolor y pretendiste decir que no, 


que era un error: inclusive tu rostro de bebedor avejentado proclamaba inocencia. Pero nadie 
pareció creerte, ni aun aquellas personas que intentaban aplacar el nerviosismo de tu adorada. Ellos 
no te conocían y veían con desconfianza y ojos cada vez más amenazantes tu apariencia de ebrio 
contumaz. 


Al fin recordaste que se equivocarían si te creyeran inocente y supiste de inmediato que ella 
estaba igual de segura que tú: —¡Asesino! ¡Asesino! —continuaba disparando con odio ante el estupor 
general. Sería imposible que aquellos dichos, hombre descarado, de ser proyectiles más te hubieran 
dolido. Pues sí, quien dice que la verdad no ofende parece desconocer que las que ofenden son las 
verdades, sobre todo cuando son execrables y vergonzosas. 


Desprendiéndote como pudiste de los brazos que intentaron aferrarte lograste llegar a la 
calle. Corriste más rápido que el viento, cruzaste la plaza que habían compartido como si no fuese 
un templo y te ocultaste en las sombras de un callejón hasta que partió el ómnibus, dos horas de 
tormento más tarde. Fuiste un ahorcado sin árbol, sin soga y sin muerte; únicamente llevabas la 
asfixia y el desprecio. 


Ha pasado un año desde entonces y tu rostro ha cambiado varias veces. Al observar ante el 
espejo tu ocasional apariencia no puedes dejar de pensar en la posibilidad de que “ella” te haya 
olvidado y disfrute un nuevo amor. Debes entonces reprimir el deseo de acudir de inmediato a 
tomar ese lugar, único en el mundo por el que atarías tus pies a la tierra. Lo harás, consideras que no 
falta mucho e imaginas a cada instante la gloriosa instancia del reencuentro. 


Mientras aguardas escribes, ya no caminas tanto y si lo haces te detienes a tomar notas. 
Sonríes ante tu nueva locura: tu última víctima ha sido este paupérrimo escritor desconocido. Este, 
quien cometió el error de transportarte unos kilómetros en su desvencijado coche y es cierto, fui 
demasiado inquisidor pues de inmediato percibí tu singular personalidad. 


No importa eso, lo único que te concierne es volver a ella, convéncete. ¡Díselo al espejo! Y 
permite a este palabrero afirmar que lo harás, que volverás por esa mujer. De ese modo esta cara 
aburrida descansará en paz. Deja que lo grite si así lo deseo, a ti no te concierne si el mundo se 
entera que algún día ella será tuya para siempre. Busca un nuevo rostro que pueda agradarle y 
déjame descansar en paz. De todos modos es demasiado tarde para que te apabulle con 
recriminaciones, ya nada puedo hacer por mí y al menos logré relatar mi despedida. 


LA HORMA DE SU ZAPATO 


Inmerso en sus cavilaciones el asesino desciende del avión. Consumar su venganza no le ha 
otorgado la felicidad esperada. Observa con melancolía la esfera de su reloj y se pregunta: “¿Podrás 
quitarte el lodo, cambiar la cara y volver a empezar? Quizás debieras inventar una máquina capaz 
de modificar los errores del pasado y tenerla lista antes de acumular demasiadas acciones 
imperfectas. Tal sería la mayor invención que todos quisieran tener”. 


Una nueva ciudad se abre ante sus ojos, que no ven hacia el futuro sino que retornan al 
pasado una y otra vez. Yendo en el taxi hacia el hotel, y echando culpas al destino, retorna al día en 
que comenzó su historia negra. 


Un manto constante de lluvia cubre la planta industrial desde el amanecer. Ello no mengua 
el ritmo robótico de quienes, por allí, realizan tareas. Allá arriba, en el “nido del águila”, mirador 
ubicado en lo más alto del edificio de la administración, y custodiando sus dominios, se hallan las 
oficinas del "Pulpo Stinker". 


Los empleados todos, y sus dos socios principales —ausentes, perezosos y apenas 
ornamentales— identifican solapadamente a Ben Stinker con tal apelativo. Este hombre solitario 
preside el Directorio y, mediante cláusula habilitante especial de los estatutos de la empresa, ejerce, 
con toda la discrecionalidad del universo, la Gerencia General. 


Existe un puñado de gerencias satélites que nada cambiaría su ausencia, el afán de Stinker de 
tener injerencia en todos los asuntos, por ínfimos que éstos sean, las ha relegado a ser un maleable 
grupo asesor que jamás daría un paso sin consultarlo previamente. 


Es la mañana de su encuentro con el inefable Donatti, genio aturdido y tan solitario como él 
que ya le ha dado satisfacciones. Supone que la solicitud de audiencia se debe a una buena noticia, 
algún nuevo invento, sin duda. Y no estaba tan errado. 


Ben lee con avidez una serie de informes que mantiene ordenados sobre el vidrio de su 
escritorio. No se permite un bostezo, y en tanto la lluvia golpea los amplios ventanales disolviendo 
el paisaje exterior, con felicidad se repite que la mejor medicina es el trabajo. 


Cada tanto Ben tira a la papelera un proyecto cuya renta no esté clara. También algún 
ascenso dudoso, los cuales sin excepción considera fútiles esperanzas de personas mediocres. Acaso 
aconseje mejoras para aquellas actividades que considera imperfectas, tome algún empleado más 
para apaciguar demandas de ingenieros que sin duda exageraban la falta de personal, y alimente su 
amor propio otorgando mejoras salariales discriminatorias y magras, pero ejemplarizante para 
quienes no la recibirán. 


Cuenta con una hermosa secretaria, la Srta. Meriten, quien sospecha que la actitud de su jefe 
es una pose y en realidad bajo aquella armadura miserable alberga un corazón de oro, aunque más 
no sea porque entiende que un ser humano, de poder hacerlo en forma más benévola o piadosa, no 
actuaría como él. La costumbre ha vuelto dócil su sistema nervioso, e internamente procura 
justificarse la personalidad del Sr. Stinker. Entiende que son las circunstancias empresariales las 
que lo obligan a ser malvado, y lo absuelve. 


La Srta. Meriten golpeó con suavidad la puerta e ingresó luego de sentir aquella 
malhumorada voz: —¡Pase, ya era hora! —Ella no tenía la mínima sospecha sobre el farfullo mental 
que su jefe desplegaba en ese momento. De haber tenido la facultad de leer el pensamiento quizás 
reformularía sus conceptos sobre Ben: (¡Estúpida marrana pechugona! De no mover tanto las 
caderas irías más de prisa) 


Ella portaba una bandeja con un pocillo de café e iba notando al acercarse cómo el rostro de 
su jefe enrojecía a medida que leía una hoja de papel. 


—¡Esto no puede ser! —Exclamó el hombre golpeando con su puño el grueso vidrio negro 
que, al unísono con el pellejo de la mujer, vibró unos segundos. 


—¿Ocurre algo? —preguntó ella con semblante entre temeroso. (¡Ay Dios! ¿Qué hice ahora? 
¿Otra vez mezclé folios de expedientes?) 


—¿Que si ocurre algo? ¡Ocurre, sí! ¡Y mucho! ¡Donatti presentó renuncia! ¿Para eso quería 
verme? Seguro, es una treta para obtener un aumento. Presión, me está metiendo presión. 


—¿Donatti? (¡Ay, de qué me está hablando!) 


—Sí. Donatti. Eso dije ¿No? ¿Ahora que está esperando? ¡Salga! ¡Salga y déjeme solo! ¡Ah! 
Haga pasar a ese apenas llegue. 


Sí señor —dijo temerosa al tiempo que apresurando sus pasos cerraba la puerta tras de sí. 


Faltaba poco para el mediodía y la tozudez de la lluvia fastidiaba hasta bagres y escuerzos de 
la zona. Donatti ingresó con displicencia a la oficina. Su sonrisa giocondezca hizo acelerar los 
latidos de "El pulpo", provocando que su hígado extremara la producción biliar y en su pecho 
asomara cierto leve y consabido rumor de taquicardia. 


—¿Qué es esto de que renunciás? —exclamó furibundo. 
—Primero: ¿puedo sentarme? (¡Maldito sapo corbatudo!) 


—Sentate. De todos modos no estará tu culo ahí mucho tiempo. Seré breve: Renuncia 
aceptada. 


—Muy bien. Tengo algo de prisa y el culo presuntuoso —el sarcasmo de Donatti golpeó al 
otro en un riñón. Era el único ser en la tierra, exceptuando al matón de la clase de la escuela 
primaria, que en toda su vida le había hablado de ese modo. 


—No me asombra que la gente no sepa agradecer hoy día. 
—¿Insinúa que le debo algo? (¡Cretino!) Descuéntemelo de la liquidación. 


Ben echó su espalda hacia atrás en la silla y realizando tremendo esfuerzo logró que sus ojos 
simularan una mirada compasiva: 


—Donatti, eras un frustrado ingeniero electrónico cuando te encontramos. Dentro de aquella 
gabardina, de buena calidad pero gastada más allá de lo aceptable, no cargabas más que hambre. 
Venías de una larga temporada sin trabajo y nosotros tuvimos fe en vos, sobre todo yo. ¿Y ahora 
qué sueño te aturde que hablás de irte? Desde la competencia te ofrecieron un dólar más, seguro es 
eso. Forjaste una imagen en mi empresa y ahora pensás dar “el gran salto”. ¿No es así? Pero no es 
oro todo lo que brilla, tenelo presente. El dinero no enriquece nuestro espíritu. 


(¡Si lo sabrás! Se te nota.) Cierto. Aquí me contrataron cuando nadie creía en mí y gracias 
a mi invención. Usted la hizo suya trampeando mi buena fe y obtuvo millones de ganancia. 


—¡No desvirtúes la realidad, Donatti! ¡Exijo respeto! Si eso es lo que pensás está muy bien 
que te alejes, es lo aconsejable. Te permitimos manifestar tus conocimientos. El contrato es claro en 
ese sentido: lo aquí desarrollado aquí queda. Nadie pondría a tu disposición semejante imperio 
tecnológico para no lograr nada. ¿Acaso nos dedicamos a la caridad? 


—Mi proyecto, el "Tercera Dimensión T.V.", lo traje concluido. Aquí apenas aportaron la 
infraestructura para producirlo en gran escala y comercializarlo. No sólo se benefician con su 
producción: permisos a concesionarios, regalías por derechos. Todo lo devoran. (¡Piraña!) 


—Hay normas y leyes, y quien que firma un contrato está sujeto a él. (Brillante mequetrefe) 


—¡Por eso renuncio! He logrado un producto especial, creado exclusivamente en mi 
domicilio con materiales propios. Algo ya registrado a mi nombre, revolucionario para la industria. 
Ahora me sentaré a esperar que una lluvia de ofertas, quizá más copiosa que la de allí fuera, caiga 
sobre mis manos. (Llora pacman. Y no infartes, por favor) 


—¿Qué? ¿Cuál innovación? ¡Dígame! (; ? 
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— Lo siento. Ya no pertenezco a su empresa. 
—¿No pensó que podríamos llegar a un acuerdo favorable a las dos partes? 
— Sí. Lo pensé. Y decidí no acordar nada. 


—¡Oiga mi oferta Donatti! ¡No se podrá negar! Si es bueno, viable, negociable y rentable, 
además de lograr el cincuenta por ciento de su producido le devolveremos los derechos del "Tercera 
Dimensión T.V." que por motivos administrativos internos debimos retener por un tiempo. ¿Qué me 
responde? 


—¿Tanto ofrece sin conocer nada? Si ya ha comprado mis palabras la innovación lo hará caer 
de espaldas. 


— Bueno, nunca negamos su capacidad ni contratamos inútiles. En fin... ¡Le hemos tomado 
estima en este tiempo! (¡Dime una tontería y pido a Seguridad que te clave de cabeza en la fuente 
del jardín!) 


—¡No me diga! ¿Está arrepentido de haberme timado? 
¡ ga. ¿ p 


—Aquí no se tima a nadie y si continúa con ese tono retiro mi oferta. No opaque sus virtudes 
con anacrónicas iracundias juveniles. 


—Concebí metas muy importantes a concretar con las utilidades de mi proyecto anterior. (Iré 
despacio, debo disfrutarlo mucho Ben: mucho.) También tenía cuentas de consideración para 
saldar. Estuve meses sin trabajo y embargaron mis bienes. 


A medida que hablaba Donatti moderaba el tono, bajaba la cabeza y era ostensible la tensión 
de sus manos sobre el apoyabrazos del sillón. —-Mi esposa creyó encontrar en otro hombre mejores 
cualidades y me abandonó. Apenas me dejó la gabardina y la deuda con su peluquera. 


Se dio un respiro, sus manos cesaron de moverse, levantó la cabeza y miró fijo los ojos de 
Stinker: —Lo peor en realidad fue el atraso de mis proyectos. Esta nueva creación podría haber 
nacido el siglo pasado y en estas lides un día perdido es ceder terreno. Ya vio la ardua competencia 
que enfrentamos para imponer el TD TV. ¿Recuerda que mi primer sueldo fue de aprendiz 
adelantado? A mí... ¡Sucesor de Tesla! (Toma un poquitín de soberbia para acentuar tu rabieta) 


—Basta Donatti, déjese de apologías superfluas que ni usted puede creerse. Si no acepta es 
mejor que se marche. ¡Pero antes dígame de qué se trata, por supuesto! (¡Eso, pagaría por oírlo!) 


—El "Tercera dimensión T.V." fue un acierto. La competencia tiene buenos productos pero el 
nuestro es el mejor. ¿Qué tal si ahora al ver en una película a una hermosa joven tridimensional 
podemos además disfrutar de su perfume? ¿Y si en una escena portuaria el aroma del mar nos 
envuelve? Nada nos faltaría para sentirnos inmersos en la propuesta fílmica. 


Ben Stinker tenía la vista fija en el derrame pluvial de los cristales, meditaba. Donatti supo 
que lo tenía en sus manos, continuó: 


—Primero fue la imagen, luego el color, más tarde la TV tridimensional y ahora lo último, lo 
sublime. Ya verá en el mercado compitiendo con sus productos la televisión color—tridimensional— 
aroma. "Aromativi" será su nombre. (Aromativi Donatti. Je, ya quisieras.) 


(Bah, tanto aspaviento...) ¡No es tan maravilloso! Sirve sólo para el mercado doméstico. Te 
doy el treinta por ciento de su producido: de lo anterior nada. 


—(¿Qué?¿Queeeee?) ¡Hasta la vista, Ben! ¿Acaso las exhibiciones de la industria 
cinematográfica rinden mayores beneficios? No veo razón por la cual las grandes salas no puedan 
disponer de la que carecerán las grandes salas. 


—(Tal vez.) Está bien, llevarás el cincuenta por ciento. ¡Está hecho! 
—Adiós. Espero no vernos más. 


El inventor comenzó a caminar hacia la puerta sosegadamente, esperaba que "El pulpo" no 
lo dejara escurrir de entre sus tentáculos con facilidad. (¡Ay que se me escapa el bacalao! ¡Vamos! 
¿Qué esperas?) 


—¡Espera! —Gritó Ben cuando el otro ya traspasaba el umbral —Trae los planos, si los 


técnicos dan el visto bueno mantengo mi primer oferta. (Ya veremos párvulo ambicioso quien luce 
la perla) 


—Construí el prototipo y funciona a la perfección. Lo probé varias veces. Debo confesar que 
no llegué al final de la película elegida pues el argumento es deplorable y temí morir de frivolidad. 


(¿Será verdad? Este demente es muy capaz de estar hablando en serio) ¿Tiene ya un 
equipo de ésas características? Venga, vuelva a sentarse Donatti, tal vez merezca que le ponga más 
paciencia. 


—Gracias Ben (¡Vaya que te has vuelto amable!). Sí, lo tengo. No es el televisor, puede ser 
útil cualquier "Tercera dimensión". Hay que modificar su sistema de reproducción de video. He 
aplicado tecnología a un reproductor independiente. 


—¿Un video reproductor? Volvemos al pasado. ¡Olvídalo Donatti! 


—Déjeme terminar. Todo está en un estuche de cápsulas. El video reproductor cuenta con los 
sistemas electrónicos que inducen, al leer las indicaciones contenidas en el DVD, la liberación de 
elementos odoríferos concentrados que se colocan junto con el DVD en el reproductor. ¿Me explico 
o le redacto el manual técnico? No funciona con filmes emitidos por canales televisivos, por 
supuesto. (A! menos por ahora, quizás le eche mano el día que la humanidad termine por 
fastidiarme.) 


—O sea que el usuario debería adquirir el reproductor, las cápsulas y nuevos DVD, los 
anteriores no sirven. 


—Exacto, veo que tan perdido no anda. Incluso las cápsulas aromáticas eventualmente 
deberán ser recargadas, cada film tendrá la correspondiente y la duración de las exhibiciones es 
limitada. No es una máquina de inventar olores sino algo más modesto. Así se mueve el mercado de 
consumo. ¿No es cierto? En un año las utilidades pueden ser fabulosas. 


—No muchos estarán dispuestos a cambiar todo su sistema audiovisual por tan poca cosa, 
pero el porcentaje de los entusiastas podría ser interesante. Está bien Donatti. ¿Mi oferta es buena, 
verdad? Quedamos con el cincuenta. 


Quiero el ochenta por ciento de las utilidades, con documentos firmados en este mismo 
momento. Además, un millón de adelanto contra la entrega del prototipo para que lo pruebe usted 
mismo, esta misma tarde y comiendo rosquillas. (La confitería te la agrego a modo de gentileza) 


—¡Estás loco Donatti! El cincuenta y medio millón y ya es mucho. 
¡ y y y 
—¡El sesenta y el millón o nada! 


El rostro de Ben Stinker estaba rojo, hinchado, sus puños apretados, el potro de su pecho 
corría desbocado. Al fin pareció hallar el control de sus impulsos. Su voz sonó con calma: —Está 
bien. Tú ganas Donatti (Por ahora). Antes de firmar quiero que técnicos de la empresa corroboren 
la bondad de los planos. 


—NOo hay inconvenientes, pero el millón lo quiero al momento de entregar el prototipo. 
—No podés negar que aprendiste mucho aquí Donatti. 

—Aprendí a dejar el alma junto con el saco colgada en la percha. 

—¿Me considerás un desalmado pese al obsequio que recibirás? 

—Yo soy el que obsequia Stinker. Ya verá cuando pruebe mi “bebé”. ¡Hasta la tarde! 


Donatti salió dejando la puerta abierta y a Stinker observándolo. Pasó junto a la Srta. 
Meriten y ella creyó ver en su rostro una sombra de tristeza. Le sonrió y él le hizo un guiño a modo 
de saludo. Sería la tercera o cuarta vez que lo veía, pero no tenía dudas en cuanto a que Donatti le 
caía bien. Afuera la lluvia seguía castigando los ventanales. 


Varios hombres rodeaban la amplia mesa de la sala de sesiones. Ésta se hallaba cubierta de 


planos con circuitos inmensos, complicados, también de hojas de papel atiborradas con fórmulas 
químicas. 


El pulpo, de espaldas al diluvio que empañaba la visión a través de los cristales decía: ¿Qué 
opina Thomson? ¿Puede dar resultado el invento de su colega? 


—¡Es fantástico! —El nerviosismo de Thomson solía llevarlo a ajustar, mediante tics nasales, 
sus lentes de exorbitante aumento —Donatti tiene suma facilidad para crear con sencillez (tic nasal). 
Todo se le vuelve fácil. A cada problema técnico encontró respuesta donde pocos la hubieran 
buscado (tic nasal). Esto en cuanto a electrónica e informática... ¡El ingeniero químico también 
debe dar su opinión! (Tic nasal) De eso no entiendo nada. 


—Es cierto —exclamó Stinker. —Yo entiendo de todo, pero mejor que alguien más opine — 
dirigiéndose al otro profesional presente dijo: —Adelberg. En cuanto a los procesos químicos que 
deben irse sucediendo para que surjan los aromas: ¿Está todo bien? 


Adelberg no culminaba su inspección, de todos modos aventuró un comentario: —Al parecer 
cada compuesto reacciona en la forma prevista ante los estímulos que Donatti dispone. Como 
entenderá, no se puede determinar a priori, sin un exhaustivo análisis, la resultante de cada una de 
las diversas fórmulas componentes de esta batería química. Me llevaré una copia de los pliegos para 
revisar. Conociendo a Donatti descarto que todo esté perfecto, pero la decisión no debería tomarse 
sin los análisis de laboratorio corresp... 


—¡Ya, ya! —Interrumpió Stinker —Pero funciona. ¿Verdad? ¡Bien! Tal vez requiera algún 
pequeño ajuste, ya veremos, no será de importancia. 


Ninguno de los presentes planteó nuevas objeciones. Tenían la experiencia de conocer los 
resultados de oponerse cuando la tozudez de ese hombre cubría su campo visual. 


Donatti, quien en un comienzo aguardaba fuera de la sala de reuniones, se había trasladado 
al sector de oficinas y charlaba animadamente con la Srta. Meriten sobre cultivo de plantas y flores. 
La conversación la inició él, preguntándole desde su famosa sonrisa giocondezca si acaso ella era 
una Dionaea. 


Meriten desconocía la existencia de ese vegetal carnívoro y su rostro manifestó la duda. 
Donatti se apresuró en decirle que se trataba de una planta especial de colores vivos y algunas 
espinillas. A ella le pareció bonito y sonrió ante tan particular “galantería”. 


Donatti recordaría esta escena sobre las nubes durante su vuelo hacia el futuro. Llegaría a 
preguntarse si la habría invitado a salir de no haberlos interrumpido Stinker. Abandonaría tales 
especulaciones al comprender que, en atención a su plan maestro, ante la eventualidad que ella lo 
aceptara él no podría acudir a la cita. 


El empresario, escoltado por los dos profesionales intervinientes, llegaba pletórico, parecía 
dispuesto a regar de satisfacción el jardín inconcluso que Donatti y Meriten habían inaugurado. 


—¡Pero aquí está nuestro gran amigo! ¡Venga Donatti! —dijo sonriente —¡Pase a mi oficina! 
Estuvimos analizando su engendro. Allí tengo todo pronto para que firmemos. ¡Venga! 


Como si el resto del mundo no existiera, tomándolo suavemente de un brazo lo dirigió hacia 
la puerta que comunicaba con su oficina. Los otros dos hombres, puestos en libertad, recuperaban el 
ritmo normal de su respiración. La Srta. Meriten suspiró sintiéndose toda una regia Dionaea. 


Allí dentro y luego de las firmas Donatti insistió: —Stinker, lo conozco tan dolorosamente 
bien que mi deber es alertarlo: si esta tarde no hay millón, no hay reproductor ni cápsulas 
aromáticas. 


—¡Pero Donatti, falta una hora para que cierren los bancos! 
—Consígalo para mañana y mañana lo tendrá. 


—¡Lo quiero hoy! 


—También yo, Ben Stinker. 


—Está bien, cuando reciba el equipo en casa y te daré el millón. ¡Qué sea a seño fruncido 
entonces! 


—Hasta las seis señor Stinker —dijo Donatti saliendo. 


—¡Bah! Hasta luego —contestó Stinker con resignación. 


—Pasá Donatti. Por aquí, dejalo allí, junto al "Stinker Limited Third Dimension”. Debo darte 
alguna mala noticia. ¡Mentiste! No estaba patentado. ¿Pensaste que no haría averiguaciones? 
Gracias a tus planos y la firma de Thomson pudimos registrarlo antes que cerrara la oficina de 
patentes. ¡Qué torpeza la tuya Donatti! ¡Terrible omisión! ¿Cómo es que no ha sido inscripto a tu 
nombre? Por supuesto lo firmado temprano en la tarde no tiene vigencia. No puedes negociar una 
creación que no te pertenece. (¡Tonto!) 


—¿Otra vez lo mismo? (¡Vamos, muerde fuerte torpe tiburón!) 


—Sos un creador genial, pero apenas un cándido náufrago en el mundo de los negocios. ¿Y 
me acusás? Nadie es culpable de tu inocencia. Todo un angelito. ¡Hasta me parece verte las alas y el 
aura! 


— ¡Y a vos te veo con cuernos y cola! Todo un demonio. No lo registré, no. Debe hacerlo un 
profesional. Me retiraron el título debido a un delito que se me imputó injustamente. 


—¿Qué delito Donatti? (Mirándote bien los ojos, aspecto de asesino no te falta) 
—No le importa. 


—Tal vez no me importe pero me lo contarás. ¿Quién no necesita que ser oído? Verás que no 
soy tan malo como pensás. Pese a que el invento ya pertenece a mi empresa, su construcción y 
puesta a punto puede tardar dos meses. Tanto no puedo esperar para verlo funcionando. Por ese 
motivo y en un gesto que a mí mismo conmueve, decidí comprar tu prototipo de todos modos: 
aunque a un cuarto de millón. 


—Esperará tres meses Stinker, antes no lo tendrán listo. Yo me voy. (Si lo permito termina 
cobrándome por la conversación mantenida) 


Mientras hablaban el sol salió al atardecer, quizás a espantar rezagadas gotas de lluvia que 
aún colgaban de nubes deshilachadas. Sus rayos rojizos inundaron la oficina donde los dos hombres 
mantenían su pulsada. El inventor rumbeó hacia la salida. 


—¡Aguarde! No se apure Donatti. ¿Se irá así, sin más ni más? ¿Perdidoso? Deseo verlo 
contento. Y para demostrar mi buen estado de mi ánimo hoy día, tal vez llegue a ofrecerle medio 
millón. 

—¡Un millón Stinker! O nada. Entienda que el dinero no me interesa: manejo un desquite. ¡Y 
decídase! Aquí tengo los pasajes de un vuelo que sale en dos horas. Lo toma o lo deja. Ya me ha 
quitado mucho más de lo que puedo aceptar con honor. ¡Si lo matara me absolverían! (Es un decir, 
desconfío de la comprensión y misericordia humana) 


—¡No exagere Donatti! Está bien, se lo daré. Como dije, me ha tomado en un día de los 
buenos. Le daré el millón, pero antes me dirá la causa por la cual le retiraron el título. Seguro que 
hasta disfrutará al contarlo. 


—¿Qué más da? Sucedió en la empresa donde trabajé antes de toparme con usted. 
Montábamos una línea de alto voltaje bajo mi responsabilidad. Alguien no tuvo en cuenta mis 
órdenes y previsiones y murieron electrocutados dos operarios. Los abogados de la empresa de 
seguros, sedientos de sangre, desmoronaron uno a uno mis descargos llevándome a la ruina. Tras el 


despido no hallé puerta que se abriera. Como en un destierro, en medio de la miseria, en la terrible 
soledad en que quedé, para no maldecir y pensar en otra cosa, fui diseñando el "Tercera 
Dimensión”. Necesitaba demostrarme que con mi ingenio podía lograr un destino altivo. El resto ya 
lo sabe. 


Mientras tomaba de su caja fuerte la suma de dinero pactada “El pulpo” improvisó un 
comentario relacionado con la mala suerte, y cuanto debería entonces valorar a quien le abrió la 
única puerta que para él existió en el mundo. 


Antes de entregar esos tres kilos aproximados de billetes sostuvo el bolso entre sus manos, 
permitiéndose varias trivialidades nostálgicas y algún consejo gratuito sobre cuidados 
patrimoniales. 


Cuando Donatti con total indiferencia comenzó a contar el dinero Stinker miraba la acción 
con desmedida satisfacción. Los ojos de Donatti no lo advirtieron, tan ocupado estaba con su tarea. 
Pero ya la moneda estaba en el aire y ninguno de los perdedores intuyó que el azar le sería 
contrario. “El pulp”, así como lo tenía proyectado, ni siquiera tendría ocasión de avisar a Vigilancia 
que jamás volvieran dejar ingresar a Donatti . 


Era noche cerrada cuando el inventor estuvo nuevamente al aire libre. El cielo estaba 
despejado y miríadas de estrellas pugnaban por enseñar su brillo. Un agradable viento fresco 
hablaba un idioma secreto a los árboles mojados y oscuros. Donatti levantó el cuello de su saco y 
llamó un taxi para dirigirse al aeropuerto. 


En su mansión de solitarias habitaciones "El pulpo" conectaba equipos y comenzaba a 
deleitarse con la primera exhibición mundial del "AromaTiVi1". 


El avión deslizó sus inmensas ruedas negras sobre la pista húmeda. Comenzaba a elevarse 
en el mismo momento en que Stinker, derramado en su sillón especial, oprimía el botón del control 
remoto que ponía en funcionamiento su onerosa adquisición postrera. 


Sorbió un trago de whisky con la sucesión de las primeras imágenes y cuando notó que el 
film era de gángsters se permitió una sonrisa: otros no le gustaban. No había visto esa película, que 
si bien era de clase “B” estaba realizada en 3D. Stinker encontró evidente que Donatti había 
adecuado su invento para que funcionara con ese film. (¿Sabe mis gustos?) Se enterneció. También, 
quizás fuese feliz un efímero instante. 


En la secuencia fílmica el protagonista asalta un banco con poca fortuna, se sucede un 
tiroteo y muere un policía. Ben Stinker sintió aletear en sus fosas nasales un penetrante olor a 
pólvora. Sorbió otro trago. (No está mal Donatti. No está nada mal). 


Conduciendo por la autopista a muy alta velocidad huía el asaltante y un tenue aroma a 
monóxido de carbono pasó desapercibido por el espectador, que ya había entrado al film y corría 
sobre la carretera ardiente en el asiento contiguo al del malhechor. 


Escenas secundarias transcurrieron con diferentes sensaciones olfativas. Una de ellas, en la 
cual el actor se interna en un bosque de pinos con rumbo a su oculto refugio, le agradó 
sobremanera. El aroma de aquellos árboles le hizo rememorar episodios olvidados de su infancia. (— 
¡Caramba! Es como si volviera a ser niño). 


Al protagonista lo aguardaba una bella joven enmarcada ante la puerta de una cabaña de 
troncos. Ben experimentó aquella presencia a su lado, su perfume le abofeteó el rostro y casi pudo 
sentir el roce de su piel y hasta el de sus labios, de un sensual carmesí. Su corazón se aceleró y 
lamentó haber sido egoísta al no haber invitado a una de sus amantes, prefiriendo disfrutar solo del 
espectáculo y tener la primicia, el estreno, la humana desfloración del eléctrico artefacto. 


Al cambiar la escena desborda la imagen un primer plano de huevos fritos chirriantes que, 
junto a un apetitoso bife, tiemblan sobre el sartén de una hornalla contigua. El aroma de aquello 
resultó espectacular. Una alarma enloquecida comenzó a repiquetear en su estómago y sus jugos 
gástricos fueron cual torrente de montaña; al mismo tiempo se le hacía agua la boca adormecida por 


el alcohol. (¡Donatti! ¿Cuándo tendremos en cuenta al sabor sobre nuestra saliva?) 


Los protagonistas comenzaban su almuerzo cuando Stinker no pudo soportar más y detuvo 
el aparato. Abandonó su asiento y abriendo la heladera extrajo de ella dos huevos y un bife. 


A muchos kilómetros de allí Donatti tenía una copa de vino en su mano y los ojos perdidos 
en la oscuridad del océano. Casi no advierte que la amable azafata le preguntaba si estaba servido. 
Asintió con una sonrisa y rechazó su cena casi sin tocar. Observó la hora: —En realidad aún no 
estoy servido —musitó mientras ella se alejaba, luego bebió un sorbo de vino y volvió a ver la hora. 


En tanto el empresario, saciado su apetito, regresaba a continuar con su debut particular, el 
avión en el que viajaba Donatti estaba a poco más de media hora de su destino. El inventor, que 
comenzaba a robarle a sus kilómetros de aire un inocente y plácido sueñito se sobresaltó. Escudriñó 
nuevamente su reloj: —Aún no creo. ¿O acaso ya..? —pensó. Y volvió a entornar los ojos. 


En la pantalla de Ben se sucedían escaramuzas con crímenes que comprometían cada vez 
más al protagonista. Finalmente es apresado en medio de un chiquero de cerdos que empantanó su 
pretendida fuga. El tufo que invadió la estancia en ese momento fue repugnante. Es entonces 
cuando Stinker es advertido por su disgusto que debería ajustarse el invento de Donatti para que no 
sucedan cosas como ésa. Nada aconsejable sobre todo para alguien que acababa de cenar. Mientras 
en la pantalla comenzaba el juicio Ben decide tomar sal de frutas antes de acostarse. (Pero más 
tarde, no ha de faltar mucho para el final) No se equivocaba. 


Tras las instancias iniciales, y cuando el jurado estaba a punto de retirarse a deliberar, sonó 
el teléfono de Stinker. De mala gana dio tres pasos y sin apartar los ojos de la pantalla levantó el 
tubo. Era Adelberg, su ingeniero químico estrella. 


—Señor Stinker, he detectado una falla... —comenzó a decirle aquél. 


—Sí, Adelberg, ya me percaté, es mínima y se puede solucionar. Tufos desagradables. 
(¿Llamándome a casa?¡Ya verás el lunes!) 


—No, es grave. No quise dejar pasar la noche sin decírselo. De ser comercializado deberá 
pasar por rigurosos controles. Hasta es posible que no pueda distribuirse debido a los riesgos que... 


Ben Stinker tuvo la sensación de ser una olla a presión a punto de estallar: —¡Cállese! Usted 
está viendo papeles y yo lo estoy disfrutando. Mañana hablamos Adelberg. Siempre tuve olfato para 
los negocios y con éste cualquiera lo tendría. Ya profundizaremos en los ajustes —y cortó la 
comunicación cuando el jurado entregaba al juez el veredicto. (¡Y ese Donatti! Tan ingenioso, tan 
astuto... ¿Cómo no pensó que podría darle dinero falso? Maldito perdedor. No se puede tratar con 
ellos, contagian su mala fortuna) 


Entre las nubes Donatti se movía nervioso en el asiento sin poder explicarse los motivos. 
(¿Será que la Srta. Meriten está pensando en mí en este momento?) Tal vez fuese ya la centésima 
vez que observaba la esfera de su reloj. (¿Por qué no la invité a recorrer el mundo? Soy inteligente 
y audaz, quizás hasta podría volver a ser cariñoso) El avión comenzó a sobrevolar el aeropuerto 
destino esperando turno para descender. 


—"Este tribunal encuentra al acusado culpable de los cargos que se le acusa y lo condena a 
morir en la cámara de gas"— El pulpo veía cómo, ante el dictado de la sentencia, la adorable amante 
del asesino, perdido el control de sus actos comenzaba a gritar: —¡No temas! ¡Te salvaré! ¡No 
morirás! Ten fe en mí —y sus lágrimas dolían mucho más pues era hermosa; además a la actriz, 
acaso por error, esa parte le salía bien. Mientras dos guardias femeninas la retiran de la sala, 
exclama: —O moriré a tu lado, moriré mi amor, moriré contigo. 


Cambia la escena. Han pasado varios meses y se aprecia al reo siendo conducido por dos 
guardias rumbo a la cámara de gas. Camina con gallardía y la frente en alto, sin demostrar temor. 
(Está tranquilo) Elucubra Ben inserto en la trama (De seguro hay algún plan para salvarlo en una 
vuelta de tuerca magistral. ¡Siempre anticipo los finales! ¿Quién no?) 


El verdugo baja una palanca y cae la balita de cianuro que provocará la salida del gas. El 


asesino comienza a sentir los efectos y a retorcerse entre espasmos terribles. El actor sobreactúa, 
exagerando los estertores y extendiendo la agonía con una mediocre labor. 


Mucho más patético, allí en la sala, entre los tenues resplandores que vierte el televisor a la 
sala oscura, el espectador siente el primer síntoma y sus ojos se dilatan de asombro y horror. Intenta 
levantarse de su asiento comprendiendo al fin la situación en la que se encuentra. Es demasiado 
tarde y segundos después ya no sentirá nada. 


Nadie ve aparecer la palabra "Fin" en la pantalla y el televisor permanecerá con la pantalla 
vacía, aguardando infructuosamente una orden del control remoto, hasta muchas horas más tarde. 


Inmerso en su destino infame, muy lejos de allí, el asesino desciende del avión. Consumar 
su venganza no le ha otorgado la felicidad esperada. Observa con melancolía la esfera de su reloj y 
se pregunta: “¿Podrás quitarte el lodo, cambiar la cara y volver a empezar? Quizás debieras 
inventar una máquina capaz de modificar los errores del pasado y tenerla lista antes de acumular 
demasiadas acciones imperfectas. Tal sería la mayor invención que todos quisieran tener”. 


De todos modos, el último gramo de arrepentimiento que pudo haber tenido se le disolvió 
cuando el banco rechazó su montaña de billetes falsos. 


APOSTOLADO 


Según los más viejos, el ambiente literario de la ciudad había caído en un pozo abúlico 
desde el cual, y con serias dificultades, mal se imita a las corrientes en auge. Incapaces de crear per 
se, clamaban por el arribo de una figura renovadora que irrumpa en el medio generando, con la 
magia de su excelsa prosa, corrientes de opinión y análisis. Me cago en ellos. 


También los oí asegurar, con lapidarios gestos de resignación, que construida con la madera 
conocida y a la vista, sería milagroso si una balsa navegara. ¡Gracias! Los jóvenes valoraremos el 
aliento. 


Tal vez tengan razón, lo indudable es que ellos sí se están hundiendo. Soslayan lo bien que 
puede flotar una balsa de piedra si ha sido montada —Saramago mediante— con buen criterio. 


Escuchar semejante comentario me hacía dudar de mis aptitudes pues, aunque soy joven, 
hace mucho que escribo, y cuando no escribo leo. ¿Acaso no estoy en condiciones de llegar a ser 
esa nueva figura descollante? 


Trabajo mucho para lograrlo, escribo y escribo, abrigo la esperanza de sorprender, primero, 
antes que al resto del mundo, a los seudo escritores del grupo que frecuento desde hace dos años. Y 
cuando digo que trabajo duro quiero decir eso, con todas mis energías y hasta la muerte. Es mi 
destino, mi altivo destino. 


La agrupación literaria mencionada consta de unas quince personas promedio, pues así como 
alguno se aleja, siempre asoma un nuevo aspirante a escritor. Nos reunimos, rodeando varias mesas 
unidas y una vez a la semana, sobre un apartado rincón de la cafetería “Moz-Art”. 


Allí leemos nuestros trabajos e intercambiamos opiniones sobre ellos, y aunque confieso que 
de algunos colegas jamás llegué a ver un texto, no es menos cierto que los de otros tanto me 
hartaron, que de sólo verlos llegar portando folios quedo al borde de la paranoia. 


El dueño del lugar ha tenido la gentileza de instalar una pizarra donde anotemos ocurrencias, 
frases, pensamientos, poemas. Solemos mirar hacia ella buscando algo nuevo, inteligente, gracioso, 
irónico, y jamás falta quien que se deslice solapadamente a escribir algo para sorprendernos. 


Yo nunca lo había hecho y comenzaba a creer que ya era hora, mas como me sucede a 
menudo, no hallaba argumentos tan contundentes como para dar la nota, pues tampoco podría 
permitirme anotar un desatino o una mediocridad. Debía ser algo fuera de lo común, algo que creara 
“corrientes de opinión y análisis”. 


A uno de los integrantes lo conocemos como "Dickens Castellano", seudónimo con el cual 
alega firmar sus trabajos, algunos casi secretos y otros muy desconocidos. Se trata de un ingeniero 
agrónomo, retirado, de nacionalidad inglesa. Se jacta de manejar cuatro o cinco idiomas sin 
haberlos estudiado, cuando en realidad algo somero entiende de cada uno de ellos. En nuestro grupo 
es el más veterano, quien más ha leído y el que peor dialoga. 


Una tarde, por primera y única vez, nos confió un relato suyo. Mientras lo escuchaba 
recordaba su voz, de sajonas reminiscencias, en otras instancias: criticar con justicia pero sin piedad 
cuanta letra cayera ante sus ojos. 


Jamás la había oído, sin embargo, desgranar elogios hacia alguna obra de nuestra autoría. Es 
posible que otros colegas, tal vez no tan jóvenes como yo pero sí mucho más inocentes, también lo 
estuviesen aguardando. 


En la ocasión de su lectura dije lo que pensaba. Primero, que debería escribir en inglés, pues 
su vocabulario español es demasiado escueto y elemental su gramática. Luego, en cuanto al relato, 
confesé no haber hallado verosímil al personaje: un asesino que como último recurso para pasar a la 


historia elimina a sus dos septuagenarios vecinos. 


Pareció meditar mis observaciones, luego balbuceó que en realidad lo había inspirado el 
odio que siente hacia la pareja de ancianos que moran en la finca lindera. —Es mía pecado, la sé 
bien. Una es débil —dijo. 


Como ante sacerdotes, nos confesó que les ha ofrecido libros y los desprecian, que viven 
creyendo que nadie siente sus cuchicheos tras la ventana. Pero como oyen mal, lo que hacen es 
transmitir casi a los gritos lo que se desarrolla en la calle. Y terminó exclamando en tono de broma: 
—¡Cómo quisiera librarme de mirados maliciosos! 


Tal vez el hombre venía demasiado esperanzado, pues cuando lo observé luego de dar sus 
descargos a mi opinión, sus ojos vidriosos me destrozaron el corazón. Se lo notaba abrumado. Quise 
creer que no se debía al peso de mi juicio, sino al arrepentimiento por lo que escupiera a propósito 
de mis obras. También, por qué no decirlo, a sus dichos por los desastres literarios de otros tantos 
camaradas. 


Terminé acotando que era sólo un parecer y ser objetivo no es fácil, que no era el tipo de 
prosa con la cual me identifico, y que otros habrían de opinar en forma diferente. Pero nadie 
encontró nada que agregar por la positiva, tras lo cual accedió otra cabeza a la picota ante un 
Dickens con el filo mellado. 


Un par de meses después el asunto estaba olvidado, incluso Dickens aparecía distendido y 
participaba en la forma que solía hacerlo. Los sucesos que ocurrieron posteriormente llegarían a 
preocupar a toda la ciudad. Sucesos que tal vez se hubieran evitado si Dickens nunca hubiese 
nacido. 


Varios integrantes de nuestro clan literario aseguran que todo comenzó a partir del texto, que 
a manera de micro relato, apareció en la pizarra del bar. Hacía rato que estábamos reunidos cuando 
alguien reparó en el escrito y lo leyó en voz alta: 


"Los trombones de la prensa sensacionalista, sumando serpentinas, dan cuenta del best-seller 
de un condenado a muerte que narra sus hazañas sangrientas. Entre tanto, miles de escritores como 
yo, por andar sin matar una mosca, llevamos años escribiendo sin vender una sola obra, publicado 
una mísera letra, ni encumbrado una frase atinada. Invisibles por moralidad, ignorados por 
correctos, desconocidos por ingenuos. 


Si no es incomprensible el espíritu humano, he de ser malo, muy malo, peor que un asesino. 
Previo a la silla eléctrica, opípara será la última cena del aclamado homicida. ¡Y yo seré su apóstol, 
sólo por tocar un día el cielo con las manos!” 


Dio para algunas sonrisas, dos exclamaciones y un par de comentarios: ¡Extraño! ¡Qué 
enredo! Recuerdo que alguno sugirió que "he de ser malo" resultaba una referencia demasiado vaga. 
Podría tomarse pensando en la futura posibilidad de serlo, dando lugar a suponer una incursión en la 
"maldad", incluso la extrema. O en la de ser malo en el presente y referirse a la actividad literaria 
desarrollada por el autor: "peor escritor que un asesino" y no más vil o perverso. 


También se dijo que aquél convicto, sentenciado a la pena máxima, habría escrito sus 
memorias con el único fin de justificarse y disculparse, restándole aguardar ser absuelto en el 
ámbito divino. Los escritores en tanto, lo hacen para exhibir su arte ante los hombres, o al menos 
como mera liberación de sus fantasmas. 


Quien esto manifestó fue el ampuloso Amadeo Salzburgo, a todas luces el mejor discípulo 
de Dickens Castellano, y para quien la idea de adquirir riqueza mediante la escritura es pretensión 
frívola, bastarda, ajena al arte. 


Se juzgó entonces que la esencia de ambos actos de escribir no podía ser comparada. Sin 
embargo, me costa que no siempre la esencia artística rige los actos de mis colegas, y he ahí la 


pericia para invalidar imperante en nuestro cenáculo, pues más de una vez he oído decir que lo 
profundo, por superar el nivel medio de comprensión, resulta elitista, impopular, y poco rentable, 
por lo cual es con justicia desechado. 


En definitiva, ninguno estuvo cerca de adivinar quién era el responsable del texto de la 
pizarra, pero varios atribuyeron la autoría a Dickens Castellano, tal vez por lo de los “muchos años 
escribiendo”. Él negó ser el autor, pero lo cierto es que donde cualquiera de nosotros dirigía la vista 
aparecía Dickens con su mirada escrutadora y sus frases disonantes. 


Ninguno fue capaz de notar, y cuando lo dije varios se quedaron pensando, que esas breves 
frases generaron, al menos por unos minutos, “corrientes de opinión y análisis”. 


Poco tiempo después ocurrieron los crímenes, crueles, aberrantes. Las víctimas, previamente 
adormecidas con cloroformo, habían sido estranguladas. Lo curioso fue que de sus gargantas 
extrajeron, apelotonadas, las primeras páginas de un libro. 


En nuestro entorno, circuló como fehaciente la versión que atribuía tales folios a la biografía 
best-seller del sentenciado a muerte, aquella mencionada en el texto de la cartelera literaria. 


Aunque la policía fue renuente a explicitar la existencia de las referidas páginas, ello 
encajaba con el hecho de que el doble homicidio ocurrió en la casa aledaña a la de Dickens, y las 
víctimas resultaran ser sus odiados vecinos. 


El grupo murmuraba en corrillos discretos sobre la extraña casualidad, y similitud, entre 
aquél texto de Dickens y la realidad. El cloroformo y la estrangulación fueron los métodos 
empleados por el asesino de su relato. 


Tal vez las miradas recelosas lo alarmaron y por esa razón dejó de acudir a nuestras 
reuniones. Pronto trascendió el comentario de su desaparición. Se manejaron dos hipótesis: el 
prófugo era el homicida, o también él había sido ultimado y aún no se hallaban sus restos. 


Al colega más allegado a mí, un pobre iluso que no podría escribir ni la receta de una 
tortilla, pero que ha confesado admirar mi prosa, le comenté que tanto me daba si iba preso como si 
lo habían asesinado. 


—¡Con eso no se bromea! —Dijo —Aunque sea un viejo ladilla. 


El muchacho es tan existencialista que a veces no alcanzo a comprenderlo. Escribe por 
placer. No le interesa publicar, tampoco pasar a la posteridad, ni siquiera hace poesía para 
conquistar mujeres. Disfruta del acto de escribir, armar tramas, contar sílabas de sonetos. Cada uno 
pierde el tiempo como quiere, pero este es un caso para chaleco. 


Otro de los cofrades, dando por descontado que Dickens era el culpable, nos hizo notar que 
aquél, de macabra forma, había demostrado que el personaje de su relato sí era creíble. ¿Sugería que 
el móvil de Dickens, en caso de ser el asesino, eran anhelos de trascender? 


Le respondí que de ser Dickens el asesino, el móvil debió nacer de la hostilidad que 
mantenía hacia las personas asesinadas, cosa que para nada figuraba en su relato, y no de un 
supuesto afán de gloria. 


Estoy seguro de que si el amigo Castellano fuese en realidad el homicida, y le preguntaran 
por qué lo hizo, no sabría qué respuesta dar. Las bajas acciones que solemos cometer no siempre 
tienen sencilla explicación. Por eso no es necesario buscar siempre razones, lo único real, tangible, 
es el hecho consumado, irreversible. Y si algo hay para buscar, ha de ser la forma de acomodar el 
cuerpo a las consecuencias sin que la realidad nos aplaste. 


Creo que me he puesto muy oscuro... ¿Qué pensaría Dickens de mi razonamiento? ¡Ya sé! 
“A usted la que lo aplastarán serán sus dichos” (para ser fiel debí haber escrito “dichas”, mas sería 
interpretado como que soy el más feliz de los hombres, cosa totalmente apartada de la realidad.) 


Seis meses pasaron, diluyéndose el asunto entre los casos sin resolver. Los miembros del 
círculo continuaban intrigados, buscaban en la prensa indicios de un asesino que estaba en las 
calles, y del cual tenían la certeza que no era otro, sino el viejo y agrio colega Dickens Castellano. 


Por esa época escribí "Listo el listo", después de ser paseado por toda la ciudad por un 
taxista abusivo, y crucé los dedos para no correr la misma suerte del protagonista. 


También se me ocurrió, por primera vez, que que podría haber percibido una silueta 
escabulléndose entre las sombras próximas a mi casa. De ser así tenía que ser Dickens Castellano, y 
que anduviera rondándome habría de ponerme alerta. 


La gracia estaba en que debería comunicárselo a mis cofrades, de modo de hacerlos convivir 
con mis personajes. Lo haría, sería también como apropiarme de Dickens para moverlo a mi antojo. 
Lo hice. Me sugirieron tener cautela. 


Desde hace un tiempo mantengo afinidad con una de las tres chicas compañeras del grupo, 
poeta ella, romántica y sensual. Es tan bonita como para pasar desapercibido estando a su lado, pues 
las perfectas líneas de su cuerpo llaman la atención aun a otras mujeres. Por cierto, escribiendo me 
recuerda a Nerón, es como si sacara punta al lápiz incendiando el idioma. 


Al parecer carga cierto arrepentimiento a raíz de su fracasado matrimonio, y emplea con 
frecuencia la sentencia: “Nada hay más importante que una frase a tiempo”, aunque la oportunidad 
no sea demasiado propicia para expresarla. 


Cada vez que la oigo pienso en expresiones como: “No te vayas”, “Perdóname amor”, 
“Démonos otra oportunidad”. Las que no dudo en catalogar como las más frecuentes e inútiles 
frases a tiempo. No tengo dudas que algunas de esas locuciones son las que ella omitió pronunciar 
alguna vez. 


No pensaba tener con esta mujer ningún romance. Jamás se me hubiese ocurrido que llegaría 
a fijarse en mí. Carezco por completo de atributos físicos, la naturaleza apenas me ha dotado con 
una inteligencia superior y la exquisita pluma que estáis disfrutando. 


Tampoco podría haber imaginado que algunas de sus “frases a tiempo” podrían resultar 
burdas patrañas. Pero a veces tenemos esos momentos donde se nos nubla la inteligencia y cuando 
lo notamos es demasiado tarde. Me dejé llevar por el deseo simplemente, y ella lo aguardaba como 
al agua necesaria para saciar los ardores de sus hogueras. 


Lo único desagradable del encuentro que tuvimos fue la mirada socarrona del empleado del 
hotel y su sonrisa capciosa. Mientras tomaba nota de nuestros nombres, sus ojos delataban que 
moría por preguntar cómo pudo, un tipo joven y endeble como yo, conquistar semejante bocado de 
mujer. 


Me fastidió tanto su mirada que de tener dinero me habría ido a un sitio más respetable. De 
todas formas debí atribuirle algo de razón, la mayor parte del tiempo hablamos de Dickens 
Castellano. El restante, de tan derretido que estaba tendido junto a ella en la cama, lo pasé buscando 
consistencia, y luego de lograrla, para mi bochorno, me corrí demasiado pronto. 


Por esos días, releyendo prensa de semanas anteriores, un aburrido integrante de la camarilla 
reflotó el nombre de nuestro prófugo Dickens. Dentro de su automóvil había aparecido un taxista 
asfixiado. Los detalles, bajo título y fotografía de la nota, fueron escasos. 


Consultado, un periodista amigo quitó las dudas a los pesquisas del grupo: de la faringe del 
taxista habían extraído la página número tres. Tal era la siguiente, en aquél libro innecesario, escrito 
en vano alarde por un criminal sentenciado a muerte. 


Es posible que en su momento la noticia no despertara mayor interés, mas luego de mi 
comentario sobre el atisbo casual del supuesto Dickens asesino, los sentidos de todos estaban alerta. 
Posteriormente, hasta cuando escuchaban noticias de crímenes en el exterior creían ver la impronta 
de Dickens. ¡Bueno hubiera sido! 


—No se pudo decir en su momento, recibimos un pedido de mesura para bien de la 
investigación —comentó el periodista. Yendo más allá confesó, días después, que otra de las 
víctimas fue el conserje de un hotel, y que la pagina hallada no era la que podía esperarse —la 


cuatro— sino la de cinco lugares más adelante. 


Esto les permitía suponer que cual peldaños descendiendo al infierno, deberían existir varios 
cadáveres más anhelando ser hallados. Por cierto, todos nos quedamos pensando en esas cinco 
hojas. Osaría decir que sólo uno sabía la verdad, y no por tener imaginación precisamente, sino 
diarrea. 


Mi amiga conjeturó que cuando Dickens publicara sus memorias nos enteraríamos de todos 
los detalles, y desde ya dejó en claro su ansiedad por tener ante sus ojos aquella futura infamia. 


Me preguntó si no sentía temor y contesté que no, que aún no terminaban de convencerme 
las especulaciones que manejábamos. Dijo también que yo había sido muy duro con Dickens, y que 
tan importante como una frase a tiempo puede ser guardar un silencio oportuno, lo cual permitía 
suponer que así como sus frases, también avanzaba su inteligencia. 


Restando importancia le dije que no fui tan cruel como él lo fue conmigo. Y le hice recordar 
la oportunidad en la cual opinó sobre mi cuento "El iconoclasta". ¡Mire si iba a ser autobiográfico! 
Humillaba y ponía una mirada tan inocente que no dejaba dudas sobre la ironía de sus 
manifestaciones. 


En aquella oportunidad Dickens también había dicho: —En sus relatos hay que ir mucho 
yendo atrás a reencontrar la huello —cosa que me interesó: —¿Eso no es malo, verdad? —pregunté, 
casi con entusiasmo. Él terminó expresando: —Dicen que nada hay mala a la infinito paciencia de 
Dios, pero las lectores son humanas. 


—Y bueno, escribo para lectores inteligentes, no para cualquier pasquinero aburrido que sólo 
traga lo que le dan digerido. A esos les alcanza con hundirse en esos blogs insulsos de Internet, 
donde escribe cualquiera y otros cualquieras opinan como si supieran, tan sólo porque alguna vez 
aprendieron a leer. Aun leyendo tres veces un trabajo mío se les pasarían por alto la mitad de los 
detalles importantes y quedarían insatisfechos —Eso se lo dije con desprecio y por no mandarlo a 
cagar. 


Claro, otro de sus defectos era quedar con la última palabra, así que nada contesté luego de 
escucharlo terminar: —Además lenguaje usada de pronto es cual Víctor Hugo, de pronto cual 
Bukowski. Mete junta preciosismo con escatológica. ¿Me entienda? 


Dije que sí, pero hubiese preferido no entender una mierda. ¿Qué hay de malo en describir 
con frases elevadas un paisaje bucólico sin omitir que también se observa una vaca cagando? 


Días más tarde sí creí sentir temor, no obstante se trataba apenas de un toque de inquietud 
que me trajo un supuesto encuentro. Gracias a eso escribí el relato "Un rostro en la vereda". Quizás 
ocurrió, pero tengo la vaga sensación de haberlo soñado. 


Subía al ómnibus al volver de la reunión, y luego de sacar boleto lo veía allí, en el mismo 
lugar de la acera que yo abandonara. Dickens. Si en realidad era él: ¿Por qué me seguía? Estoy 
seguro que no era para adormecerme y hacerme tragar una página que yo jamás habría leído. No 
sería capaz, mucho menos que eso, apenas me señalaría con un dedo huesudo y artrítico mientras 
emite una frase gangosa. 


De todos modos narré el suceso como real. Luego de oírme todos quedaron azorados. Fui 
bastante gráfico al describir la aprensión que había sentido al pasar a su lado y yendo más allá del 
sueño agregue algunos ingredientes para darle color. Resultó algo semejante a esto: 


“De regreso caminaba distraído, no tenía apuro por llegar. Adelante, advertí una figura 
detenida junto a un árbol. Me llamó la atención el animalito que tenía a su lado, al que creí un perro 
pues era sostenido por una correa. Al verificar que se trataba de un gato mi curiosidad creció y noté 
que lo paseaba un hombre, una sotana, un apóstol. Culminando la observación y pasando ante él, 
esa mirada, la de los ojos vidriosos me lo trajo de golpe. Sentí un torrente de hielo caer desde mi 
nuca y recorrer mi espina dorsal. Se me dificultaba continuar, pero ladeando mi impávido semblante 
seguí el rumbo llevado. Me di prisa, confirmando a cada paso que no era seguido. Un siglo más 
tarde llegué a casa. Ya no tengo dudas, si tiene talento suficiente como para convencer a un gato de 
acompañarlo atado a una correa, muy capaz lo hallo de consumar una escalada homicida como la 
ocurrida.” 


Luego, ya en casa y sobre el filo de la medianoche, comencé el relato: "¿Quién le teme a 
Dickens Castellano?", donde se narra el caso que nos involucra. Con él esperaba alcanzar un gran 
suceso, al menos dentro del grupo, pero quedó trunco por la mitad ese mismo día, y creo que su 
desenlace es imprevisible pues se me han ido los deseos de elucubrar fantasías. ¡Tan promisoria es 
la vida real! 


Sin aguardar un instante y por evitar que nos ganara el arrepentimiento, los que conocíamos 
a Dickens del grupo apresuramos la decisión de hablar con nuestro amigo periodista. Se entendió 
conveniente además, acudir a la policía, por si acaso les eran útiles los datos que pudiésemos 
aportar. 


Luego de reunir en una hoja los detalles que cada uno entendía de provecho, y tras largas 
disertaciones en torno a mi moción de que bastaba con que acudiera sólo uno de nosotros, se votó. 
Amadeo 


Salzburgo debió ser nuestro embajador ante las autoridades. ¿Quién más podría haber sido? 
Hasta yo lo voté. 


A la semana siguiente todos llegaron con gran expectativa por saber el resultado de su 
diligencia. Mas quien jamás llegaría sería Amadeo, el desdichado copiloto del genio extraviado. La 
prensa no decía una sola palabra, pero consultado telefónicamente Antonio, nuestro amigo 
periodista, nos quitó las dudas: de la garganta de Salzburgo habían extraído la página número diez y 
el grupo perdía otro integrante. 


En medio del estupor general entendí sensato asegurar que si nombrábamos a otra persona 
podría ocurrir lo mismo, y más que nunca era imperioso acudir a las autoridades. Mientras todos 
permanecían expectantes, sugerí que mejor sería no perder tiempo, y me ofrecí a ir de inmediato por 
Antonio para que me acompañara. 


Antes que alguien pudiera oponerse salí como llevado por el diablo. Temí que de dudar un 
instante mi amiga exclamara alguna “frase a tiempo” para escoltarnos, y aunque me encanta sentirla 
cerca era mejor obviar el lastre innecesario. 


En el destacamento policial un oficial arrogante me preguntó: —¿Y por qué supone poder 
ayudarnos? 


—¿Dónde lo buscan? —pregunté a mi vez —¿En bares, estadios, hoteles y cines? 


—Procedimientos habituales —cortó secamente, emulando a Sérpico y corriendo el riesgo de 
terminar peor. ¡Vaya! Mi petulante vocecita interior me sugiere que aclare: Sérpico fue un policía 
honesto de N.Y. quien, por oponerse a los policías corruptos, terminó en silla de ruedas. Pero tal 
cosa no es necesaria ¿verdad? 


—Lugares repletos de gente y a los cuales jamás acudiría —dije, afirmando con total 
seguridad. El hombre ablandó su rudeza y preguntó con interés: —¿Acaso el sujeto odia las 
multitudes? 


Supe que lo tenía. Ya no le importaba ahora quien era yo, ni si conocía al “sujeto”, o por qué 
creía poder ayudarlo. Así que me senté, él hizo lo propio, y el amigo periodista intentó sacar notas y 
fotos que no le fueron permitidas. 


Lo que más impresionó al tipo duro fue mi referencia al cuento “El asesino”, donde Dickens 
predecía los dos primeros crímenes con lujo de detalles. Luego debí ampliar mi historia con otros 
elementos manejados dentro del grupo literario, pero ya dentro de la más pura especulación. 


Aproveché la ocasión para recitarle al oficial dos versos de mi amiga. Los había 
memorizado para impresionarla y a la postre fueron los que determinaron el fin de la conversación. 
De todos modos no omití alertarle antes de irme: 


—Los únicos lugares por los cuales el monstruo no dejaría de pasar son esos sitios desolados, 
de escasa concurrencia, conocidos como bibliotecas y librerías. No soporta estar sin leer ni enterarse 
de las novedades literarias, y sólo lo hace en letra sobre papel. 


Fue en una biblioteca que lo atraparon pocos días después. Curiosamente, había ingresado a 
preguntar si quedaba algún ejemplar del tan afamado libro de aquél condenado a muerte. ¿Es 
realmente tan ingenuo? Si hasta da la sensación de estar buscando pruebas para inculparse. 


Ningún parte policial hizo mención a mi participación en el proceso, y es de lamentar que el 
periodista amigable se creyera con derecho a publicar su primicia y él sí, involucrarse. Esa no era 
una forma adecuada de darse a conocer, creo yo. 


No me importaba que nadie estuviese al tanto de que Dickens me consideraba su enemigo 
número uno, bastaba con mi certeza, y tal cosa no me afectaba en absoluto. Dickens es un tipo listo, 
pero no tanto como él se supone. 


Por ello me sentía muy distante del temor y asumí la audacia de ir a verlo. Después de todo, 
con el escritorucho habíamos compartido innúmeras disertaciones literarias. Incluso discrepamos 
con respetuoso brío cuando él revelara su convicción de que lo fundamental era el talento. Claro, 
luego de asegurar que yo no lo tenía. 


¿Podía permanecer entonces sin tener una mínima conversación con Dickens? A su edad 
debería saber que el talento puede subrogarse con el esfuerzo y la tenacidad, y que por lo contrario, 
de nada sirven las aptitudes que aporta la naturaleza si el sujeto carece de brío y no pone todo su 
empeño. 


Así que fui a verlo a prisión. Aceptó recibirme y recorrí aquellos corredores sombríos. Para 
el juicio y los diálogos con su abogado solicitó un intérprete. Al parecer temía que su lengua 
cometiera un desliz. Su causa y eventual juicio permanecían pendientes y por entonces yo aún 
estimaba que la pena sería la máxima. 


Al ver sus ojos me golpeó de lleno su odio. No dudo que debió apelar a su natural flema 
británica para exclamar: —¡Carambo! El amigo diletante está aquí venido. 


—Día a día mejora su vocabulario —manifesté, gratamente distendido pues la mordacidad 
ajena entibia mi adrenalina. 


—Otras palabras tenga que pienso y nada digo. 

—¿Algún motivo en especial? 

—Mi1 gusto tener certeza, falta la uno por ciento para que yo la creo la infamia. Pero toda se 
arregla, yo tenga fe. 


Con la gramática no hay caso, pero bueno... Lamento todo por lo que está pasando. Si 
acepta mantener una buena conversación conmigo, yo gustoso. 


Así que media hora disertó sobre literatura, y en cinco minutos explicó que nada tenía que 
ver con los crímenes que se le atribuían. Yo fingía algo de asombro y nada de escepticismo. Su 
versión era la del terrible proceso que comenzaba cuando advirtió que su pluma, y los comentarios 
vertidos, lo tornaban sospechoso. 


Dijo que sintió pánico y huyó. Manejó toda la noche hacia su refugio de Lago Negro en 
busca de tranquilidad. No pensó que su acción sería tomada como huida, y al enterarse de que era el 
principal implicado su pánico se transformó en locura. La única opción que vio fue la de todas las 
películas clase B: hallar al culpable y ponerlo en su sitio. Traté de ocultar mi sonrisa pero él la notó. 


—¿No es creíble, cierta? 


—No, no; digo sí, sí le creo. Nadie más podría acompañar mejor sus sentimientos. Además no 
tiene idea con cuanta atención lo he escuchado, imaginando inclusive cada una de las situaciones. 


Caminaba a reunirme con los miembros de nuestro fantástico grupo pensando en la 
confesión de Dickens. Si mantenía la franqueza y tranquilidad que tuvo en nuestra entrevista no 
tendría problemas, era demasiado obvia su inocencia. Además, como no hallarían pruebas 
contundentes de su culpabilidad, en un par de días quedaría libre. A mí, si no fuera por tener que 
volver a soportarlo me hubiera dado igual. 


No quería referirles eso a ellos, que aguardaban un nuevo capítulo oscuro con gran 
curiosidad. La verdad quizás llegara a desilusionarlos y yo soy escritor. ¿O acaso no es así? Decidí 
jugarles la broma de contarles lo que esperaban oír. De ese modo el relato de mi visita resultó ser el 
siguiente: 


"Aceptó verme y atravesé aquellos corredores sombríos que destilan humedad y miseria 
humana. Podría afirmar que al ver sus ojos sentí que me decían: —Estás en la lista de morosos —tal 
era su bonhomía. Luego se tornó jovial. Con impudicia confesó que tenía todo en la cabeza y había 
comenzado a transcribirlo. Al parecer se le dificultaba la tarea debido a su rechazo a escribir en su 
lengua nativa, y también a que su vocabulario hispano es demasiado escueto y elemental su 
gramática. Además, manifestó que luego de redactarlo en español él mismo realizará la traducción 
al inglés, tendrá mucho tiempo por delante y su intérprete le dará una mano. Cuando me retiraba 
sentí el fuego de sus ojos quemando mi espalda, y no habría dudado en asegurar que su rostro 
sonreía. Tendremos por lo menos quince años de tranquilidad por delante. A no ser que Dickens 
decida fugarse. Entonces sólo nos restará buscar un buen escondite para que no pueda escribir el 
punto final a nuestra costa." 


Quisieron saber más detalles y me asombré al notar cuantos sabía. ¿Qué no daría Dickens 
por tener un ápice de mi imaginación? Mi amiga estuvo por demás amigable y se vino caminando 
conmigo. Sentí como un agravio no invitarla a subir a mi piso, aunque no hubiera sido necesario: 
cuando lo hice ella iba decidida rumbo al ascensor. Creo que si le hubiese dicho que iría por 
cigarrillos me habría pedido la llave para aguardarme arriba. En esos momentos sentí que tocaba el 
cielo con las manos. 


Mi gata enseguida se familiarizó con ella. Fue un placer imaginar que, en breves instantes, 
estaría yo dándole las caricias que el pelaje de Moñona deslizó en su escote cuando ella la sostuvo 
entre sus brazos. 


—¡Qué dócil! —Dijo —los felinos no suelen serlo, y menos con extraños. —Vestía una falda 
negra muy corta y sus blancas piernas ofrecían un contraste irresistible. Completamente distraído 
seguí su conversación revelándole: —Le he enseñado varias suertes, es muy inteligente. 


—(Ah sí? ¡A una gata! ¿Y cuáles? —preguntó. Entonces dudé. 
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Nadie las había presenciado. En las horas de tedio, mientras la inspiración no llegaba, una y 
otra vez me empeñaba en que la gata llevara esto o trajera aquello; que se echara, diera vueltas, 
regañara. ¿Y qué mal habría en que mi amiga las disfrutara? No la creí capaz de armar la madeja, al 
fin y al cabo es mujer y ellas piensan sólo en el dinero y en jugárselas pesadas a los hombres. 


No manifestó asombro hasta que le puse la correa a la gata. Me observó entonces de un 
extraño modo. Yo lo percibí, pues sus ojos en lugar de guardar un oportuno silencio hablaron muy a 
tiempo. Se puso mucho más blanca y se desmayó. —¡No temas literatura que no pierdes nada! — 
exclamé con pesar. 


Mi amiga no podía morir hasta que Dickens estuviese libre y fuese capaz de matarla. Él 
debería ser el asesino, pues así estaba estampado en mi inconcluso relato "¿Quién le teme a Dickens 
Castellano?". 


Así que varios días la mantuve atada a mi cama con una mordaza que sólo retiraba para 
alimentarla. Mucho no me esforzaba en la tarea. ¿Para qué? Además, amordazada no podía repetir 
esa muletilla suya de la famosa frase dicha a tiempo. 


Hablé yo, narrándole toda la historia. Mucho me fastidió contarle en cuan inmensa 
proporción disminuían la sutileza de mis actos aquellas cinco páginas, las cinco malditas que debí 
usar en el baño de un bar la tarde que estuve indispuesto. 


Así que mientras pasaba el tiempo yo iba disponiéndolo todo. Tenía el sedante a mano y la 
página once arrollada sobre la mesita. Sólo esperaba la noticia sobre la libertad de Dickens para 
proseguir. Y ella, en un susurro, musita a través de la mordaza aquél casi ineludible: —¡Te quiero! 


¿Era posible? Me decía “te quiero” con todo el amor del mundo. “Te amo”, dijo después, y 
sus Ojos húmedos estaban de acuerdo. Nunca me lo habían dicho y tal vez por eso consentí su 
embuste. Por completo ignoré su técnica de manifestar frases oportunas y que “oportunas” para 
nada significan “veraces”. Pero debo aceptar que la dijo muy a tiempo, exactamente, y con la 
ternura necesaria. 


Y me quiso bastante bien hasta que tuvo oportunidad de escabullirse. Por esa imprudencia 
estaré aquí algunos años, ya veré luego de finalizar mi apostolado y quizás... ¿Por qué no? Antes de 
morir publique mis memorias y se transformen en best-seller. 


INFORME CUCAROS 


Recibí la llamada del Dr. Stein e inmediatos recuerdos me retrotrajeron a mis dichosos años 
de estudiante universitario. Nunca habría imaginado qué el motivo de su llamado se originaba en 
secuelas de cierto episodio que en su momento careció de importancia. Además, ya había apartado 
de mi mente la existencia de alguien llamado Francisco Lorente, a quien admiré y por el cual sentí 
sana envidia en mi juventud. 


—Debo ir a Australia y me gustaría que me acompañaras, gastos pagos por supuesto. Nos 
urge evitar que ocurra un suceso aberrante vinculado a los “Cúcaros”. ¿Recuerdas? 


Tal nombre no asomó de inmediato en mi mente, pues mientras Stein hablaba mi cerebro 
evocaba el andar ondulante de Camila Bosé por los pasajes de las residencias universitarias, frente a 
las cuales una pareja de ancianos me alquilaba una modesta pieza. 


—¿Oceanía? —Inquirí, luego que la imagen de Camila se disipara y tomase real conciencia de 
la propuesta —¿Por qué no la Luna? ¡Y no más tarde que mañana mismo! 


Mientras hablaba, mi mente extraía con profusión detalles de aquella época. Entonces el Dr. 
Stein encabezaba el área de investigación de una empresa alemana que me otorgaba una pasantía 
laboral. Allí, en el laboratorio de biología molecular, aprendí a respetarlo, tanto por su 
profesionalismo como por su don de gente y cualidades de mentor. A poco de mi ingreso también lo 
hizo Francisco Lorente, con sus flamantes título y matrimonio. En su caso, llegaba para culminar un 
postgrado. 


—¡Está bien, trataré de coincidir con su vuelo hacia Australia, deme los datos! —dije sin 
pensarlo demasiado ni saber que siempre pagaré las consecuencias. Es que en las actuales instancias 
no cuento con la posibilidad de tomar vacaciones a sitio más lejano que la plazoleta de la otra 
cuadra. 


Se comprenderá mejor de qué hablo si aclaro que he dejado atrás una carrera inconclusa y un 
divorcio desgastante. Quedé con lo 


puesto y un blog en la red con el cual pretendo —sin demasiado éxito— salir del paso y 
realizar lo que me agrada: escribir. 


Al tomar nota de los detalles dictados por Stein me parecía ver a Francisco llevando de la 
cintura a Camila hasta el centro de la pista de “Escorpión”, donde bailaron “Enter Sandman” con 
exagerados pasos de rock de los 50 y se llevaron el premio de la temporada. 


Para mi gusto, Camila era la estudiante más hermosa de la universidad, y le habría 
manifestado mi amor si Francisco no se me hubiese anticipado un par de años, tiempo que me 
habría llevado tomar impulso. 


Stein, alegando que ya lo haría durante las largas horas de viaje, optó por no adelantarme 
nada. Cuando lo hizo llegué a lamentar verme envuelto en semejante odisea. Después de todo no 
estaba tan desesperado como para aceptar cualquier cosa, de apuro, y en cualquier parte. Lo cierto 
era que Francisco Lorente y Camila Bosé, los estereotipos admirados de mi juventud, estaban 
involucrados en una situación cuyo desenlace resultaba impredecible. 


Apenas tocamos tierra, en lugar de un taxi Stein llamó a la policía, con lo cual mi despiste 
llegó a ser descomunal. Cuando llegaron los uniformados, sin mediar palabra Stein abrió la puerta 
del patrullero y me introdujo tras él. 


Con los ojos atónitos ante la situación los dos oficiales se negaban a trasladarnos sin una 
explicación razonable. Stein, de forma convincente, se las ingenió para lograr el objetivo. Recuerdo 
las facciones de su rostro al hablar y comprendí que resultaba difícil oponerse a tan grave y 
perentoria demanda. 


Advirtiendo que los funcionarios titubeaban clausuró los preámbulos, les dijo una dirección 
y desentendiéndose de ellos giró su vista hacia mí para confirmarme: —Allí viven —dijo. 


La casa estaba en absoluto silencio y desde el exterior no se advertían signos de 
anormalidad. Nadie acudió a nuestro llamado y Stein no dudó en ingresar en forma intempestiva. Su 
acción fue valerosa, yo temía descubrir algo demasiado ingrato y me mantuve lo más distante que 
pude, caminando vacilante detrás de todos. 


Al presenciar la escena mis piernas se inmovilizaron. Algo similar ocurrió con los policías 
que nos acompañaban, pues casi caigo de bruces sobre uno de ellos cuando se detuvieron de 
improviso. La pesadilla se desplegó en toda su magnitud. Aquellas figuras patéticas apenas se 
inmutaron con nuestra presencia. Nos observaron con una suerte de miserable tristeza y continuaron 
su repugnante tarea. 


No puedo narrarlo con mayor detalle, recordarlo eriza los vellos de mis brazos y mi 
estómago se revuelve asqueado. Comprendo que debería hacerlo si pretendo ser escritor, pero esa 
realidad me supera y nubla mis sentidos. Nada apareció en la prensa y de seguro, de no hacer yo lo 
posible por dar a conocer tan infame historia, nunca nadie sabría que algo así ha ocurrido. 


Mucho lo pensé y no puedo, no sé cómo hacerlo. Sin plasmar detalles repugnantes, acaso 
escatológicamente, no lograría que ese episodio resultase una anécdota digna de leerse. 


Sin embargo he hallado la solución: transcribir el informe que el propio Dr. Stein ha 
entregado a la Comisión Investigadora. 


Al tomar contacto con su declaración el lector podrá inferir lo ocurrido. En él constan, de su 
puño y letra, las circunstancias que derivaron en tan lamentable suceso. Así dice: 


“INFORME CÚCAROS 


Contexto en el cual germinó la tragedia de la familia Lorente—Bosé 


Nos presentamos a este proceso, caratulado “Caso Lorente”, con intención de aportar cuanto 
pueda ser de utilidad para esclarecerlo y solicitar, en consecuencia, un veredicto de inocencia pues 
nos consta que inculpado alguno ha sobrellevado, jamás, experiencia de crueldad similar a la 
padecida por los miembros de esta familia. 


Seguramente en los implicados no quedarán secuelas de los ocasionales trastornos 
metabólicos u orgánicos a los que se vieron expuestos, mas serán permanentes los daños psíquicos y 
espirituales con los cuales habrán de lidiar de por vida. 


Si bien durante la mayor parte de los sucesos estuvimos al margen, fuimos a la postre 
testigos directos del abominable acto por todos conocidos. Siendo delicado el tema que nos convoca 
y a efectos de hacer comprensivo el fatal desenlace, solicito se me permita desarrollar la relación de 
acontecimientos desde sus comienzos. 


Comenzaré la narración de los hechos sosteniendo que gran parte de los descubrimientos 
científicos deben su existencia al azar. Nuestro campo, el biológico, no escapa a esa realidad y el 
caso que abordamos demuestra que en ciertas oportunidades se da la ocurrencia de hechos fortuitos 
concatenados, con disímiles resultados e inadvertidos protagonistas. 


Permítanse evocar una situación que creo a todos nos ha ocurrido alguna vez, y es la de 
percibir con el rabillo del ojo movimientos fugaces donde, al volver la cabeza en esa dirección, 
notamos que allí no hay nada animado. 


Quizás ese fenómeno se explique con la existencia de un extraño insecto, poco perceptible 
por su velocidad, y cuya morfología ha sido causa directa de este horror sanitario del cual ustedes 
han conocido las consecuencias. La forma en que se fue gestando este proceso lamentable se hará 
evidente con el transcurso de nuestra narración. 


Hace unos quince años se instalaba en Argentina una filial de la alemana “Químicos 
Grauert”. La empresa me contrató para que llevara adelante las investigaciones a desarrollarse en el 
“Departamento de Insecticidas”. 


Pronto logramos organizar un grupo de colaboradores, entre los cuales destacaba Francisco 


Lorente, biólogo inteligente y dinámico, con ambición e impulso para desarrollar sus aptitudes. 
Haremos hincapié en su persona, pues su grave falta a nuestro protocolo interno lo tornó 
protagonista espontáneo de este drama. 


Según consta en el reporte médico—psiquiátrico que la empresa realiza a sus funcionarios, 
Francisco Lorente proviene de una familia de alto nivel social, en cuyo seno alcanzó siempre cuanto 
su voluntad pretendió. 


Si bien fue meritoria su obtención del título universitario, alguna vez debió responder ante la 
justicia debido a pequeños episodios irregulares. Sus compañeros de aquella época lo calificaban de 
“investigador persistente, excéntrico, afable y audaz”. 


A inicios de ese año —1996— contrajo matrimonio con Camila Bosé. Entonces no llegaba a 
los treinta años y Camila, aun estudiante de Bellas Artes, era cinco años menor. 


Desde el área experimental nuestro equipo procuraba perfeccionar y renovar el efecto 
mortífero del “Esteroidín K” sobre las cucarachas. Este producto, de nulo efecto residual sobre el 
medio ambiente, comenzaba a resultar ineficaz debido a su uso prolongado y a la facultad de estos 
insectos de adquirir inmunidad luego de algunas generaciones. 


A fines de julio de ese año comenzamos a verificar el efecto producido en ellos por una 
versión mejorada del referido tóxico. Se extrajeron ejemplares de los criaderos y se liberaron en los 
campos de prueba del laboratorio. 


Una semana después se instalaron cámaras fotográficas sincronizadas a efectos de realizar 
impresiones según determinados lapsos de tiempo. De esta manera se podrían apreciar los cambios 
operados en la colonia de insectos, y la repercusión en ella de la inserción de la toxina. 


El azar, el destino, la mala suerte: como se quiera, tiende su trampa cuando Francisco 
Lorente detecta en su hogar la presencia de cucarachas y decide por su cuenta ampliar la 
investigación, sustrayendo muestras del producto que culmina vertiendo en los rincones de su 
cocina. De igual manera que se realiza en el laboratorio, instala su cámara para que se active cada 
media hora. 


Según datos recabados dentro de nuestro núcleo, diremos que se constató, una vez Lorente 
hubo revelado aquellas fotografías suyas, la presencia en una de ellas —la primera para ser exactos— 
de un insecto diferente, de color gris metálico y abdomen y antenas amarillos. 


Lo extraño radicaba en su aparición conectada a una colonia de cucarachas, insectos 
gregarios con medios defensivos colectivos enfocados a repeler intrusos. Intentó identificarlo en sus 
inventarios de ortópteros y al no conseguirlo nos enseñó la fotografía, sin que tampoco nosotros 
supiéramos catalogarlo. 


Todo habría quedado en eso: una especie que no había sido descubierta antes. Pero Lorente 
continuó tomando fotografías. 


En los días siguientes percibió que también la primera impresión contaba con el nuevo 
insecto, no ocurriendo lo mismo con las demás tomas fotográficas. Luego de esas dos instancias no 
volvió a aparecer en las imágenes el menor vestigio de tan particular especie. 


Al parecer, fue Camila quién, tras ver las fotografías, realizó la observación siguiente: al 
insecto desconocido no se lo veía en contacto con las cucarachas en ningún momento, en todas las 
secuencias se hallaba bastante alejado de ellas, prácticamente a la misma distancia, y en número de 
apenas uno o dos ejemplares. 


Esto decidió a Francisco Lorente a adquirir una filmadora infrarroja y armarse de paciencia 
para dilucidar el enigma de esas extrañas y efímeras apariciones. Lo obtenido fue magro, apenas los 
primeros segundos de película contaban con el insecto exótico, pues comenzada la filmación huía 
con suma agilidad. 


Aquello permitió al joven investigador algunas conclusiones primarias. 


a) La velocidad de huida del insecto era superior en más del doble a las de las cucarachas, de 
por sí veloces. 


b) Puesto que la cámara actuaba sin flash era el leve susurro del motor de la filmadora al 
ponerse en marcha lo que espantaba al insecto, pasando sin embargo tal sonido desapercibido 
para las cucarachas. 


Así que anotó en su cuaderno de notas aquellas dos cualidades: Velocidad — Sensibilidad. 


En principio, y para no distraernos de nuestra actividad, me manifesté reacio a incursionar 
en la investigación del nuevo sujeto. Sin embargo, el éxito logrado con las mejoras a nuestro 
producto, nos dio la tranquilidad necesaria para apartarnos unos días de nuestra tarea habitual. 


Como en el laboratorio no había sido detectada la nueva especie acordamos trasladarnos a 
casa de Lorente con su absoluta complacencia. Cuando lo hicimos, Camila se mostró contrariada y 
sostuvo con su esposo una disputa muy fuerte que los mantuvo distantes durante casi toda la 
investigación. 


Por supuesto, propusimos a Lorente retirarnos y abandonar el caso, mas él se opuso en 
forma por demás vehemente, explicando que su esposa solía actuar de ese modo y luego cambiar de 
parecer. Tal vez si hubiéramos dejado todo por allí nada hubiese ocurrido, pero a esa altura la 
curiosidad se había adueñado de nuestras voluntades. 


Encerramos la cámara tras gruesos cristales y pudimos tomar secuencias íntegras del 
comportamiento del insecto recién descubierto. Al cabo de unos días el aporte a nuestras 
anotaciones se resumían a un dato y una duda: Las cucarachas evitan la proximidad del nuevo 
espécimen sin apelar a la secreción de feromonas defensivas. ¿Cuál era la causa? 


Concluimos que necesitábamos extraer un ejemplar para estudiarlo debidamente. Tal cosa 
era difícil pues en movimiento resultaban prácticamente invisibles al ojo humano; de allí proviene 
nuestra acotación inicial en cuanto a la percepción de “algo” que al fijar la vista no se ve. También 
observamos que las toxinas que manejábamos parecían no afectarlos, y cuanto más avanzábamos 
mayores dudas nos acosaban. 


Un día de agosto Lorente y su esposa —quien apenas disimulaba su encono— observaban la 
filmación nocturna que en ese momento se desarrollaba. Entonces lo ven. Uno de los insectos 
novedosos se mueve más lento, tambaleante, mientras las cucarachas parecen estar expectantes e 
inmóviles. 


Francisco entiende que ése es el momento y decide no esperar. Cuando irrumpe en la cocina 
el insecto desfalleciente pretende huir con el resto de sus fuerzas, pero el investigador es más rápido 
y consigue atraparlo. ¡Aleluya! Esa misma noche realizó los estudios y análisis correspondientes 
con el espécimen aun moribundo. Sus anotaciones, nuevamente, sólo aumentaron nuestras dudas: 


Su abdomen contiene glándulas que secretan una sustancia letal para las cucarachas. 
¿Podría emplearse en la elaboración de insecticidas ? 


Carece de órganos reproductores. ¿Cómo procrean? 
—Nunca antes se encontró ningún ejemplar, ni siquiera muerto. ¿Cuál es la razón? 


Que su abdomen escondiera glándulas cuyas secreciones fueran mortíferas para las 
cucarachas incrementó al máximo mi interés. Si de algo me siento culpable fue de mostrarme 
demasiado entusiasta. 


Alenté la posibilidad de lograr a partir de ese insecto un nuevo insecticida biológico del cual 
las cucarachas no pudieran tornarse inmunes. En consecuencia solicité a mi ayudante los restos del 
insecto, a efectos de verificar personalmente aquellas deducciones. Entonces Lorente exclamó: 


—Cúcaros. Ese insecto se llamará "Cúcaro”. ¿Me corresponde, no? 


—Por cierto —dije sonriendo— Cúcaros. —Y pasé un brazo sobre el hombro de quién entendí 
un colaborador de brillante futuro. 


Sin embargo cuando analicé el abdomen del sujeto no encontré vestigios de tóxico alguno, 
aunque no pude definir la acción de las secreciones que emitían sus glándulas con profusión. En mi 
presencia Lorente verificó mis palabras y no pudo menos que extrañarse nuevamente. 


Su capacidad de análisis, metódica y firme, lo llevó a continuar repasando mentalmente todo 


aquello y dio con la clave: él había analizado materia aun viviente; yo, materia inerte. 


Puesto que no se consideraba ni tonto ni loco, definió la única posibilidad: las características 
físicas del Cúcaro variaban con la detención de su ciclo vital, y algún mecanismo inercial 
modificaba la composición de sus secreciones póstumas. 


Como entonces comenzaron los aciertos y la disipación de dudas, las siguientes horas se 
sucedieron de asombro en asombro. La filmadora mostró un nuevo insecto moribundo, sólo que esta 
vez permitimos la continuidad de la toma. 


Expectantes, las cucarachas lo rodeaban desde la distancia. Recién cuando la inmovilidad 
del Cúcaro fue absoluta comenzaron a acercarse titubeantes, con evidente sigilo. Luego que la 
primera de ellas llegó a rozarlo sin consecuencias, en tropel las restantes se abalanzaron sobre el 
intruso, devorándolo en menos de un minuto. 


Cuando aún no salía de mi asombro comenzamos a aceptar la evidencia: 


—No se han hallado restos de la especie pues las cucarachas devoran hasta el débil 
exoesqueleto que los recubre. ¿Por qué? 


Suponiendo que no se trataba simplemente de apetito u odio racial volví a analizar la materia 
inerte del abdomen del Cúcaro capturado. Así comprendí dos cosas: 


—El sabor de los restos del Cúcaro resulta sumamente agradable para las cucarachas. ¿Cómo 
un tóxico se torna inocuo alimento? 


Tras someros análisis, se llegó a la conclusión y puso de manifiesto que ello era inducido 
por el cambio de secreciones del curioso insecto una vez producido su deceso, en cuya reducción 
química éstas operarían como catalizador. 


—La asimilación del abdomen produciría en las cucarachas efecto similar al de un 
estimulante, afectando su sistema nervioso e incrementando su energía. Las características 
moleculares de la materia en cuestión dejaban lugar a la posibilidad de que hiciera semejante efecto 
en otros seres vivos, aun en los humanos. 


Esa información, en cuanto contenía gran porción especulativa, la mantuvimos reservada en 
espera de ampliar los análisis. Mientras tanto Lorente —según los minuciosos apuntes que 
continuaba llevando y que cayeran en nuestro poder luego de que la pareja desapareciera— 
continuaba investigando y examinando videos. 


Advirtió que la actitud de las cucarachas había cambiado luego de su ingesta de Cúcaro. Se 
incrementó en forma incongruente su actividad sexual, prolongándose dicho comportamiento, con 
intermitencias durante cuarenta y ocho horas. Lorente no supo darle explicación. 


Cuando me hizo el comentario decidí informarlo de mis deducciones y Francisco ató cabos: 
Al ser el abdomen de Cúcaro en las cucarachas una suerte de afrodisíaco, su acción incentiva en alta 
proporción la secreción de feromonas sexuales. 


Aunque los integrantes de esta rara especie son sumamente escurridizos logramos idear un 
método —basado en un sencillo dispositivo eléctrico— para extraerlos de la colonia. Lo activábamos 
desde la sala, observando en directo la filmación. Eso permitió que fácilmente Lorente se hiciera de 
algunos ejemplares. 


Al parecer, fue la tirantez en que se había sumido su vida conyugal, lo que lo llevó a tomar 
la determinación de experimentar en carne propia las bondades del abdomen de Cúcaro, 
compartiéndolas con su esposa, mas sin ponerla al tanto. 


Ignorante de la audacia de mi ayudante, durante los dos días que desapareció de mi vista 
preferí no llamarlo y permitirle descansar. Si bien su ausencia no fue notificada, me pareció normal 
luego de tan extenuante investigación. 


Por el contrario, Francisco y Camila se hundieron en maratónica danza sexual que al menos 
dejaría al matrimonio en perfecta armonía. Lamentablemente, en esos momentos Francisco Lorente 
dejó de ser meticuloso, y apenas tomó magras anotaciones de las repercusiones anímicas y físicas 
que los envolvió durante la experimentación. 


Mientras eso pasaba en aquél alocado tálamo, en el laboratorio me sorprendí descubriendo, 
después de días de no verlos, nuevos ejemplares de Cúcaros. 


Extraje algunos para analizarlos y no encontré nada nuevo. Quizás por rutina y sin pretender 
hallar algo más, decidí realizar exámenes en las cucarachas, entonces el velo sobre el origen de los 
Cúcaros cayó y se hizo la luz. 


Todas las hembras examinadas portaban aproximadamente un tercio de huevos que no eran 
de su especie, y cuando indagué los más grandes bajo el microscopio lo comprobé: de ellos nacerían 
Cúcaros. 


He aquí la incógnita de su gestación parásita revelada; parte inducida a través de la genética 
propia de los Cúcaros ingeridas por las cucarachas, y parte aportada por la propia naturaleza de las 
cucarachas. Tal vez el efecto causado en el metabolismo de las cucarachas fuese limitado, de allí el 
poder afrodisíaco de la ingesta que las impelía a copular de inmediato. 


Muy pocos detalles más descubrimos de esta especie que a nuestros ojos pasa inadvertida. 
Cuando di a conocer el producto de nuestras investigaciones al resto del equipo puse de manifiesto 
que, si bien lamentablemente la toxicidad del abdomen de Cúcaro no nos sería útil, pues culminaba 
apenas aquél detenía sus signos vitales, debíamos reconocer el mérito de Lorente como aplicado 
investigador. 


A su regreso mantuvimos una fuerte disputa, pues recién entonces me puso al tanto de su 
arriesgada acción y sus pretensiones comerciales. Venía resuelto a patentar el descubrimiento e 
iniciar un criadero para obtener y comercializar vientres inertes de Cúcaros como afrodisíaco, aun 
sin conocer las secuelas que podría acarrear su consumo 


Lograr que nos permitiese la realización de análisis para verificar su estado de salud fue una 
pequeña batalla. Aceptó de mal talante y su humor dejó de ser el habitual. 


Reconozco que me mostré sumamente alterado y de inmediato ordené los estudios 
necesarios al matrimonio. Cuando de ellos surgió la certidumbre sobre el embarazo de Camila, y la 
posibilidad de que fuese múltiple, su rostro empalideció por completo. 


Tal vez no tuve la calma necesaria cuando alerté a la pareja de los peligros que corrían, algo 
que el propio Lorente muy bien habrá imaginado. Por mi parte el error más grande lo cometí al 
apremiarlos a que una Junta Médica determinara el camino a seguir. 


Quizás temieran que allí se les plantearía la necesidad de recurrir a una interrupción del 
embarazo y por esa razón decidieran desaparecer: me consta que ambos deseaban un hijo más que a 
nada en el mundo. 


Sus inesperadas desapariciones nos llenaron de asombro y preocupación. Lo cierto fue que 
los Lorente se esfumaron sin dejar rastros. Algunos comentarios los hacían recorriendo Europa, 
otros que partieron hacia Norteamérica e incluso hubo quienes acertaron, mencionando como 
destino Australia. 


Cuando esto ocurrió realizamos las notificaciones correspondientes a las autoridades. 
Ignoramos si alguien se ocupó de buscarlos y si lo hicieron es obvio que nunca dieron con sus 
paraderos. 


Pasamos todos estos años sin noticias de ellos y el incidente cayó en el olvido. El laboratorio 
desarrolló otras áreas y salí del campo de la investigación para pasar a dirigir el lugar. A la postre, 
tanto nosotros como ellos olvidamos definitivamente todo el asunto. 


Hasta que llegó la hora en que el pasado regresa a cobrarnos las deudas de viejos errores. 
Parecería que a veces el destino nos extiende un dulce tan sólo para cortarnos la mano cuando 
vamos por él. Y disculpen esta digresión, pero mi pesar es demasiado profundo, máxime cuando 
debo afrontar el relato de las escenas finales de este informe. 


Para ello debemos situarnos en los hechos suscitados escasos meses atrás, de cara a la 
realidad que fue rodeando a esta familia en forma contundente, impulsándola a experimentar la 
vivencia irregular que nos ha convocado. 


Las declaraciones son claras y coinciden en todos los aspectos. Los estudios realizados a los 


miembros de la familia y los resultados obtenidos no dejan lugar a dudas que ocurrió tal cual lo han 
detallado. 


A la hora de determinar responsabilidades esperamos sea tenida en cuenta nuestra fría 
relación de los hechos, pues nos afiliamos al veredicto de inocencia. 


Mediante la lectura de la correspondencia que Lorente comenzara a enviarnos meses atrás, 
nos enteramos que efectivamente tuvieron tres hijos, cuya niñez se desarrolló dentro de pautas de 
absoluta normalidad. 


Sin embargo ciertas incoherencias, por ser tan paulatino el proceso, fueron pasando 
desapercibidas. Lo cierto fue que su hija Marlene había estado cambiando, mas los síntomas de 
Iracundia que manifestaba parecieron propios de la pubertad. 


Los patrones adversos en un comienzo fueron tomados como naturales. Tanto físico, 
atribuibles al desarrollo inminente, o psíquicos por su condición de ser la única versión femenina de 
los trillizos. 


Se vieron así conque la jovencita evitaba el contacto con los demás miembros de la familia. 
El resto, a su vez, fingía no advertirlo o quizás prefirieran que así fuese. 


Si bien esto suele ocurrir entre adolescentes y sus progenitores, entiendo que en este caso el 
rechazo tenía características especiales, quizás más sórdidas y expuestas. Su proximidad 
intranquilizaba al resto, y apenas el hábito familiar permitía que les pesara menos su presencia, 
limitándose los despuntes de agresividad a silencios, miradas recelosas y cierre abrupto de puertas. 


La comunicación comenzó a ser prácticamente nula entre ella y su familia. Los padres 
consentían sus demoras con la tarea escolar y se alimentara en soledad. Marlene se acostumbró a 
llevar su vida con total independencia, y aunque no caía en mal comportamiento, tampoco era 
palpable la natural empatía de quienes cohabitan bajo un mismo techo. 


Cierto día Camila comentó a su esposo sentirse extrañada de que su hija aun no se hubiese 
desarrollado. Él exclamó que no hay una edad definida, y aunque interiormente sintió el revuelo de 
viejos fantasmas, pretendió cerrar los ojos a la evidencia, como si de ese modo pudiera evitar que 
algo malo sucediera. 


También comenzaron a llegar los comentarios de sus hermanos y las consecuencias del 
comportamiento de Marlene en el colegio. Cada día aparecía una señal, una luz de alarma que daba 
lugar a una nueva duda sobre la normalidad de la situación. 


La docente —según consta en declaración que tuvimos oportunidad de leer— durante los 
últimos tiempos se había sentido nerviosa ante la proximidad de la joven. Por esa causa admitió que 
se sentara sola en el fondo del aula cuando aquella se lo solicitó, “como si de algún modo hubiese 
escuchado su íntimo deseo” (sic). Sus compañeros se sintieron distendidos, alegrándose de que ella 
prefiriera aislarse. 


Esta serie de detalles, analizados a la luz de la realidad resultan obvios y sintomáticos. Por 
eso es imprescindible tener en cuenta que para las partes involucradas fueron hitos lentos, que al 
Irse sustanciando con naturalidad y sin enfrentamientos se asumieron como normales. 


De todas formas, el espíritu analítico de Lorente no tardaría en dar la lógica alarma, por lo 
cual comenzó a estudiar el conjunto de actitudes de la trilliza. Tomó así la determinación de 
iniciarle un pormenorizado chequeo físico. 


La tarea no fue fácil. Para acercarse a ella con confianza y confesarle sus pretensiones debió 
luchar contra fuerzas internas antagónicas. Seguramente a Marlene le ocurría algo semejante, ambos 
han de haber lidiado contra el mutuo rechazo, evitando acercarse más de lo imprescindible. 


Superando la aversión al contacto y una vez encaminado su análisis, Francisco no tardó en 
ubicar las diferencias fisiológicas que el cuerpo de su hija poseía con relación a cualquier persona 
normal. Encontró en lo profundo de los ojos de la adolescente el miedo, y tal vez una inocente 
súplica demandando ayuda. A ojos vista era una hermosa jovencita de aspecto bastante similar al de 
su madre. Pero un áurea desagradable la envolvía, algo inexplicable, incomprensible, que 
seguramente habrá desconcertado a los jóvenes que, viéndola desde la distancia, se hayan sentido 


atraídos por su figura. 


Lorente la sintió desvalida y la culpa le estrujaba el pecho. Cuando hasta el aspecto físico de 
Marlene comenzó a cambiar decidió confiarle toda la verdad acerca de su nacimiento, y rechazando 
la inmensa repugnancia que sentía por su presencia, tomó nota de todos los detalles que le fue 
posible obtener: 


Reflejos ultra sensibles. 

-Apreciable lucidez visual y auditiva. 

-Musculación híper—desarrollada. 

-Carencia de órganos reproductores. 

-Glándulas axiales atrofiadas de características desconocidas. 


Con ese postrer descubrimiento se detuvo su investigación. El estudio de las glándulas 
axiales determinó que de allí surgían las emanaciones que generaban el rechazo a quienes se 
acercaran y que ciertas secreciones podrían llegar a ser letales. 


La incertidumbre de Lorente en ese momento fue no poder determinar si los fluidos podían o 
no, ser controlados por su hija. 


Procuró que la joven dominara las emisiones glandulares a voluntad y juntos entendieron 
que no era posible. Se activaban naturalmente en presencia de estímulos externos y al menor indicio 
de peligro. ¿Cómo podría Lorente ponerlos a prueba sin riesgo? De simular un ataque a la 
adolescente su vida estaría en juego. En esas cavilaciones estaba cuando Marlene comprendió el 
poder que tenía y puso fin a las observaciones. 


Un mes más tarde la situación de aquél hogar se había tornado irregular y delicada. La joven 
controlaba las acciones de todos. Francisco debía realizar su vida habitual y las compras, evitando 
que nadie más tomara “cartas” en el asunto. 


La tarea de Camila consistía en alimentar a su familia, pero a Marlene en la forma especial 
que se le indicaba, y todo sin salir de la casa. Los muchachos debían permanecer en su cuarto, y 
hasta la propia jovencita se había impuesto obligaciones: alimentarse y mutar. 


La atmósfera interna era tal que cada uno realizó aquello que por inducción sensorial le 
fuera asignado por Marlene. 


Pese a eso y con sumo sigilo Francisco intentó eludir el cepo, pues rompiendo el silencio de 
más de una década comenzó a enviarnos cartas. Debemos aceptar la posibilidad de que su hija 
conociera su accionar; incluso que ella, mediante la forma subliminal que empleaba para 
comunicarse, se lo hubiese inducido, creyendo que acaso podría revertirse el proceso, o 
solucionarse, con ayuda externa. 


Por el tenor de las misivas comprendimos que la supuesta información sobre el estudio de 
una anomalía genética, era en realidad una desesperada señal demandando cooperación. 


El primer paso asumido fue recurrir a los archivos y con urgencia cotejamos los datos de los 
análisis obtenidos en aquella oportunidad y los recientemente remitidos por Lorente. Con ellos 
obtuvimos la certeza de lo imposible de restituir la situación a fojas cero y tomar medidas reactivas 
contra el mal congénito de Marlene. También lamentamos que el estudio de los Cúcaros se hubiese 
detenido tras la partida del matrimonio, tanto por falta de interés como de recursos. 


Lo máximo que pudimos hacer fue decidir viajar. Hallamos imperioso separar de la 
muchacha al resto de la familia. En un par de misivas en respuesta se lo sugerimos a Francisco. 
Ignorábamos que ninguno de los miembros de su familia estaba en condiciones psicológicas de 
hacerlo por sí mismo. 


Nos cruzamos sobre el Pacífico con la última epístola enviada por Lorente. Como pudimos 
saber más tarde, en ella nos refería la postrera conversación de Marlene. 


Leerla nos transmitió una profunda sensación de desamparo y tristeza. Ella había mantenido 
aquél diálogo empleando su voz, que acompasando la maduración de su cuerpo era la de una 
persona adulta. Su tono parco y frío fue atendido con indiferencia por ánimos aletargados; todos 


ellos se sentían rodeados de una atmósfera irreal, infrahumana y sus mentes sólo pensaban en estar 
lejos de allí. 


Marlene les agradeció el apoyo, y aclaró que sabía cuánto ocurriría pues había entrado en la 
mente de su padre, ratificando sus sospechas y temores. Los disculpó de antemano diciendo que 
aquello que sobreviniera se debía a su propia naturaleza, y no a la del resto de la familia. Estaba al 
tanto de las notas que se nos habían enviado y que nos encontrábamos en camino. También habría 
manifestado que llegaríamos dieciséis años tarde. 


Y así fue. En las horas previas a nuestro arribo Marlene dejó de existir. Las glándulas 
intrusas detuvieron su proceso vital habitual y se dedicaron a la producción pos—mortem propia de 
los Cúcaros. 


Entonces el rechazo de sus allegados hacia ella viró por completo. Imagino la avidez, el 
deseo irresistible, la gula que invadió a los miembros de esa familia cuando esto comenzó a ocurrir, 
y no puedo más que abominar y temblar. 


De más está agregar que bajo tales circunstancias todos habríamos actuado de la misma 
forma, perdiendo capacidad de discernimiento, personalidad y escrúpulos. 


Por esta razón apelamos a la comprensión de la Comisión y bregamos para que los acusados 
sean sobreseídos de cualquier cargo que les pueda ser imputado. Sugerimos se profundice el estado 
de cuarentena y realicen periódicos estudios fisiológicos a los miembros restantes de esta familia. 
Tememos por la secuela residual de esa experiencia atroz y la forma en la cual incidirá en ellos y su 
entorno. 


Tenemos plena convicción que nosotros, de haber llegado antes del desenlace conocido, 
estaríamos también en el banquillo de los 


acusados. Nadie en el mundo habría podido abstenerse de engullir la mayor parte posible de 
aquél cuerpo. 


Dr. Franco Stein 


Director General de Químicos Grauert” 


A veces, cuando cierro mis ojos por las noches, rememoro aquél momento. Vuelvo a ver los 
ojos de Camila durante su comparecencia ante la Comisión Investigadora, y siento que no existe 
punto de conexión entre el brillo de su mirada juvenil que yo conociera, y la opacidad de esos 
actuales ojos muertos, cabizbajos. 


Luego me resulta imposible evitar que estalle en mi cerebro su presencia en aquel voraz 
ritual de sangre, su voracidad, y esa otra mirada, monstruosa, espeluznante de entonces. 


Un escalofrío recorre mi dermis hasta que logro —no sin esfuerzo— evadir mis pensamientos 
de tales escenas. Y si así yo me siento, mucho duele comprender el terrible infierno en el que ellos 
han de estar ardiendo. 


PARANOIA 


Tras el escalofrío el rubor, el temblor persistente de sus manos, y casi de inmediato el 
malestar estomacal. Los ojos desorbitados de Froilán no terminaban de creer la escena que lo tenía 
como protagonista. A sus pies, sobre la mullida alfombra blanca del living, la mujer que fue eje de 
su pensamiento durante los últimos meses, se desangraba. Una mancha púrpura escapaba al ámbito 
del tinte pelirrojo de la cabellera de la mujer, ensanchándose bajo su nuca cual desperezo de lava 
ardiente. 


Aquella imagen le pareció conocida al hombre. La creyó un déja vu, retazo vivido en una 
anterior existencia, algo que acaso había visto en el cine, o un pasaje desprendido de alguna de las 
novelas policiales que suele leer. 


Si el cabello de esa mujer hubiese sido rubio, el contraste con la alfombra y la sangre le 
habrían permitido recordar el origen del misterio que, en ese momento, escapaba a su confusa 
memoria. Otros dilemas urgían, pues si así estaba ella era por su causa. Froilán, de naturaleza 
proclive a presentir siempre lo peor, comprende muy bien la diferencia entre las ficciones que lee y 
la realidad que entonces lo envolvía. 


Al principio la mujer mantenía los ojos cerrados con fuerza, como si fingiera estar 
durmiendo, luego se cubrieron de mortal inmovilidad. Él aguardó unos instantes la mínima 
reacción vital, mas era tal su nerviosismo, que de haberla no sería de extrañar que le pasara 
desapercibida. Pensaba que si aquellos ojos se abrían con la lentitud de la sangre que se le escurría 
los vería antes de irse, profundos, llenos de horror y un odio inexplicable. 


Acostumbrado a maldecir su sino, su interior se hallaba invadido por la amarga convicción 
de que aquella mirada no volvería a comprender la luz. Nada deseaba más que irse pronto, 
esfumarse, perderse del horror que había ocasionado, morir de ser posible. La musa de sus últimos 
sueños yacía inmersa en mortífero sopor. 


El nerviosismo no suele facilitar las cosas, y aunque las complicaciones se permitan una 
pequeña siesta sobre la almohada, la realidad no tarda en volver a manifestarse. Al desesperado 
Froilán le resultaba terrible lidiar con el episodio que encerraba su circunstancia en un laberinto sin 
salida. Por esa razón, cuanto más seguro estaba en que huir era su consigna inmediata, más le 
pesaban las piernas. 


Su cerebro era una metralleta de mensajes cruzados: ¿Existe una salida? Estando ella en 
esas condiciones, salida indolora no hay ninguna. ¡Las manchas jamás saldrán de esta alfombra! 
¿Debo eliminar aquello que pueda incriminarme? Los folios no están firmados. ¡Ah! Tienen mis 
huellas... 


Como improvisado escritor de pequeñas intrigas policiales, Froilán entendió que la prioridad 
era borrar rastros pasibles de incriminarlo. Porque soy inocente y es injusto que pague por algo 
ocurrido por accidente. De todas formas siempre tendré un castigo, una deuda que pagar. Mi 
conciencia será suficiente lastre para cargar el resto de mi vida. 


Tal vez por eso deseaba no volver a ver aquellos ojos en los que alguna vez percibió fuego, 
dulzura y encanto. Los que lo recibieron ese día no portaban más que odio, incomprensión, y ahora 
el silencio mortal en el que un azar nefasto los había sumido. 


Un rayo de sol, filtrándose a través del follaje exterior, le permitió ver partículas de polvo 
flotando más allá de la cabeza de la mujer. Así se sentía, cayendo lento y profundo, igual de 
diminuto, acompañando en su caída abismal a esas briznas de nada. 


Con la mirada desjuiciada de quienes en algún recodo han perdido el raciocinio buscó a su 
alrededor, deseaba cubrir el rostro inerme con lo que hubiera a mano. Lo único disponible fue un 
almohadón de tonalidades café con dibujos de perros de mirada franca. Con suavidad lo depositó 
sobre la cara pétrea de la mujer. Luego, sin detenerse a pensar qué instinto piadoso guio su mano, 
aferró otro almohadón y lo deslizó debajo de la cabeza laxa, aun tibia. 


En una pausa del desasosiego meditó, intentando comprender cómo, en un tonto y 
desgraciado instante, se había roto el equilibrio de su vida. Sus sueños se derrumbaban y la 
oscuridad comenzaba a envolverlo. Le pareció que hasta el rayo de sol estaba dejando de atravesar 
el ventanal, pues el nivel de luz bajó de improviso. Sintió su frente húmeda y fría y temiendo un 
desmayo se apoyó en el borde del sofá. Se mantuvo unos instantes así, inmóvil y respirando hondo. 


El mareo pasó, o quizás no se desmayó pues la resignación le golpeó el rostro para decirle 
que no hacía falta prisa, que todo estaba perdido en forma irreversible. Creía merecer que sin piedad 
ni miramientos lo arrastraran hacia el ascensor y lo arrojaran, como a cualquier desperdicio 
humano, a una celda inmunda. 


Observó que los motivos de otro de los almohadones eran gatos, enigmáticos y soñadores, 
en negro, azul y celeste. Con curiosidad sus ojos buscaron un tercer almohadón, y no se sorprendió 
al descubrir uno con motivos de aves en tonos rojizos y más allá otro, sepia y amarillo, con dibujos 
de flores. 


Sonrió inquieto al verse distraído por nimiedades mientras el oscuro abismo lo tragaba. — 
¿No hay nada color rosa? —murmuró con rabia mientras otra voz en su cabeza interpelaba: — ¿Cómo 
algo puede causarme gracia todavía? ¿Esto es la locura? Sí, es la locura, ha de serlo. No soy un 
criminal, he de ser un demente. 


Eran los nervios, el delirio, y la incertidumbre conspirando en su contra. Tenía húmedas las 
manos cuando tomó el último almohadón, y al situarlo en el regazo de la mujer, percibió el cuchillo 
descansando manso sobre la alfombra. 


Esto lo llevó a recordar el pesado cenicero de vidrio que su mano convirtió en arma mortal. 
Extrajo su pañuelo y con afán limpió los bordes transparentes del objeto, intentando quitar de su 
superficie toda huella dactilar que pudiese incriminarlo; las huellas de Froilán Lugones, un asesino. 
Un largo cabello de la víctima entorpecía su labor. Con cautela lo enrolló y guardó en un bolsillo de 
su camisa. 


La escena no terminaba de conformarlo, y hundido bajo un torbellino de pensamientos 
inconexos, decidió ir al dormitorio por una sábana: cubriría por completo el cuerpo de la mujer. Tal 
vez creyera que con semejante acto ocultaría a ojos del mundo su ignominia. Su voz interior no le 
permitía un solo instante de calma: ¿Podrás hacerlo mejor que los perros? Ellos intentan cubrir su 
mierda sacudiendo las patas hacia atrás, y apenas agitan una nubecilla de polvo. Lo mismo ocurre 
con los criminales, siempre dejan algo a la luz que habrá de condenarlos. ¿Acaso tú lo harás 
diferente ? 


Tuvo una súbita reacción que pareció inyectar vitalidad en sus músculos y salió de prisa, con 
largos pasos. Advertir que sus pantalones habían recibido su cuota de sangre casi le dolió. Eran 
claros, su culpabilidad quedaría expuesta a todo el orbe, era cual dedo índice empeñado en 
incriminarlo. ¡Ay! La maldita entropía de su vida, llevándolo al irreversible caos, se aceleraba a 
cada segundo transcurrido. 


Ingresando al dormitorio percibió un movimiento y miró sobresaltado hacia un costado. El 
espejo lo observaba. Se desconcertó al reconocerse en la mirada de aquellos ojos extraviados. 
Mientras se acercaba, le parecía que sus labios susurraban a la imagen que lo veía atónita desde el 
cristal: ¡Criminal! A lo cual la imagen del espejo le respondía sin mover los labios: ¡La mataste y 
pagarás tu imprudencia! Debiste aceptar su alejamiento. 


Más allá de las cortinas divisó al mundo que comenzaba a dejar de ser el de siempre. La 
aparente normalidad exterior le hizo pensar que quizás ella no estuviese muerta. ¿Y si fuese apenas 
un desmayo? De serlo su vida no cambiaría tanto. A medio paso de advertir que en ningún 
momento había tomado el pulso a la mujer recordó su pantalón ensangrentado. Se ruborizó al 
imaginarse siendo aprehendido y no pudo contenerse, su orina se mezcló con la mancha de sangre. 


Tenía tiempo de arreglar todo, necesitaba tranquilizarse. Podría explicarlo, fue un accidente. 
¿Qué duda cabe? Ella resbaló y se dio contra la mesa. ¡No! Mejor irse. ¿Y el ADN de la orina? 
Limpiaré todo. ¿Qué hacer? 


Alterado en grado extremo frotó las manos por sus piernas. ¿Entregarme? ¿Humillarme? 
¡Ah, desesperación maldita! No, no podía rendirse y arruinar su vida. No debía pensar en eso ahora. 


No lo atraparían vivo. No, nunca. 


Se sentía como el protagonista de alguna de sus propias historias negras. Además, este 
mismo crimen... ¿No volvía a darle la paramnésica sensación de haberlo vivido antes? ¿Era un 
homicida o soñaba? Había llegado el momento de demostrar su sagacidad, no por un trabajo 
literario sino por su futuro. 


Cual hechicero malabarista debía ocultar su delito de inmediato, pensar, buscar una buena 
solución. Dejaré de ser quién soy. Asumiré otra personalidad en tierras distantes. Debo hutr. 
Eludir. Fugarme. De cubrir bien mis huellas quizá lo logre, tardarán en ponerse sobre mi rastro. 
Hoy día la policía está muy ocupada y además nadie sabe que vendría aquí. Creyó hallar un dejo 
de esperanza, no lo conformaba del todo pero al menos le permitía aferrarse a una posibilidad. 


Paseó la vista sobre los objetos que estaban encima del tocador y recordó el día en que se 
habían conocido con Angélica, la cariñosa peluquera de algunos meses atrás, la que alguna vez 
recibió su simiente con placer. Esa mujer que se enfriaba en el living y que por su causa no volvería 
a respirar, a sonreír, a hacer feliz a un hombre que la mereciera más que él. 


Aquella tarde era gris y llovía. Angélica llegó corriendo a la parada de taxis donde también 
Froilán aguardaba el suyo. En ese preciso momento, salpicado de reflejos de neón y la conducción 
fantasmal de un conductor adormilado, uno de tales vehículos se detenía. Sin haberse percatado de 
la presencia del otro, hombre y mujer corrieron hacia el coche. Las manos de ambos se toparon 
sobre el picaporte de la portezuela trasera y al advertirse, sus ojos mantuvieron un ligero 
intercambio agresivo. 


Sin embargo, respetando como corresponde las normas de urbanidad, la hostilidad se diluyó 
bajo la lluvia, pues se ofrecieron sendas disculpas al mismo tiempo. Notando que también 
amagaban retirarse en sincronía, no pudieron evitar que recíprocas sonrisas comenzaran a unirlos. 
Él se ofreció a llevarla en aquel mismo taxi, se desviaría sólo un poco y ella aceptó. 


—Un nombre muy bien puesto —había dicho él apenas ella se presentó. De inmediato y con 
actitud vencida, de pesar y desgano, Froilán mencionó el suyo. 


—¿Froilán? ¡De donde sacaste ese nombre! 


—¡Es espantoso, sí, lo acepto! Quizás mis progenitores me odiaban. No, bromeo. Así se 
llamaban mi padre, abuelo y bisabuelo. Mientras te acostumbras puedes llamarme Froi, así me 
dicen desde niño. 


—¿Fro1? Suena como Freud, el padre del psicoanálisis. 
—S1, Froi como Froi, de Froilán, Froi. 


—Okey Freud, quedamos. Llamándote de esa manera me siento más distendida. Bueno, no 
tanto tratándose de Freud, pero digamos que más cómoda. Estudié psicología... 


Hablaron durante todo el trayecto y, tras esa charla que les pareció breve, consideraron que 
sería bueno compartir una copa. Quedaron de encontrarse la próxima semana. 


Se les dio. Él fue cauto, dejó pasar un par de días y llamó luego, algo inseguro. Al oír la voz 
de Angélica tras darse a conocer su rostro cambió, había percibido la alegría de la mujer corriendo 
hacia él a la velocidad de la luz. Y se encontraron. 


Nada tenían en común. Como había mencionado, ella había intentado ser psicóloga, pero 
tenía una peluquería. Para más datos, le gustaba el tenis y era vegetariana. Él era tipógrafo, no le 
interesaba ningún deporte fuera del sexo, y se sentía completamente carnívoro. Buscando algún 
punto de coincidencia terminaron hallándolo en medio del cosmos literario: a ella le gustaba leer y a 
él escribir. 


—¿Sobre crímenes? —Había dicho Angélica —No es lo que más me gusta pero me encantaría 
que me mostraras algo. ¡Qué sé yo! Algo breve. 


—¿Breve? Sí, justamente, tengo conmigo material breve, pequeñas imágenes, como 
fotografías. 


Así fue que sumaron a su relación el complemento de la palabra escrita. De inmediato, él 
cumpliría el deseo de tan hermosa mujer, dejándole ese mismo día los folios que llevaba. 


Estaba claro que Angélica no podría concederle a Froilán la admiración reservada a sus 
autores conocidos, Corín Tellado por ejemplo: sus heroínas siempre hallaban el hombre ideal. ¿Y 
ella, para cuándo? ¿Acaso al fin lo había hallado? HMlusionada, aburría con su secreto a cada una de 
sus clientas. 


En definitiva, el tema que asomó como posible nexo no les permitió ir demasiado lejos. 
Froilán era adicto a autores como Poe, Hammett, Chandler, entre otros. Mientras que Angélica se 
ensoñaba con literatura romántica de la más edulcorada catadura. 


En un principio Angélica olvidó los textos, tan ilusionada estaba con su nueva relación que 
no deseaba pensar en otra cosa. Ya no era joven y hacía tiempo que no fondeaba un barco en su 
bahía. Mas luego de otros tres encuentros, donde no supo qué contestar sobre el punto, sintió como 
obligación darle al menos una mirada a los escritos de Froilán. Él siempre le preguntaba sobre ellos 
con expectativa y ansiedad en los ojos. 


Así fue que Angélica dejó de pensar un poco en él para dedicarse, de lleno, a la lectura de 
los benditos textos. Los examinó en la peluquería entre clienta y clienta, cuando no caían cabellos al 
piso caían frases, pensamientos confusos, oraciones enteras y sangre, la que Froilán destilaba entre 
sus dedos. 


Por cierto, la relación habría sido más duradera, si no eterna, de no mediar aquellos 
pequeños trozos literarios. Se trataba de una serie de textos escuetos que ni siquiera había releído y 
corregido lo suficiente, y que de alguna forma conformaban un mosaico oscuro. 


Si bien Angélica demoró más de quince días en hincarles diente, cuando lo hizo, el tenor de 
los mismos la llevó a identificarlos con su realidad y su entorno. ¿Qué tan terribles podrían ser los 
textos de Froilán? Quizás sea arriesgado aventurar opinión: 


"Réquiem 


Le abrí mi casa y le abrí mi cuerpo. Los ojos le abrí como encendiendo un futuro en pleno 
desierto. La luz le di, la que tenía y la que soñaba. Veo la inmensidad infinita bajo el brillo tenue de 
mi lámpara, una parte de la reproducción de "Las meninas”, y mi cuerpo vacío. ¿Estoy muerta? No 
sé si se fue o está a mi lado en este mar de nada. Sólo veo eso, una amplitud oscura rodeando el 
brillo de la lámpara. Todo está inmóvil, el tiempo se ha congelado en un segundo con alarido de 
viento. No me importaría continuar viendo mi cuerpo y el resplandor difuso de la lámpara, si al 
menos dejara de oír ese sonido, reiterado, eterno: ese rumor, el zumbido grave que hace al caer un 
hacha. 


FFFEFFEFERFEPEEF." 


Angélica sintió temor, de alguna forma se vio en la escena. ¡Si hasta Velázquez estaba 
presente! Aunque no con la misma obra, en su sala lucía una reproducción de “La venus del 
espejo”. 


Permaneció alterada hasta caer en la cuenta que Froilán le había dado los textos durante el 
primer encuentro, antes de conocer su casa. Era imposible que se tratase de algo alusivo a ella. Se 
calmó, pero la señal de alerta no se apagó del todo en su cabeza. Dejaría el resto para otro día. 


"Rubia 


Sobre la blanca almohada descansa su cabeza. Su cuerpo resalta en la penumbra de la 
habitación con óseo fulgor. Sus ojos están cerrados en medio de la hermosa paz de sus facciones, 
enmarcadas éstas por el puño entrecerrado de su mano izquierda. Atando sus pómulos blancos, sus 
labios quietos parecen implorar un beso, que aún, nadie dejaría de dar. Emulando un sol rutilante, 
su cabello dorado estalla sobre la almohada. Luego todo es púrpura, granate, marrón, oscuridad. 
Muy cerca del mentón, cual juguete perdido de un dios pueril e impertinente, como infausto gong 


irrumpiendo en el silencio nocturno, apenas se permite mostrar una pequeña estrella de acero, el 
filo inclemente de un hacha. 


FFFFFFFFFFFFFFF.” 


La cuasi psicóloga fue psicoanalizando al semi escritor con sus medias clases. Escarbó los 
oscuros instintos que guiaban su trazo a través de aquellos retazos, no muy bien mecanografiados, 
que recibiera en hojas ajadas salpicadas de tachaduras. Cuando quiso acordar, medio amor por 
Froilán apenas le quedaba. 


"Retirada 


Me fui. Crucé la calle buscando luces en la punta de mis zapatos, pues más no podía elevar 
la cabeza. Mis manos temían ser vistas, allá en el fondo de mis bolsillos, y el corazón me precedía. 
No pude evitar detenerme en la esquina y mirar hacia el balcón, donde la luz mortecina que antes 
con tanta alegría descubrían mis ojos ansiosos, era apenas una oscuridad menos densa. La brisa 
provocaba que desde la ventana abierta un diáfano retazo de cortina me diera, con elegancia, un 
adiós indolente. Ni la lágrima que resbaló mejilla abajo pudo lavar de mis ojos la imagen de 
aquella mujer asesinada. Me iba pues con ella quería irme. Me iba. Después creí que terminaba de 
irme. Pero nunca me fui, no pude hacerlo y así me hallaron, mirándome en sus ojos muertos sin 
soltar el hacha. 


FFFFFFFFFFFEFFFF." 


Los dos primeros los había leído incluso a su mejor clienta y confidente, abogada, una de las 
que solía participarle sobre sus amoríos y por quien sentía mayor afecto. 


En el aire bailaban los acordes de “Me haces tanto bien”, de Relaciones Peligrosas, y la 
abogada sacudía sus piernas siguiendo el ritmo cuando Angélica cesó de secarle el cabello para 
decir: 


—¿Acaso escribe siempre así, para atrás, adelante, en círculos, en paralelo y continuado? 


La otra, a la que el tema musical agradaba y hacía tiempo no escuchaba, le restó 
importancia: —Si tales movimientos los practica también en la cama no deberías preocuparte. 


Pero Angélica parecía empeñada en conversar, y tras bajar el volumen del radio agregó: —De 
eso no me quejo. La verdad, no me estaba sobrando nada. ¡No sé cómo se llama escribir así! 
Escribir difícil no es escribir bien. 


Resignada, la otra consintió explayarse sobre el punto: —Sin embargo creo que escribir fácil 
es subestimar al lector y negarle crecer. A veces los textos resultan difíciles de comprender porque 
no se ajustan a las posibilidades de comprensión de los lectores. Prefiero los que me hacen pensar y 
aprender nuevos términos. Pero... ¿De qué estamos hablando? No me hagas caso. 


—¿No te parece que la literatura puede ser un arte peligroso? La vida suele serlo y ella la 
imita. 

—¿Por eso te parece adecuado psicoanalizar a tu enamorado a través de sus textos? Debo 
aceptar que conmigo no lo has hecho del todo mal, quizás me veas demasiado fantástica, pero como 
te dije, eso no me incomoda. Despreocúpate, a lo sumo ha de ser un diletante adicto a temas 


escabrosos. Puede ser peligrosa la literatura si se emplea para engañar o calumniar, si emplea 
sofismos para manifestar certezas. 


—¿Diletante? ¡Alto, por Dios! No sigas. ¡Otra palabra rara y te dejo la cabeza como la de 
Sinéad O'Connor! ¿No te parece que con Froilán tengo suficiente? 


—¡Está bien, tú comenzaste! ¿Podrías subir el radio? 


—No. Todavía no. Escucha. De acuerdo a mis estudios, el arte es buen medio para que 
pacientes esquizofrénicos canalicen su violencia en forma inocua, les permite evacuar tensiones. 
Quizás escribir es parte de alguna terapia que le obligan a seguir, y así contiene sus bajos instintos. 


—¡Angélica! Creo que vas demasiado lejos. Con tu estilo de analizar arte condenarías a 
cientos de artistas al chaleco de fuerza. ¡Qué no caiga bajo tus ojos una novela de Stephen King! 


—Mejor prevenir. ¿No es cierto? 


Quizás su amiga tuviera razón, pero nada perdía ella con estar alerta. Antes de cerrar la 
peluquería volvió a psicoanalizar los últimos trazos del trabajo de Froilán: 


“Regreso 


El asesino terminó la lectura y volvió a leer el título: “Imágenes de mujer en rojo y hombres 
en negro”. Luego, con ira, lo lanzó hacia las oscuridades que lo amparaban. ¿Con qué vida lo 
habían cargado? Su forma comenzó a tornarse espesa y asumió sus recuerdos y sus culpas. Vio al 
hombre que escribe y decidió acercarse. Uno y otro se intuyeron. Uno es consistente, tangible, 
madera. El otro etéreo, eventual, espiración. Entre ambos la encrucijada de una historia late unos 
segundos antes de desaparecer. Reiterando el ejercicio perpetuo que encadenaba su existencia, y le 
hace repetirla una y otra vez, el hombre entre las sombras intentó cercenar la mano derecha del 
escritor con un impreciso alarde de hacha. 


FFEFFFFEFEFFFFE.” 


“Risa 


Reí. Me le reí en la cara aun sabiendo que me perseguirá. Serán sólo unos días. Asomará de 
entre mis penumbras como una culpa. Vendrá hasta que nueva fiebre me enfrente a otros 
fantasmas, o hasta que narre como siempre lo hice —con mi mano izquierda— que ese sujeto se ha 
marchado al universo especulativo de donde nunca debió salir. Tal vez me esté ayudando a sofocar 
instintos: el de sobrevivir, el de abrevar, el de escribir, el de matar... Luego diré que se ha ido, 
esfumado en el aire de una realidad que no lo alberga. Aun no pienso hacerlo, no permitiré que se 
ausente dejando sin lavar la sangre derramada en la alfombra, y deje a buen recaudo el hacha. 


FEFFFFFFFEFFFFF.” 


“Recelo 


Se fue el otoño. Siento en ocasiones un olor nauseabundo y es cuando estoy melancólico e 
intuyo que ese hombre violento y esa mujer asesinada me observan. Es cual tristeza que se 
desfigura, corrompiéndose en muda interrogante. Además, a veces, un zumbido agita el aire y me 
sobresalta. Ellos no están presentes ni acuden cuando no los invoco, pero sé que aguardan en 
algún sitio. ¿Qué podrían hacerme? Por lo pronto mi único temor es pasar frío este invierno, ya 
debería haber trozado leña. Quisiera no perturbarme por tan banal motivo, pero escudriñé 
exhaustivamente toda la casa, y no he podido hallar el menor vestigio de mi hacha. 


FFFFFFFFFFFOC.” 


Cuando Angélica salió a la calle no podía dejar de mirar a uno y otro lado y de haber visto 
un hacha se habría desmayado. No es normal. Ese hombre no puede estar lúcido. Angélica hubiese 
preferido un estilo literario menos sangriento, más directo y comprensible, uno de esos que 
permiten a sus heroínas hallar el amor de su vida, el hombre ideal, la vida perfecta. Lo peor era el 
trasfondo, el móvil que llevaba a su amigo a tener ideas tan macabras. ¿Y si un día pasaba de la 
fantasía a los hechos? No tenía la menor intención de quedarse a su lado para averiguarlo. Esa 
misma noche decidió no verlo más. 


Navegando entre recuerdos Froilán permanecía en el dormitorio, donde desde el espejo su 
rostro volvía a musitarle la palabra “asesino”, dulcemente y con un dejo de comicidad. Mientras 


quitaba el acolchado se le presentó la imagen del día que comenzaron a conocerse y entregó a 
Angélica los textos que portaba. Recordó lo feliz que se había marchado, esperanzado en que a ella 
no sólo le agradara su compañía sino también la poesía de su prosa siniestra. Y vino a su mente 
Baudelaire. 


Mas aquello que en algún momento creyó con posibilidades eternas había terminado. Él, que 
se siente capaz de hacer todo un drama a partir de una hoja llevada por el viento, jamás habría 
imaginado que llegaría un día en el cual se despedirían brindándose unas últimas sonrisas. En el 
teatro de sus vidas se suspendía la función por ausencia anticipada de la protagonista. 


Así que allí estaba hoy, con su piel de asesino y el acolchado entre las manos viendo de 
solucionar un problema insoluble. ¡Patético! 


Observarse en el espejo con el acolchado entre sus brazos lo llevó a compararse con la 
muchacha de la pensión donde vivía. Lo asaltó su silueta saliendo de alguna habitación cargando la 
ropa de cama sucia. 


Sus ojos bajaron nuevamente sobre el tocador y se detuvieron en un frasco de perfume que 
levantó y olfateó. Era el mismo que Angélica llevaba el día del primer encuentro, casi acre y 
masculino pero agradable. Recordó que había comenzado a añorar ese perfume aquella misma 
noche, cuando en la soledad de su pieza aún se percibían los últimos rumores nocturnos del 
corredor penumbroso. 


Todo iba magnífico, parecía que al fin encontraba una compañera afín a sus anhelos y, de 
pronto, ella comienza a evitarlo. Sucedió de un día al otro, y con el procedimiento tan evasivo como 
poco discreto de cortar bruscamente el celular al reconocer su voz. Ya no era alegría flotante 
atravesando el éter para llegar hacia él, sino un frío muro de indiferencia imposible de sortear. 


Al poco tiempo Froilán recibió de vuelta sus folios, por correo, y sin una sola palabra que 
justificara el rechazo. Procurando una explicación realizó un pequeño asedio a la mujer, desde la 
distancia y aguardando una oportunidad propicia. 


Necesitaba que estuviese sola para hablar tranquilos, no quería arriesgar que la presencia de 
otra persona lo arruinara todo y quedar en ridículo. El sería discreto, lo más posible, pues ella era 
demasiado temperamental y de enceguecerse no habría manera. 


Finalmente colmó de ánimo sus pasos y decidió visitarla a la hora que sabía, ella se 
encuentra en casa. Por eso ahora estaba allí, emulando a sus asesinos ficticios, tan distraído como 
para no captar los movimientos... 


Aun estando con el almohadón sobre el rostro Angélica pudo presentir que él se alejaba. Si 
bien se apartaba, llevándose parte de su miedo, también le dejaba íntegro y leudado aquel odio 
residual, producto de ambiguas lecturas. 


Sus pensamientos la habían dejado al borde de la euforia: ¡No me equivocaba! —se dijo, 
permitiéndose una respiración más desahogada luego de tanto encubrirla fingiéndose muerta. Era 
un psicópata en potencia. Los crímenes fraguados en el papel eran un síntoma de su enfermedad. 
¡Como quisiera haber errado mi diagnóstico. 


Su aprensión le había provocado un sudor más acre que su perfume. No sabía si correr hacia 
el pasillo por ayuda o permanecer allí fingiéndose muerta. Ninguna de esas dos posibilidades estaba 
a la altura de su naturaleza o su turbación. Recordó cuando él le proporcionó su trabajo literario: 
tenía pintada en los ojos la ilusión de recibir a cambio una buena opinión. ¿Qué esperaba? 
¿Entonces me atacó por no habérsela dado? ¿O el móvil fue sentirse rechazado tras mi negativa a 
encontrarnos? No podría volver a besarlo sin la sensación que los pelos rubios sangrantes se me 
metieran en la boca. 


Para convencerse de aquella patología atribuida al mal de Froilán no habría necesitado 
sentirse acechada. Estaba complacida de su acierto al haberle diagnosticado una enfermedad 
incurable, progresiva y nociva. 


Y a no dudar que decidir no verlo más había sido también muy acertado. Sin embargo su 
decisión de no volver a verlo no ocurrió de buenas a primeras, titubeó, al fin y al cabo el muchacho 
tan desagradable no era. ¡Si al enterarse lo mucho que me agrada la psicología hasta me alentó a 
continuar los estudios! 


No creía haberse excedido al enviar de regreso los escritos sin explicación de ningún tipo. 
Del mismo modo que se había permitido desvanecidas ilusiones, tuvo luego la esperanza de quitarlo 
de su vida sin consecuencias. Pretendió olvidarse de él y sus urgencias de inmediato. Así era ella 
para tomar decisiones. Sintió que no debía restar importancia al asunto pues podía terminar 
arriesgando su vida, y morir por amor no era su estilo. 


Sus deseos fueron vanos, Froilán procuró continuar la precaria relación con afán, tan sólo 
por dos cosas, el mero hecho de paliar su soledad, y las torneadas piernas de Angélica. Jamás 
imaginó que ella llegaría a suponer que él era la viva manifestación de sus personajes, aquellos que 
le había descrito en una charla de bar, solitarios y oscuros, mientras ella agregaba para sí, sin 
decírselo: Sí, y seguramente con sexo sólo de pago. 


En alguna oportunidad le había parecido ver a Froilán a la distancia, pero ya no confiaba 
tanto en sus ojos como en su instinto, y en la sagacidad adquirida con su apasionante profesión 
inconclusa. No descartó la posibilidad que algún día se vieran frente a frente. Ella no podía quedar a 
su merced y había planeado, sin llegar a concretarlo, contratar un detective para que no lo perdiera 
de vista. Tumbada sobre la alfombra lamentó no haberlo hecho. 


Todo estaba en silencio, él demoraba en el dormitorio. Ella sentía la humedad de la sangre 
contra su cabello. Se preguntaba si la herida no sería de cuidado cuando se le ocurrió algo que le 
puso la piel de gallina: al volver el asesino podría notar que estaba viva, entonces la mataría 
realmente. 


Angélica había visto su rostro inocente cuando abrió la puerta. Ese rostro anodino, casi 
cándido, propio de... de... ¿Cómo fue que dijo la abogada culturosa? Algo como distante, 
lactante... ¡Ah, sí! Diletante. Yo diría “diletante mamón”. 


De haber sospechado que era él quien estaba ante su puerta se habría mantenido inmóvil, sin 
franquearle el paso ni mover una pestaña. Mas quitó el cerrojo y apenas verlo allí, de pie ante su 
inmediata pavura, sintió aquél impulso de correr hacia la cocina por un cuchillo, lo menos que podía 
hacer era intentar defenderse. 


Un psicópata es algo horrendo. Pensaba. Había pretendido engañarme con buenos modales 
y se quedó en el living, simulando que únicamente pretendía conversar. Al volver de la cocina y 
verlo inmóvil en medio del living, con su aspecto desgarbado de perro San Bernardo, casi consigue 
conmoverla. 


Pero claro, su rostro había cambiado cuando reapareció Angélica cuchillo en ristre. Luego 
pudo demostrar su habilidad golpeándola con algo contundente. Por cierto no había sido un hacha 
pues tenía la cabeza herida pero pegada al cuerpo. ¡Ay, qué terrible! ¿Por qué eligió este día para 
matarme? Es evidente que no fue a trabajar pues entra temprano. ¿Qué lo llevó a decidirse ? 


Para ella ese día podía ser el último, y no creía que fuese una fecha adecuada. Tenía varias 
clientas anotadas, entre ellas la abogada de la gruesa propina y aquella palabra difícil... ¿Cuál de 
todas? La había buscado en el diccionario. ¿Cómo era? ¡Ah, sí, diletante! Diletante. Diletante. A 
ver si no la olvidas. 


Así que ahora, en lugar de estar rumbo a la peluquería, estaba allí, sola y desamparada, 
encerrada en su casa con un asesino. A no dudarlo, la muerte era un péndulo arqueando una sonrisa 
grotesca entre uno y otra. 


Angélica comenzó a ponerse de pie con lentitud, evitando hacer el mínimo ruido. Debía huir 
antes que él volviera de la otra habitación. Ya había intentado defenderse en vano. No había podido 
sorprenderlo con el cuchillo cuando se le acercó, pues con gran habilidad eludió el lanzazo y con el 
mismo movimiento del esquive... ¿Levantó algo de la mesa? ¡Sí, eso fue, tomó algo de la mesa y 
con eso me pegó en la cabeza! Pero no, no era un hacha. 


Más tarde, cuando llegaron los incomprensivos policías, habría de enterarse que el “arma” 


había resultado ser el cenicero de vidrio. Pero en aquél anterior momento, tras el golpe, Angélica 
cayó desvanecida. El desmayo no le permitió advertir que Froilán, ya desde ese momento 
lamentando su actitud refleja, pretendiendo amortiguar su caída había manchado su pantalón nuevo 
con sangre. 


Ella ahora está arrodillada furtivamente sobre la alfombra, y le ha inquietado un sonido 
originado en el dormitorio —el roce del acolchado al ser retirado de la cama— y siente el frío acero 
del cuchillo junto a su mano. 


Hubiera gritado si el temor no se lo hubiera impedido, y con la boca redonda del grito 
ahogado termina de erguirse. Tiene el cuchillo en la mano y no debe permitir que la maten. Su vida 
está en juego, lo cual no es poca cosa. 


Froilán ha encontrado en el dormitorio el diario íntimo de Angélica. Allí la mujer expresa su 
temor en cuanto a la posibilidad de que él pretenda matarla, y toma la decisión de terminar con la 
relación. Lentamente Froilán comienza a palpar la razón de sus desaires. Al principio se siente 
confundido, luego la comprensión se abre camino. 


Al leer sus textos ella interpretó que un asesino se escondía en él. ¿Era eso? Durante un 
instante se enternece al considerarla demasiado inocente e infantil. Luego se averguenza: ¡Es de 
suponer que quienes han leído mis trabajos piensan igual! Siente el rubor detrás de las perlas de su 
transpiración. Sin embargo acepta que al final las tontas sospechas de Angélica resultaron ciertas, y 
quienes pensaron como ella han estado acertados. El azar lo ha convertido en asesino. 


En silencio conversa con el espejo viendo con fijeza sus ojos vidriosos y ya, entre más 
calmo y resignado, un rayo de luz lo ilumina: ¡Quizá no esté muerta, sólo herida, desmayada! 
¿Agonizante? No. Nadie muere por un golpe. Todo se arreglará. 


Luego, volviendo a deshilvanar la madeja como si buscase el instante fallido a efectos de 
repararlo, comienza a rememorar desde el comienzo los sucesos de ese día. Cierra un momento con 
fuerza los ojos y puede verse en el ascensor que lo eleva hasta el apartamento de Angélica. Hasta le 
parece sentir el rumor del ascensor al detenerse y también la proximidad de su perfume. 


El presente es muy diferente a la difusa imagen que se proyecta trás los ojos cerrados de 
Froilán. La verdad terminará siendo inversa a la de los temores de Angélica y, sin embargo, tendrá 
final sangriento. 


Pues mientras Froilán imagina estar subiendo en el ascensor del edificio de Angélica, la 
realidad lo muestra cayendo sobre el parqué del dormitorio, apuñalado por la espalda. 


EL VIENTO Y LOS PERROS 


Eramos jóvenes. Las enfermedades, nubes negras que arrastran los vientos por lejanas 
aristas del mundo, y las parcas, meros avatares ajenos para observar con simulada indiferencia. Lo 
nuestro era el sol, la sonrisa y el amor, aunque en mi caso y sobre todo: la melancolía. 


Entonces temía más al amor que a la muerte, pues a veces la muerte duele menos. Debo 
reconocer hoy, ante la proximidad del fin de mis días que el amor, aun doliendo, resume un 
embriagante sabor agridulce que también provoca adición. 


Mi abuelo solía decir, pleno, satisfecho: "Las hojas caen del almanaque y la vejez es un duro 
escarmiento para los que no supieron ser jóvenes.” Así que yo intentaba ser joven pese a que lo era, 
a la vez que evitaba preocuparme de la infinidad de cosas que me inquietaban, pues de jóvenes 
pretendemos cambiarlo todo, y no podemos. Al fin y al cabo creo que es mejor así, pues entonces, 
erróneamente, creemos conocer la verdad universal. 


Cuando pienso en aquellos días más parecen sueños que vivencias, y no dejo de hacerme 
supuestos sobre el rumbo de mi vida si mi loco deseo por Estela se hubiese desahogado. El destino 
nos encerró en un círculo macabro sin que yo, más que ser testigo, nada hiciese. ¿Cuántos rumbos 
menos aciagos pudimos tomar? ¿Existió acaso alguno peor que este? 


Aun hoy, cuando ya nadie los recuerda ni sabe de ellos, me duele asegurar que yo sí lo sé. 
Tal vez tenga razones válidas para odiar a Fito Maupassant, aun sin tener en cuenta mi loco amor 
por aquella niña ajena. No lo odio, aunque bastaría atribuir a su accionar la persistencia de este 
viento enloquecedor que ruge en torno a mi casa con lúgubres designios. Temo, pero no temo a la 
muerte ni al dolor: temo lo desconocido. 


Fito era mi amigo. Ella reinaba en el mundo de mis aspiraciones. Todo sueño que la tuviera, 
aun si en él me ignorase, era un sueño feliz. 


Lo que lastimaba mi alma, haciéndome sentir desgraciado e inútil, era saber que a Fito no le 
interesaba demasiado. He allí una primera encrucijada: ¿Debí confesarle a Estela su desapego? 
¿Habría cambiado eso el rumbo del destino? Quizás mi error fue ser leal a su amistad y no a mis 
sentimientos. Quizás más que honorable mi actitud fuese cobarde. 


Pero éramos jóvenes y es imposible que hoy razone igual que entonces. ¿Arrepentido? Mi 
vida no ha sido más que un gran arrepentimiento. Lo peor que hay es renunciar a ser feliz, y nunca 
pude serlo sin Estela, 


El no la amaba, y sin embargo no dudé de la versión que me relató cuando llegó en medio de 
un paroxismo nervioso y fantasmal apariencia. Quizás no dudé pues de hacerlo, todo sería mucho 
más espantoso y debería salir tras él y estrangularlo. 


Es curioso, y no entiendo cómo es posible tal dualidad, pues así como era de inseparable de 
Fito y fiel a nuestra amistad, la imagen de mis manos sobre su cuello solían atormentarme. 


Es que él, a la vez que transitaba su aventura con Estela, sentía adoración por Carmen. Muy 
bien me cuidé de ocultarle el daño que me causaba saberlo. Hoy, maduro tal vez a fuerza de dolor, 
me arrepiento de no haberlo hecho; quizás él se habría alejado Estela y nuestra pesadilla macabra no 
habría tenido lugar. 


Cuando me relataba sus andanzas amorosas mi imaginación acompasaba sus palabras, 
tiñendo con las más oscuras sombras los sucesos referidos. Como en cierta ocasión, a la salida del 
baile, cuando ante su relato yo iba imaginando las escenas. Así como padecí su vivencia mientras la 
narraba la rememoré mil veces a través del tiempo transcurrido. 


Al influjo de su voz podía verla, sentada a oscuras en la amplia cocina de la casa quinta de 
sus padres, nerviosa, arrugando entre sus dedos el orillo de su camisón, esperando a Fito y no a mí. 


Ella le había dado la llave de la cocina y la del candado del portón grande. Siempre lo hacían de ese 
modo. 


Estela vivía junto a sus padres en una casona antigua e inmensa, de piezas frescas dispuestas 
sin demasiado orden y un patio emparrado cuya sombra nos cobijó de niños. 


Fito entraba a hurtadillas y juntos marchaban con sigilo hacia la habitación de Estela, quien 
desde sus dieciséis almanaques parecía una chiquilla frente a los veinte de Fito. Así, todo el ardor 
que aquél contenía ante la indiferencia de Carmen, que lo hipnotizaba, enardecía y luego 
distanciaba entre burlas, lo volcaba en Estela, quien recibía su cauce con idolatría. 


Habíamos estado en el baile del Club Municipal donde Fito tomó algunas copas de más, 
tanto que procuré persuadirlo de que no fuera a su cita. Fue la única vez que me habló mal, 
tratándome de celoso ante quienes pudieron oírlo. Su actitud me exasperó de tal manera que, si no 
hubiese venido al otro día, humilde y desfigurado a implorar un consuelo, nuestra amistad habría 
concluido. 


Lamentó no haber seguido mi consejo y acongojado me narró lo sucedido: —Desde el primer 
momento todo anduvo mal —dijo. —Tratando de abrir el candado que cuelga hacia adentro se me 
cayó la llave. Así que en lugar de aprovechar ese detalle como pretexto para irme traté de escalar el 
muro. Lo hice en vano. No estaba en condiciones de trepar ni un taburete. 


Sentí cierto regocijo pues supuse que ése había sido todo su drama. En tanto él continuaba: — 
De todas formas el ombú de junto al muro resulta más fácil de escalar que un taburete, y a través de 
una rama, que de tan frágil se quebró, logré sortearlo. Destruí mi mejor traje y me di un golpe 
terrible. El maldito perro debe estar afónico, ladró hasta que las luces se encendieron. Me escondí 
esperando que se apagaran nuevamente y luego me deslicé hasta la cocina. Abrí a oscuras y entré 
con la confianza que da el hábito. Entonces una lluvia de golpes hizo que perdiera el sentido. 


Comprendí la gravedad de lo acontecido y comencé a imaginar las consecuencias sin llegar a 
extrañarme porque no me favorecieran. Fito se había tomado un respiro mientras yo, en silencio, 
necesitaba saber de inmediato el resto de la historia. 


—Al despertar estaba sentado a la mesa frente a Estela, quien lloraba mucho. Tal vez debí 
sentir lástima, lo pienso ahora al recrearla en mi mente. Pero no, sí sentí que la odiaba, mi angustia 
la culpaba, mis nervios la maldecían. 


Me sentí mal por su frialdad al narrarlo. Yo en cambio moría. Moría al oír sus palabras. Sus 
palabras eran puñales que no dejaban de herirme. Por ella más que nada, y estuve a punto de llorar. 
Por mí, el desgraciado perdedor, pero también por él, su ruindad, su desamor. 


Al parecer el viejo Heguez, de pie y brazos cruzados ante él, se mordía de furia, y Fito supo 
que solo un milagro evitó que lo matase. La madre de Estela, presente también, hablaba a gritos y lo 
insultaba, decía cosas que él jamás habría imaginado oír a una mujer. 


No la escuchó demasiado, sentía el dialogado que mantenían su conciencia y su 
desesperación. ¿Conciencia? Así lo dijo, conciencia. 


Al final, para salir con bien de aquella finca y dejarme nadando en angustia, debió aceptar 
casarse dentro de los cinco meses siguientes. 


Conociendo ya mis sentimientos, no viene al caso describir mi pesadumbre de aquellos días. 
Tampoco los entretelones que enmarcaron la boda ni los comentarios que recorrieron las calles del 
pueblo. Lo cierto es que el tiempo huyó de prisa. Fito asumió su responsabilidad. Nos distanciamos. 
Al año nació Rubén, su primogénito. Luego se fueron y nadie, ni yo, dejamos de ignorar su 
paradero. 


Pasaron muchos años -para mí al menos- hasta que un día, al acudir a un llamado a mi 
puerta, me encontré con Fito. Me sorprendí. A no ser por su palidez y el cabello revuelto habría 
jurado que era el mismo que vi por última vez. Tan parecido estaba que a mi cerebro le tomó un par 
de minutos reconocerlo. 


Me dio la sensación que estaba nervioso, más de lo que yo lo estoy ahora, que no es poco. 
Su actitud era la que de un prófugo desesperado, todo en él daba a pensar que huía de algo. Dijo que 


tenía mucho para contarme y se me erizó la piel por el modo en que lo dijo. 


El joven que hubo en mí temió preguntar por su familia, pero el hombre maduro de hoy lo 
tomó por los hombros y se lo inquirió, casi con violencia. 


—Bueno, no sé —dijo. Era notorio que mi actitud lo sorprendió. —Creo que están bien, así los 
dejé. Por ahora no puedo estar con ellos pero voy a volver en cualquier momento. 


En forma automática pasamos y nos sentamos ante la mesa: —¿Qué hiciste? ¿Algo grave, un 
delito? —pregunté mientras tomaba dos copas y habría una botella de vino. Por mi cabeza desfilaban 
los peores pensamientos. 


Él lo negó con movimientos leves de cabeza, y tras beber un largo trago, pasó a narrarme lo 
ocurrido desde el día que se alejaron del pueblo. 


No pude menos que escucharlo con suma atención y más tarde, tras haber analizado una y 
otra vez los detalles de su relato, sin que mediara causa razonable, me dispuse a escribirlo. Quizás 
resulte útil a quien encuentre mis restos, le ahorrará incógnitas para dejarle una sola, grande sí, pero 
una. 


También dejará clara mi inocencia, y que existen misterios que la gente oculta pues nadie 
los ha podido develar. 


Así que estuvo aquí, sentado ante esta misma mesa, y cuando se retiró aquél día luego de su 
extensa confesión me dejó confundido y perplejo. Cuanto anoté lo hice procurando sumergirme en 
su circunstancia, permitiendo que fuese su voz la que se oyera. Las primeras semanas procuré 
olvidar todo y ante la imposibilidad de hacerlo decidí dedicarle tiempo a la búsqueda de "El vergel". 


Si bien nunca lo encontré ahora, cuando nada importa demasiado, parece que ese lugar me 
ha hallado a mí y amenaza mi razón y mi puerta. Que el infierno nos trague. 


"Nos fuimos lejos. Dejamos que el camino nos llevara. Supuse que de quedarme a convivir 
con la familia Heguez terminaríamos mal. No lo dijimos a nadie y tampoco nos despedimos. 
Apenas dejamos unas líneas comunicando nuestra decisión de abrirnos paso sin ayuda. 


Tras andar sin rumbo decidimos al fin quedarnos en una ciudad tan desgraciada como ésta, y 
con algún dinero que llevábamos arrendamos una pequeña chacra. 


A unos cincuenta kilómetros de allí existía un pequeño pueblo del cual no teníamos 
conocimiento. Jamás había pasado por ese lugar y creo que nadie en la ciudad sabía de él, pues 
jamás se mencionó. Así que de sorpresa nos topamos cara a cara con "El vergel”, un rato después 
del accidente. 


Aquel día íbamos de paseo a estrenar mi sulky nuevo, hecho por encargo, todo blanco y 
toldo negro, lo cual pautaba que las cosas comenzaban a irnos bien. 


Tomamos un camino bordeado de álamos largo y silencioso a todo galope. Canela, un 
fogoso potrillo alazán, parecía alado cuando de pronto, a pesar de la ausencia de piedras o de pozos, 
dio un traspié y se derrumbó. Volamos sobre unas matas. 


Después de cerciorarme que salimos con bien revisé a Canela. Con pesar constaté que se 
había quebrado una pata. Lo desenganche del sulky, y evitando que Estela presenciara mi acción 
acorté su sufrimiento con un disparo. 


No teníamos idea del lugar donde nos encontrábamos, pero muy allá a lo lejos, 
descendiendo la loma, alcanzamos a divisar lo que supusimos instalaciones de una estancia. Nos 
acercamos notando que a cada paso el clima, el aire y la vegetación, se tornaban más y más 
agradables. 


Nuestro ánimo, tan decaído minutos antes, se tonificó, y advertimos la felicidad anidar en 
nuestros rostros. Pronto notamos que el caserío era un pequeño pueblo, silencioso y pintoresco. 


La gente era amable aunque un tanto reservada. De ningún modo pudimos conseguir que un 
tal Garrastazú —dueño del único caballo— se dignara venderlo, prestarlo o llevarnos enganchándolo a 


su carro. Dijeron que había dos casas vacías, que eligiéramos alguna. Cada uno acercó algo y nos 
dejaron abarrotados de alimentos, tras lo cual y de inmediato volvió cada uno a sus tareas. 


Aquella amabilidad sin contrapartida resultaba inexplicable para nosotros. Desconfiábamos, 
y decidimos que al otro día saldríamos caminando de regreso. 


Solo que al otro día quisimos quedarnos, y al otro, y al otro. Pasaron semanas y meses sin 
que ninguno de los dos hablara de volver. Acepté quedarme sin que para nada me preocuparan 
obligaciones pendientes que había dejado en la ciudad. 


No pensábamos en como repercutiría en nuestro entorno anterior aquella desaparición 
sorpresiva y si lo pensábamos no nos importaba. A pesar de todo el tiempo que nos sobraba no lo 
hubo para dedicarlo en reflexionar sobre esas cosas. 


Puedes creerme, difícilmente alguien que hubiera estado en El Vergel podría escapar —con 
todo el significado implícito de "fuga" que esta palabra pueda tener— de su particular encanto. Su 
nombre es sumamente sugestivo pues allí se dan las frutas y legumbres de mejor calidad y tamaño 
que haya visto jamás. 


Eso, sumado a los más idílicos paisajes y a una clase de vida sencilla y fácil, logran encantar 
de manera peculiar a quienes lo conocen. Sin embargo deben existir fuertes razones para que su 
población —muy reducida— mantenga su número incambiado a través de los años. Lo fui sabiendo 
muy de a poco, esa y otras cosas curiosas de ese lugar. Al principio resultaba incomprensible para 
mí; y al final, igual que aquella gente, acabé por aceptarlo. 


Cuando alguien muere los demás observan de a ratos el camino, pues saben que no tardará 
en llegar un nuevo vecino. Éste también quedará atrapado en las telarañas tejidas por el esplendor 
del lugar. Nunca nadie se va puesto que todos deciden quedarse pese a todo. Según llegue a saber, 
El Vergel carga con un curioso anatema: siempre que una mujer dé a luz o arribe un forastero, el 
resto sabe que alguien morirá, y no precisamente de muerte natural. 


Esa irreversible realidad es un hecho insignificante comparado con el atractivo y el solaz que 
tal paraje brinda. Hasta parecen verse ninfas de cabellos dorados danzar entre sus viñas, y oírse 
dulces acordes de flautas que seguramente ejecutan seductores faunos desde la sombra de los 
matorrales. 


¿A quién puede interesar que allí las brújulas no cumplan su cometido o que no se capten las 
bondades de la reciente invención que significan las emisiones radiales de las ciudades más 
cercanas? 


No he llegado a descubrir si hay algo que realmente interese a esa gente más que ver pasar el 
tiempo. Y transcurre muy lentamente, como si allí se detuviera luego del trajín de las grandes urbes 
a tomarse un respiro y charlar con los campesinos. Es casi como si un minuto nuestro allí fuese un 
mes, tan laxas son las horas. 


Ni siquiera el viento parece ser insoportable para ellos, aunque después de todo apenas asola 
el caserío una o dos veces en el año, levantando nubes de polvo y haciendo correr los guijarros de 
las callejas. 


Esto sí que los toca bastante más allá de la piel. El viento y los perros cimarrones. Esos 
animales enarbolan una mirada demencial y aparecen antes, durante y después del violento pasaje 
de la ventolera. 


Ellos dan la pauta con su presencia de lo que acontecerá. Entonces todos buscan refugio, 
aseguran techos y ventanas, se surten de buena cantidad de agua del arroyo que roza el caserío y se 
encierran, pretendiendo continuar con su vida más allá del vendaval. 


Permanecen sentados bajo el humor de los techos de chapa, sin perder de vista las escopetas, 
transpirando miedo durante el verano y tiritando de frío y temor cuando el invierno. 


Y es el temor cotidiano, que por habitual se disfraza de indiferencia y comienza a parecernos 
normal, lógico. Aman el lugar como se ama aquello por lo que se ha sufrido, con la obstinación del 
padre del niño granuja que solo acepta ver su lado bueno porque lo cree su pertenencia. 


Ha ocurrido, quizás con demasiada frecuencia, que al regresar la calma se descubra el 


cuerpo, prácticamente devorado de algún incauto que quedara atrapado en una danza con el viento y 
los perros. 


Es tan extraño. La cognición se invierte. He tenido la impresión que allí los sueños se viven 
y la realidad se sueña. Los amaneceres, las siestas y los atardeceres, hacen parecer indigna la obra 
de cualquier pintor o la prosa de cualquier narrador. Los colores tienen otra intensidad, otro brillo, 
parecen tocar los ojos. 


En las noches frescas, a pesar de la calma diurna, es frecuente tener pesadillas y despertar 
sobresaltado. ¿Es difícil entenderlo? Todo lo malo es poco comparado con la bonanza del entorno. 
Creo que allí está, si es que existe, el destino de los caminantes y el final de los caminos. 


Hoy no me cuesta entender que todos estuvieran esperándonos con exagerado disimulo. 
Incluso que supieran nuestro número. Tardé en imaginarlo, quizás demasiado. Llegué a enterarme 
por Garrastazú... Es un anciano encorvado cuyos cabellos, bigote y barba, desconocen la poda y 
apenas permiten ver de su rostro una nariz aplastada y dos ojos tan vivaces como su lengua... Por él 
supe que antes de nuestro arribo murieron tres personas. No supe nunca si fue a consecuencia de un 
temporal de viento que desplomó un techo o un ataque desmesurado de los perros. 


Este viejo es el único que periódicamente deja el poblado para traer lo necesario de la 
ciudad. En su carro lleva todo tipo de artículos: pieles, dulces, quesos, frutas y verduras producidas 
en esa pequeña comunidad. Las vende para luego adquirir los elementos imprescindibles que allí no 
se pueden generar. 


Como Garrastazú parecía ser la única persona que de algún modo decidía u ordenaba, traté 
que fuese él quien me informara sobre el suceso que provocó los decesos previos a nuestra llegada. 
Pero fue tan evasivo como el resto de las personas que consulté al respecto. La última vez que lo 
intenté me dio una respuesta que en ese momento no entendí: —¿Usted aún no lo sabe? 


Desde entonces —haría unos seis meses que estábamos allí— además de disfrutar de ese 
paraíso comencé a indagar lo que pudiera. 


Cuando había algún grupo conversando me acercaba disimuladamente. Trataba de ganarme 
la simpatía de los únicos niños que había en el pueblo cuando venían a jugar con Rubén. Con ellos 
formamos un desparejo quinteto dentro del cual pude sonsacarles poco y nada. 


Una vez me introduje en la humilde vivienda del anciano patriarca, cosa que lo enervó a ojos 
vista pero que pese a todo, y con notorio esfuerzo, disimuló de manera cortes. Mientras estuve allí 
solo pude ver que tenía muchos libros. 


Me puse a curiosear algunos que había sobre la mesa. Apenas llegué a leer un par de títulos 
extraños: "El libro de Toth" y "Las Estancias de Dzyan", porque el anciano se apresuró a 
intercalarlos en los abarrotados anaqueles de su biblioteca. 


—Los libros son lugares comunes —dijo— nada escrito hay que no se sepa. Si algo ha de 
ignorarse no debe ser escrito, si algo no puede dejar de saberse se sabrá de cualquier modo, aunque 
no se escriba. Si no hubiera sombras no habría luz; si no se padeciera no existiría la felicidad. 


Dijo otras cosas y desde entonces cada vez que hablábamos me dejaba pensando. En cuanto 
a los libros, posteriormente dijo no prestarlos jamás, aunque se ofreció a traer alguno de mi agrado 
desde la ciudad. 


¿Y usted no lo sabe? —Me había dicho— ¿Quería decir con eso que lo que yo soñaba del 
viento y los perros era cierto? ¿Significaban sus palabras que mis sospechas tenían asidero? —Si 
algo no puede dejar de saberse se sabrá de cualquier modo —ésas fueron sus palabras dejadas caer en 
la conversación de los libros. 


Cierto día estaba atareado preparando la cuajada para los quesos y, como adivinando mis 
pensamientos, señaló a la ventana, desde donde podía observarse a dos mujeres desgranando maíz, 
y dijo: —Es un intercambio con la naturaleza ¿Entiende? Ella lo da todo. ¡Y pide tan poco! Ella es la 
madre. Nos protege como a sus hijos. A veces nos da una tunda. ¡Es la ley! 


Me pareció verlo más locuaz que de costumbre y le mencioné el viento. Comenzó a alejarse 
lentamente, meneando la cabeza de lado a lado, como dejando entrever que conmigo no había más 


remedio. 


—¿Qué hay de los perros?  —grité, y me arrepentí en el acto. Todos los rostros que 
deambulaban en las cercanías se volvieron hacia mí. Sus ojos hablaban, gritaba, me reprendían en 
silencio. El viejo continuó caminando como si nada hubiera oído. Parecía que cuanto más me 
obstinaba en saber, más se me ocultaba, y llegué a sospechar que incluso los conocimientos de 
Estela eran mayores que los míos. 


Generalmente me arrepentía de mis actitudes, como siempre. ¿Te diste cuenta que siempre 
hice las cosas al revés? 


Pero sigo. Si me deleitaba aquella existencia... ¿Qué cuestionaba? No lo sabía entonces, 
luego comprendí que detrás de mis accionar, rugía el temor a que el viento barriera alguna de 
nuestras vidas. 


Las noches eran difíciles para mí, quizás por los velados comentarios que había alcanzado a 
oír del viento y de los perros. 


Descansaba más con una breve siesta después del almuerzo. En ellas, curiosamente, jamás 
tenía pesadillas. Sin embargo fue durante una siesta que sentí un rugido afuera y tomando una 
escopeta decidí salir. 


El viento se venía anunciando en ráfagas que me desestabilizaban, y partículas de tierra 
suelta, como pequeñas agujas, me herían pies y tobillos, debiendo entrecerrar los ojos o caminar con 
la cabeza inclinada sobre mi pecho. 


Comencé a rodear la casa con dificultad. Sobre mí, las chapas que oficiaban de techo 
producían sonidos chirriantes ante el castigo del embate. 


Al doblar por uno de sus costados alcancé a divisar, a medias resguardado por un árbol 
frenético, un perro cimarrón de pelo erizado clavando sus patas en la hierba, de modo de evitar el 
empuje de la ventolera que soplaba, ahora sí, en forma continua. 


Desde su posición veía la entrada de la casa y me veía. Gruñó mostrando los colmillos 
mientras yo me recostaba a la pared de adobe y trataba de centrarlo en la mira de la escopeta. Posé 
mi dedo en el gatillo y en el preciso instante en que lo presiono, aparece ante mí la figura de Estela. 


Salía intempestivamente, asomando un tan inexistente como adelantado embarazo. Al 
interponerse entre el animal y yo recibió el impacto del proyectil, cayendo ante la puerta con tan 
exasperante lentitud que parecía que jamás terminaría de caer.. 


Azorado y febril contemplo la escena sin atinar a nada. Ese instante era lo que el perro 
necesitaba para correr y lanzarse sobre mí. Grito y lucho y siento la voz de Estela: —¡Fito! ¡Fito! 
¡Despierta! ¿Qué sucede? ¡Estabas soñando, tranquilo, no ocurre nada malo! 


Cuando abro por completo los ojos, agotado y jadeante, río, como un enajenado sólo río Ella 
y Rubén me observan preocupados, él casi a punto de llorar. Los abrazo en medio de una demencial 
carcajada. 


Es que comprendo, fue un sueño, no lo irreversible. Nada malo. No el camino sin regreso, 
solo otra pesadilla, más intensa, más terrible, más agotadora: pero solo eso. Entonces advierto que 
es de noche, no podría ser de otra forma. 


Sentí algo así como un rugido provenir del exterior. No le hice caso. Continué abrazando 
muy fuerte a mi esposa, quien sin dudas tiene su vientre normal, y a mi hijo. No creo mentirte si 
afirmara que también lloré y bien sabes que yo jamás lloro. 


Al otro día todo ha sido un mal sueño. Disfruto de la vida en El Vergel. Mas el recuerdo de 
la pesadilla está allí, es una sombra que ante mis ojos luce como posibilidad. 


Quizás por eso comencé a sentirme prisionero. Había algo en mí que no funcionaba en ese 
lugar. Una evidencia fue notar que de alguna forma el resto de habitantes me evita, cosa que no 
hacen con Estela y Rubén. 


Pero uno bien se miente, me digo que es mi imaginación y otra vez la sonrisa me acompaña. 
Pero continúo teniendo pesadillas. ¿Soy distinto? ¿Soy impuro? ¿No soy merecedor de estar allí? 


Necesitaba y no tenía quien respondiese esas preguntas. 


Una mañana, mientras pescábamos en el arroyo con Estela sin descuidar a Rubén, que 
correteaba a nuestro alrededor, noté que ella quería decirme algo. La frase: "Nos vamos", desfiló 
por mi mente cuando la miré a los ojos. Mas ella con un leve asomo de alegría dice: —Estoy encinta. 


Tras un segundo de perplejidad la beso. Quiero decirle que si es así debemos irnos pues de 
algún modo siento miedo. Pero una parte de mí quiere quedarse, y solo la acaricio en silencio. 


Le miro nuevamente los ojos y descubro su preocupación: —¿Qué pasa? —Le pregunto —¿Hay 
algo que no sabes cómo expresar? ¿Quieres irte de aquí? ¿Nos vamos? 


Ella me observó extrañada y preguntó a su vez: —¿Irnos? ¿Por qué irnos? Nuestro niño puede 
nacer aquí ¿Verdad? 


Pasé los meses de espera con gran angustia. A medida que su cuerpo se abultaba mi temor lo 
hacía en la misma medida y no sabía qué hacer. 


Cierto amanecer de cielo cubierto por oscuros nubarrones supe que el parto era inminente. 
Una brisa con olor a mar redoblaba en las hojas de los árboles y Garrastazú terminaba de preparar 
su carro: volvería antes del anochecer. 


Si se lo pedía seguramente se negaría a llevarme. Así que seguí al gitano sin que lo notara, 
marginando el camino, y una vez ubiqué donde estaba corrí hacia aquí. 


La única solución que hallé fue dejar un lugar libre para que lo ocupara mi hijo al nacer, y 
vine a buscarte para que me ayudes a convencerla de abandonar ese poblado. Siempre supe que te 
importa mucho, y ella te guarda gran respeto. Además, no tengo alternativas ni sé qué hacer." 


La narración de estos sucesos le demandó más de una hora mientras yo, en absoluto silencio 
y entre asombrado e incrédulo, le prestaba absoluta atención. En todo momento mantuvo el rostro 
ansioso y desencajado, las manos crispadas y el alma llena de pasión. Agotado y bajando la cabeza 
enmudeció al finalizar. 


Era otro. Si bien su fisonomía lo mostraba tan joven como antes su alma, su espíritu, se me 
antojó viejo, gastado. Su chispa juvenil estaba ausente, tanto que su futuro, si acaso lo tenía, se me 
antojaba incierto. 


Por cierto, tampoco era la persona que había entrado un rato antes llena de angustia, se había 
liberado y cierto sosiego comenzó a pautar su respiración. También por eso hice un esfuerzo por 
creerle, parecía haber confesado toda su verdad sin ocultar nada. Pasó los dedos por entre sus 
cabellos revueltos y húmedos y me miró. Nos observamos en silencio como buscando verdades en 
ojos. 


Supo que le estaba creyendo porque intentó dedicarme una sonrisa. Me había puesto de pie y 
me acerqué, mientras le palmeaba la espalda dije: —Todo se arreglará —luego tomé la botella para 
servirle otro trago, volviendo a sentir por él la simpatía perdida. 


Acababa de llenar las copas cuando una ráfaga tremoló en las cortinas un instante. Fito se 
puso tenso y en sus ojos vi asomar el temor. —¿Oís?— dijo, poniendo de lado su rostro mientras las 
cortinas volvían a flamear. Lo oía sí, pero no me pareció nada fuera de lo común, no entonces. 


—No oigo nada especial —dije, ya sin creer que me escuchara pues volvía a ser un saco de 
nervios. Se puso de pie y ante mi total sorpresa salió, abriendo la puerta de par en par. Allí se 
detuvo un momento, miró calle abajo y exclamó: —¡Los perros! —la angustia de su voz me hizo 
erizar. 


De inmediato, sin perder un segundo ni darme tiempo a decir nada, se alejó corriendo en la 
misma dirección de una brisa que entendí escasa. Me extrañó notar, sin embargo, que su abrigo 
parecía lleno de viento, y sentí enormes deseos de cerrar la puerta y pasar tranca. 


Contra mi íntima voluntad me mantuve observándolo correr, y noté que lo hacía con torpeza 
pues parecía emplear ambas manos en cubrir sus oídos. Luego observé en la otra dirección sin 
lograr divisar perro alguno. 


Giré la vista nuevamente y pude verlo tropezar en la distancia por volverse a mirar. Se 
levantó con presteza y recomenzó su huida. Seguí allí, inmóvil, aun cuando dejé de divisarlo. 


Un vecino se detuvo a conversar conmigo y tardé en interpretar sus dichos. Supongo que 
debí responder cualquier cosa pues al retirarse, a la vez que señalaba mis manos, dijo sonriendo: — 
No se preocupe, es normal aturdirse de vez en cuando, yo también suelo tomar alguna copa un día y 
otro también. 


Desde aquella noche no pude dejar de recordar los ojos aterrorizados de Fito. Incluso de 
esperar los golpes de sus manos en mi puerta los días de viento o cuando ladra un perro. Volvió a 
pasar el tiempo, años, y no he podido quitar estos hechos de mi cabeza, dándome la sensación que 
cuanto más me alejo de aquella temporada su recuerdo y sus palabras cavan más hondo en mi 
espíritu. 


Hace unos días, rehaciendo su relato en mi memoria, entendí que podía hacer el intento de 
ubicar ese lugar perdido a partir de la ciudad donde vivió anteriormente. 


Estas podrían ser tres, puesto que a la distancia que mencionó tales son las existentes. Perdí 
un día en la primera que elegí sin encontrar a nadie que lo hubiera conocido, pero con la segunda 
todo cambió. Allí logré saber de él, incluso hablé con el fabricante del sulky, quien tenía una vaga 
idea. 


Buscando en sus libros pudo hallar su nombre y a partir de él, constatar una deuda pendiente 
que en resguardo de su memoria decidí saldar. Ni idea tenía entonces que esa no sería la única 
deuda que Fito me dejaría. Mas no reniego de ello, en buena parte fui yo quien salió a buscar 
problemas. 


Almorcé en una fonda pestilente y luego, munido de una vara, salí al camino que Fito debió 
tomar el día de su partida. Camine horas cavilando y aguzando la vista en procura de hallar El 
Vergel. 


Llegué a un punto donde la campiña, bastante descubierta anteriormente, se tornaba más 
densa en vegetación. El camino se internaba en un bosque por sobre un terraplén, por lo cual las 
copas de los árboles quedaban a la altura de los viajeros. 


Tras el borde del camino el desnivel caía unos tres metros casi a plomo, y luego el declive se 
atenuaba como por otros veinte. Me detuve un instante en la orilla y observé hacia abajo la 
impenetrable mata salpicada de pedruscos. 


Al continuar andando me enfrenté con que el camino hacía una curva bastante cerrada. No 
sé decir porqué, quizás fue intuición, lo cierto es que me dirigí hacia la parte externa de la curva y 
nuevamente me detuve a ver hacia abajo. 


No aprecié nada extraño y sin embargo algo —quiero pensar en intuición y no en designio del 
destino— me decidió a dejar el camino y descender. Lo hacía con sumo cuidado, de espaldas, manos 
y pies aferrados al declive, ayudándome con raíces y matas. Fue rápido y me costó rasguños y 
pinchazos que me hicieron lamentar la decisión tomada, máxime pensando que el regreso sería aún 
más dificultoso. 


Estando a medio camino, y aprovechando un pequeño rellano de la ladera, me volví y 
descubrí la negra escena. El horror pasmó mi espíritu. Contra un alto nogal, a medias oculto por la 
maleza, estaban los restos desechos de un sulky. No dude que fuese el de Fito. Temí acercarme. Me 
dolía más la verdad que los magullones del descenso, más que nada me haya dolido nunca. 


El primer esqueleto que encontré fue el del caballo, todavía con colgajos de su piel canela. 
Luego los divisé, un poco más allá, juntos. Por los jirones de ropa que vestían su osamenta pude 
identificar los restos de Estela, y aun arropado entre sus brazos, el pequeño bulto que debió su hijo. 


Conmocionado observé la escena macabra hasta que mis ojos se nublaron. No me acerqué ni 
intenté secar mis lágrimas, así como tampoco puedo precisar cuánto tiempo estuve así. Lo cierto es 
que cuando la calma volvió a dominar mis emociones el sol había recorrido largo trecho y no 
tardaría en anochecer. 


Pensar en pasar la noche allí reavivó mi aprensión y decidí irme lo más rápido posible. 
Recién al volverme, dispuesto a emprender el regreso, noté que no había estado solo. De pie, sin 
mirar nada en particular, entre la elevación que llevaba al camino y yo, estaba Fito. 


Aunque en aquél momento daba como gran patraña todos los detalles de su relato no atiné a 
decir palabra. Una oleada de fastidio y rabia me incitaba a lanzarme sobre él y hacerlo pedazos. ¿A 
qué venía todo el cuento de El Vergel? Aún hoy, de estar en aquella situación nuevamente, no 
sabría qué decir. 


Tampoco él abrió la boca. Así nos quedamos, con los brazos caídos y sin motivos para 
hablar hasta que crujió una rama y Fito se puso alerta. Llevó sus manos a la cintura y extrajo un 
revólver. 


Me inquieté al notar que me apuntaba. No tuve reacción y oí el disparo. Mi cuerpo no estaba 
herido y su voz, con rabia masculló: —¡Uno menos! 


Enseguida volvió a disparar, ahora a un lugar más apartado de mí. Su cabello se agitaba 
misteriosamente al igual que su camisa desprendida. Por momentos su imagen perdía nitidez pues 
algo así como polvo la rodeaba. Volvió a disparar una y otra vez pero ya a lugares más próximos a 
él. 

Luego tiró con fuerza su arma descargada contra algo invisible y extrajo un puñal. Comenzó 
a revolverse a un lado y otro hundiendo el filo en el aire hasta que perdió pie y cayó. En el suelo 
luchaba contra algo que yo no lograba distinguir. Maldijo y se quejó varias veces. Había sangre en 
él, en sus brazos y cuello. 


Yo quería hacer algo pero no sabía qué ni cómo. Ignoro cuantos segundos o minutos 
transcurrieron hasta que sus movimientos se detuvieron, tampoco el tiempo que pasó hasta que osé 
acercarme. 


Cuando lo hice ya no respiraba. Su cuerpo tenía huellas de la lucha. Mis cabellos se erizaron 
al notar la cantidad de mordidas que salpicaba su cuerpo y los desgarros de su piel. 


Quise correr y mis piernas no respondieron. Estuve allí hasta que mi corazón se aplacó. Con 
el sosiego, la razón y la misericordia me obligaron a improvisar una tumba que los mantuviera 
unidos. Luego lentamente comencé a caminar sin intentar la ascensión directa, sino tratando de 
hacerlo en dirección paralela al camino. Muchos metros adelante decidí subir y regresar. 


He pensado en eso hasta que mi propia vida ingresó al cuadro fatídico sin arribar a 
conclusión alguna. ¿Existe realmente El Vergel y allí permanecen con vida Estela y sus hijos? ¿O 
murieron en el accidente y Fito simplemente enloqueció? ¿Era el Fito que me visitó un fantasma 
eternamente joven? ¿Soy yo el loco? 


A nadie conté lo sucedido pues no sería tomado en serio. Podrían incluso tratarme de 
criminal, a menos que pudiese probar que nada tuve que ver en todo eso ni fui quien eliminó a Fito 
Maupassant. Bien que podría haberlo hecho. Quizás debí hacerlo. ¿Qué más da? 


Es que de todos modos no hay escape, esta tragedia me persigue y por eso, antes de morir, 
he decidido narrarla, rendido al no haberle hallado explicación. Debo tener prisa, sobre todo ahora 
que el viento, tan fuerte, sacude y arremolina mis ideas tornándolas confusas. Ahora, que con ira 
infernal los perros rasguñan mi puerta. 


TE LLAMO Y NOS VEMOS 


Lo único que parece estar funcionando esa mañana en la oficina donde Emma trabaja es la 
anarquía. Cierta expectación inusual flota en el aire, otorgando al ambiente cotidiano la sensación 
de estar impregnado de electricidad estática. Charlas casuales se suceden en corrillos breves, y los 
comentarios viajan prestamente de un extremo a otro de la oficina. A pocos metros Iris, una de sus 
compañeras, comenta a otra: 


—Lo que está ocurriendo me tiene preocupada. ¡Si hasta parece ser cierto lo del fin del 
mundo! Anoche tuve una pesadilla terrible. Era otro planeta, y dos seres espantosos parecían a 
punto de acoplarse. Todo en la habitación era extraño y el cielo tenía un tinte anaranjado, abrumaba 
observarlo. Aquellos seres emitían sonidos ininteligibles, y sin embargo yo tenía conocimiento de lo 
que hablaban. Uno de ellos se disculpaba por haber estado con otra hembra, y su pareja comprendía 
que si no la amara no estaría allí con ella. De pronto en algún lugar de la habitación sonaron dos 
celulares, dos ring tones diferentes casi al unísono. Eso me despertó... Bueno, en realidad no esos 
sonidos, sino el despertador de mi propio celular puesto a todo volumen. Lo apagué de inmediato y 
una sensación de nostalgia me invadió, como si aún necesitara ser parte de esa pesadilla. ¿Raro, no? 


—Sugestión, querida. ¡Cómo para no estar sugestionados con todo esto! Y el gobierno que 
mantiene silencio. 


Emma no ha puesto atención al comentario. Se mantiene ensimismada, distante a todo. 
Inmersa en un laberinto de dilemas internos no consigue orientarse. No alcanza a percibir la 
inquietud general en su total magnitud, aunque quizás no le interese demasiado. Tiene su agobio 
particular, con apenas dos años de casada deberá enfrentar los pormenores de un divorcio. 


A Emma le resulta imposible imaginar los nuevos rumbos que su existencia tomará, y le 
angustia aceptar que se desarrollará lejos de Lucas. El amor que siente uno por el otro ha cedido 
ante episodios de intolerancia, haciendo muy difícil la convivencia. 


Más allá de los ventanales de la oficina la realidad pauta rumbos contundentes. En todo el 
planeta se manifiestan trastornos con las comunicaciones. ¡Por supuesto que sí! Pensaría Emma si 
asomara la nariz a su entorno ¿Cómo no haberlos en el mundo si hasta en avatares tan pequeños 
como un matrimonio las comunicaciones suelen tornarse espinosas? De todos modos, percibe cierta 
concordancia en la serie de sucesos que se están dando y el derrumbe de su actual estilo de vida. En 
forma no del todo consciente comprueba que, acompasando el caos de su vida, el sistema 
informático de la empresa ha caído dos veces. 


Percibe los sucesos externos y de inmediato los conecta con su circunstancia, de modo que 
lo anunciado a su alrededor sobre las tormentas solares, y el desequilibrio de la civilización, no le 
preocupa. Eso pasará, seguro, luego todo volverá a ser como antes. En cambio, la realidad de su 
existencia se está revirtiendo en forma tal que quizás nada la podría regresar a su momento de novia 
enamorada. Mientras la incertidumbre se expande por el mundo, en tales arrecifes naufragan sus 
ojos húmedos. 


Hizo girar el anillo sobre su dedo varias veces, hasta el simbolismo de ese pequeño objeto 
material parecía perdido, lo veía sin contenido, obsoleto. Sería sencillo quitárselo y hacerlo a un 
lado, casi no advertiría su falta, mas le resultaría difícil sepultar las ilusiones bocetadas sobre su 
futuro y sobrellevar la ausencia de Lucas. Buscó atenuantes y se le ocurrió que al menos no había 
niños que dejar sin padre, ni mayores bienes que dividir. Apenas separar las almas, que no se 
pueden palpar, que no se pueden ver, pero allí están, doliendo. 


Recordó su escena romántica favorita de la noche en que un banco de la rambla los acunó 
bajo la luna llena. El mar y ellos ronroneaban deseo, conteniendo el ansia de saciarlo allí mismo. 
Lucas observaba el firmamento buscando estrellas para regalarle, o así lo supuso ella hasta que él 


dijo: —¡Cuanta energía y fuerzas antagónicas manteniendo equilibrio! Da vértigo pensarlo. 


—Pero hay una fuerza más potente que todas —había dicho Emma entonces a boca de jarro. El 
había sonreído de ese modo especial que sólo le surgía cuando estaba a su lado, mas prosiguió 
meditabundo, aun deslizándose en su ensueño cósmico. 


—¿Más fuerte que la gravedad? —había preguntado él de pronto, cuando parecía que ya no 
agregaría nada en tal sentido. 


—Más. 

—¡Electromagnetismo! He leído interesantes teorías sobre el Universo eléctrico. 
—Frío, frío. ¿Te das? —al preguntarlo Emma rozó suavemente sus labios con los suyos. 
—Me doy. ¡No, ya sé! La fuerza de nuestro amor. 

—¡Ah, no vale, te habías rendido! Perdiste. 


—Hasta un niño se habría dado cuenta. No sólo por ser lo más fuerte sino también lo más 
grande. Creí que te referías a algo cósmico. 


—¿No lo es? 
Supongo que sí, pues así de inmenso es mi amor. ¿Te dije alguna vez cuánto te quiero? 


En aquél momento a Emma se le había caído una lágrima de felicidad que él lamió con 
delicadeza. Sus almas estuvieron muy sintonizadas una con otra durante ese instante, que pareció 
extenderse hasta que la brisa nocturna les recordó la vigencia del mundo que los rodeaba. 


Ahora, en la oficina, también se le caían lágrimas, pero lo único que podía hacer era tratar de 
ocultarlas y no fuesen advertidas por curiosos. Hablarían. Preguntarían. Molestarían. El se había 
marchado y ya pasaban dos días sin llamar. 


Sintió los pasos de una de sus compañeras acercándose: —¡Al fin hay noticias oficiales! 
Están comentando que una gran tormenta solar podría inutilizar nuestros electrodomésticos —dijo 
Elizabeth al estar a su lado. Emma intentó ser amable y fingir un interés que no sentía: 


—Será cosa de comprar otros. Le daremos un buen empujón al mercado y el sistema 
capitalista continuará haciendo girar el planeta. 


—Es que La Tierra podría detenerse, y luego comenzar a girar en sentido inverso. Eso dice 
Joaquín, que entiende bastante de esas cosas, ya sabes lo loco que es, está frenético. ¡Si hasta parece 
desear que ocurra! Ahora que lo pienso... ¿Qué dijiste? ¿Crees que abandonamos el capitalismo? No 
lo vi por ese lado. ¿Eso es lo que te parece? 


Emma permitió que la ironía se apoderara de sus facciones al decir: —¿Girar en sentido 
inverso? ¡Marcha atrás! Te confiaré un secreto triste, yo seré quien dará marcha atrás: volveré al 
punto de partida. 


—No entiendo. Hoy te noto como ida, hermética. ¿Seguro que estás bien? 


—Creo que si no lo comento exploto: Lucas llenó una maleta con algunas prendas y se fue. 
Estamos comenzando el divorcio. No intenté detenerlo ni él golpeó la puerta al salir. Ninguno 
pareció perder el control. Eso es lo peor, pues las acciones intempestivas pueden disculparse con 
más facilidad que las calmas y meditadas. A mí la desesperación no me movió a detenerlo. Es que 
su proceder fue tan firme que no parecía una actitud repentina. 


—¿Cómo? ¡No lo creo! Si hasta hace poco te ufanabas de ser la mujer más feliz de la 
creación. 


—Las cosas cambian, discutimos mucho por trivialidades, tonterías, caprichos. Y dijimos: 
"no va más". 


—¡Con razón! Estás como para preocuparte por las tormentas solares. Lo que te ocurre es 
más terrible que este aquelarre transitorio. ¡Pobrecita! Pero no te hagas tanta mala sangre, quizás 
sea cuestión de reacomodarse. ¡Verás que hoy a la noche arreglan todo entre ustedes! Ponte lencería 
provocativa, entórnale los ojitos y desliza con frecuencia la lengua sobre los labios. ¡Ya sabes cómo 


es eso, no falla nunca! El volverá esta noche, desplegarás tus virtudes —hizo un guiño —y se 
reconciliarán, ya verás. Mañana me darás la razón. 


—¡Eso quisiera! Si alguna vez fue sincero conmigo ha de estar tan angustiado como yo. Pero 
si no ocurre algo pronto, de a poco nos iremos acostumbrando a estar separados. Mi vida anterior 
me jalará hacia las rutinas solitarias. Luego mi orgullo no tardará en construir una caparazón. 


—Mira, con lo que está pasando todos estamos afligidos, por no decir asustados, 
horrorizados. Algunos dicen que estamos funcionando en otra frecuencia, que nos preparamos para 
una nueva etapa de la humanidad y cosas así. La verdad que sí, me siento un poquito rara. Quizás lo 
de ustedes esté provocado por algo de eso, y cuando vuelvan a sintonizarse recuperarán la 
normalidad. Piensa en eso, procura distraerte un poco permitiendo que esto que está ocurriendo, tan 
fuera de lo habitual, te quite de ese círculo vicioso: “rompe el cuadro” diría mi psicóloga. 


Unos metros más allá Joaquín, chupatintas grandilocuente que de caer en un test vocacional 
acabaría de mensajero, desgranaba retórica seudocientífica, y casi todos en la oficina le prestaban 
atención: 


—Una tormenta solar de gran magnitud con dirección a la Tierra ocasionaría efectos 
destructivos inimaginables —el sujeto acompañaba sus palabras con acorde desempeño gestual. — 
Estoy hablando de una tormenta geomagnética categoría G5. Las auroras boreales que provocaría se 
verían en Madrid, Pekín, Miami y Montevideo. Las consecuencias que podría traer a las 
comunicaciones no serían lo peor: podrían freírse las redes eléctricas y dejar de funcionar las 
centrales generadoras, los vehículos, y todo artefacto que utilice imanes para lograr su cometido. 


Los presentes se distendieron ante semejante argumento, parecía tan exagerado que 
analizarlo carecía de sentido práctico. El tal Joaquín no pareció advertir el escepticismo de su 
auditorio y continuó dando el alerta: 


—Las auroras serían lo bueno, al menos regocijarían la vista. Lo malo es que su presencia 
estaría indicando un desequilibrio magnético capaz de perturbar las placas tectónicas al extremo de 
producir terremotos y tsunamis. 


Una joven morocha, la de menor edad en la oficina, lo escuchaba con mucha atención: — 
¿Más de los que hay hoy día? —preguntó. No esperó respuesta: —¡Qué horror! Vamos de terremoto a 
tormenta tropical, de tsunami a erupción volcánica, y de fríos terribles a calores sofocantes. ¿Es 
culpa del hombre o del sol, de los Mayas o de los extraterrestres? ¡Qué lio! 


Soslayando una respuesta a la muchacha, el orador preguntó al corrillo que aún permanecía 
en su entorno: —¿Imaginan una semana sin electricidad? Para empezar, no abrirían los 
supermercados ni las tiendas, pues entre otras cosas no podrían hacer funcionar las cajas 
registradoras. Las multitudes permanecerían corto tiempo aguardando una solución gubernamental, 
una respuesta a sus dudas, la ayuda adecuada. ¿Y luego? La única incógnita es cuánto demorarían 
en comenzar los saqueos, primer paso hacia la anarquía total y al crimen indiscriminado. 


Emma se volvió hacia Elizabeth: —Tengo trabajo pendiente —dijo, y se alejó del grupo 
dispuesta a llamar a Lucas luego de esos días de silencio. Uno de los dos debe romper el hielo y 
obrar con sentido común. Debo tener calma al hacerlo, quizás sea de las últimas oportunidades que 
tenemos para darnos una chance. 


Unos veinte minutos antes de conocer a Brigite en un paraje remoto Lucas salía del 
ascensor. Fue en ese momento cuando lo inquietó el ringtone de su celular. Ocurría con frecuencia 
que la inicial inquietud ante la posibilidad de volver a oír a Emma, se diluyese con novedades o 
saludos de amigos y compañeros, a tal grado que comenzaba a fastidiarle la irrupción de tales 
sonidos. En su reciente pasado quien se comunicaba con mayor frecuencia solía ser ella, desde la 
disputa y el alejamiento ambos se habían llamado a silencio. ¿Callo por orgullo varonil? 
¿Enmudece ella por dignidad femenina? 


Sin la mínima esperanza Lucas miró la pantalla, y como a suele suceder cuando a punto 
estamos de rendirnos, lo deslumbró esa luz que viene de algún sitio maravilloso a devolvernos la 
esperanza. Se sorprendió gratamente: ¡Al fin Emma se dignaba llamarlo! Lucas se sintió 
desbordado por la ansiedad y el deseo de contestar de inmediato, pero también sentía temor. ¿Y si 
se trata de informarme que tiene abogado y fecha en el juzgado? Decidió dejar de especular para 
averiguarlo: "Hola —dijo. 


—¿Cómo estás? —La voz de Emma sonó distante, quebradiza. Lucas lo atribuyó a fallas en la 
comunicación, y quizás en parte así fuera. 


Ocurría también en parte por Emma, quien realmente temblaba. Disimular que se sentía 
relegada le significaba gran esfuerzo. Por más que interiormente se repetía que la incomprensión de 
Lucas no se debía a que otra mujer estuviera ocupando su lugar, tampoco se ocultaba que tal cosa 
no dejaba de ser posible. Su emoción no le permitió advertir que en recepción varias personas se 
agrupaban contra las ventanas del edificio y asombradas contemplaban un inusitado despliegue de 
luces danzantes que venían desde el horizonte prolongando el atardecer. 


Ni Lucas ni Emma llegaría a saberlo, pero el arco energético entre ambos aparatos había 
comenzado a desarrollar una distorsión singular, sin precedentes, que transformaba un sencillo 
intercomunicador oral en algo mucho más trascendente y sofisticado. 


Lucas salió a la calle narrando a Emma sus últimos pasos. Ponía calidez a sus 
manifestaciones, pero hablaba nimiedades de su hacer cotidiano, eludiendo lo relativo a su tálamo. 
Andaba distraído bajo el destello de los anuncios de neón de la avenida y se movía mecánicamente, 
en ese instante el mundo a su alrededor no existía. El inminente ocaso le era ajeno y llevaba la vista 
baja, poniendo total atención a lo hablado, por completo absorto en la comunicación. 


Le hablaba con mesura, tanto la extrañaba que se cuidaba de profundizar la brecha con algún 
adjetivo inoportuno. No quería ser mal interpretado, temía que el menor error acarreara un 
definitivo efecto adverso. Las frases que compartieron fueron cautelosas, mero esgrima dialéctico, 
roces de antena de caracol. 


Del otro lado de la línea Emma se percató que la voz de su pareja sonaba conciliadora y eso 
la azuzaba a dar el paso más audaz, ese que lo traería de vuelta. ¿Bastará con pedírselo? ¿No lo hará 
sentirse acosado? 


Las exclamaciones de Elizabeth llamándola hicieron que volviera la cabeza y advirtiera el 
despliegue visual que se desarrollaba en el firmamento. Aquello la enmudeció un instante: 


—Supongo que ya dejaste el consultorio. ¿Dónde estás? —preguntó a su esposo ya en otro 
tono de voz. 


Él levantó la vista para identificar el cruce de avenidas al que se aproximaba y enmudeció 
por completo. No había esquina, ni calles, coches o edificios y los anuncios de neón habían huido al 
cielo convirtiéndose en una altísima y flameante aurora boreal. Una terrible encrucijada cósmica 
donde el destino de la humanidad pendía de un hilo lo había apartado de su paso habitual. 


Se estremeció al descubrirse pisando una estrecha calleja de adoquines en lo que parecía ser 
una aldea. Miró hacia atrás, intentó desandar el camino, corrió a un lado y otro sólo para verificar 
que el escenario de su vida había cambiado por completo. Abrió y cerró los ojos varias veces y le 
costaba articular sonido. 


—Si estamos cerca tal vez podamos vernos y charlar un rato —decía Emma desde el móvil que 
Lucas aun llevaba adosado al oído. Lejos estaba de sospechar que ese pequeño adminiculo era el 
causante de la transformación de su entorno. 


Algunos lugareños aparecieron y observaban a Lucas con curiosidad, otros señalaban el 
cielo y se persignaban. Vestían ropas de otra época y las palabras que intercambiaban sonaron a 
Lucas diferentes, al extremo de hacérseles difícil de entender. Desde el móvil Emma insistía: — 
Lucas ¿me oís? 


Le costó retomar el habla: —No sé qué pasa, Emma —dijo —Desconozco dónde me metí, estoy 
en un barrio del culo. ¿Tú estás bien? 


Ni la emoción alentadora que recibió al escucharla, ni advertir que no todo estaba todo 
perdido, evitó que súbitamente cayera en un cenagal de incertidumbre. Ella no le creería si 
continuaba narrándole la realidad de su entorno. Además: ¿Cómo describirle aquella colina, erguida 
misteriosamente ante el cielo danzante del atardecer. Decidió acortar camino: Creo que debemos 
reconsiderar esta locura del divorcio. ¡No puedo estar más tiempo sin verte! 


Varios extraños se acercaban por lo cual Lucas debió interrumpir la conversación. Uno de 
ellos lo escudriñaba y con una mano palpó los pliegues de su saco. Otro dijo algo que Lucas no 
entendió y antes que pudiera percatarse y poner distancia se vio rodeado. Forcejeaban para quitarle 
su abrigo, los pantalones, alguno se agachó con intenciones de tomar sus zapatos. 


No llegó a escuchar que Emma le decía que ella también le extrañaba. La disputa que lo 
envolvía provocó que el celular volara de su mano yendo a caer entre unas tablas amontonadas 
junto a la entrada de un galpón. Más gente se aglutinó a su alrededor. Ya no peleaban por sus ropas, 
parecían culparlo de lo que ocurría sobre sus cabezas, muy allá en lo alto. Sus puños amenazantes 
se elevaban en el aire y Lucas se preguntó cuánto tardarían en caer sobre su persona. Recién 
entonces su perplejidad pasó a ser miedo. 


Estaba acorralado, un minuto antes habría podido correr y acaso escapar del tumulto, ya no 
podría hacerlo. Aquella gente lo rodeaba profiriendo quejas mientras señalaban el cielo, donde se 
desplegaba un espectáculo maravilloso que no lograba entusiasmarlos. 


Entonces una voz, tan potente que no parecía femenina, se dejó oír por encima de las demás, 
al parecer haciéndose responsable por las luces. 


Irguiéndose por encima del grupo Lucas pudo verla, agitaba los brazos de lado a lado y la 
luminosidad que aterciopelaba de colores el firmamento nocturno parecía mecerse al influjo de 
aquellos movimientos. 


Con tal cadencia la mujer se abrió paso hasta aproximarse a Lucas. Estaba a escasa distancia 
cuando giró en torno la cabeza, afiló la mirada, y con ademanes y gestos, más que con palabras, 
conminó a todos a retirarse. 


Exhibiendo gestos airados y de contrariedad la turba comenzó a disolverse, a retirarse con 
resquemor. Ya frente a Lucas la mujer miró directo a sus ojos para luego, con evidente tono de 
astucia, emitir una frase que él no comprendió, ni por el tono ni el contenido. Mas ella estaba muy 
segura de cuanto decía: —Soy Brigite, y tú eres el demonio esperado. 


De seguro también algo confundida pero en su ciudad, a muchos kilómetros de tiempo y 
espacio de distancia, Emma guardaba el móvil en su cartera tras haber perdido la señal. Sin 
embargo una llamita de esperanza volvía a arder en su pecho. 


Elizabeth departía con Iris, a quien no estimaba demasiado por ser excesivamente sarcástica: 
Quizás debiéramos desear que nada malo ocurra —decía. —El universo está preparado para 
proveernos de cuanto demandemos, al menos así dicen. 


Iris la observó como si hubiese asombrado de su candidez y desplegó los visos de su 
naturaleza: Quizás necesitemos el fin de los tiempos —respondió. —Bien que nos hemos empeñado 
en poner todo patas arriba en honor al Dios que cuenta con más adeptos: el dinero. 


—Lo que está ocurriendo nada tiene que ver con eso. Nadie puede evitar que el sol se 
comporte con semejante extravagancia —dijo Elizabeth sin esconder su fastidio. De inmediato se 
volvió hacia sus compañeros, que continuaban agolpados contra los cristales y entre asombros y 
comentarios habían obviado la hora de salida. 


Recién cuando Emma saludó su despedida tomaron conciencia de la hora y en ese mismo 
instante las luces se apagaron en toda la ciudad. Lo único visible, allá arriba, tan colorida y 
dinámica como fantasmal, era la aurora boreal que ella había ignorado. Tal vez le pareció hermosa, 
pues al contemplarla una tenue sonrisa vistió sus labios de ensueño. 


Lucas no llegó a percibir el sentido de las frases que oyera. El idioma empleado por la tal 
Brigite era francés, no tenía dudas en cuanto a eso, pero le sonaba raro y nunca había sido bueno en 
idiomas. 


La mujer de inmediato tomó a Lucas del brazo arrastrándolo tras ella. El resto de los 
congregados se desentendió de ellos, era más preocupante lo que ocurría en el cielo. Las miradas 
temerosas preferían elevarse al firmamento y pronto ya nadie se ocupó de la mujer que se llevaba al 
hombre estrafalario. Bugarach, que aun así se llama esa ciudad en nuestros días, se aprestaba a 
pasar una noche de temor infundado, pues no dejaría secuela alguna entre sus habitantes. 


Deteniéndose ante la puerta de una choza ella se había señalado el escote diciendo: —Brigite. 
Como él mantuvo silencio lo reiteró: —Brigite —y señaló el pecho del hombre en actitud 
interrogante: 


—Lucas —dijo él ¡Ah! Lucemon, hablas el dialecto del infierno —dijo ella sin sospechar que 
el hombre no estaba interpretando sus dichos. 


Luego abrió la puerta de un empellón y con otro lanzó a Lucas al interior. 


Mientras Lucas, luego de trastabillar volvía a erguirse firme, ella encendía un farol de aceite. 
De inmediato la mujer comenzó a buscar algo, movió trastos, abrió baúles, y sacudió trapos en 
medio de la penumbrosa miseria que cohabitaba la vivienda. 


Tras haber logrado su objetivo extendió a Lucas una muda de ropa mugrosa y hedionda: — 
Toma, mientras estemos aquí usa esto —dijo con frialdad. Lucas pudo descifrar sus intenciones más 
por sus ademanes que por ese farfulleo de francés arcaico. 


Mientras cambiaba su fino traje de casimir por aquellos harapos asquerosos ella observaba 
con suma curiosidad, y sin el menor desparpajo, la forma en que aquél mudaba sus ropas. 


—¿Qué harás con el saco? Es de pelo de cabra de Cachemira —dijo Lucas entonces. Quizás si 
hallaba la forma de comunicarse podía averiguar de qué iba todo aquello. Al menos, estaba 
convencido que lo único a su alcance era dejarse llevar por una situación que, de tan particular, 
había escapado de sus manos. 


Algo así no le sucedía desde su niñez, en las pocas ocasiones en la cuales logró meterse en 
problemas. Entonces le parecía que su mundo se derrumbaba, que una vez identificado su error 
nada volvería a ser igual. Pero por lo general ocurría que aquello que él creyera terrible incendio no 
era más que una fogata ridícula. ¿Será esto semejante? 


De un empujón y un mascullado “¡Siéntate!” la hosca mujer logró que Lucas se abandonara 
en un jergón. Allí reposaba una gata negra que luego de emitir un maullido de fastidio se alejó cual 
flecha. 


Brigite acomodó pequeñas ramas en el fogón y sopló, pronto un buen fuego dio calor a la 
morada y del caldero que tenía encima surgió un aroma apenas más agradable que el reinante. 


Brigite juntó dos mugrosos pocillos sobre la mesa y vertió en ellos líquido de un envase de 
arcilla. Luego acercó uno a Lucas y llevando otro a sus labios ordenó: —¡Bebe! 


Lucas intentó negarse mas ella insistió: “Bebe. Calla y bebe. 


Él demoraba en hacerlo y cuando Brigite tomó un cuchillo de encima de la mesa supuso que 
se debía a su negativa. Probó un trago, se trataba de una bebida con alto grado de alcohol, tan fuerte 
que la ingesta le pareció arder a lo largo de su tráquea. La mujer a su lado, cuchillo en mano, tomó 
un manojo del cabello de Lucas entre sus dedos y lanzó el corte. 


Sonriendo colocó el mechón de pelo en una pequeña marmita, agregó después diversos 
ingredientes y exclamó ampulosamente una serie de conjuros ininteligibles. Para finalizar, echó 
dentro un rescoldo ardiente que provocó una nube de humo lechoso, y recitó algo que Lucas 
tampoco habría de comprender: 


—Con dos te miro, con tres te mato. Sangre tibia te bebo, tu corazón parto. Que sigas sujeto a 
mí, como la suela de mi zapato. Si te apartan resucitas como cola de lagarto. 


Luego, tras volcar la mezcla de la cazuela en su pocillo lo bebió de un trago. El estómago de 


Lucas se revolvió de asco al ver restos de sus cabellos colgando de la comisura de los labios de 
Brigite. 


Comenzó a considerar aquello como una experiencia original. Seguramente ningún otro 
obstetra, ni siquiera un psiquiatra, ha experimentado situación semejante. Su voz interior negativa 
complementó tal idea en sus neuronas con la pregunta: ¿Y vivido para contarla? 


Las llamas danzantes de la hoguera provocaba que sombras y claridades flamearan sobre el 
rostro de Brigite igual que la aurora en el cielo. Entonces ella volvió a mirar fijamente al hombre 
para recitarle otra frase que, como a esta altura es de suponer, Lucas no estuvo ni cerca de 
comprender: 


—Demonio Lucemon, embajador delegado, para llevarme a sus dominios Lucifer te ha 
enviado —y realizó extraños movimientos con sus manos, como si las hubiese puesto a bailar al 
ritmo de la aurora que mostraba el ventanuco y las sombras que las llamas del hornillo provocaban 
en las paredes. 


Segundos después Lucas se sintió mareado y allí, a su lado, Emma le sonreía. Una sensación 
de bienestar uterino lo envolvió. El era un feto feliz y sentía la tranquilidad de ser también el 
obstetra que lo auxilia. 


Se sintió abrigado y a salvo. Por eso cuando ella lo besó se tranquilizó de estar de nuevo en 
casa. Cerró los ojos para ver mejor a Emma pero el olor que lo rodeaba pugnaba por mantenerlo en 
la realidad, no se trataba del suave perfume de su esposa, sino de una nauseabunda mezcla de 
transpiración, humo y humedad. 


Aunque le parecía estar con Emma tuvo conciencia de que acariciaba a la extraña de su 
pesadilla, que ella lo dejaba hacer y a su vez lo estimulaba. De pronto ya no le importó otra cosa 
que penetrar a esa mujer, tan dispuesta a recibirlo. 


Esa noche Lucas durmió poco y mal, soñó mucho y tuvo alucinaciones. Algo de lo vivido 
recientemente desfiló también por su cerebro en reposo: 


—Debes agradecerme —le había dicho Brigite horas antes con su galimatías de difícil 
comprensión y ahora, con absoluta claridad, repitiéndolo en aquél onirismo, Lucas lo comprendía: — 
de no ser por mi aparición te habrían linchado. Me odian, pero cuando tienen problemas vienen por 
mis hechizos. 


Al hablar reía, la oscuridad de su garganta asomaba desde el espacio dejado por los dientes 
ausentes. No tendría más de treinta años, pero a Lucas en el sueño se le antojó, ora de noventa, ora 
de quince. Jamás, durante el resto de la nueva existencia que le tocaría vivir, llegaría a enterarse que 
estuvo en Bugarach cuando corría el año del señor de mil setecientos treinta. 


Apenas un par de horas antes del amanecer Lucas logró dormir profundamente. Se sumergió 
en un sueño donde experimentaba una escena que nunca podría haber ocurrido. Estaba en su 
consultorio, era psiquiatra y todo indicaba que Emma era una de sus pacientes. 


Ella estaba allí, a menos de un metro, con esa belleza que siempre lo había cautivado y su 
áurea magnética que tanto lo atraía. Él observa desde menos de un metro todos y cada uno de sus 
dientes perfectos y brillantes, sus labios rojos, sus ojos negros, su nariz perfecta. Ansioso, balancea 
el mandato de las reglas éticas de su profesión y su instinto animal pugnando por involucrarse con 
esa paciente. 


Ella le sonríe, y su mohín es semejante a un rayo de sol que, colándose por una rendija, hiere 
la vista. Sintió la molestia en uno de sus ojos, una punzante luminosidad venía a traerlo a la vigilia. 


Todo cambia entonces. La realidad, asoma a sus ojos adormilados cual rostro de idiota 
deslizando una sonrisa trémula desde el absurdo. De inmediato percibe el olor, lo más tangible de 
una habitación aun en penumbras. Cierta erección que traía de su onirismo se interrumpe, y la 


imagen de Emma es un cristal que se desintegra en silencio. 


Recuerda. Ese tufo penetrante que en oleadas recorre la villa ahora lo despiden los jergones 
del camastro y la tosca mujer que ronca a su lado. Comprende que permanece en la pesadilla a la 
que despertara el atardecer del día anterior y se siente al borde de la desesperación. 


Se pellizca: —¡Si es una broma ya está bien! —masculla, como si fuese un sacrilegio 
interrumpir el silencio. Quizá pretendiendo quitarle el temor con un exabrupto doméstico, un gallo 
saluda el amanecer desde los propios pies del camastro donde yace. Por lo contrario, la sobresaltada 
piel de Lucas se estremece, parecería que en lugar de un cacareo lo hubiese ensordecido el rugido 
de una gárgola. 


El resplandor culmina su faena despertándolo por completo. Sintió fastidio y penas atemperó 
su mal humor la primer idea que tuvo: salir a buscar el celular y afianzar la certeza en su cordura. 
Aquél objeto es nexo y prueba del siglo XXI. 


La mujer gira su cabellera mugrienta y desalineada, dejando junto al sufrido rostro de Lucas 
su nariz afilada y sus labios, menudos y de fétido resuello. Aun duerme profundo. 


Al evocar la noche pasada un reverbero de asco sacude su estómago. El brebaje alcohólico 
que ella le diera a beber y su desesperación lo hundieron en las carnes de esa inmunda mujer. Cierto 
que es joven aún, dinámica, y aunque al hablar apenas se han entendido al pasar de las horas la 
comunicación fue mejorando. Su actitud recelosa la ha mostrado siempre en guardia y aun así se las 
ingenió para hacerlo llegar al orgasmo. 


Tomando de la cintura los anchos pantalones que calza, Lucas se retira un par de pasos y la 
observa, ni dormida podría despertar ternura. Esa mujer le parece, en todo caso, una invitación a la 
huida. Pues huir sería, también, un paso imprescindible para sosegar la aversión que le provoca y 
evitar matarla. Pensar esto último, más que aberrante le pareció gracioso, tanto que logra hacer 
germinar una breve sonrisa en el taciturno semblante de Lucas. 


Parte de sus piernas y caderas permanecen descubiertas, lo cual refresca su noción de lo 
acaecido la noche anterior. Brigite. Ese nombre ha causado en Lucas cierto efecto estimulante, 
sensual. Pero hay algo más. Él había notado la furia de sus ojos cuando ella lo apartó de la multitud, 
había fuerza en esa mirada, prepotencia, autoridad. Sin embargo cuando la mujer lo contemplara, a 
él en particular, lo hizo de manera especial, quizás pleno de interrogantes, acaso con resquicios de 
temor, con recelo, de modo peculiar al menos. 


¿Ella temerme? Tal sensación, teniendo en cuenta la actitud firme de la mujer durante los 
primeros contactos, le pareció extraña. A la vez, esa suerte de velada sumisión posterior la tornó 
subyugante desde la perspectiva etílica a la que fue inducido la víspera. De todas formas, Lucas 
supuso que su compañía sería similar a columpiarse manipulando un arma de fuego: adrenalina y 
riesgo. 


Le preocupaba desconocer el sitio en que se hallaba. Parecía una aldea medieval de hace... 
¡Imposible adivinarlo! ¿Puede ser que este mundo actual cuente con semejante sitio escondido, 
atrasado, resguardado de avances tecnológicos? 


Lucas termina de vestir los andrajos que Brigite le suministrara con prepotencia. Observa 
entonces a la mujer que lo “ampara”, duerme con placidez bestial, cosa que le da ocasión de salir a 
la calle con sumo sigilo. 


La persistente aurora boreal diluía sus resplandores ante el avance portentoso del sol 
naciente. Lucas anda varios cientos de metros en dirección a la angosta calleja adoquinada donde 
fuera sorprendido por la horrenda pesadilla que lo envuelve. Por allí, entre maderos podridos que 
completan la carga de leña de una de las míseras viviendas, se le ha caído el celular durante la 
locura del anterior atardecer. 


La incertidumbre comienza a importarle poco y la confusión inicial va dejando paso al 
conformismo. Vestigios del brebaje ingerido aún se retuerce entre sus ideas. Ha creído haberse 
vuelto loco pues una interrogante terrible lo acosa: ¿Es un habitante del siglo XXI caído en el 
pasado, o un ciudadano medieval con la cabeza llena de atisbos de futuro? 


Por cierto, hallar el celular disiparía todo tipo de dudas. Aunque pensándolo mejor... ¿Cómo 


sabrá de hallarlo y comunicarse que realmente habla por celular y no con una simple barra de jabón, 
un trozo de madero, o un rectángulo de arcilla? Bien que su mente de estar enajenada podría 
engañarlo. 


Es una recaída. Sí, ha de serlo. Lucas es consciente que ha trabajado mucho luego de recibir 
su título, sobre todo en los últimos tiempos. Cuando en realidad procuraba sanear su economía y 
afianzar su matrimonio ocurrió todo lo contrario. Quizás el esfuerzo ha sido demasiado y estas son 
las consecuencias. Aprieta con rabia los dientes y patea con furia un guijarro. ¡Al diablo! Lo único 
conseguido es negativo, sobre todo arriesgar perder a Emma. Perder a Emma y volverme loco ¡Casi 
nada! 


Un perro escuálido se acerca a olisquearlo y Lucas se deshace de él mediante amagues y 
ademanes. Desde un par de casas más allá le llega el sonido de postigos que se abren en lo alto y 
una lluvia de orín y excrementos cae sobre el perro que husmeaba distraído. 


Lucas, al tiempo de cuidar receloso que otro postigo se abra sobre su cabeza, observa su 
rostro en un charco de la barrosa calzada. Está barbudo y ojeroso, se advierte tan diferente que hasta 
duda haber sido alguna vez quien siempre creyó ser. ¿Qué parto te ha tocado esta vez jodido 
obstetra? 


Lucas recuerda que es obstetra. ¿Existe eso en esta aldea? Seguro que no. Se aferra a los 
detalles de su existencia verdadera. Cuantos más sean mejor, una locura no puede ser tan elaborada. 


Se decidió por la obstetricia en desmedro de la psiquiatría, que también le agradaba. De 
algún modo se mantiene en contacto con esa otra rama de la medicina por su amigo Esteban, quien 
siempre le narra alguna experiencia con sus pacientes. 


Le ha contado de Pilgrim, por ejemplo, aseguraba venir del espacio y emitía frases 
ininteligibles de un supuesto idioma natal. Después de dos años de tratamiento aceptó ser un 
terráqueo al que alienígenas aleccionaron para estudiar costumbres y debilidades humanas. No fue 
una gran mejoría pero continuaba bajo tratamiento. 


También de Andrés, quien sin haber terminado primaria demostraba tener conocimientos 
sobre geología dignos de tenerse en cuenta. Acertó en cuanto a un yacimiento de amatistas oculto 
bajo tierra luego de desmenuzar un terrón entre sus dedos. El par de expertos con los cuales lo 
confrontaron para comprobar aquellos dichos estuvieron una semana extrayendo muestras del suelo 
y realizando análisis. Luego no podían creer semejante certeza. Volvieron días más tarde a ofrecerle 
trabajo a un Andrés al borde del autismo. 


Ahora él mismo estaba en una situación parecida a esos sujetos. Podría describir a cualquier 
habitante de ese lugar los detalles de funcionamiento de algo llamado "celular", sólo para 
comprobar que no entienden qué cosa está diciendo. Pero no, no lo hará, la actitud de los lugareños 
ha sido hostil hacia su persona. Además tiene absoluta convicción en cuanto a su cordura. Se me 
está haciendo difícil interpretarlo pero llegaré a dilucidar este misterio. 


En esas cavilaciones se halla sumergido Lucas mientras camina de prisa sobre los adoquines 
mugrientos. Ya próximo al lote de tablas viejas el retumbo de su celular, como si tuviese idéntico 
desespero que su sistema nervioso, le indica su ubicación. 


Algunos pueblerinos han salido a la intemperie del amanecer y absortos y mudos 
contemplan la danza celestial. Lucas teme que el sonido del móvil los atraiga y con premura se 
inclina, mueve tablas a un lado y otro hasta que su mano palpa el artefacto, lo toma y se aleja 
rápidamente del lugar. 


Aunque el celular ha cesado su insistencia Lucas confía en que podrá volver a comunicarse. 
Caminar alejándose del caserío va dando respiros de alivio a sus pulmones. Apenas halle un lugar 
tranquilo y aislado llamará a su esposa y solucionará su situación, está seguro. 


Mas Emma no tiene tanta calma e insiste desde el otro lado, o donde quiera que esté. Lucas 
siente latir el teléfono y su corazón cobra velocidad. Mientras lleva la mano a su bolsillo está seguro 
que ahora todo se arreglará, continuará la conversación interrumpida y volverá a la normalidad. 


Si un milagro le permitiera volver todo a su lugar jamás retomaría con Emma el tema del 
divorcio. Se sienta a los pies de un árbol que reina en un lote vacío y contesta la llamada: —Hola. 


¿Emma? 


La tormenta electromagnética ha pasado y en gran parte los servicios se han restablecido. No 
así la telefonía digital, pues en el área de las telecomunicaciones el daño fue mayor. Los entendidos 
manifestaron que otro fenómeno igual, tanto podría ocurrir dentro de cien años como mañana 
mismo, y no hay forma de prevenirse más que anticiparlo unos minutos. 


En la oficina donde trabaja Emma es el tema excluyente de conversación y el tal Joaquín la 
vedette del momento: —El colapso de la civilización estuvo cerca —dice —Algo más de intensidad 
habría afectado la polaridad de los electroimanes de miles de artefactos, inclusive los automóviles. 


Nicolás el mensajero lo escuchaba extasiado, le encantaba ese tópico. —¿Todo esto tendrá 
algo que ver con el pasado veintiuno de diciembre de dos mil doce? —preguntó. Mabel la acuariana, 
mujer mística devota de los astros, fue quien contestó. Toda vez que alguien se refería al supuesto 
cataclismo salía con lo mismo: 


—Esa fecha no estaba relacionada con cambios calamitosos. Las transformaciones serán 
paulatinas y a nivel espiritual, un renacer a otro humanismo, el despertar a una nueva dimensión con 
diferente forma de comprender y encarar la creación. Hay una serie de pasos a seguir y yo me he 
preparado, así que no tengo temor. 


—Quizás los pasos a dar sean hacia Bugarach —dijo otro —un pequeño pueblo francés lindero 
a un alto monte. Algunos dicen que es el único sitio del mundo que permanecerá indemne tras el 
apocalipsis augurado. 


Ajena a todos los comentarios, cada pocos minutos Emma intenta sin el menor éxito 
comunicarse con Lucas. Era muy raro lo que él le había dicho el día anterior. ¿A qué se refería al 
manifestar “no sé dónde me metí”? ¿Drogas acaso? 


Lo especulado por sus compañeros parecía interesante, pero ella no estaba en condiciones de 
razonarlo en forma debida. Por ejemplo, lo que decía Dinorah en ese preciso instante no parecía 
tener nada que ver con la aurora boreal de la víspera: 


—Durante situaciones extremas, en las cuales sus vidas O las de sus seres queridos corren 
riesgos, las personas pueden trascender los límites de su resistencia física. Entonces extrañas 
fuerzas emergen de lo más profundo de su psiquis, y pueden llevar a un hombre a levantar un 
automóvil que aprisiona a un familiar, por ejemplo. Eso demuestra la relación estrecha que existe 
entre la química cerebral, las emociones y los sentimientos. 


Entonces yo debería poder comunicarme con Lucas, es lo único que me importa hoy día. A 
un paso de la obsesión Emma comenzaba a asumir la separación como responsabilidad propia. 
Podrían ocurrir cosas terribles y no estaremos juntos. 


Por fortuna el grupo comenzó a dispersarse, yendo a continuar sus tareas diarias. Emma, que 
permanecía con la vista en una planilla fingiendo hacer lo suyo, advirtió las sonrisas que provocó el 
último comentario de Ernesto, el de Aduanas: —¡ Vamos, hagamos de cuenta que allí fuera mañana 
habrá un mundo funcionando con absoluta normalidad! Pero por las dudas tengamos sexo hoy, 
mucho sexo. 


Aún no se borran las sonrisas cuando las luces se apagan y los ordenadores se enceguecen. 
El run run bullicioso desaparece y un profundo silencio invade la estancia. Alguno se arrima al 
ventanal y observa los automóviles detenidos ante semáforos ciegos. Debido a la diurna claridad es 
inadvertido, culebreando sobre el horizonte, el meneo majestuoso de una nueva aurora boreal. 


Emma se concentra, hará un nuevo llamado pero esta vez poniendo el alma. Elizabeth la 
descubre manipulando el celular y se acerca: —Querida, no te esfuerces en vano, ninguno funciona — 
le sonríe desde un rictus maternal. Aguarda un segundo y tras no lograr la mínima atención se retira. 


—Es la segunda vez que pasa en la semana —dice alguno —Esto de las tormentas solares se 


está volviendo hábito. 


Quien está a su lado no oculta un rictus de preocupación: —¿Estará segura nuestra 
supervivencia? Según dicen todo puede irse al diablo —meditó un momento —No, claro que no, 
avisarían, nos darían instrucciones precisas de los pasos a seguir —sonrió —¿De qué me preocupo? 
¡Soy un tonto, han logrado inquietarme! 


En otro sector de la estancia el rostro de Emma se ilumina, esta vez su teléfono por lo menos 
está llamando. Lo mantiene junto a su oído, sonando a la lejanía reclamando a Lucas, su voz, la 
posibilidad de su retorno. 


Desde corta distancia Elizabeth la observa denotando impotencia y comenta a la persona que 
está a su lado: —Pobrecita, por más voluntad que ponga no podrá comunicarse —la otra responde 
algo pero en ese momento Emma siente la voz de Lucas del otro lado de la línea. 


—¡Lucas! ¿Dónde estás? Me siento sola y tengo miedo. ¿Puedes venir por mí aunque sea por 
última vez? 


—¡No de momento! No sé dónde estoy. Parece ser una población rural muy atrasada. Hablan 
diferente a nosotros y les entiendo a medias. 


—¿Para qué fuiste a ese lugar? Quisiste tomar distancia, seguro. ¿Fue por mi culpa? 


—No, nada de eso. Ignoro qué ocurrió, hablaba contigo y de pronto me vi aquí. Andaba tan 
perturbado que por error he de haber tomado un tren hacia este paraje. Todos me miraban como a 
un bicho raro y una especie de hechicera me ayudó a escapar. Si realmente estoy despierto esta es la 
peor de mis pesadillas. 


—¿Hechicera? ¿Estás con ella? Es eso, hay otra. 
—No, es a ti a quien amo y haré lo que sea para volver a estar juntos. ¿Ves la aurora boreal? 


—No, es media mañana, y no creo que se pueda apreciar durante el día. Pero hay alboroto en 
la oficina, quizás algo esté ocurriendo. Las luces se apagaron hace un rato y no se han vuelto a 
encender. 


—¿Media mañana? Entonces estoy varios grados al oeste de tu ubicación, quizás en otro 
continente. Y al decir esto me aterra pensar que también podría estar en otra época. 


—No juegues Lucas, por favor, ven a buscarme. Están ocurriendo cosas extrañas y nada 
necesito más que tenerte a mi lado. Bastante insoportables han sido estos días de separación, y no 
afecta mi orgullo decir esto, es más, expresarlo es como una liberación. ¡Ven, te necesito! 


—¡Qué más quisiera! Pero miro en torno a mí y veo campo y a lo lejos esa aldea de chozas. 
Allí vive gente con atuendos vetustos, ajados, y pestilentes además. No he visto un solo automóvil. 
Las aguas servidas las vuelcan a la calle, comen porquerías y beben potajes ardientes... 


—¡Por Dios Lucas, no sigas! No te entiendo, por un lado dices quererme y por otro me tomas 
el pelo. Como sea, quiero que sepas que si vienes a buscarme te estaré esperando. 


—Iré y juro que te encontraré y amaré para siempre. Además me pasa igual que a ti, me 
siento noble al confesarte que te amo como nunca creí poder hacerlo. Quizás debió ocurrir este 
distanciamiento para comprenderlo. Ahora sé que mi verdadero orgullo es tenerte a mi lado y nunca 
te dejaré, te doy mi palabra. Pero promete tú también que vendrás hacia mí, que pase lo que pase me 
saldrás al paso. Yendo uno hacia el otro tardaremos menos en hallarnos. 


—En la mitad de tiempo. ¡Sí mi amor, te buscaré hasta en el fin del mundo! 
—Te amo. 
—Te amo. 


Ambos cortaron al unísono, o es posible que el móvil simplemente dejara de comunicarlos. 
La confusión fue mucha durante aquellas horas en que la humanidad tambaleaba. De todos modos 
ellos no repararon en ese detalle, consideraron auspicioso el diálogo pese a que, si bien parte de 
sendas incertidumbres había caído, en ambos persistían dudas. 


Lucas no imaginaba de qué modo podría llegar a ella, pues ni siquiera sabía dónde se hallaba 


él mismo. A ella muchas de las frases de su esposo le parecieron incoherentes, no aquellas donde le 
expresaba su cariño, sino las referidas a la hechicera y la aldea. Sin embargo ambos guardaron el 
celular con otra actitud hacia la vida y el futuro. 


En la otra punta de la oficina quienes se agolpaban contra los cristales realizaban 
exclamaciones de asombro y pesar. Hacia el centro Elizabeth comentaba a Iris su preocupación por 
el estado de salud de Emma: —Fíjate, parecía estar hablando por teléfono y hace rato que las líneas 
no funcionan. 


—Sí, me aburre. Tiene el síndrome de la enamorada perpetua. Parece que todavía no sabe que 
el amor es una ilusión producida por hormonas frenéticas, ellas nos hacen asumirlo sabroso y 
diáfano cuando sólo es agua que se escapa entre los dedos. 


Elizabeth no pudo ocultar su malestar ante el comentario: —¡Ay Iris! Con esa opinión que 
tienes sobre el amor no me extraña que tengas pesadillas con seres aborrecibles amándose en otro 
mundo. 


—Lo que quiero decir es que deberíamos preocuparnos por nosotras —respondió Iris, que no 
se acercaba a la ventana por temor a lo que pudiera observarse —Lo que está pasando es mucho más 
preocupante que la novelita de Emma. Si esto sigue terminaremos locos. Además aquí no hacen otra 
cosa que hablar de apocalipsis. 


—¿Lo dices por los muchachos? Están exagerando, bromean, pretenden hacernos creer que 
allá abajo se desató el caos. Además, de nada valdría que te hablaran de pasión. ¡Mira! Allí viene 
Mabel, seguramente a repartir paz, amor y espiritualidad. 


Antes de lanzar un nuevo sarcasmo Iris rio: —¡Claro que sí! Pero porque ya no está en edad 
de hablar de sexo y rock and roll. ¡Bien que de todos modos menea los huesos! 


Al estar junto a ellas Mabel deslizó sus brazos sobre los hombros de las otras y dijo: 


—Sincronicemos nuestros espíritus, unidas tendremos más posibilidades de alcanzar el ser 
superior. Llegó el momento —en eso advirtió que Emma se aproximaba —¡Esperen, dejemos que 
Emma se nos una! Así nuestro circuito adquirirá mayor fuerza y eficiencia. 


Las mujeres aguardaron a que una vacilante Emma se acercara. En forma sumaria Mabel le 
dijo lo que pretendía, agregando que debían desterrar el temor, pensar en amar y agradecer la 
experiencia de vivir: —Dios no abandonará a quienes merezcan el don de su gracia —exclamó 
mientras atraía a todas hacia sí. 


A los pocos segundos de estar abrazadas Emma perdió el sentido, y ayudándose unas a otras 
evitaron que se golpeara contra el suelo. Juntas permanecieron a su lado varios minutos, luego 
comenzaron a sucederse una serie de sacudidas espantosas, el caos lo fue y también la gritería. 


El grupo de amigas se dispersó, corriendo cada una hacia direcciones distintas. Emma no 
tardó en ser la única en todo el amplio piso del edificio, permaneciendo sin sentido, sola y ajena a 
todo. Era una bella durmiente olvidada por un príncipe desamorado. Por esa razón nadie advirtió su 
mutación, ni que la persona que volvía en sí era una mujer desprolija, muy diferente de Emma, con 
su cabello mal cortado y una deforme nariz masculina. 


Brigite se puso de pie como pudo, el edificio temblaba y de todas partes le llegaban gritos y 
gemidos. Asomada al ventanal sintió regocijo ante el caos contemplado. A las hormigas frenéticas 
de allá abajo su demonio les había pateado el hormiguero. 


Una sonrisa maligna acompañó el brillo astuto de su mirada cuando se hizo a la idea de que 
su amo al fin le abría las puertas del infierno. 


Cuando Emma abrió los ojos distinguió una silueta junto a la ventana y no tuvo dudas que se 
trataba de Lucas. Su visión aún no estaba del todo clara pero sentía sosiego en su interior. 


A él esta vez no lo había despertado el sol, sino una extraña inquietud generada por cierto 
bullicio cosmopolita que hacía días no escuchaba. 


Había saltado de la cama pleno de entusiasmo y con prisa caminó hacia la ventana. Sus ojos, 
todavía no habituados a la luz, se atiborraron de la luminosidad naranja que ingresaba por el 
rectángulo abierto a un cielo muy particular y diferente. 


Las siluetas de altos y verdosos edificios se multiplicaban hacia la lejanía, en un paisaje 
repleto de extrañas combinaciones de colores. 


Su corazón tenía un ritmo extraño y al asomarse a la ventana advirtió que se hallaba a medio 
centenar de metros de altura. 


Su pensamiento rebozaba de ideas esperanzadoras: La pesadilla ha terminado. Hallaré a 
Emma. Se apoyó en a la balaustrada paseando la mirada por el entorno con gran curiosidad. Pronto 
notó que algo continuaba estando mal y al aguzar la vista el sentimiento de confusión de días 
anteriores volvió a invadirlo. Observar en detalle el panorama lo hizo temblar. 


Las construcciones no se correspondían a imágenes o paisajes citadinos que hubiese visto 
alguna vez. Los edificios estaban unidos por lo que parecían ser pasajes tubulares, y las leyendas de 
los anuncios se le antojaban jeroglíficos ininteligibles. 


Mas no sólo la arquitectura era inquietante, pues al dirigir la vista hacia abajo alcanzó a 
divisar, circulando con una parsimonia no habitual en los transeúntes de siempre, a castaños seres 
tentaculares que reptaban bamboleándose cual elefantes marinos. 


Lucas se advirtió mareado y le nació la idea de lanzarse al vacío. Se sentía desquiciado, 
nacido en un sórdido surrealismo que ni el más insano de los pacientes de Esteban habría podido 
describir. Aun en esas condiciones aguzó la vista para verles la cara a los malditos. Sus bocas eran 
protuberantes, salientes cual trompa de tapir; sobre ellas descubrió un único ojo, apenas debajo de la 
línea de su cabeza plana. 


¿Otro mundo? ¿Otra dimensión? Se diagnosticó víctima de un shock emocional provocado 
por la pérdida de lo único valioso que tenía en la vida. También se sintió incapaz de comparar su 
estado con algunos de los traumas psíquicos que conociera. Lo peor era portar la certeza ineludible 
de no volver a ver a Emma. 


Un sonido a sus espaldas lo hizo volverse. Allí, en la misma estancia y aun desperezándose, 
uno de esos seres pardos lo observaba desde su único ojo. Su trompa protuberante se ladeó 
emitiendo un sonido agudo mientras comenzaba a acercarse mediante contoneos de pinnípedos. 


Una vez la criatura estuvo a su lado sus tentáculos se extendieron hacia él y lo abrazaron. 
Entonces Lucas, lejos de sentir repugnancia o temor, se abandonó al placer que le causaban los 
primeros contactos de aquél acercamiento. 


Con ánimo obstétrico sintió a su vez necesidad de abrazar a ese ente ¿Aberrante? y al 
hacerlo sus ojos vieron en un gran espejo lateral la forma en que dos ejemplares de esa especie se 
acariciaban. Demoró un par de segundos en comprender que él era uno de ellos. 


También comenzó a interpretar cada uno de aquellos sonidos emitidos por su acompañante 
descubriendo al fin su esencia, esas particularidades que alguna vez lo llevaron a enamorarse de una 
mujer en un mundo distante que quizás nunca había existido. Se tranquilizó, pletórico de alegría, 
Emma también era dichosa de estar a su lado, y lo palpaba de una forma tan especial que hasta 
creyó que era la primera vez que le ocurría. 


Decía a su pareja, con esa suerte de gorjeos cortos, agudos, que no importaba la forma ni el 
lugar ni el momento siempre que estuvieran unidos sus espíritus, cuando un urgente sonido de ring 
tones les llamó la atención. Cada uno llevó su único ojo hacia una tabla que parecía flotar, sobre ella 
había dos celulares. 


A ambos, el retumbo de esos objetos desconocidos les pareció familiar, pero no pudieron 
discernir la causa. Luego de sonar al unísono un instante ambos aparatos se apagaron para siempre. 
Como sea, el abrazo que unió a esos seres no dejó lugar a dudas en cuanto a que, de seguir 
repiqueteando, los habrían ignorado sin perder el mínimo instante. 


HH 


Félix Acosta Fitipaldi 





Otras obras del autor: 
La mosqueta - https://www.smashwords.com/books/view/595366 


Jaque de hackers - https://www.smashwords.com/books/view/597017 
El tigre no bala - https: //www.smashwords.com/books/view/397542 








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La mosqueta: https://www.createspace.com/3350779 


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